• Angie Valentina Suárez Moreno –

CHAPÍN- CHAPINERO


La crónica “Chapín - Chapinero” busca recuperar la historia de una localidad tan grande como lo es Chapinero a partir de la narración propuesta por Andrés Ospina, un escritor de 41 años que en su libro titulado de la misma forma (Chapinero) pretende dar a conocer la historia de varios personajes, que, de una u otra forma terminan relacionándose en torno a un sólo lugar, la localidad fundada por el zapatero Antón.

En la parte final, el objetivo es dar una sugerencia de lo que es Bogotá en general, lo que le falta por construir y su belleza, con la ayuda de Ospina. En suma, Chapinero logra dar un panorama general no sólo de la localidad, sino de la ciudad misma porque como se relata en el texto, un suelo puede ser un suelo de muchos usos, inclusive puede contar historias.

La historia es en ocasiones como un tejido o, si se quiere, como un edificio en el que cada ladrillo representa un recuerdo distinto e irremplazable, porque sin sus ladrillos ese edificio no es nada: sin los recuerdos la historia termina convertida en olvido. Una muestra de ello es Chapinero. El escritor Andrés Ospina lo narra con sutileza en su libro titulado de la misma forma, el cual ahonda en la historia de cinco personajes que tienen una sola cosa en común: sus vidas se unen y transcurren en esta, la localidad 2.

Chapinero debe su nombre a Antón: el personaje más destacado del libro y quien representa el origen de la localidad y, a su vez, su esencia. Antón es un zapatero español, quien poco antes de la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada a la sabana de Bogotá contrajo matrimonio con la hija de un hacendado de Usaquén, en ese momento, una población separada de Bogotá.

La feliz pareja recibió como dote una estancia de ciento cincuenta hectáreas, que estaba situada en el lugar que hoy ocupa la estación de gasolina de la 59 con Séptima. Tiempo después, debido al oficio de Antón como fabricante de chapines (zapatos de suela de madera y correa de cuero), que eran ideales para el fango que rodeaba su hogar, los habitantes lo apodaron “el Chapinero”.

Luego, en 1871, la familia de José Asunción Silva compró una propiedad bautizada ‘Chantilly’. Fue en dicha quinta que comenzó el esparcimiento de la ciudad a través del tranvía – de tracción animal – y los atardeceres del lugar que mucho tiempo después se convertirían en el referente de muchos escritores.

Andrés Ospina, dice, que quería contar la historia de un barrio, de ese mismo lugar en varios tiempos y, de alguna manera, mostrar cómo uno puede estar vinculado con muchas historias y con muchos pasados sin ni siquiera planteárselo. “En cada persona no sólo vive la persona misma sino sus ancestros y sus descendientes hay una historia que una persona no puede ver pero que está en ella”, aseguró. Es caminar por una calle sin saber quiénes murieron y vivieron allí antes.

Es por lo anterior que aparece el segundo personaje del libro, su nombre es Higinio, un habitante de Chapinero hacia inicios del siglo XX, nacido el 13 de diciembre del 33 -como se relata en el libro- y cuyo registro de nacimiento se encuentra en el templo de Santa Bárbara de Usaquén construido hacia 1700 y que hoy adorna el paisaje que la rodea, los árboles, el camino empedrado y la gente que recurre todos los días a visitarla.

Ospina se identifica con Higinio, porque “contrario a todos los demás, es un personaje a quien la vida lo golpea y tiene una actitud estoica y alegre a pesar de eso”, relató. El personaje perdió varios hijos (cinco para ser exactos) y a pesar de su dolor, eso lo hizo más fuerte.

Otro personaje: Salvador, un hombre de 20 años que cuenta sus aventuras como universitario, las salidas al parque en la plaza principal de Chapinero, hoy conocida por la imponente Iglesia de Lourdes: una construcción neogótica donde resaltan los vitrales, los arcos de ojiva y las cornisas. El autor aclara que Salvador viene de unas historias de familia exageradas tras años de ser contadas pero que se apoyan en la prensa de los años 30.

Tania es la representación de la mujer de los sesenta, hippie y rocanrolera, quien a través de transistores y alcohol sabía a qué lugar de Chapinero llegar para asistir a las presentaciones de las bandas colombianas – apología a las norteamericanas- Los Speakers, Los Ampex, Los Young Beats, Los Caminantes, entre otras. Llegaba siempre en bus, entre calles llenas de huecos, pasaba por la 11 con 72 y la 27 con 60. Su discoteca favorita era Ship a Go-Go, donde ella podía ser lo que quisiera, al igual que la mayoría de los adolescentes de la época, preocupados por la paz mundial, con sus atuendos anchos y de colores, quienes salían a las calles a dar a conocer su cultura.

El salto histórico de Tania a Lorenzo es abismal, un personaje contemporáneo, con el estereotipo de artista incomprendido. Conoció Chapinero tal como es ahora, con el uso de suelos diverso donde se puede encontrar desde un parque monumental, con espacios para almorzar una tarde de domingo, pasando por las casas coloniales que se observan por la carrera 17 hasta centros comerciales. Lorenzo es una proyección de muchos temores que tenía el autor de llegar a la edad adulta, su peor lado.

Dicho personaje estaba angustiado por la crisis financiera y se encuentra en un dilema: vender o no una herencia familiar, antigüedad cuyos orígenes eran desconocidos. Lorenzo es el hilo de la historia, es él quien reúne al pasado y el presente a través de la multiplicidad de voces que cuentan una única historia: el origen de Chapinero.

Por su parte, Andrés, el autor del libro escribe sobre lo que conoce, sus primeros años de vida transcurrieron en un barrio que se llama Sears, hoy Galerías (cerca de El Campín y a Chapinero). Después estuvo viviendo en Quinta Camacho, entró al colegio – que era campestre- y tuvo que trasladarse a Toberín. Luego vivió en Santa Bárbara. Sus abuelos vivían en Chicó. Años después tuvo la oportunidad de vivir en la Cabrera, luego cerca al Virrey y ahora vive en la 82 con séptima. Sin duda su vida se caracterizó en su mayoría por estar cerca, vivir, e investigar sobre Chapinero.

Su deseo de escribir sobre lo que conoce, lo lleva a reflexionar sobre lo que es la ciudad hoy “Bogotá tiene muchas cosas mágicas que los bogotanos no conocemos”, afirmó. También hizo una crítica a la manera como se concibe a la ciudad: “Bogotá se debe pensar como una ciudad con identidad propia, se suele mostrar como una ciudad de primer mundo y no lo es. Generalmente cuando se quiere agasajar al extranjero el citadino lo lleva a conocer los Centros Comerciales y es absurdo porque la ciudad no puede jugar a ser la ciudad donde hay un McDonald’s o un Subway en cada esquina. Bogotá tiene cosas más interesantes.”

Por ejemplo, lo que sugiere Ospina es dar a conocer el Pasaje Rivas o el mercado de las pulgas. Convertir la ciudad en una capital del grafiti, dar a conocer la diversidad de aves en la sabana o llevarlo a Chapinero a conocer su historia. Finalmente, Bogotá se convierte, según el autor en una “madre generosa con hijos desagradecidos.” Porque somos muchos los que habitamos en esta ciudad y algunos la miran con desprecio. Bogotá es una víctima, la hemos sobrepoblado, sobreexplotado, la hemos urbanizado mal. “Si Bogotá es horrible es porque la hemos hecho horrible” afirmó, es nuestro deber cuidarla y cambiar la visión de la misma, convertirla en una “madre generosa con hijos agradecidos”.

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