• Camila Prieto // camila_prieto@javeriana.edu.co //

Café sin palabras


Hablamos con las manos

Y escuchamos con los ojos.

-Anónimo

En la séptima con 57 hay un enorme letrero con luces que dice: “café sin palabras”. Llevaba varias semanas viendo este letrero en mi camino a la universidad y preguntándome ¿qué es un café sin palabras? La curiosidad me llevó a investigar más de este extraño lugar. Primero, busqué en internet y para sorpresa mía era un café sordo. Entonces me pregunté ¿Qué es un café sordo? Solo lo comprendería estando allí. Naturalmente, un lunes las personas no asisten a un café, pero por alguna razón tuve el impulso de ir.

Cuando entré, todo era amarillo, lo primero que vi fue un sofá llamativo; también había unas mesas pequeñitas de madera. Sin embargo, al fondo están las mesas de verdad; la barra y un tipi con cojines para acostarse. Y aunque la soledad rodeaba el lugar, era una soledad acogedora, como en los domingos por la tarde. Detrás de la barra se encontraba un joven. Me senté en la barra y saludé -en señas- al mesero, me dio la carta y yo ordené –de nuevo en señas- un café latte. Ya venía preparada, fue por esto que saqué una pequeña agenda y un esfero, escribí: ¿Cuál es tu nombre? El mesero me sonrió y escribió Christian, ¿tú? A partir de ahí, “hablamos” un rato más, usando la agenda como intermediaria de nuestras palabras.

Christian sacó un libro con el lenguaje de señas y se dispuso a enseñarme su lengua. Empezamos con el abecedario, luego los números y las palabras elementales; torpemente yo intentaba entender sus señas y responder de vuelta. Al principio debía anotar letra por letra las señas y mirar el libro para poder decir tan solo una palabra. Comunicarme se convirtió en una experiencia de aprendizaje tremendamente difícil pero también me abrió los ojos a una realidad diferente. Al final del segundo latte (los cuales eran deliciosos) ya sabía que Christian tenía 20 años, estudiaba ingeniería, vivía en Bogotá y llevaba solo dos días de trabajo en 'Café sin palabras'. Al pedir la cuenta, Christian me dio el saldo en señas y no logré entender, se rió y me preguntó si ya había olvidado todo. Después de un largo esfuerzo supe cuánto debía pagar, me despedí en señas y volví a la Javeriana (que por cierto tiene su propia seña) a donde todos estamos acostumbrados a usar, únicamente, la voz para expresarnos .

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