• Laura Carolina Lozano -

El cruel Señor M.


"¿Tú quieres saber quién soy yo? Te voy a decir quién soy: fui sicario, ladrón, drogadicto, tengo otra hija que tampoco nunca le he dado nada", le advirtió el señor M. a Paloma y le lanzó una mirada tan aterradora que ella sintió que un "frío" le recorría la espalda y le erizaba la piel. Fue en ese momento cuando entendió que se había casado con un "monstruo".

Ilustración por Natalia Latorre

Paloma era una mujer amable, sonriente, ese tipo de persona que se alegra por la felicidad de otros, que prefieren renunciar a la pelea para no entrar en discusión con nadie, que no se quejan de nada, que todo lo acepta. Rodeada de amor creció poniendo a los otros antes que a ella. La devoción hacia su familia era absoluta. Su madre dirigió la casa toda su vida, trabajando fuerte mantuvo el hogar donde nunca les faltó nada. El matriarcado primó sobre su contexto personal, creció con valores conservadores y bajo las ordenes de una familia vigilante.

Todo comenzó una noche de octubre, ella acababa de finalizar una relación de ocho años, su expareja partió a estudiar fuera del país y Paloma se encontraba triste sin él, sus amigas lo sabían y decidieron invitarla a pasar una noche de fiesta y diversión. Sin darse cuenta se enrolló en un torbellino de copas y baile que se detuvo al día siguiente en la cama de un hombre a quien conoció esa misma noche.bUn mes después, extrañó la llegada de su periodo y decidió hacerse una prueba de embarazo, la prueba resultó positiva. Con malestar en el estómago y un nudo en la garganta sintió que el mundo se le venía encima y solo hasta ese momento se detuvo a pensar que un desconocido sería el padre de su bebé.

Ilustración por Natalia Latorre

“Él me dijo que nos casáramos, yo no era una niña de 16 años, era una mujer de 25, ya podía asumir un embarazo”, relató. En aquel momento, sintió una lucha interna entre su herencia conservadora y la posibilidad de aceptar la propuesta.“Yo pensaba en el qué dirán: quedó embarazada de un hombre que conoció anoche y se acostó con él”. Presionada por su madre, quién les cedió un apartamento, se fueron a vivir juntos.

A los tres meses de vida en pareja, ella se dirigió a él con su decisión de suspender la boda, Paloma no terminó de explicarse cuando M. estalló en ira. “Esa fue la primera noche que él me maltrató físicamente, rompió toda mi ropa… me empujo contra la pared y me encerró”.

“¡No permitiré que me quite a ese bebé!”, le vociferó él.

Pasado un día M. actuó como si nada hubiera ocurrido; todo estaba bien, la noche anterior no había sucedido. Paloma atribuyó sus actitudes violentas al alcohol, pues M. empezaba a beber una vez llegaba del trabajo. A pesar de esto, él siguió insistiendo de manera más tranquila su deseo de casarse con ella e iniciar una familia juntos.

“Al día siguiente de casarnos me confesó quién era realmente: un hombre sin escrúpulos, que había matado, consumía droga en exceso y robaba sin tener el más leve sentimiento de culpa o remordimiento. Yo me quedé muda. Pensé en irme, en nunca volver a verlo. No sabía qué hacer, a dónde huir. Cómo contarle a mi familia que estaba viviendo con mi propio asesino”.

“Él me dijo: si usted se va, yo sé dónde vive toda su familia, a usted ni se le ocurra pensar en irse”. Aterrada y cercada no lo quedó otra salida que quedarse con él.

En adelante cada día fue peor que el anterior, ella descubrió que este hombre la iba despojando de su voluntad, libertad y autonomía. Cosas tan pequeñas como dejar podrir un tomate en la nevera la atormentaban, eran el tipo de motivos para desatar al “monstruo”.

Ilustración por Natalia Latorre

“A mí todo me salía mal, si trapeaba mal se daba cuenta y se ponía furioso. Me tiraba en la cara el tomate dañando. Yo únicamente pedía perdón y me repetía a mí misma: el error fue mío, yo fui la que cometió el error, si me está pegando es porque fui bruta y dejé dañar el tomate, me lo merezco”, evocó con el ceño fruncido, cargado de rabia.

“Mi hija fue concebida bajo el efecto del alcohol. Imagino que también habrá consumido droga, nunca supe si consumió o no”.

En el quinto mes de embarazo ocurrió uno de los episodios más terribles de su vida en pareja. Luego de limpiar la casa, bajo la lógica de la perfección, él descubrió un trazo de suciedad que sacó ese lado oscuro que lo habitaba. En un arrebato de ira levantó a Paloma, la lanzó contra el piso, y como si tratara de una bola de boliche se resbaló hasta estrellarse contra la pared. Desde el piso, ella aún aturdida, lo vio acercarse "como en cámara lenta". Aún recuerda con dolor el puntapié en el vientre y esa sensación de miedo ante la posibilidad perder “el bebé”.

Cuando el monstruo desapareció corrió a ayudarla y le rogó perdón pero con la carga reiterativa de que todo era su culpa, que si hiciera las cosas bien él no tendría por qué recurrir a la violencia para “enseñarla”. Paloma estaba tan malherida que fue necesario llevarla a urgencias; existía el riesgo de un aborto espontáneo y ella lo sabía. En el momento salía de la casa M. le advirtió: “No vaya a contar que le pegué, diga que usted se cayó por descuidada y por eso está así de lastimada”. Ella asintió y partieron.

—¿Nunca pensaste en denunciarlo? — pregunté.