• Sara Camila Prada Herrera // Revista Directo

El hombre de la cueva musical


El portal web de El Espectador ha reproducido algunos de los artículos publicados en la edición 56 de la Revista Directo Bogotá. Esto como reconocimiento al excelente trabajo de nuestros periodistas.

Hace 25 años Manolo, preocupado por sus bajas ventas de libros, decidió probar suerte con la venta de discos.

Fotografía tomada por Sara Camila Prada

Dos pisos arriba hay locales amplios con estantes vistosos, discos de vinilo en exhibición y grandes avisos que consagran cada negocio como “El templo de la salsa”, “El palacio musical” o “La galería de la música”. Abajo, al lado de la entrada al parqueadero, aparece un pequeño cartel junto a una puerta negra metálica que permite ubicar el negocio de Manuel Arias, ‘Manolo’. En el papel puede leerse: “Al fondo en el sótano 1”. Aun con esta guía resulta difícil encontrar la bodega donde están sus 15.000 discos.

Todo empezó con unos discos prestados. Hace 25 años Manolo, preocupado por sus bajas ventas de libros, decidió probar suerte con la venta de discos. Su amigo Alfonso, que compraba y vendía música, fue quien le entregó como préstamo un par de docenas de vinilos de varios géneros (salsa y rock, principalmente). La separación de los libros fue definitiva, y desde ese momento dedicó su vida a la venta de música.

La calle 19 ha sido su lugar de trabajo desde que tenía 14 años y, como dice él, lo ha visto crecer como comerciante. Este hombre de 58 años, estatura baja y piel trigueña, usa unas gafas de montura gris que, junto a los rizos que se asoman bajo su gorra azul, lo hacen lucir como el cantante Piero.

Su empresa musical funciona en dos lugares. Uno es en la calle 19 con carrera 8ª, llena de grafitis y anuncios publicitarios rasgados; allí ubica sus discos por género, según lo que se esté vendiendo. Es ahí donde Las clásicas de la Fania, La antología del bolero, Lo mejor de la zarzuela y uno que otro disco de Elvis compiten con los afiches promocionales del concierto de Katy Perry para llamar la atención de los transeúntes.

Memoria con estantería

Cuando el caminante de esta zona nota la presencia del vendedor y algún disco lo atrae, es casi seguro que llegará a la bodega. Ese es el otro espacio del negocio. Un lugar reducido, con no más de tres metros cuadrados, alberga la colección de vinilos clasificados por género. El inventario y el orden de este lugar se encuentran en la memoria de Manolo, quien solo necesita que le mencionen un cantante para recordar el lugar exacto donde se encuentra el disco.

Dos paredes de la bodega albergan estantes, cada uno con cuatro filas repletas de discos; rock, bolero, balada y música clásica se observan en esos muebles de madera. Los demás discos están en el suelo; música colombiana, ranchera y jazz apilados por centenares. Una pequeña mesa café, ubicada frente a la entrada, sostiene el tocadiscos que compró hace meses en un mercado de las pulgas por $120.000. “El equipo es necesario porque aquí la gente viene, se sienta, escucha y muchas veces compra”, explica Manolo mientras pone la aguja sobre un disco y empieza a sonar Mi primera cana, de Diomedes Díaz.

Para este comerciante, el día empieza a las 3:00 de la mañana en su casa, ubicada en La Libertad, en Bosa. De allí sale hacia Abastos para buscar y rebuscar discos en el mercado de las pulgas hasta las 6:00 de la mañana. A esa hora toma un bus que lo deja, pasadas las 8:00 de la mañana, en la calle 19 con carrera 8ª. “A veces llego con muchos discos, pero otras veces no encuentro nada bueno y pasan tres o cuatro días sin conseguir un disco”.

Para Javier Cardona, vigilante del edificio en la carrera 8ª # 18-27, donde queda la bodega, “Manolo es un tipo responsable, buena gente y muy comprometido”. Lo dice porque siempre lo ve llegar temprano, sonriente y caminando rápido para elegir los discos que exhibirá en la calle. Este hombre no tiene problema en dejar un momento sus labores para ayudar a una señora con sus paquetes o para recoger la basura que se encuentra en la calle 19.

Pero Luis Ernesto Carranza, limpiabotas y amigo de Manolo desde que vendía libros, sabe que no siempre es feliz con su venta de discos. “A veces llega y me cuenta: hermano llevo tres días sin vender un disco”;mientras Carranza habla, acomoda su lugar de trabajo bajo una sombrilla verde.

Manolo, el del disco del millón

Los años le han dado reconocimiento a Manolo en el mundo de los vendedores y coleccionistas, tanto que ahora llegan a buscarlo para que visite casas y conozca colecciones. Y como buen vendedor, la paciencia también se pone a prueba con los clientes. “Hay gente que le saca la piedra a uno”, dice Manolo mientras acomoda sus gafas, “me hacen ensayar 20 discos y al final: ¡Un día de estos vengo!”. Carranza, el amigo limpiabotas, confirma el problema con los compradores. “Uno ve gente que se sorprende con los discos, pregunta y se emociona, pide que se los pruebe y al final pregunta: ‘Pero ¿dónde lo voy a escuchar?’”.

Los compradores colombianos prefieren la salsa y el rock, mientras que los extranjeros compran música colombiana. El portero del edificio asegura haber visto “japoneses, gringos y alemanes saliendo con montones de discos”. Esos montones han llegado a ser de 200 a 300 vinilos en una sola compra e incluyen porro, cumbia, vallenato y algún paseo o bambuco.

La bodega de Manolo tiene clientes de todas las edades, todos los estratos sociales y todos los gustos. Mientras los de la tercera edad prefieren el bolero, los jóvenes buscan rock y pop. Andrés, un joven de 20 años, es uno de los clientes nuevos. Hace poco recibió un tocadiscos como herencia familiar y quiere estrenarlo con un disco de Michael Jackson, su artista favorito. Luego de casi una hora revisando carátulas, probando los vinilos, pidiendo descuentos y haciendo caras que buscaban la aprobación de su mamá, quien se negaba a patrocinar “un desperdicio de plata”, el muchacho salió de la bodega de Manolo con el disco Bad, que le costó $75.000. Para él, como para muchos de los compradores, es mejor tener el disco como un soporte físico del gusto por un cantante.

Los precios también son un atractivo para los fanáticos y coleccionistas. En la bodega de Manolo es posible encontrar discos desde $500, música clásica y discursos, hasta un millón de pesos, como el trabajo inédito de Iron Maiden que vendió hace cinco años.

Al preguntar por Manolo siempre hay alguien que responde emocionado: “¿El del disco del millón de pesos?”. En medio del bullicio provocado por los pitos de los vehículos, los vendedores callejeros que ofrecen dulces, ropa, bolsos, gafas y más; los artistas que imitan a Michael Jackson, Frank Sinatra y Rafael Orozco; llama la atención este otro personaje de la calle 19.

Para él, en cambio, la historia de ese disco no tiene nada de particular. “El comprador lo estaba buscando y me pidió que se lo ayudara a conseguir, pero yo me olvidé de eso por un tiempo”; entonces, al comprar un saldo de 600 discos por $700.000, Manolo estaba llevando a su bodega, sin saberlo, el famoso disco del millón. Una llamada telefónica le permitió contactar al cliente para cerrar el negocio y recibir su dinero; después de eso no volvió a verlo.

“El vinilo nunca se ha ido”

Manuel Arias trabaja todos los días de la semana de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde; menos el domingo, cuando cierra al mediodía y luego se dedica a descansar. Para este hombre no hay mejor pasatiempo que caminar por el Parque Nacional o por La Perseverancia. Eso es, según Carranza, “lo único que puede hacer un tipo al que no le gusta el fútbol y que no sabe bailar”. Según Manolo es porque nunca necesitó aprender, pero su amigo afirma que “nunca logró seguirle el paso a una muchacha”.

Manolo cuida y consiente sus discos con la dedicación de un restaurador. Cuando está en la calle, los protege de la lluvia y del sol con un plástico transparente que siempre tiene a la mano. Y si el clima es demasiado fuerte, empieza a guardarlos dentro de una desgastada maleta roja, que ya es rosada. En la bodega es importante dedicar horas enteras a reparar carátulas y a comprobar que los discos coincidan con su empaque; según él, algunas veces ha comprado discos de un género y cuando llega a su local para escucharlos descubre que son de otro.

Muchos coleccionistas dedican lo que sobra de sus gastos básicos, como pagar una casa y mantener a la familia, a comprar música. Manolo tiene que vender sus discos para mantener la casa y asegurar el pago de la bodega. “Siempre he sido comerciante y no me gustaría trabajar en otra cosa. Todos los discos que tengo están a la venta, ese es mi trabajo”, así resume su relación con los vinilos, como un negocio igual que cualquier otro. Que a veces se pone mejor, como en estos días que le alquilaron 10.000 discos para una película que van a rodar en Bogotá, y le pagarán cuatro millones por dos días.

En 1894, The Berliner Gramophone Company de Filadelfia, Estados Unidos, empezó a fabricar los primeros discos comerciales. Hoy, en el 2015, Manuel Arias continúa comprando y vendiendo discos de vinilo. Con su bodega repleta y grandes dosis de paciencia seguirá haciéndolo, porque, como dice, “El vinilo no volvió, es que nunca se ha ido”.

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