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Crónica de quince días sin redes sociales

Por: Óscar Esteban Ramírez // Revista impresa


Aunque las redes sociales se han hecho habituales en nuestras vidas, hay voces que señalan que pueden ser adictivas y recomiendan, incluso, abandonarlas por completo. ¿Qué sucede cuando un joven periodista las deja durante dos semanas para poner a prueba su dependencia?

Ilustración: Karilym Ramírez

Domingo, 8:00 p. m.


Decidí empezar hoy, domingo, en la noche. Lo último que hice fue comentar en Twitter sobre el concierto virtual de Bad Bunny. Cantó durante dos horas montado en un bus que recorrió varias calles de Nueva York. Un millón y medio de personas lo vieron en vivo y gratis por YouTube. Creo que fue el momento ideal para cerrar mis cuentas de redes sociales.


Intenté hacerlo sin detenerme a pensar en nada. Primero, Facebook, que, antes de permitir que cerrara mi cuenta, me preguntó por qué lo estaba haciendo. Según lo que respondiera, Zuckerberg me ofrecía alternativas a darme de baja, como cambiar los ajustes de privacidad de la cuenta. Twitter solamente me informó que tenía 30 días para volver a activar mi cuenta antes de que desapareciera para siempre. Instagram, mucho más comprensivo, me invitó a que, por ejemplo, borrara la aplicación durante unos días.


Todos esos clics, todos esos “¿estás seguro?” y “sí, estoy seguro” en los que tardé quince minutos, impidieron que pudiera hacerlo como cuando se quita una curita: rápido y sin dolor. De todas formas, tampoco hubo dolor.


Lunes, 11:30 p. m.


Primeras 24 horas sin redes. No me siento ni bien ni mal. Tampoco sentí que hubiera puesto a prueba mi fuerza de voluntad en algún momento del día. Sí pensé y no entiendo muy bien por qué que iba a dormir mejor. Me desperté con el estómago revuelto y lo primero que hice al abrir los ojos, instintivamente, fue coger el celular. Revisé WhatsApp y el correo. Me metí a las páginas de un par de periódicos para ver las noticias. Normalmente, lo primero que hacía cuando me despertaba en las mañanas era abrir Twitter. No me hizo falta.


Hubo, sin embargo, algo que me llamó la atención: me metí varias veces —más de 20, por lo menos— a revisar la página de seguimiento de un paquete que estoy esperando. Y eso lo hacía cada que terminaba lo que estuviera haciendo; es decir, en el momento en el que usualmente abría Instagram o Twitter. Era la necesidad de revisar algo, lo que fuera, con tal de saciar un deseo del que apenas hasta ahora estoy siendo consciente.


Lo más difícil, creo, es saber que es muy fácil complacer al cerebro y sus peticiones. Está a un par de clics de distancia. Por eso, a lo mejor, intenté hacerle trampa a mi cabeza revisando el envío del paquete: como los chicles que compran los que quieren dejar de fumar para tener algo que masticar y combatir el síndrome de abstinencia.


Ilustración: Karilym Ramírez

Miércoles, 7:45 p. m.


Hoy fue un día difícil. A las 6:00 p. m., después de terminar todo lo que tenía que hacer, empecé a sentirme ansioso y, de alguna manera, desconectado y fuera de base. Definitivamente, tengo más tiempo libre ahora que no uso redes sociales. Hay momentos en los que el tiempo vacío deja mis pensamientos a la deriva. Cuando eso pasa y me quedo sin nada que hacer, pienso en la manera como las redes sociales se me habían vuelto una especie de comodín para matar el tiempo muerto. Abría los ojos: redes; salía de ducharme: redes; terminaba de comer: redes.


Estoy aprovechando algo de ese tiempo libre para leer. En De qué hablo cuando hablo de correr, el escritor japonés Haruki Murakami dice que cuando corre no piensa en nada, que vive un estado de contemplación en el que no se produce ningún pensamiento. A lo mejor podría empezar a correr. Así no pensaría tanto en el tiempo que antes consumía en las redes, como si fueran llamaradas. Tampoco pensaría en ese tiempo vacío que tengo ahora y que contemplo como si me hubiera encartado.


Jueves, 10:20 p. m.


“You are losing your free will”. Ese es el primer argumento de Jaron Lanier en su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Free will significa “libre albedrío”, y la traducción completa sería: “Estás perdiendo tu libre albedrío”, pero, para mí, es más preciso hablar de “voluntad”. O, por qué no, de “libertad”. Lanier es un informático, pionero de la realidad virtual, y uno de los críticos más agudos de la industria de la tecnología. Su posición radical de romper para siempre con las redes sociales llama mucho más la atención viniendo de un tipo que está en Silicon Valley.


La idea es tan sencilla como inquietante: las redes sociales se sostienen con un modelo de negocio basado en la publicidad. Las marcas son los clientes y los usuarios son el producto. Entonces, el objetivo es captar la mayor atención posible de los usuarios para poder vender mejor los anuncios que se les enseñan. Lanier dice que, por esa razón, no solo se trata de lo adictivas que son las redes, sino de cómo sus algoritmos han terminado consiguiendo manipular nuestros pensamientos y comportamientos.


Yo mismo lo estoy sintiendo en apenas cuatro días de abstinencia. Claro, también soy consciente de ese tono conspirativo: “Nos están lavando el cerebro”. Pero creo que es una motivación suficiente para, por lo menos, reflexionar sobre eso, pues no se trata simplemente de superar una adicción como el cigarrillo, el alcohol o alguna droga. Si Lanier tiene razón y las compañías tecnológicas están logrando manipular los comportamientos de sus usuarios, todo es mucho más grave y sería un terrible riesgo para toda la sociedad.


Pero por ahora debo concentrarme en mí. Llegar a las dos semanas limpio, a pesar de que ya no solamente deba pelear contra mi propia cabeza sino también contra los imperios tecnológicos que han hecho todo lo posible para que yo nunca abandone las redes sociales.

Ilustración: Karilym Ramírez

Sábado, 9:30 a. m.


Recaída. Dos amigos comentan algo. No sé por qué lo termino viendo, pero les respondo. ¿Es un post de Facebook? Parece más bien un tuit. Tardo un par de segundos en darme cuenta: ¡mierda, ya qué! Cuando voy a empezar a mirar, resignado, todo lo que me he perdido en estos días, me despierto. Mi cabeza ya se dio cuenta de lo que está pasando. Y está intentando hacerme trampa.


Durante un par de años trabajé en un medio digital escribiendo sobre fútbol. Allí hubo una temporada en la que todos los días tomábamos cerveza en la oficina. Puede que esté exagerando, pero por lo menos cuatro de los cinco días de la semana había pola en la neverita de esos veinte metros cuadrados de redacción. Varias veces nos preguntábamos, medio en broma y medio en serio, a partir de qué momento una persona podía considerarse alcohólica: ¿cuántas cervezas? Al final concluimos que más allá de un asunto cuantitativo, se trataba de qué tan necesario se volvía el trago en la vida. No es tomar todos los días, es qué tan afectado se siente el día en que no puede tomar. En ese momento también aprendí que se escribe mejor con un par de cervezas encima, lastimosamente.

Ahora me pregunto sobre la adicción a las redes. ¿A partir de qué momento se cruza la línea?, ¿cuántos minutos de pantalla?


El domingo pasado, cuando miré por última vez mis redes sociales, mi celular indicaba que yo pasaba, en promedio, 4 horas y media por día frente a la pantalla. Hacen falta las horas frente al computador, pero ahora lo vuelvo a revisar y solamente marca 1 hora y media. Todo el tiempo navegando en internet, WhatsApp y correo electrónico. Ni un solo minuto en redes, pues de todas formas borré sus aplicaciones hace una semana.


Lunes, 9:15 p. m.


Pocas veces estuve tan pegado al celular como hace un año largo, durante el paro nacional. Desde el 21 de noviembre de 2020, y durante prácticamente el mes que duraron las protestas, revisaba las noticias y, sobre todo, lo que aparecía en Twitter, con una recurrencia que rozaba lo obsesivo. Después de esos días me planteé por primera vez qué tanto me estaban consumiendo las redes sociales. Recuerdo que me quedaba despierto hasta las tres de la mañana, acostado en mi cama revisando los videos en que el ESMAD agredía a los manifestantes.

En las últimas semanas también sentí que pasar tanto tiempo en Twitter me estaba haciendo mal. Llegué a sentir mucha rabia, no con los tuits de las personas que seguía sino con los tuits a los que ellas les daban like. Me enojé con amigos, y ellos ni siquiera se enteraron; absurdo.


Miércoles, 3:15 p. m.


Hablé con Martín Lleras, psicólogo de la Universidad de Los Andes. Aquí tres conclusiones:

  1. Las redes tienen un fuerte componente adictivo. Los mismos desarrolladores han explicado que ciertas interacciones —el botón de me gusta, por ejemplo— funcionan porque envían pequeñas dosis de dopamina al cerebro.

  2. Cada vez hay más estudios que evidencian el aumento de trastornos como la ansiedad relacionado con el uso de redes sociales. En los jóvenes es aún más clara la relación, pues son nativos digitales. Es decir que desde que nacieron están inmersos en ese mundo.

  3. Eso que me pasó con el seguimiento del paquete que estaba esperando es parecido al FOMA: fear of missing out (“miedo a perderse de algo”). La necesidad de tener siempre algo que revisar en la red.

El psicólogo no me pudo confirmar si yo mismo podía considerarme adicto a las redes sociales. Era una entrevista, no una consulta. Pero después de hablar con él, varios argumentos de Lanier tuvieron mucho más sentido. Recordé, por ejemplo, que menciona los experimentos conductistas de mitad del siglo XX, en los que se utilizaban distintos estímulos para modificar las conductas de perros y monos, entre otros animales. Lanier dice que eso mismo es lo que hacen las redes —las empresas detrás— con nosotros: juegan a modificar pequeñas cosas, un algoritmo o el diseño del feed (flujo de contenido) y examinan cómo cambia nuestro comportamiento. Todo con el objetivo de que el usuario pase más tiempo frente a la pantalla y vea más anuncios.


Sábado, 12:30 a. m.


Esta noche me escribió una amiga. Me preguntó qué pasó con @horrofosforo, mi arroba o nombre en redes. Cuando le conté que había desaparecido, me respondió con una carita triste.


Hay personas con las que he interactuado mucho más a través de redes que en persona. Con mi decisión de renunciar a las redes, también estoy renunciando a esas relaciones virtuales. No porque tenga miles de seguidores; de hecho, la mayoría son personas que conocí por primera vez en la vida real, pero con las que poco a poco he reducido las interacciones a lo que ocurre en el mundo virtual. Me entero de lo que sucede en sus vidas —lo dulce y lo amargo— por lo que tuitean o por las fotos que postean.


Leo, a propósito, un poema muy melancólico de Tomás González sobre la amistad:


En alguna parte habrán de estar,

pues nadie me avisó que hubieran muerto;

pero la tristeza me dice

que desde hace una eternidad se los llevó el viento.


Ilustración: Karilym Ramírez

Sábado, 11:10 p. m.


En la tarde de hoy tengo una recaída verdadera. Estaba aburrido y entré a YouTube para matar el tiempo. Cuando le conté a mi hermano, me preguntó si YouTube contaba como red social. Le respondí que no, que técnicamente no es una red social. Pero que lo que pasó sí fue una recaída, más o menos.


El algoritmo de recomendaciones funciona de acuerdo con los videos que uno suele mirar, para recomendarnos otros que seguramente también nos gustarán. Esa fórmula mágica que ofrece en bandeja de plata chocolatito tras chocolatito, para que uno no abandone la página. Suele tratarse de videos relacionados con el que uno está viendo, pero una vez se entra en la espiral, las temáticas cambian y se expanden por caminos insondables.


Voy a compartir el abismo en el que caí hoy. Lo hago porque curiosamente se trató de una serie de videos de los que no estoy del todo avergonzado (he pasado madrugadas enteras pegado a vainas tan ridículas como unas olimpiadas de canicas):

  1. Why Colombia is Losing the Cocaine War

  2. Colombia’s Fragile Peace, Explained

  3. Primera reunión entre el presidente Pastrana y Tirofijo (9 de julio de 1998)

  4. Carlos Chica entrevistó a Manuel Marulanda y Jacobo Arenas en 1990

  5. Colombia, Última entrevista al Mono Jojoy, comandante de las FARC, parte 1/2

  6. Tanja Nijmeijer, una neerlandesa en las filas de las FARC

  7. Café Picante, entrevista con Íngrid Betancourt

  8. Íngrid Betancourt en Contribuciones a la verdad

Esa es una de las cosas que me fascinan de internet: el azar que lo rige cuando uno se entrega a la deriva de la navegación. Aunque por esa misma razón, creo que se trató de una recaída, pues uno termina absorbido y pierde la noción del tiempo. Lo mismo que pasa en las redes, donde se pueden pasar horas y horas en el scroll down (desplazamiento) infinito.


Domingo, 8:00 p. m.


¿Siento que hubo un cambio en mi vida después de cerrar todas mis redes sociales? Más que un cambio, fue un descubrimiento. Me di cuenta de que soy dependiente de las redes sociales. Y, como cualquier relación de dependencia, es algo que inminentemente se torna negativo. Si bien no me trajo un cambio radical ni una transformación emocional o espiritual, creo que dejarlas sí puede traer beneficios a mediano plazo para mi salud mental y mi tranquilidad.


¿Quiero volver a abrirlas después de escribir este texto? La verdad, no. Obviamente la ansiedad sigue presente, y es muy grande la tentación de volver a ellas después de terminar este “experimento”. Pero en este momento pesa más el querer saber si soy capaz de abandonarlas del todo, si en algún momento el síndrome de abstinencia desaparecerá, si puedo ganarles el duelo a los multimillonarios dueños de Instagram y Twitter.


Supongo que al final la decisión es muy similar a la que toman, por ejemplo, los vegetarianos. Uno se termina convenciendo de que vive mejor así. Y una de las cosas que más detesto de los vegetarianos es que, en el fondo, sé que tienen razón.

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