• Texto por: Lizeth Suesca Ariza

El arma del conocimiento


305 excombatientes se convierten en el primer grupo en alcanzar un título de educación superior como técnicos agropecuarios. La graduación se llevó a cabo el pasado 8 de marzo con la Fundación del Parque Nacional de la Cultura Agropecuaria (Fundapanaca) que se encargó del proceso formativo con el apoyo del gobierno colombiano.

Dos filas de hombres y de mujeres caminaban entre dos tribunas, como un camino que los edecanes le hacen a la realeza. A un lado, los familiares de los marchantes: humildes, de rostros redondos y ojos aguados, sentados en unas gradas de madera. Al otro lado, la prensa, con cámaras, videocámaras, trípodes, y el afán de reportar.

Mientras tanto, un animador enumeraba con voz enérgica: “Recibamos a los graduandos, hombres y mujeres que dejaron los armas para volver al campo, vienen de Cauca, Chocó, Antioquia, Caquetá, Guaviare, Tolima, Catatumbo…”. Iban felices, pero los nervios no los dejaban sonreír. No caminaban, marchaban erguidos, con la mirada al horizonte. Una foto al pasado de 315 hombres y mujeres que solían empuñar armas en la selva, la planada, la ciénaga, la península colombiana. Conservaban las botas de caucho, pero ahora marchaban sin camuflado; lo hacían con un overol de color beige.

Se sentaron justo en el centro de las gradas, sacaron sus celulares y empezaron a grabar a sus compañeros y a quienes los observaban, simultáneamente, cámaras y reporteros seguían grabándolos a ellos, el primer grupo de exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, que se habían formado como técnicos agropecuarios. Ahora como Fuerza Alternativa del Común que venían del campo, hijos o padres campesinos y con ello, esperaban volver a serlo.

El 24 de noviembre de 2016 entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las Farc se suscribió el acuerdo que le dio fin al conflicto armado más antiguo de Latinoamérica. En el texto, la guerrilla prometió dejar las armas y confiar en que el gobierno les diera los recursos, les enseñara otras capacidades y les proporcionara tierras para volver al campo. La ceremonia de graduación del 8 de marzo de 2018 en Quimbaya, Quindío, muestra que la implementación, aunque a paso lento, avanza.

Se trataba de un grado en el campo; en el Parque Nacional de la Cultura Agropecuaria, Panaca. El lugar era una gran carpa blanca en la que se instaló una mesa central con los funcionarios de gobierno que fueron testigos de la jornada: Óscar Naranjo, vicepresidente de Colombia; Joshua Mitrotti, director de la Agencia de Reincorporación y Normalización; el padre Carlos Osorio, gobernador de Quindío; Jaime Pérez, alcalde de Quimbaya; Juan Pablo Díaz Granados, presidente de la Agencia de Desarrollo Rural; Camilo Acero, jefe de Gabinete de la Vicepresidencia; Pastor Alape, exintegrante de las Farc y Jorge Ballén, presidente de Panaca.

Más de 120 personas, entre familiares, 57 profesores agropecuarios y periodistas estaban reunidos en la tarima central para observar la graduación. Mientras se daban algunas palabras los graduandos miraban con atención las pantallas ubicadas en las gradas. Primero habló Jorge Ballén, luego el vicepresidente Naranjo.

En mi paso como miembro de la fuerza pública he tenido varios encuentros con combatientes de las filas de las FARC, estos acercamientos siempre han sido marcados por un común denominador: la muerte. Ahora este encuentro cara a cara está lejos de ser sinónimo de combate —dijo Oscar Naranjo con voz enérgica y pausada.

Luego pronunció algunas palabras Pastor Alape, una figura histórica de la antigua guerrilla y ahora miembro del Consejo Nacional de Reincorporación; mientras hablaba le temblaba la mano con la que sostenía el micrófono. A Alape le llovieron aplausos, pero no más de los que tuvo Diana Patricia Verano, una excombatiente que se encargó de representar a todos los graduandos con sus palabras:

Farianos, seguimos convencidos de que 53 años de lucha no han sido en vano —proclamó, y cerró con una consigna impetuosa—, ¡hasta la victoria siempre! La gran diferencia es que ahora lo harán sin el poder intimidante de las armas.

Al aplauso estruendoso le siguió el discurso de una representante de los ‘profes’, quien en medio de las lágrimas otorgó menciones de honor a sus estudiantes por su actitud, compañerismo y desempeño. El animador llamó a los excombatientes uno a uno a pasar a la tarima para estrechar las manos de los funcionarios del gobierno y recibir su diploma.

Jóvenes y ancianos acomodaban su overol al escuchar su nombre y se levantaban entre los aplausos y halagos de sus compañeros. La vida guerrillera es la unión entre camaradas, son lazos familiares construidos a punta de sonrisas, victorias y derrotas, ahora unidos por el sueño de un mejor futuro.

Mientras pasaban, las personas podían ver las costuras de la guerra: cicatrices amplias en el rostro, manos trabajadas, a algunos incluso les faltaban sus extremidades, pero también así se comprometieron con las 605 horas de estudio. Desde hace varios años Fundapanaca puso en marcha este proyecto de formación a líderes rurales y campesinos del país, que funciona bajo la metodología de “aprender haciendo” donde se experimenta a través de la interacción directa con el campo y los animales.

Sus rostros inundados de alegría contagiaron a sus familias. Mientras algunos se fundían en abrazos, otros tomaban fotos y videos. Alberto Casas, un hombre de edad, cargaba bajo el brazo su diploma y una carta que le dio su hija. Aunque las clases comenzaban a las 6:30 de la mañana y terminaban a las 9:00 de la noche, Alberto y otros compañeros se quedaban con los profesores para aprender a leer y a escribir.

Usted sabe que uno piensa las cosas al revés. Fui agente de policía y me sacaron por hacerle un favor a un comandante, de ahí uno queda con la sangre ardiendo. Me llamaron para integrarme a las Farc y me fui, trabajé con el comandante Óscar en el frente Teófilo Forero durante 12 años —decía mientras miraba los ojos de su esposa.

Alberto pagó con sufrimiento y depresión haber cambiado el rumbo de su vida, fue condenado a 10 años de cárcel por concierto para delinquir, terrorismo y extorsión, delitos que, según él, jamás cometió. En la prisión aprendió a tallar esculturas, su arte lo compartió con sus compañeros y profesores en Panaca.

Ahora con 74 años me gradúo de agricultura. Es una nueva oportunidad. Estoy muy emocionado.

Liliana Gutiérrez compartía entre risas con un grupo de amigas, posaban frente a un celular cambiando lugares y haciendo caras para las fotos. Las cámaras no la intimidan, su voz sólo titubeó cuando habló de los imprevistos que podrían obstaculizar el proceso de paz.