• Felipe Morales Sierra -

La receta de la inclusión


En Proserplant todos los trabajadores tienen diagnósticos de déficit cognitivo severo. Con síndrome de Down, autismo u otras condiciones, estas personas retan el papel de ‘niños eternos’ que les han otorgado y construyen proyectos de vida desde la cocina, la artesanía y la agricultura.

FOTO: Michael Bolaños

¿Qué está haciendo, Juan Pablo? —le pregunta Gloria, la directora, a un hombre de unos treinta años que está parado frente a la encimera de la cocina con la mirada fija en una masa clara.

No me acuerdo —contesta absorto.

Venga le recuerdo: se llaman galletas rizadas.

¡Rizadas! —interrumpe, alegre, Juan Pablo, y el resto de presentes ríe.

Las galletas, como todas las tortas, encurtidos y pasteles que hacen en esta cocina, fueron encargadas por los clientes con días de antelación, pero como hoy es el día de la entrega, las están preparando para entregarlas frescas. El techo de la cocina es un gran tragaluz y las paredes dan la sensación de un blanco absoluto que solo es interrumpido por las puertas de madera de la alacena y por las de la nevera gris de tamaño industrial que se abren constantemente.

Juan Pablo, Carolina y Laura están en horas laborales, por lo cual llevan uniformes como los que usa el personal médico. Los suyos son color marrón y en el bordado del bolsillo de la camisa se lee “Proserplant”. El uniforme tiene un sentido comercial: darse a conocer, ya que esta empresa produce bajo demanda y los clientes llegan a ellos por referencias de otros, por sus redes sociales o, como les ha pasado, porque no es tan común ver a personas con discapacidades en uniforme, y la curiosidad los lleva a involucrarse. Carolina tiene el pelo canoso, lo que la delata como la mayor. Tiene 41 años y no para de sonreír.

FOTO: Michael Bolaños

¿Qué estás haciendo? —le pregunto.

Yo estudié tortas y confitería. Entonces a veces hago tortas, palitos de mora, galletas rizadas, que son un poco más difíciles, pero son buenas —me responde.

Esta empresa, con sus diez socios —también empleados— está compuesta por egresados de Opciones, un proyecto de educación alternativa para personas con discapacidades cognitivas severas, que funciona en la misma casa, y que busca acompañar con terapia el tránsito a la vida adulta de estos jóvenes. Juan Pablo, Carolina, Laura y sus demás compañeros tienen esta condición. Ellos entraron a Opciones en algún punto de su formación y los capacitaron en aquellas habilidades que hoy desarrollan como un oficio.

El origen de una opción

FOTO: Michael Bolaños

Una característica de este tipo de condiciones es que quienes las padecen se estancan en una fase del desarrollo cognitivo que la psicología —siguiendo el trabajo del suizo Jean Piaget— ha denominado “pensamiento concreto”; es decir, que la persona es capaz de describir y actuar sobre los objetos físicos y observables del mundo que la rodea, mas no es capaz de realizar operaciones mentales que impliquen, por ejemplo, analogías, metáforas o hipertextualidad. Por ejemplo, alguien con autismo no entiende si se le da la instrucción de imaginarse que el celular que tiene en sus manos es una piedra.

Gloria Becerra es terapeuta ocupacional y su pasión por el trabajo con personas con estos diagnósticos fue lo que la llevó, de la mano de su esposo, a fundar Opciones hace 18 años. Luego, ella también fundó Proserplant que, en sus palabras, es “una propuesta de emprendimiento con apoyo y soporte terapéutico”, para aportar otra salida laboral a quienes cumplían su ciclo de formación en Opciones y lograban graduarse. Y lo hizo porque un día uno de sus alumnos le dijo que no quería ser un empleado más, “me dijo que él quería mandar”, recuerda. Hablaron con la familia, reunieron a un par de compañeros más y se asociaron para demostrarle al mundo que ellos, igual que cualquiera, pueden dedicarse a la pastelería y la repostería de calidad.

El soporte terapéutico viene en forma de acompañamiento y es constante, como asegura Becerra, pues “ellos vienen acostumbrados a recibir terapia desde niños y no la pueden dejar de recibir de un día para otro”. Lo único que cambia, entonces, es la forma en la que son apoyados.

El trabajo como terapia

FOTO: Michael Bolaños

El amplio desarrollo de su pensamiento concreto les permite a las personas con discapacidades cognitivas dedicarse a labores manuales, siempre y cuando tengan instrucciones claras. Por eso el equipo de Proserplant desarrolla recetarios escritos o en otros formatos, en los cuales es crucial que contengan muchos dibujos.

Laura, que sostiene dos moldes de torta en las manos, tiene síndrome de Down. Su tez es blanca y su rostro está lleno de lunares. Me dice que se dedica a hacer tortas, mermeladas y chocolates, porque fue lo que estudió. Al lado de los moldes ha puesto un libro argollado de páginas blancas plastificadas. Es el recetario y está abierto en la página de las galletas rizadas, una insignia del lugar. Laura señala el estante del que lo cogió, donde reposan, además, libros que indican cómo hacer pasabocas, cupcakes y encurtidos, entre otros. Los diez trabajadores de esta empresa fueron formados y recibieron certificados en aquello para lo que tienen mayores aptitudes.

Mientras el olor a panadería inunda la casa, Gloria asegura que desde el comienzo plantearon Proserplant como una empresa real. No querían que funcionara como otras iniciativas similares en las que la persona con discapacidad no puede ni terminar el producto porque importa más el resultado final que el proceso de formación. Querían alguien que fuera capaz de exigirse, esforzarse por cumplir metas, pero que también tuviera el tacto para trabajar con esta población. Como repiten los terapeutas aquí, alguien que “aprenda a tener la mano quieta, pero la mente abierta”. Características que reunió Paola Galvis, la coordinadora del lugar. Esta mujer se mueve de lado a lado entre la cocina y el cuarto contiguo, el taller de manufactura. Entre los dos espacios está el jardín donde cultivan suculentas, plantas aromáticas y hortalizas. Paola va dando órdenes, está pendiente de quiénes trabajan mejor juntos o quién necesita práctica en determinada técnica. Su trabajo consiste en manejar el personal, llevar las cuentas, recibir los pedidos y manejar las redes sociales para darse a conocer.

FOTO: Michael Bolaños

También se dedica a buscar recetas para ampliar los productos que ofrecen, pero primero debe probarlas ella misma, aprender a hacerlas muy bien para, luego sí, capacitar a quien ella crea adecuado y agregarlas al recetario. Algunas no llegan a esta fase final, pues, como cuenta, “hace poquito nos pasó con una torta de tres leches; era una receta muy buena, pero a la hora de aplicar la técnica hasta a mí se me complicaba”.

Según Paola, el valor agregado de sus productos es que son hechos a mano, que no tienen conservantes y que siempre son frescos: “Por ejemplo las tortas suelen mandarse tibias. Procuramos hacerlas el mismo día de la entrega. Se hacen en la mañana y se entregan en la tarde”.

Por ahora solo cocinan sobre pedidos y aunque alguna vez intentaron producir galletas rizadas en serie, “empezamos a notar que, pasando los días, los chicos caían en aburrimiento. Llegaban preguntando ‘¿Qué vamos a hacer hoy?’, y era otra vez galletas rizadas”, cuenta Gloria.

La receta

Para preparar un modelo de inclusión que ‘cuaje’, el equipo terapéutico detrás de esta propuesta combina tres ingredientes fundamentales: lo primero es mantener una expectativa alta frente a una persona y no frente a su condición. Según Becerra, no solo se documentan sobre los diagnósticos de cada uno de sus estudiantes, sino también sobre quién es esa persona y cómo es su entorno familiar: “Muchos de ellos llegan aquí bachilleres, pero no saben prepararse un desayuno. Muchos ya han terminado su escolaridad, pero no tienen amigos reales porque no los invitan a las fiestas debido a que son diferentes”.

FOTO: Michael Bolaños

El segundo es una generosa porción de normalización, que consiste en crear las mismas condiciones para todos. Como asegura la directora: “Si aceptas que tienes esta condición, pues te meto en un ambiente con condiciones iguales para todos”. Y asegura, gracias a sus más de 30 años de experiencia, que el tercer ingrediente —que no puede faltar— es el respeto de la dignidad, pues la sociedad suele vulnerarla una y otra vez de maneras sutiles y a veces violentas: “Escogemos por ellos, hablamos por ellos, no aceptamos sus opiniones”.

Dice que en este respeto de la dignidad es fundamental el concepto de estatus de edad, que corresponde a esos roles que la cultura impone a determinados momentos vitales. Por eso, paralelo al trabajo, crean la vida normalizada de la edad que tienen las personas: van a cine, a rumbear y salen a cenar, como los jóvenes de su edad. Y todos estos ‘planes con amigos’ los costean con el sueldo de Proserplant, ya que la mayoría de ellos sigue viviendo con sus padres o familiares, quienes velan por su bienestar.

Tras presentarme a Juan Pablo en la cocina, Gloria dice:

Por él vamos a ir a cenar este viernes, por su despedida. ¿Adónde es que vamos a ir a cenar? —pregunta Gloria a toda la cocina

¡Al restaurante! —responde Felipe, otro miembro de Proserplant, de unos 30 años que acaba de llegar a la cocina

¡A Carbón de Leña! —dice Laura

—No señores, vamos a Amarti.

¡A Amarti! —repiten Carolina y Laura.

Acuérdense del lugar porque si no, pues nos vamos a Paloquemao —bromea Gloria y se ríe con las protestas de todos.

Paola, Gloria y el equipo de terapeutas están llenos de anécdotas que demuestran cómo estas personas se ven enfrentadas a las mismas situaciones que todos mientras crecemos. A ellos también les da tusa por un amor no correspondido, también les entran ganas de tatuarse, también les toca aprender a manejar el alcohol. Para Becerra, la clave está en tomarse el tiempo de escuchar: “Los del problema no son ellos, porque es que ellos son así. "Los del problema somos nosotros que no los entendemos”.

Estudiar para ser adulto

Opciones nació para atender una población muy específica: adultos jóvenes y con recursos económicos. Lo primero, porque “alternativas para pequeños hay muchas, pero cuando el chico empieza a crecer, se vuelve un adolescente que necesita una identidad propia” cuenta Gloria. Lo segundo, porque la terapeuta encontró que la mayoría de alternativas que trabajan con personas con estas condiciones son fundaciones, corporaciones y otras instituciones sin ánimo de lucro, pero “hay padres con recursos que quieren construir proyectos gratificantes para sus hijos y no encontraban dónde”.

FOTO: Michael Bolaños

Los alumnos ingresan a Opciones más o menos a los 14 años a un ciclo de formación básica, “para no decirle séptimo, octavo y noveno”, en palabras de Becerra. “Allí buscamos potenciar de una manera pragmática, aplicable a su realidad, todos los conceptos que aprendieron en su formación anterior”, agrega. Por ejemplo, si en su colegio anterior aprendieron los dígitos, pues el trabajo es que se aprendan el número del celular, el de la cédula, cuánto calzan. Becerra explica: “Les creamos un modelo propio del rol de estudiante con cuadernos, cartuchera, exposiciones, evaluaciones; pero que los prepara para la autonomía”, con clases que van desde cocina básica o manejo del dinero, hasta independencia en el hogar, y comportamiento y salud.

Y eso se debe a que el conocimiento debe ser funcional para las personas con déficit cognitivo. De poco les sirve recitar poesía barroca o entender las leyes de la termodinámica, cuando, como el resto de nosotros, deben aprender a cuidar sus pertenencias, su cuerpo y sus emociones. En sus clases, que son personalizadas para no reproducir los modelos educativos en los que fueron violentados más jóvenes, los alumnos aprenden la importancia de tomarse su medicación, qué hacer cuando llega la menstruación, cómo tender la cama, entre otros temas. Lo central es que esa transición a la adultez sea lo menos traumática posible y con un amplio margen de autonomía, que puede ir desde decidir qué pedir en un restaurante hasta despertarse por su cuenta.

El papá de Laura, por ejemplo, tuvo que quitarle el celular la noche anterior, pues la pescó chateando hasta altas horas de la noche y ya mostraba indicios de que no estaba durmiendo bien. Esa mañana Laura llegó a la oficina de Gloria a contarle. La directora, como es obvio, se puso del lado del padre. Laura, al ver esto, le aseguró que era vital que le devolvieran el celular porque ella quería ser autónoma y ahí tenía la alarma.

Hay un segundo ciclo de orientación laboral en el que los alumnos hacen “lo mismo que hacen los muchachos hoy en día terminando el bachillerato: buscar una alternativa”. En ese rol de aspirante, los estudiantes rotan por las más de catorce áreas que ofrece la institución —alimentos, artesanía o manufactura, trabajos de oficina como manejar archivo o papelería y agricultura, son algunas de ellas— y después de conocerse un poco mejor y de entender lo que la familia proyecta, el alumno escoge un área de trabajo. El tercer ciclo, según Becerra, “es más o menos lo que se vive en la universidad: el rol de aprendiz”. La diferencia es que no son aprendices de psicología o ingeniería, sino de artesanía, chocolatería, decoración o empaques.

FOTO: Michael Bolaños

Sus carreras duran entre seis y diez semestres, dependiendo del ritmo del aprendiz. De hecho, parte de ella consiste en hacer sus prácticas y visitar empresas del sector para ampliar sus aspiraciones laborales, pero también para dar a conocer lo que hacen en Proserplant.

En la encimera reposa una bandeja recién sacada del horno. Son palitos de mora: pequeñas tortas rectangulares o bizcochuelos del tamaño de una milhoja promedio, recubiertos con nueces y almendras sobre una capa de mermelada de mora.

¿Para quién es este encargo? —le pregunto a Paola.

—Todavía no tiene dueño, los hicimos porque son los que más gustan.

—Y ¿cuánto valen?

—Doce mil pesos una caja de ocho unidades.

—Me los llevo.

Paola dice que puede que en Proserplant no produzcan en serie, pero están creciendo más y más por el voz a voz, por su calidad, por los precios tan bajos que manejan. El fin de semana tienen una feria, como dicta el calendario en el que consignan cada encargo con nombre y apellido. Todavía no han empezado a preparar los productos de la feria, porque lo harán todo el día anterior, pero ya mandaron a comprar todos los ingredientes. Las ferias les han servido para darse a conocer y, según cuenta Paola, la gente se sorprende cuando alguien con síndrome de Down, como Laura, es capaz de atender la venta, cobrar y siempre convencer al cliente de que lleve más.

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