• Annie Gómez R - annie.gomez@javeriana.edu.co //

Asado familiar en época electoral


En tiempos de elecciones presidenciales siempre procuro quedarme en casa o deambular por los espacios bien calladita, casi como un fantasma. En los buses evito hacer contacto visual, especialmente con las señoras de más de 50 que siempre encuentran motivo para iniciar la conversación. Si cojo un taxi me hago la enferma. En las clases me siento sola en primera fila al frente del profesor, así sea de los que irradian un olor irritante.

Meme tomado de redes sociales

El otro día rompí la regla y me senté junto a una compañera. Y, sin ninguna intención, le pedí que me regalara crema de manos. Acto seguido: ella sonrió, me pasó un tarrito con la inscripción Salvatore Ferragamo, me guiñó el ojo y se quedó atenta esperando mi respuesta. Yo, por pena, también le sonreí ¡GRAN error¡ Al día siguiente ya me había agregado a Whatsapp, a Facebook y a Twitter. Me envía a diario listas de difusión con memes jodiendo a Duque y me invita por Facebook a un millón de eventos en el sur para hacerle campaña a Petro (True Story).

A mi familia la he evitado como he podido. Llevo supuestamente un mes en la cama con cólicos y dije que me habían robado el celular y por eso “lamentablemente” había tenido que salirme de todos los grupos de Whatsapp.

Sin embargo, del tradicional asado por el cumpleaños de mi abuelo no había escapatoria. El ambiente de elecciones se sintió desde la organización del evento. Mis papás, que se rehúsan a abandonar a De la Calle a pesar de sus perversas decisiones, se encargaron de la Pola. Mi primo Esteban, estudiante de antropología en la nacho, de mochila y ruana, ferviente Petrista, pidió llevar los aguacates (orgánicos, obvio).

Mi tía Marta, profesora pensionada y fiel seguidora de Fajardo, dijo que llevaba la carne, pero entonces que ni de res, ni de cerdo, por consiguiente tocó por el centro con pollito, pero que ni muy frío ni muy caliente; entonces fue asado con pollo tibio.

Mi tío Paco, ingeniero civil o algo así, fue quién puso la casa bien ostentosa a las afueras de Chía, de esas con esculturas de leones en la entrada y un cuadro de la última cena en 3D que ocupa casi toda la sala. El pobre que, a pesar de las encuestas insiste que Mejor con Vargas Lleras, no dejó de lamentarse por la calle de la entrada, que si hubiera sabido con tiempo la habría mandado a arreglar —lógicamente con la plata de otros— y, de ñapa, no paraba de hacerle chistesitos morbosos a las niñas que servían la comida diciéndoles que para la próxima el uniforme iba a ser un bikini como el de la campaña.

Y mi abuelo, católico hasta las canas, cuyo aparente único interés en la vida es poder llegar bien a la finca —y por lo tanto de frente con Duque— dijo que se encargaba de la música. Por ende, pasamos toda la maldita tarde escuchando a Silvestreeee Dangond.

El día parecía interminable. Cuando al fin empezaron a echarle candela al carbón, saltó mi primo petrista a joder por las energías limpias, mientr