• Juan Sebastián Lozada Sepúlveda -

Poesía, la hermana fea


¿Por qué hay tantas personas en la Feria del Libro de un país en el que el índice de lectura es de 2,9 libros por año? Al menos eso mostró la Encuesta Nacional de Lectura del 2018. Luego fui entendiendo al ver los gentíos afuera de las presentaciones de libros de youtubers y también cuando me percaté de los ríos de personas que entraban a las presentaciones de libros de meditación y autoayuda.

Portada del libro 'Poemas de entrecasa' // Foto de Sebastián Lozada

Que haya público para esas cosas está bien. Después se puede discutir que los adolescentes renueven su amor por la lectura a través de libros que más que relatos bien logrados son recetas de belleza. Lo que me estremece es que, detrás de la plétora y el ruido, se escondían, discretos, numerosos salones en los que se juntaban autores de libros de cuentos, poesías y novelas, con un auditorio deprimente; para 30 asientos, siete personas; para 50, unas 15; para 70, veintitantas, y así.

No entro a los salones de la FILBo que presentan ejemplares de meditación porque para mí no hay mejor abstracción que unos buenos versos y, en vez de la autoayuda, pues ayudo al prójimo poeta al que, de quinientos mil semejantes que asisten a la Feria, solo tres pobres diablos vamos a comprar su libro.

Pero aún con ese drama inevitable, la Feria es un lugar de encuentros fantásticos. Les comparto este:

Estaba previsto que conversara con el periodista Juan José Hoyos sobre su último libro En el nombre del padre en un salón de la Feria, así que, el día anterior, la ansiedad me impulsó a revisar el lugar en donde iba a ocurrir el evento. Cuando abrí la puerta vi la escena reiterativa: un viejo leía su libro de poemas y los pocos presentes lo escuchaban placenteros. Me uní a los espectadores.

Libro de Miguel Méndez firmado por el autor // Foto de Sebastián Lozada

Después de un par de poemas, el viejo soltó uno que tengo grabado como con tinta en la cabeza. Me acordaba muy bien del poema y de su título, pero esa noche me encontré, de forma mágica, con el nombre del autor y con su aspecto.

Y mientras el poeta, que tenía canas de la corona hasta la barba, recitaba sus líneas, las lágrimas se me escurrían por la cara. El final describió mi sentimiento: ...esa tarde de marzo que fuimos / brevemente inmortales.

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