• Juan Sebastián Lozada Sepúlveda -

Jesucristo por Petro


"El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos"

Lucas 4:18

El Greco - La expulsión de los mercaderes, óleo sobre lienzo. 1571.

La Pax Romana es, quizás, el antecedente más parecido a la Alemania nazi de Hitler. La “pacificación” de los territorios árabes, belgas, bretones, galos y godos –los verdaderos godos– era en realidad un afán de los césares para poner prefectos romanos en toda la tierra, a costa de todo. Estos pueblos antiguos resistieron, y murieron. Algunos fueron más aguerridos, pero en todo caso el proceso fue sanguinario. Las guerras de las Galias obedecieron a un paroxismo romano de muerte y destrucción.

Lamento el remoto ejemplo espaciotemporal, pero se debe entender que en ese contexto nació Jesús de Nazaret. Apareció en pleno régimen romano, uno que quería que todos los de Judea fueran iguales, uno en el que Herodes el Grande, según la Biblia, mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén. La figura arquetípica de Herodes permanece como la del opresor por excelencia.

Así que el discurso de Jesucristo, en la tradición religiosa, es un discurso de contrapoder. Predicaba el reino de Dios, o en palabras políticas de hoy, otra forma de gobierno. Dicho de otro modo, negaba que el gobierno romano fuera uno legítimo y uno que bastara para las demandas de los hombres que vivían en ese entonces. Entonces empezó a juntarse con los pobres, los sucios, las prostitutas, las viudas y los enfermos y a decirles que había algo mejor para ellos.

No me interesa debatir si Jesús existió o no, ni traer a colación las pruebas o contrapruebas históricas. Pero todos podemos estar de acuerdo con que existe en la agenda política de nuestros días. Los cristianos son cristianos por el Cristo y votan en las elecciones. Gustavo Petro dijo en su cierre de campaña en la Plaza de Bolívar que el mandamiento más grande de Jesús no era “mataos los unos a los otros” sino “amaos los unos a los otros”. Es una figura evidente, vehicular y, en esa medida, existe en la realidad política.

Sigamos. Jesús volteo las mesas de los mercaderes y tiró al piso sus tiendas cuando estaban en el templo. Perdonó a la adúltera, y desafió a los maestros de la ley que querían matarla a pedradas. De nuevo rompió la ley cuando sanó a un hombre el día sábado, el día de descanso. Jesús llamo a Simón, el Zelote, para que lo acompañara como uno de sus apóstoles. Aunque los historiadores abrigan posturas encontradas, en general se piensa que los zelotes fueron guerrilleros de la época, la facción más violenta del judaísmo que se enfrentaba a los maestros de la ley y luchaban porque Judea tuviera independencia del imperio romano.

Jesús prometió otro gobierno, rompió la ley y fue un auténtico agitador. Incluso redujo la ley de Moisés, una lista interminable de prohibiciones para los judíos, a los dos mandamientos del amor: a Dios y a los otros. Un mandamiento del que Antonio Caballero se refirió alguna vez, en su libro Patadas de ahorcado, como el más revolucionario que existe. Entonces, ¿por qué Jesucristo resulta ser una paradoja que aglutina tantas discordias actuales? El personaje histórico es el amuleto de los xenófobos de Europa, los republicanos de Estados Unidos, y de los racistas y misóginos que se oponen a las demandas en pro del aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario y la adopción homoparental en Latinoamérica.

Parece que el Jesús de las multitudes latinoamericanas no es, extrañamente, el revolucionario del que hablaban pestes los fariseos y lo acusaban de mentiroso y loco, sino otro viejito extremista que promulgaba el odio de clases, que quería que se respetara la propiedad privada, y que, bajo ninguna circunstancia, dejaría entrar a los homosexuales en el reino de los cielos. No es el Jesús que conozco, no es mi Jesús. Pero así se ha tergiversado su imagen para que la gente en México no vote por López Obrador, y para que en Colombia derrotemos a Petro, el guerrillero.

Tengo otras cosas en contra de los candidatos que menciono. Por ejemplo, que son la personificación de nuevos caudillismos problemáticos para los países de este continente, como expone Enrique Krauze en un reciente y brillante texto del New York Times. Krauze ilustra su punto acudiendo a la situación de los sandinistas en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia; Argentina tuvo lo suyo con Eva y Juan Domingo Perón. Pero esos argumentos son para una Colombia de voto racional. Wilson López López, doctor de psicología social y catedrático de psicología política en la Universidad Javeriana, opina, sin tapujos, que está claro que el sufragio en el país no es racional o, por lo menos, no es informado.

Que entre el diablo…

Para la segunda vuelta presidencial, los colombianos tienen que elegir entre Petro y Duque, y, como es apenas lógico, el espacio público que supone las redes sociales es el escenario para la creación de estigmas que se vuelven consignas absolutas. Una de ellas es que estamos prestos para escoger entre “dos extremos”, o, también, que ambos candidatos son tan nefastos que es mejor que entre el diablo y escoja, por mencionar una opinión reciente de Héctor Abad. Pero las redes sociales se han vuelto una maraña de sentencias estúpidas y frases vacías que invitan a la gente a votar por estereotipos, en el sentido más sensato, a la manera de Stuart Hall. Invoquemos la definición: “Los estereotipos retienen unas cuántas características sencillas y fácilmente percibidas y lo reducen todo acerca de una persona a esos rasgos, los exageran, los simplifican y los fijan sin cambio o desarrollo hasta la eternidad”.

Lo cierto es que el estereotipo es un recurso a la medida de los contradictores de Petro, pero no sirve para contradecir los ejes programáticos de Duque, pues el problema no es si la gente inventa mentiras del candidato del Centro Democrático, sino qué tanto endosa sus verdades. Verdad es que Álvaro Uribe es la sombra de Duque tanto como este piensa nombrarlo presidente del Senado de la República.

Verdad es que bajo el gobierno de Uribe se rompieron los balances institucionales y el astuto señoreó sobre la rama judicial, la legislativa y la ejecutiva, los organismos de control, y aún otros independientes como el Banco de la República. Verdad es que bajo el gobierno uribista, el Estado intervino ilegalmente comunicaciones de periodistas y políticos del país. Verdad es que, durante los mismos años de gobierno, el ejército ejecutó con sevicia a jóvenes civiles y los hizo pasar por guerrilleros para poder recibir prebendas del gobierno como premio.

El estereotipo de Petro, o mejor, esos rasgos fijos, exagerados e incambiables son los siguientes: que es un tipo soberbio y arrogante, que es ateo, que no puede ponerse zapatos Ferragamo y abogar los por los estratos bajos al mismo tiempo y que es un guerrillero. También existen verdades: como la ya reiterada incapacidad administrativa cuando fue alcalde de Bogotá. Pero no me interesa alegar quién tiene más o menos méritos para quedarse con la presidencia en segunda vuelta y por eso soy arbitrario en la balanza.

Esos mismos que han creado un estereotipo frente a Gustavo Petro, también se han inventado un Jesús para odiar a las que abortan, a los gays, a los pobres, a los guerrilleros que no han dejado de ser campesinos, y a los políticos de izquierda. Pero Jesús no odió a esos, no odio a nadie, pero sí vivió en contra de los del establishment; los maestros de la ley, los gobernantes avaros, los cobradores de impuestos y los injustos. Camada de víboras, sepulcros blanqueados.

Ese es Cristo, a mi criterio, y esos son sus seguidores, que no lo merecen, como sugiere Gandhi. Conversé con una amiga después de elecciones y ella me confesó que, a último minuto no votó por Sergio Fajardo por ver a Claudia López como fórmula vicepresidencial. Dijo que era “una vieja muy paila”, pero cuando le pregunté el por qué solo me devolvió una pregunta: “¿No va en contra de tus principios?”. Respondí que no, y acudí al Cristo libre de tergiversaciones: el que ama incondicionalmente. Qué artificioso es el concepto del Mesías para los cristianos votantes. Ese que solo los salva a ellos y a los otros les da la espalda. Con esa bandera, los cristianos saldrán a las calles cuantas veces sea necesario para defender a la familia, pero se quedarán tranquilos en casa mientras asesinan a los líderes sociales de Colombia. Con esa consigna los cristianos votan en contra de los homosexuales, los negros y los indígenas –por hechiceros–, y a favor de los ladrones, los tramposos y los homicidas.

Las tarimas de Duque y Petro después de los resultados del domingo fueron elocuentes. En la sede del candidato de derecha no se veían, con facilidad, a las personas que acompañaron al de la Colombia Humana: indígenas, afrodescendientes, líderes campesinos, madres cabeza de familia, estudiantes de cabello desordenado, viejos con mochila y barba desarreglada. Es difícil controvertir que Gustavo Petro representa un cambio esperanzador en la subjetividad de las clases más bajas del país. Lo demostraron electoralmente Chocó y La Guajira.

Lamento que el sufragio cristiano sea el de la obstinación y la tirria; y que personajes como el youtuber Oswaldo Ortiz o el exprocurador Ordoñez hagan parte de la bandada. No creo que Dios tome bandos ni en la política, ni en el fútbol. Por eso el voto moral es el argumento más pobre para unas elecciones que son de todos y no de unos cuantos. Los que votan así no están honrando sus convicciones religiosas y siguiendo la imagen de su salvador. Su voto confiesa su falta de amor por los otros.

Saulo persiguió a los discípulos de Jesús e incluso participó en la lapidación de uno de ellos, hasta que se convirtió en Pablo y dejó escritas unas epístolas en la Biblia. A la iglesia de Galacia le escribió lo siguiente: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

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