• Sara Jaramillo Osorio -

Una mancha de sangre en el norte de Bogotá


Foto de: Sara Jaramillo

A las 10:21 de la noche un taxi se estaciona frente a la puerta del Hospital Simón Bolívar. En la parte superior de la fachada del edificio, hay un cuadrante rojo con letras blancas que dice “urgencias”. Un señor de aproximadamente 50 años de edad se baja y rápidamente se acerca al portero de apellido Negrete, quien con la puerta a medio abrir, pregunta: “¿Hacia dónde se dirige? ¿Cuál es su urgencia?”. El señor con voz temblorosa responde: “Tengo a mi madre fallecida acá, me acaba de llamar la médica Rodríguez”, el portero, un poco confundido lo mira incrédulo, posterior a esto, el señor se exalta y grita: “Mi mamá está en la morgue”. Sin pensarlo dos veces, Negrete abre la puerta de un solo golpe y lo deja pasar.

La sala de urgencias del hospital es un parqueadero, su piso es de cemento, es al aire libre y las ambulancias estacionadas son su decoración. Una caneca de basura verde y otra gris a las que no les cabe un paquete más, se encuentran al lado de las sillas azules que están destinadas para los familiares y acompañantes de los que son ingresados a urgencias. No llueve, pero en Bogotá las noches son frías, a esta hora la temperatura registra nueve grados centígrados, a las 3 de la mañana serán seis. El cielo infinito es el techo que cubre a las personas que esperan noticias de sus enfermos, noticias que no les van a llegar a no ser que pregunten por ellos.

Al lado de una de las ambulancias estacionadas, se encuentra un señor con uniforme azul oscuro, es un conductor. Dice que el hospital recibe las llamadas del 123 y que trabaja cinco días a la semana en turnos de doce horas. Mientras fuma un cigarrillo, su mirada se dirige a las personas que pacientemente esperan algún tipo de información. Cuenta que en promedio trae siete u ocho personas en su turno. Este hospital cuenta con 25 ambulancias, lo que quiere decir que, al día, se reciben alrededor de 200 urgencias. Pero, hay excepciones, hoy la noche parece tranquila, las ambulancias esperan las llamadas y el silencio comienza a ser ensordecedor.

Negrete –el portero de ojos negros, 1.60cm de altura y el ceño fruncido- puede ser una de las personas más odiadas en este lugar. Los acompañantes constantemente le preguntan por información que él no tiene y le piden un ingreso que no está autorizado a dar, aunque con su mala cara no parece querer darlo. Solo puede permitir la entrada de familiares cuando el paciente es un menor de edad o supera los 65 años, de lo contrario todos deben esperar en el frío bogotano.

Fotos de: Sara Jaramillo

Fanny Castillo –una mujer de contextura gruesa, piel morena y pelo negro, lleva puesto un saco rosado de capota, unos jean azul claro y unos tenis desgastados- tiene a su padre de 85 años internado desde el lunes. Como es un adulto mayor ha podido estar con él la mayoría del tiempo, de no serlo, solo podría verlo en las mañanas de 11 a 11:30 y en las tardes de 5 a 5:30.

El señor Castillo ingresó por un paro respiratorio, lo tuvieron lunes y martes en un sofá sin ningún tipo de atención; el miércoles lograron ubicarlo en una camilla en la sala de urgencias. Pero, solo hasta el viernes le hicieron un electrocardiograma para revisar el por qué de sus paros. Sin embargo, el cardiólogo no trabaja los fines de semana. Fanny y su padre tendrán que esperar hasta el lunes para conocer el paso a seguir.

Cuando una persona ingresa al Hospital Simón Bolívar en carro, se encuentra con una caseta donde hay un portero que le pregunta hacia dónde se dirige. Independientemente de la respuesta, este le dirá que los estacionamientos están reservados para los funcionarios, y que si desea parquear su carro, el lugar más cercano es en la séptima con 153, a diez cuadras del hospital.

Desde esta caseta se pueden observar las decenas de estacionamientos disponibles, pero que por alguna razón no se pueden ocupar. Las personas deben ingresar caminando, o, en su defecto, en ambulancia. Esto significa que si un enfermo ingresa en un automóvil particular, tiene que atravesar a pie todo el frente del hospital para llegar a su parte trasera donde se encuentra el gran letrero de “urgencias”.

El Hospital Simón Bolívar abrió sus puertas el 24 de julio de 1982, al principio atendía consultas externas y urgencias. Pero sus servicios fueron mejorando, en 1987 ya era un hospital con nivel II de atención y a partir de 1991 es nivel III –esto significa que cuenta con gran número de especialistas y llegan pacientes remitidos de hospitales regionales. Actualmente se dice que tiene la mejor unidad de atención para quemados del país.


Los pacientes de este centro médico hacen honor a su título, sin duda alguna deben tener toda la paciencia del mundo para esperar atención e información. La sala de urgencias cuenta con un baño mixto, su olor es desagradable, no hay papel higiénico y hay que hacerle buena cara al portero para que lo deje entrar. Ni hablar de una cafetería, hay dos máquinas dispensadoras a medio llenar, y si se quiere comida real, los porteros recomiendan salir a la esquina de la 165 con séptima donde hay unos “chuzos” de comida.

Son las 11:17 P.M. y tres mujeres están sentadas con dos cobijas encima, vienen preparadas para pasar la noche acá. De un bolso, sacan unas refractarias plásticas llenas de comida, el menú es arroz, plátano maduro y pollo. Las tres empiezan a comer y hablan entre ellas. Leidy Mena –una de las mujeres que está comiendo- cuenta que ayer, su marido, Deider Altamiranda de 38 años de edad, recibió un disparo en la cabeza.

Se dice que fue una bala perdida. Él trabaja de obrero y ya iba camino a casa, hizo una parada para dejar a un compañero que llevaba en la barra de la bicicleta y justo cuando se estaba devolviendo, recibió el impacto en su cráneo. La policía lo llevo al Hospital de Suba, en donde lo tuvieron toda la noche con suero y a la espera de un neurólogo.

Infografía del sistema de salud // Realizado por: Sara Jaramillo

Sin embargo, a las seis de la mañana les avisaron que el hospital no contaba con un especialista, por lo que Deider debía ser trasladado al Hospital Simón Bolívar.

Leidy, con lágrimas en los ojos dice: “lo trajimos acá a las 7:30 de la mañana y esta es la hora que no lo han operado, no han hecho nada y tiene la bala en la cabeza, no ha comido nada desde ayer”. Se queja del trato de los vigilantes, pues para ver a su esposo ha tenido que pelear con ellos. Incluso dice que los médicos la han tratado mal y se burlan de ella cuando no entiende los términos que utilizan. En repetidas ocasiones menciona que el Hospital de Suba y el Simón Bolívar son los peores hospitales de la ciudad, afirmando que si no se tienen los recursos económicos o no se hace escándalo, dejan morir a los pacientes.

Cuando Deider llegó al hospital en la mañana, le hicieron un TAC y una radiografía. El médico encargado de dar la orden para la cirugía que le deben hacer nunca se ha comunicado con Leidy ni con las dos mujeres que la acompañan -son sus sobrinas políticas. Con la voz quebrada y a punto de estallar en llanto, la mujer dice: “yo no se qué esperan, y él está con mucho dolor en este momento, yo acabo de verlo y me dijo que no puede dormir y está desesperado por no comer”. A pesar de que su esposo está en una camilla dentro de un cuarto, a Leidy le toca esperar afuera del hospital cualquier novedad. Está asustada. Dice que lo van a dejar morir.

Las salas de espera son lugares incómodos. Cada persona está pasando por un drama diferente, todos se miran e intercambian sonrisas amables que esconden su angustia interna. En un momento de silencio, salen de la puerta dos mujeres ahogadas en llanto. Todos las voltean a mirar. Se sientan en las sillas azules y abrazadas intentan encontrar consuelo. El esposo de una de las mujeres –Myriam Mahecha-, presentó una convulsión a las 10:30 A.M. y fue ingresado al hospital al mediodía. La mayor preocupación de Myriam es no estar ahí para él, no poder verlo ni acompañarlo y sobre todo que no le dan la información como ella quisiera.

Su voz es calmada, aunque tiene los ojos hinchados de llorar y toda su piel sonrojada, afirma que su esposo está en las mejores manos y que todo hace parte del protocolo de salud del hospital.

Sin embargo, con esos ojos que solo expresan decepción cuenta: “Han ocurrido situaciones aquí en la sala de urgencias que han sido de mal gusto, a veces la tranquilidad de los que trabajan aquí hace que afecte el ánimo de los acompañantes. Vi como falleció una señora sobre el mediodía por el capricho de los vigilantes. Ella llegó en un taxi, el hijo se bajó y pidió una camilla de urgencia, el portero salió muy tranquilamente a ver la situación, hasta que otra persona que los acompañaba se alteró y golpeó fuertemente la puerta. Mientras sacaban la camilla, la mujer ya necesitaba reanimación, no había nada que hacer”. Myriam dice que su caso es diferente, los médicos le han dado toda la información que ha requerido y que en medio de todo no le ha ido “tan mal”.

A las 12:56 A.M. llegaron dos ambulancias más con casos de gravedad leve que pudieron ser ingresados inmediatamente. Negrete cuenta que en las noches “tranquilas”, las personas son atendidas rápidamente, pero en noches como el domingo del Día de la Madre, los turnos pueden demorarse hasta 45 minutos. Mientras un perro callejero olfatea toda la sala de espera, una mancha de sangre en el piso –lo suficientemente grande para dar escalofríos-, parece marcar el camino de salida del hospital.

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