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Memorias del socavón


Más que una profesión, la minería es una forma de ver y entender la vida. Santicos y Pantera son dos rostros de lo que significa ser minero en Cundinamarca. Las tragedias mineras, la minería ilegal y el cuidado del altiplano, engloban los dilemas del hombre cundiboyacense.

FOTO: Tifanny May. Pantera luego de trabajar en la mina.

Pantera camina para el casino. Está tan cansado y tiene tanta hambre, que no se ha lavado la cara ni se ha quitado el casco. Ni siquiera ha apagado la linterna de su frente. Acaba de salir de una mina gigantesca, donde trabajan otros 25 mineros como él. Todos bajan hacia el casino. El casino es el comedor. No hay juegos de azar. Su única diversión es un televisor, un asiento cómodo y la luz del día. El grupo que viene a comer, es el de Pantera y Adelmo. Todos son hombres duros, forjados en la tierra y en la roca. Sus ojos resaltan como perlas entre la suciedad negra. Entre ellos, Pantera es especial. Él no solo pica piedra y saca carbón, también saca hombres, estén vivos o muertos, de las minas. Estos mineros entraron a la mina a las tres de la mañana y acaban de salir. Faltan diez minutos para que el reloj marque la una de la tarde.

Antes del encuentro con Pantera y Adelmo, tuvimos que atravesar un verdadero laberinto. El primer destino es el alto de Tierra Negra, que está a dos horas de Bogotá. Allí, la vía a Sutatauza y a Ubaté se desvía por otra que se empina hacia las montañas. Tierra Negra se cubre de neblina y se hace un destino denso. Cuatro casas, una vía que se divide y la profundidad del campo verde. Tomamos la vía empinada y a partir de ahí hay que caminar hasta que un colectivo aparezca y nos lleve a Pluma. En el camino se ven venir motociclistas a toda velocidad que aparecen de entre la neblina sin aviso. La neblina parecía silenciar el lugar. Algunos motociclistas tienen todo el rostro negro. Siempre que pasan, hacen un gesto o pitan. Uno responde el saludo. Así es la cordialidad del campesino cundiboyansence.

Mientras se asciende por la empinada, aparecen chozas y casonas hundidas en el campo. Las rodean cultivos de papa y las cuidan perros furiosos pero enclenques, que aparecen en cada esquina como fantasmas para mostrar los dientes y asustar. Hasta Pluma son 30 minutos en carro. De ahí, falta entrar por un sinfín de caminos a Peñas del Cajón. Pudimos haber tomado diez caminos distintos. Todo está rodeado de colinas y montañas. Los farallones de Sutatauza se ven al horizonte cuando se despeja el cielo. Todas estas montañas están a reventar de carbón. Incluso se pueden ver las peñas del mineral desnudas a lo lejos. Aun así, no solo se ven minas en el panorama, también están los cultivos de papa, que deslumbran por su simetría y belleza.

FOTO: Tifanny May. Vía destapada a los títulos mineros

Penetramos más allá de la carretera principal. Está pavimentada hasta la mitad. Tomamos un camino que debía conectar con el título minero llamado El Mortiño. Un título minero es una zona que delimita cierta cantidad de minas. Montaña adentro el camino no está marcado. Hay que encontrar algún lugareño para guiarse. Hay peñas abandonadas y lo que parecen ser huecos de minas viejas llenas de escombros. La tierra se ve gris en muchas partes, y los árboles se caen sin color, como la ceniza. La gestora ambiental de los títulos mineros del sector se llama Jenny. Ella dice que son cada vez menos las zonas así en Peñas del Cajón. Nos habla de la restauración ambiental en muchas minas y de la explotación responsable.

Minminer, la asociación que reúne a los dueños de minas en el lugar, la contrató para cumplir las exigencias de la CAR: disminuir los residuos plásticos dentro de la mina y en el exterior; estimular el crecimiento del prado en los alrededores de la mina; generar conciencia en el cuidado de la flora y la fauna; y procurar procesar los gases que salen del interior de la tierra, entre otros proyectos. Ella es conocida por casi todos los mineros. Sabe tratarlos y hacerles llegar el mensaje. Nos invitó a un festival ambiental en el que mostrarán sus minas piloto en la recuperación de la tierra y las zonas circundantes.

FOTO: Tifanny May. La boca de una mina

Yo había estado en el lugar antes y había conocido a Santicos, un minero pensionado. Supe de él por Alejandro Atuesta, un conocido que me lo presentó. Alejandro es hijo de Pedro Atuesta, quien era muy amigo de Santicos. Pedro murió en un accidente minero hace ya más de diez años. Santicos aún recuerda a Pedro y al pequeño Alejandro. Alejandro trabajaba junto con su padre en la mina y era quien cargaba las volquetas de carbón. Él, al igual que su padre y que Santicos, trabajó desde los quince años en la mina. La minería solía ser un oficio familiar y generacional, ahora lo es mucho menos. Luego de la muerte de su padre, Alejandro salió de ahí y ahora es abogado. Tiene un recuerdo frío y distante del lugar. Ya casi no se siente su acento cundiboyacense.

Santos Bello o Santicos, como le dicen, fue minero durante más de 40 años. Sus manos están molidas por el trabajo. En una, le falta una parte de su dedo meñique y la punta de su pulgar. Santicos, sentado frente a su pequeña casa de muros agrietados, parece extrañado de vernos.

La minería ha cambiado mucho desde que Alejandro se fue. Santicos trabajó en varias minas, como la del Manzano o la de los Hornos, minas de Mario Contreras, uno de los terratenientes de la zona. Su padre fue minero, su abuelo también. Él cree que desde 1930 su familia se dedica a la minería.

—Y ¿no se acaba el carbón? —pregunto.

—Entre más tiempo pasa, más retoña —me dice sonriendo.

Santicos recuerda los años que quedaron atrás y a quienes vivieron y murieron en este lugar. Recuerda al padre de Alejandro.

—Su papá fue el que murió, ¿no? —pregunta.

—Claro, fue con la pólvora —responde Alejandro—. ¿Se acuerda?

Santicos recuerda crudamente la muerte de Pedro. Esa crudeza no era más que la triste cotidianidad de muchos mineros, sobre todo de los más viejos. El hombre dice, señalándose la sien, que Pedro se había hecho un hueco con un pedazo de peña en la explosión.

––Se hizo un hueco chiquito, y solo con eso tuvo la muerte, ala —agregó Santicos.

FOTO: Tifanny May. Mineros ven TV en el casino

Según la Agencia Nacional Minera (ANM), durante el transcurso de este año ya se han reportado 51 emergencias mineras, en las cuales han muerto 37 personas. El año pasado murieron 136, y en el 2016, 124. La mayoría se debió a derrumbes y explosiones dentro de las minas. Boyacá lidera la terrible estadística, seguida de Cundinamarca y Antioquia. Estas estadísticas representan las muertes con relación a los accidentes de trabajo en la mina. Sin embargo, en otros lugares, como en Chocó, los mineros mueren por deterioro de la salud a largo plazo o por los actores armados implicados en la minería.

––¿Usted sí estudió luego de la mina, no, ala? —cambia de tema Santicos.

––Sí, por fortuna, porque es raro el que estudia —responde Alejandro.

FOTO: Tifanny May. Un carro y despensa de la mina.

Caminamos y nos topamos con una mina muy pequeña. Apenas hay una choza a un lado y el hueco de la entrada no mide más de metro y medio. Alejandro, quien trabaja ahí de malacatero, nos explica su trabajo. Confiesa que a veces entra sin casco a la mina. También cuenta cómo es adentro.

––¿Cómo hacen adentro para el baño? —pregunto.

––Uy, adentro eso sí es feo, ala. Por la calor —me dice mientras camina a desocupar el coche de carbón.

––¿Huele a picho? —vuelvo a preguntar.

––Imagínese usted.

Nos muestra los planos de su mina. También los tipos de gases que hay. Son siete y todos matan: porque explotan o porque ahogan. Adentro no hay oxígeno, así que lo hacen fluir con ventiladores. Esta mina se conecta con la más grande, que es la de Pantera. Fuimos hasta allá.

Ya es la una de la tarde. Vienen Adelmo y Pantera de una colina. Se quitan las boquillas y los elementos de seguridad. Acaban de terminar su turno. En un principio, Pantera es un poco más seco para hablarme. Gracias a Adelmo, acceden a dejarse fotografiar. Aunque luego Pantera se suelta y me hace saber que no es un minero como los demás. A diferencia de muchos, ha salvado a decenas de mineros de la muerte.

––Uno en esto no puede ser miedoso —dice Pantera.

Este año, Pantera ha atendido seis casos de emergencia. Pantera es un hombre pequeño, pero atlético. La expresión de su rostro es seria. Acaba de salir de la mina en la que estuvo diez horas. Abre los ojos cuando cuenta las veces que arriesgó su vida en los túneles derrumbados o recién explotados a los que fue. Su compañero, que está a su lado y con quien pasa todas esas horas bajo tierra, dice que Pantera es el mejor de Cundinamarca, el más reconocido. Pantera ha llegado a pasar hasta 24 horas bajo tierra trabajando en rescate.

FOTO: Tifanny May. Adelmo izquierda y Pantera derecha.

–––Hay cuadrillas de rescate que duran días y no encuentran nada. Este hombre corona en dos días —dice orgulloso Adelmo.

Pantera lleva quince años en esto y ha salido intacto siempre. Empezó porque su patrón en la empresa Llanitos le preguntó si quería hacer un curso de salvamento minero. Pantera aceptó, y el patrón le pagó el curso. A partir de ahí fue ascendiendo por su excelente desempeño. Dice que ha tenido que sacar muchos amigos, vivos y muertos. Para Adelmo, eso hace bonita la vida del minero. Según él, este trabajo enseña mucho. Todos se cuidan entre sí. Pantera cuenta que en otro accidente en Cucunubá, hace dos meses, todos esperaban los cuerpos sin vida de los mineros y lograron rescatarlos.

––Pero la más anécdota, fue la vez que fuimos por un minero que habían declarado muerto. Tenía la cabeza rota de acá hasta acá —cuenta Pantera con emoción mientras pasa su mano de la corona a la frente.

––Y ¿qué pasó?

––Yo vi que movía el pie siguió Pantera—. Le dije al compañero que ese man estaba vivo, y ahí mismo fue que abrió los ojos. Parecía de una película de terror. Él tenía dos niñitos.

Pantera también tiene un hijo. Quiere que el muchacho estudie alguna ingeniería. Tiene quince años. Dice que su hijo no se va a dedicar a la minería. Pantera y Adelmo saben que el trabajo es muy duro, pero lo prefieren entre otros. Pantera trabajó como taxista durante el tiempo que vivió en Bogotá. Cree que es más peligroso ser taxista que ser minero. Una vez casi lo matan por robarlo. Dice que la minería lo expone a un alto riesgo, pero que le ofrece muchas ventajas: un sueldo de casi tres millones mensuales, todos los seguros y una pensión, si trabajan para una compañía. Ellos, por ejemplo, trabajan para Minminer. Aunque esa no es la misma suerte de todos los mineros. En varias minas los trabajadores no tienen un seguro adecuado para el trabajo de alto riesgo. Muchos tienen jornadas de más de doce horas para lograr dinero adicional. Hay quienes también se van a las peñas de más abajo a trabajar en minas ilegales, pues muchos de los que no son contratados en estas empresas acaban trabajando allá.

Atravesamos toda la mina y nos sentamos en el casino —el comedor—. Todos llegan acá con la cara negra y se sientan a comer mientras ven películas. Se concentran mucho en la pantalla. Pantera dice que hay una película en la cual un villano mata usando el mismo gas con que mueren muchos mineros, el monóxido de carbono. Le llaman el gas de la muerte dulce, porque las víctimas se sienten agotadas sin notar nada raro, hasta que se duermen y mueren.

FOTO: Tifanny May. Adelmo a la derecha comiendo junto a otros mineros.

—Quedan con los ojos abiertos, salidos y las manos todas tiesas —explica Pantera.

Él casi muere así. Estaba en un rescate y se demoraron más del tiempo necesario. Tenía un tanque de oxígeno y si se lo quitaba se terminaría asfixiando por la concentración del gas. Pensó que no llegaría a superficie, pero las ganas de vivir lo sacaron adelante.

—Yo solo le pido a Dios, que no me toque sacar un hermano de allá dentro —dice—. Tengo tres hermanos mineros.

Pantera siempre cuenta, una tras otra, las tragedias en las que ha estado. Lo llaman de todas partes del país. La que más víctimas dejó sucedió en 2010 en la mina San Fernando, ubicada en Amagá, Antioquia. Ahí murieron 72 mineros. Por lo general, las víctimas nunca llegan a más de 20 porque ninguna mina es tan grande como para tener en labor tantos mineros a la vez.

Pantera vive a quince minutos a pie de la mina y aún tiene energía para caminar hasta su casa. En la salida del casino, me cuenta que su escuadrón era conocido como El Zoológico: a uno le dicen Burro; a otro, Caballo; a él, Pantera. Su nombre es Arturo Gutiérrez.

—Imagínese por qué me dicen Pantera —me dice suspicaz.

—¿Por qué?

Se dibuja una sonrisa en la cara y no me responde. Prefiere dejarlo en el misterio, aunque yo creo que su apodo tiene que ver con la expresión de su mirada cuando está negro por el carbón. Pero también puede se por su agilidad. O seguramente por alguna razón distinta que explica su valentía. Antes de irse, nos regala una chocolatina a mí y a la fotógrafa.

—Y que vuelvan —nos dice.

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