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Canciones psicocósmicas para una frijolada espacial


En el barrio Teusaquillo de Bogotá vive el hombre que hace bailar a los marcianos. Se llama Eblis Javier Álvarez y con su banda, los Meridian Brothers, propone un sonido distinto y experimental que no olvida la diversión.

Eblis Javier Álvarez, de los Meridian Brothers // Foto de Natalia Rivero

Cuando Eblis Javier Álvarez llegó a estudiar noveno grado al Gimnasio los Andes fue la sensación por su habilidad al tocar la guitarra. Sus compañeros pensaron que era muy raro que llegara tan grande a un nuevo colegio. “Me echaron porque no hice nada”, les decía. Era un niño raro, no era muy aplicado en sus clases y tenía una obsesión por dibujar en todas partes. Intentaba proteger de cualquier rayón los dibujos que hacía en su puesto. “¡Pedro, que no me raye mi pupitre!”, le gritaba a Pedro Ojeda mientras limpiaba su mesa con un borrador. Era obsesivo. Y lo sigue siendo. Era distinto. Y lo sigue siendo.

Actualmente, Eblis tiene un estudio donde produce música, se llama Isaac Newton. No es nada parecido a su pupitre del colegio: lleno de cacharros de metal por el suelo, congas, guitarras, cables enredados y gruesos palos de balso. Por dondequiera que camine, sabe dónde está cada cosa debajo de su desorden. A eso suenan los Meridian Brothers, el grupo experimental que creó; suenan a instrumentos indisciplinados que van por donde les place.

Sus canciones son igual de exóticas a él. Los temas de los Meridian podrían ser los éxitos que ponen los marcianos en diciembre. Mientras en Colombia suena El ron de vinola o Traicionera de Pastor López, en Marte bailan al son de la Guaracha UFO para celebrar el fin de año.

Coge un manojo de cables delgados rojos y verdes que están conectados a una placa blanca llena de huecos. “Estoy trabajando en el nuevo proyecto de los Meridian Brothers. Es un robot artesanal, este es el cerebro”, dice Eblis. Lo hizo con ayuda de tutoriales en YouTube y libros para poder armarlo.

Eblis Javier Álvarez, de los Meridian Brothers // Foto de Natalia Rivero

En el Corán, Eblis es un ser de figura humana con rostro negro, barba blanca, corona y dos cuernos a los lados. Es el equivalente a Satán, el que se rebeló contra Dios. El Eblis bogotano es menudito —como dirían las abuelas cachacas—, blanco y con barba, usa gafas ochenteras de marco café y tiene el cabello castaño y crespo. No vino a desatar el apocalipsis ni a traer las siete plagas de la Biblia, pero sí a ponerse en contra de la música establecida. “Empezamos a cagarnos en la academia, a cagarnos en el sistema”, dijo en Ataque Tropical Bogotano, un documental de Noisey.

En un video aparece Eblis con una túnica roja hasta los pies y una capota como la del Ku Klux Klan que cubría mitad de su cara. Estaba en el escenario con sus sintetizadores y hablando con la voz distorsionada, como si hubiera tomado una bocanada de helio. Junto a él estaba en la batería Pedro Ojeda, el que le rayaba el pupitre en el colegio. Ambos tienen un grupo de metal fusionado con ritmos tropicales que se llama Chupameldedo. Estaban en París tocando Metalero —otro exitazo de diciembre para los marcianos—. Es una parodia de El cumbanchero, de Aníbal Velázquez. Con sus distorsionadores, Eblis hace una voz más profunda, que se asemeja al canto gutural del metal, y empieza a cantar: “Meta, meta, meta, metalero”, mientras sacude la cabeza adelante y atrás rápidamente.

Yo quería ser piloto.

Y ¿qué pasó? —le pregunto.

Que terminé tocando Rock n’ Roll. Me volví metalero, entonces se me olvidó lo de ser piloto.

Es difícil clasificar la música de los Meridian. También lo es definir a Eblis: es pura contradicción. Se pone una camisa formal blanca con un pantalón azul de sudadera y unos tenis. Dice que no le gusta catalogar su música, pero en la sala de su apartamento tiene tres bibliotecas con cidis y vinilos empacados en plástico y dispuestos por género o país. Las secciones tienen papelitos de diferente color que están pegados en el primer vinilo de cada división. Con la música colombiana es aún más meticuloso —como lo era limpiando su pupitre—: la clasifica por género.

Colección de música de Eblis // Foto de Natalia Rivero

¿Cuántos vinilos y cidis tiene?

No, la verdad no sé, como 400. Realmente lo más importante es cómo están clasificados —explica mientras observa toda su colección desde una silla—. Soy muy bueno organizando.

El Tiempo le hizo una nota de cinco renglones en 2001, donde decía que era una de las promesas de la música clásica colombiana. Además, el artículo anunciaba su presentación en el auditorio de la biblioteca Luis Ángel Arango. Ese día no hubo muchas personas en la sala, entre 20 o 30, pero era un buen aforo. Eblis estaba en una silla sentado frente al público mientras apoyaba su guitarra en el muslo izquierdo, con la pose rígida de los guitarristas clásicos. Nada comparado con la actualidad, cuando se sube a la tarima para cantar con voz distorsionada cosas como “somos chismosos, en la sala orinamos”.

Allí, en la Luis Ángel Arango, empezó a interpretar una de las suites de Bach para guitarra más complejas. Todo iba bien, hasta que olvidó una parte de la obra. Terminó su concierto —porque le frustra dejar algo a medias— y desde ahí se retiró de los escenarios más clásicos para terminar tocando “salsa marciana”, como lo catalogó Chucky García en el documental de Noisey Ataque Tropical Bogotano.

¿Qué hace si olvida un fragmento de alguna canción en los Meridian? —le pregunto.

Tengo que aprenderme catorce canciones por concierto. Si se me olvida alguna, me invento la letra —dice antes de pedir una jarra cerveza en un café del Park Way.

La música no le importa tanto, sino la técnica. Mientras unos buscan escribir las mejores letras románticas que terminan en el top # 1 de Vibra, otros trabajan para hacer un hit de reggaeton bien discotequero con líricas deplorables. Eblis, por su parte, solo quiere jugar: compone canciones con letra, pero no le gusta cantar. Por eso utiliza los distorsionadores para volver su voz más aguda o más grave, para jugar con su materia prima: el sonido. “No logro terminar de hacer el performance de un cantante, es algo que me molesta. No siento que sea capaz de caracterizar de una manera carismática”, explica el meridian brother.

Cuando toma cerveza en jarra le queda espuma en el bigote. “Mi vida es un desastre, pero con mis proyectos soy muy organizado”, dice antes de tomar un sorbo. Esta vez tiene un suéter de lana que sobresale de un abrigo verde militar, como el de los soldados ingleses. Por debajo de la silla mece sus Dr. Martens negras, está ansioso.

Eblis es psicorrígido con sus proyectos, dice que sin planeación no se llega a ninguna parte. Sin embargo, no lo ve como un trabajo, sino como un juego: un día juega a ser Bob el Constructor para crear robots de percusión o a componer música y descomponer letras. Una semana lee sobre filosofía y otra sobre robótica; al mes siguiente explora las polirritmias en la música latinoamericana y luego puede terminar escribiendo un reggaeton funerario, como su canción Baile último (del preso que va a la silla eléctrica por ofensa a la moral colombiana). Su estudio es su salón de juegos. “No soy un niño, porque tengo 41 años, pero cuando voy a tocar siento esa ansiedad como cuando jugaba”, explica mientras termina su primera cerveza.

Escribió en su experiencia laboral que en 1979 ganó el concurso de baile para niños del conjunto Luna Park, en el barrio Restrepo. Para terminar su reseña cuenta que mientras vivió en Dinamarca estuvo en el coro de una iglesia protestante y actuó paralelamente haciendo de mejicano dentro del grupo Cuarteto Original.

A veces tengo la sensación de que se está burlando de todos nosotros, de sus oyentes, pero es una burla inteligente”, opina Juan Carlos Garay, periodista cultural de la Radio Nacional, quien recuerda la vez que fue jurado de Jazz al Parque y leyó el formulario de los Meridian Brothers para ingresar al festival. Todas las bandas tenían que enviar a cada jurado una reseña biográfica del grupo. Eblis había escrito en el formulario de los Meridian que era “la típica música que usted escucharía en una frijolada en la casa de Pepita Mendieta”.

Eblis Javier Álvarez, de los Meridian Brothers // Foto de Natalia Rivero

Posiblemente si usted come fríjoles mientras escucha temas como Vigilen al jinete fantasma que decidió nuestro futuro o Queremos subir al cielo a saludar a Dios, luego bajar y contárselo a todos nuestros amigos y vecinos, le van a caer pesados. No se puede escuchar a los Meridian Brothers mientras trapea el piso o limpia el polvo. Se debe hacer con toda la calma posible para entender lo que se esconde detrás de tanto ‘ruidajo’, como dirían los mayores de 60.

La canción Estaré alegre, no estaré triste la hizo inspirado en el tema de Gal Costa Vou Recomeçar. “Ella dice que qué diablos, voy a estar alegre y voy a volver a empezar”, explicó Eblis cuando puso el long play de la brasileña en el tocadiscos que tiene en su apartamento. A veces se pone romántico y escribe canciones como ¿Tendré que luchar con los 95 carniceros que pretenden tu amor?

Tú hermosa y bien repuesta

bello ejemplar de la Tierra

Tú la guerrillera bonita

quiero tenerte enterita

Le pregunto si alguna vez ha dedicado sus canciones. Con pose de científico se pasa una mano por la chivera —lo hace siempre que reflexiona—: “Muchas a mi mujer, o exmujer… Bueno, realmente no sé qué seamos en este momento, pero la mayoría a ella”, cuenta mientras le hace un gesto a la mesera para pedir otra cerveza.

A pesar de que siempre está jugando, le gusta tener el control de las cosas. En el mesón de su cocina tiene un tarro de Milanta y varios frascos de pastillas, uno de biotina y otros posiblemente de vitamina C o de omega 3. Es hipocondriaco. Cada vez que va de gira le preocupa enfermarse y procura estar lo más lejos posible de las personas con gripa. Cuando empieza a sentirse mal se come un diente de ajo porque, según dice, es antibiótico, sube las defensas y, además, nadie se le acerca. “Él es como obsesivo-tranquilo. Está pendiente de todas las cosas, pero si le sale algo mal, no estalla como un loco ni se pone alterado. Siempre está pendiente de tener todo bajo control”, cuenta Mario Galeano, la cabeza del grupo bogotano Ondatrópica, que comparte escenario con Eblis en Los Pirañas.

Es extremadamente meticuloso, pero siempre busca el humor. No pretende burlarse, sino buscar la risa del público con sus letras, como su canción Fiesta (con el whiskey del folclor), a la cual reseña como “un melodramático retrato de un acaudalado colombiano promedio que por un accidente del destino consume licor adulterado”.

Eblis quiere jugar: con las polirritmias, el tono, las letras de sus canciones, la distorsión y hasta las animaciones surrealistas de sus videos. Muchos dirán que es producto de sustancias psicotrópicas, pero niega firmemente haber consumido ácidos porque siempre le da dado miedo experimentar con eso. “Sí he probado drogas, pero accidentalmente. Muchas veces ha sido en festivales, uno se toma el trago de un amigo y resulta que tenía algo más. Solo dos veces han sido a conciencia”, dice mientras termina su segunda jarra de cerveza.

Tres cervezas después, Eblis empieza a hablar de la relación entre la mecánica cuántica y el esoterismo, de las guerras en el mundo, sobre los signos de los dictadores en el horóscopo chino y deI I Ching —porque le parece “una chimba”—. Se emociona por el electromagnetismo, opina sobre Laureano Gómez y argumenta por qué la carta astral es más efectiva que la psicología.

Así suenan los Meridian Brothers: a un misticismo que surge como resultado de experimentos de un excéntrico cuadriculado que solo quiere jugar o, como dijo Juan Carlos Garay: “Es una música psicocósmica de frijolada en casa de Pepita Mendieta”.

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