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La última petición


“Hermanita, no se olvide de mis papás, no se olvide de nosotros”. Es la petición que le hizo Lenin Pinilla a su hermana Edidzabel el 1 de enero del 2000, en forma de despedida, sin saber que sería la última. Lenin desapareció al año siguiente, el 15 de octubre de 2001 -cuando tenía 19 años-, en el municipio de Uribe (Meta), en la vereda El Tigre. En agosto de 2006, en el municipio de Mesetas, fue hallado muerto.

Tras casi 17 años de sufrir la ausencia de su hermano Lenin Pinilla, que fue hallado muerto en una fosa común del municipio de la Macarena en el 2006 y cuyos restos fueron entregados a su familia el 10 de mayo del 2014, Edidzabel -desplazada por la violencia del municipio El Castillo (Meta) en el 2003- sigue recordando esa petición que Lenin le hizo la última vez que hablaron: no olvidar nunca a sus padres.

“No papito, yo siempre los tengo en mi mente y por eso siempre vengo a visitarlos, nunca los olvidaré”, fue su respuesta. Así, cada dos años Edidzabel visita a sus padres, sin falta, y llama a su padre cada tres días. No los olvida.

FOTO: Edidzabel Pinilla Gordillo

“Y así es que el partió, siguió su camino”, dice agachando la cabeza, mientras relata cómo su hermano se fue ese primer día de año nuevo. Continúa su historia al levantarla. Lenin vivía en la finca con sus padres, un hermano menor y un sobrino, pero en total la familia estaba conformada por 5 mujeres y 4 hombres. “Él se desapareció muy joven, en el municipio de Uribe, no dejó ni hijos, ni esposa, ni nada” dice, pues para él era muy importante lograr que sus padres estuvieran bien antes que independizarse. Así se lo manifestó muchas veces a Edidzabel; le decía: “hermanita, cuando yo me case será porque tendré a mis papás bien, que ellos vivan bien, yo no puedo desamparar a mis papás”.

“Para nadie es un secreto que La Uribe siempre ha sido una zona roja, muy peligrosa, que siempre ha sido poseída por la guerrilla” asegura. Según el Registro único de Víctimas (RUV), hasta hoy este municipio ha presentado 2.539 víctimas del conflicto armado, Es por ello que su padre no se atrevió a poner la denuncia por la desaparición de Lenin, porque temía por la seguridad del resto de su familia.

Ella lo recuerda como un muchacho juicioso, participativo y trabajador -sus ojos cansados se aguaron mientras lo describía-, Lenin era quien ayudaba en la finca, a él le gustaba jugar fútbol e ir a otras veredas a compartir. Según Edidzabel, su hermano era el único diferente entre los nueve, “empezando por la estatura: era un hombre alto, medía más o menos 1.80cm, era un hombre grande”. Pero más allá de su estatura y sus gustos, para ella y para su familia Lenin representaba un ejemplo a seguir: “Él era un ejemplo para nosotros (…) nos dejó mucha enseñanza y mucha experiencia”, cuenta con una sonrisa leve en su rostro.

Recuerda que el día 31 de diciembre de 1999, un día antes de su última despedida, mientras montaban a caballo -algo que disfrutaban hacer juntos- su hermano le preguntó: ay hermanita, ¿cuándo será que nos volvemos a ver? Sin poder retener más las lágrimas, Edidzabel cuenta lo mucho que extraña a su hermano, “yo siempre lo recuerdo en su día de cumpleaños, lo recuerdo un día de la madre, un 31 de diciembre… nunca uno lo olvida. Esas reuniones, las cosas que hacíamos y compartíamos”, cuenta y guarda silencio por un instante, mientras toma de la mesa algo para secar sus lágrimas y toma alientos para continuar con su relato.

Pasaron muchos años en los que ella y su familia enfrentaron la vida con la constante incertidumbre del paradero de Lenin, sin saber quién los separó de ellos. “Mis papás no se desapropiaban de la finca, esperando que algún día mi hermano apareciera” dice, así que su padre solía visitar la finca. Un día en que regresó a visitarla, se encontró con un amigo de la familia que le contó la mala noticia mientras se tomaban un tinto. Su nombre y foto de la cédula figuraban en una de las cartillas de Justicia y Paz que habían llevado al municipio. “A él lo hicieron pasar como guerrillero”, relata Edidzabel. Cuando recibieron los restos de Lenin, les dijeron que si querían saber más acerca del caso fueran a averiguar al Tolemaida, “así como quien dice: es un perro que matamos y ya”, cuenta con indignación.

La situación afectó, sobre todo, a sus padres, “mi mamá se echó a agotar, se echó a acabar (…) la finquita está abandonada, mi papá ya no se puede ir a trabajar por allá, ya no tiene salud (…) todo se quedó en la nada”. En la finca empezaron a faltar muchos recursos, porque Lenin era quien aportaba económicamente al hogar. Después, Edidzabel tuvo que salir desplazada de El Castillo a Villavicencio con sus hijos en 2003. Según un informe del Centro de Memoria Histórica en el que se recopilan cifras otorgadas por el DANE, entre el 2000 y el 2004 hubo 8.220 personas que dejaron el territorio a causa del conflicto armado. “Los agentes del Estado lo tratan a uno como el bicho feo, como una persona rara, por ser desplazado”, dice. Así, lleva 15 años en situación de persona desplazada por la violencia, así como otras 1.854.786 de personas que sufrieron desplazamiento forzado en el país entre el 2002 y el 2005, según información de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.

Por su parte, la vida que ha tenido que enfrentar no ha sido fácil tampoco. Edidzabel cuenta que no hay oportunidad de empleo fijo en Villavicencio. Ella es modista, pero como no tiene una buena situación económica, no puede montar un taller para sustentarse. “Yo coso en un taller, por ahí por un mes, dos meses, 15 días, a veces hasta voy y hago un turno de un día y ya” cuenta. Por ahora sigue luchando por esclarecer la situación de su hermano, y para ello ha contado con el apoyo del Colectivo Orlando Fals Borda, organización que le ha prestado a ella y a muchas víctimas más del conflicto armado servicios de psicología y demás ayudas. “La ayuda de ellos ha sido mucha. Les agradezco mucho”, asegura Edidzabel. Finalizó su historia diciendo: “Dios le da a uno esa fortaleza”.

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