• Camila Pérez - camilaperez@javeriana.edu.co //

Una copa que lo cambió todo


La copa menstrual ha ganado popularidad en los últimos años por ser una alternativa que no produce desechos y no contamina como las toallas higiénicas y los tampones. Sin embargo, existen muchas prevenciones y tabúes sobre su uso. Una periodista aceptó el reto de utilizarla y descubrió mucho más que un dispositivo de higiene íntima.

No recuerdo la primera vez que escuché sobre la copa menstrual, pero en los últimos meses el número de mujeres que la usa ha aumentado y, en cierta forma, eso me causó curiosidad. Sabía que para muchas usarla es una manera de ayudar al planeta, de reducir los desechos y la contaminación, pero me preguntaba por qué, más allá de eso, tantas mujeres la quieren y la recomiendan.

Así que antes de usarla indagué, quería saber de qué se trata todo esto que causa controversia en el mundo femenino. En ese momento fue cuando averigüé que no es algo que se haya inventado hace unos pocos años, sino que a finales del siglo XIX ya existían algunas versiones rudimentarias de este dispositivo y, en 1973, Leona Chalmers, una actriz estadounidense, lo rediseñó, lo patentó y lo sacó al mercado, aunque su éxito no tuvo tanta resonancia, pues se vio opacado por la popularidad que tuvieron los tampones en aquella época. Sin embargo, hoy en día la copa se retomó y se ha hecho popular por la necesidad de usar alternativas diferentes acordes con la conciencia ambiental y la comodidad de la mujer.

Cuando fui a comprar la mía me sentí un poco desorientada, porque no supe cuál era la adecuada, pues, aunque la mayoría de copas están fabricadas con silicona médica existen diferentes tallas, colores y marcas. De hecho, se pueden escoger según la edad de la usuaria, su tamaño y la cantidad de flujo. Por eso empecé a buscar la que se ajustaba a mí y a lo que quería, a pensar por primera vez cómo funcionaba mi ciclo, pues necesitaba algo que fuera acorde con mis necesidades.

El primer impacto

Para ponerme la copa tenía que introducirla en mi vagina. Y en realidad era raro tocarme, sentirla, pues nunca me enseñaron a ser curiosa, a explorarme y ver qué podía significar conocer mi parte genital y sexual. Por eso me la quería poner rápido, porque me sentía extraña acomodándome la copa. Ese día caminé media hora y el pánico que sentía de mancharme era exagerado, pensaba que todo el mundo me miraba, y tenía una sensación de extrañeza de solo recordar que tenía algo dentro de mí.

A la media hora de habérmela puesto, fui al baño de mi casa y, al mirar mis pantis, vi que efectivamente tenía una mancha roja de sangre. Me sentí un poco frustrada porque pensé que me la había puesto mal y que seguramente esto se iba a repetir en los próximos días. Sin embargo, lo más tedioso fue tratar de sacar la copa de mi cuerpo: me daba miedo tocarme y fue muy difícil al principio, porque no sabía cómo hacerlo, cómo sacar ese dispositivo sin sentir incomodidad. Ahí fue cuando recordé a Gabriela Rivera, creadora de Flowfem, una marca que vende copas menstruales, quien me explicó cómo extraerla: “Lo primero es no asustarse, pues el canal vaginal tiene el tamaño de un alfiler, por lo que la copa no va perderse ni irse a ningún lado. Lo segundo, es hacer contracciones vaginales para que vaya bajando y finalmente se pueda sacar desde la base”, me dijo. Entonces eso fue lo que hice y la incomodidad desapareció.