• Sara Rodríguez Leal //

El clóset de Derly


Hace siete años, Derly Linares abrió las puertas de La Tranxtienda: un espacio donde los hombres entran con su ropa masculina y salen con falda, tacones, pestañas y pelo largo. Allí pueden sacar a relucir la mujer que encierran dentro.

FOTO: Vitrinas de La Tranxtienda.

Es sábado, un poco más de las tres de la tarde. En el Centro Comercial Galaxcentro —en la carrera décima con calle 18—, más allá de las escaleras en espiral para llegar al cuarto piso, se encuentra la entrada a un clóset: La Tranxtienda, un sitio donde algunos hombres que no se atreven a salir del clóset pueden ir a experimentar su feminidad en un ambiente de confianza y privacidad.

Al abrir las puertas del local está detrás de una vitrina Derly Linares, su propietaria. En este momento, algunas de sus chicas —como les dice Derly a sus clientes— se están cambiando en los camerinos. Son dos cuartos medianos, el primero con espejos que tienen bombillos alrededor y unas sillas de plástico blancas, en desorden. Todas las ventanas están tapadas. En una de las paredes hay un afiche que dice “Travestismo de clóset”. En la segunda habitación están los casilleros, algunos con candados y una tarjeta con el nombre femenino por el que les gusta ser llamados a los clientes.

En el mismo centro comercial, en otro almacén, Derly tiene la tienda de ropa para sus chicas. Lo primero que se ve al entrar es un maniquí con un vestido negro de terciopelo, diseñado y confeccionado por Derly. Sus diseños deben tener algunas características especiales porque “las chicas de La Tranxtienda son más grandotas”, dice. “Los brasieres siempre deben tener relleno. El sistema de las mangas debe ayudar a ocultar los brazos gruesos, y un escote muy femenino, pero que no muestre nada porque pues… no hay nada que mostrar”, dice entre risas.

FOTO: Derly Linares, dueña de La Tranxtienda.

La Tranxtienda abrió sus puertas hace siete años como resultado de un chantaje: cuando Derly estaba iniciando la exploración de su lado femenino y todavía no había decidido salir del clóset, su esposa (ahora exesposa) la amenazó con contarles a todos sus conocidos, incluida su hija, que le gustaba vestirse de mujer. Derly tuvo que confesarle a toda su familia su gusto por vestirse de mujer. Ella tuvo el apoyo de su círculo familiar para poder hacer el cambio, pero notó que pocas personas cuentan con la misma suerte, por eso decidió crear un espacio donde sus chicas puedan vivir su feminidad.

Este lugar es público y al tiempo privado; es decir, sus clientes pueden sacar de allí las prendas más vistosas del clóset para mostrarse al mundo como mujeres; pero también es privado porque saben que de una forma u otra su identidad sigue estando oculta dentro de las paredes de este centro comercial.

Primero se busca brindarles un espacio donde puedan comprar una blusa, unos zapatos, ropa interior y medias veladas”, cuenta Derly. Allí pueden encontrar todo lo que necesitan para vestirse, con eso no tienen que recorrer la ciudad para poder transformarse. También tienen un ‘servicio de transformación’, donde les ayudan a maquillarse y vestirse. Por último, en el casillero, “por 10.000 pesos mensuales ellas pueden dejar su ropa y maquillaje, y así evitar problemas en sus hogares o con sus familias”, dice Derly.

Sus clientes suelen ser hombres que están totalmente en el clóset. “Los ves pasar, miran, siguen, dan una que otra vuelta, hasta que pegan el brinco y abren la puerta para preguntar por lo que estén buscando”, explica Derly justo antes de que entre apurada a la tienda una de sus chicas vestida con su traje masculino y cierre rápidamente la puerta detrás de él. Tiene un aspecto muy varonil, viste un pantalón caqui, zapatos y correa marrón, una camisa blanca y un saco colgado alrededor de los hombros. Derly lo saluda con amabilidad y le pregunta qué necesita.

Yo te hablé antes preguntando por unos tacones rojos —le responde él.

Zahyra —la actual esposa de Derly, quien desde el principio entendió y apoyó a su pareja— invita a pasar al nuevo cliente al otro local para que se pruebe los diferentes modelos con calma y más privacidad. En ese momento llega otro cliente, también apurado por cerrar la puerta. Es un visitante nuevo. Tiene una gorra negra y gafas oscuras. Le pregunta a Derly por el servicio de transformación: quiere maquillarse, ponerse la peluca y tomarse una foto para poder verse. Atrás tiene una maleta donde carga su propia ropa: un vestido corto color gris y unas medias negras que le llegan unos centímetros arriba de la rodilla.

FOTO: Casilleros de las chicas de La Tranxtienda.

Luego de cambiarse, Derly empieza a maquillarlo. A medida que le aplica cada uno de los productos, le explica lo que está haciendo, para que su chica pueda replicar el proceso después. Como no está acostumbrado a maquillarse, es un poco más complicado para Derly pegarle las pestañas postizas y aplicarle el delineador. Tiene en sus ojos una mezcla de sombras plateadas difuminadas con negro. La idea del maquillaje es que le combine con lo que trae puesto. Finalizado el maquillaje, se pone la peluca, unos tacones que Derly le presta y sale con timidez a tomarse la foto en los corredores del centro comercial.

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Cinco minutos después llega otro hombre. Entra al camerino con su ropa masculina y sale como Daniela, la mujer que encierra entre semana y a la que solo deja salir los sábados después de la una de la tarde. Tiene labios rojos y en los ojos sombras entre negro y azul metálico. Lleva puestos unos tacones plateados abiertos, una minifalda negra, una camisa blanca con puntos negros, un collar y unos aretes grandes, sus anillos preferidos y una peluca negra que resalta el verde claro de sus ojos.

Daniela es de las mayores del lugar, lleva dos años viniendo. “Me gusta mucho, por eso llego muy temprano. Me gusta salir a caminar y en especial salir a rumbear”, cuenta mientras la voz le tiembla un poco al hablar y mueve las manos nerviosa, jugando con sus anillos. Cuando se arregla le gusta tomarse su tiempo. “Aquí libero todos esos deseos que he tenido de maquillarme. No quisiera tener que quitarme nunca el maquillaje, siempre trato de prolongarlo”, dice. Entre risas explica que su prenda favorita son las minifaldas, que siempre quiere usarlas y que La Tranxtienda es ese lugar especial que le permite ponérselas.

FOTO: Manos de Daniela con sus anillos favoritos.

En la tienda también está Mónica, de 64 años. Es cliente frecuente del lugar desde hace años. Ella describe su estilo como “clásico y conservador”. No lleva mucho maquillaje, tiene una peluca negra, una chaqueta de cuero entallada, unos leggins y unos tacones no muy altos. Desde muy pequeño sintió curiosidad por las prendas y el cuerpo femenino. Nunca había entendido nada de lo que le pasaba, hasta que conoció a una chica con la que tuvo la oportunidad de explorar ese lado femenino.

Yo empezaba a cogerle las piernas y a sentirle las medias veladas y me gustaba eso. Un día ella quiso vestirme como mujer y yo acepté. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que realmente le gustaba verse como mujer: “Cuando me empecé a poner las medias veladas sentí una sensación tan, pero tan tenaz, que nunca se me olvidó ese momento”, cuenta Mónica. Como muchas de las otras chicas había visto algunas cosas en internet sobre este espacio y los servicios que presta, por eso se animó a buscarlo, y recuerda que la primera vez que entró a la tienda, Derly la ayudó a escoger su ropa mientras la orientaba en todo el proceso.

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FOTO: Mónica afuera del local de La Tranxtienda.

Mónica trata de venir a la tienda al menos dos veces por semana y, si puede, pasa todos los días. Tuvo dos matrimonios. Actualmente tiene tres hijos, pero afirma con toda seguridad que ninguno sabe sobre su doble vida. “¿Para qué? esto es solo mío, dice con una sonrisa. Tiene una afición por los zapatos, en especial los tacones. Cuenta que cuando está en La Tranxtienda siente tranquilidad. “Aquí me aguantan, este sitio es especial. Cuando me voy para mi casa me voy relajado”, explica.

Lograr que alguna de estas chicas quiera contar su historia es complicado, pues aprovechan esta tienda para tener privacidad. Les da miedo que algún conocido las descubra. Algunas solo vienen, se cambian y se van. Otras se quedan hablando un rato con las demás o se toman un café con Derly y con Zahyra. Algunas salen a caminar dentro de los pasillos del centro comercial con sus tacones de plataforma. Aprovechan para mirar por las grandes ventanas del cuarto piso el mundo que hay afuera, pero que por miedo prefieren solo anhelar.

Samara —un transformista de aproximadamente 40 años— cuenta que por mucho tiempo no salió a la calle. Venía a la tienda y se quedaba por los pasillos vestida y maquillada. Un día, cansada de mantener a Samara encerrada, se arriesgó: “Me fui hasta el Jorge Eliécer Gaitán caminando. Era bonito porque iba caracterizada y sentirse visto por alguien es una adrenalina tenaz, es como lanzarse en paracaídas”, cuenta. Hace tres años viene, pero no siempre se cambia y caracteriza su personaje, a veces solo pasa a saludar y a ayudarles a otras chicas, aconsejándolas. Samara explica que nada de esto lo hace por fetiche ni por algo sexual, sino porque le gusta caracterizar a su personaje como una forma de liberar todo su estrés.

La Tranxtienda, más allá de ser un almacén que vende los artículos que ellos necesitan, es una ayuda para exteriorizar esa mujer que encierran en el clóset; esa mujer que tienen ahogada con el nudo de una corbata. Derly les brinda un espacio donde se sienten cómodos, donde pueden ponerse labial y falda sin alarmar a su familia ni sentirse juzgados. En ocasiones, mientras se están cambiando, los llaman sus esposas, y alguno, en complicidad, grita al fondo que si le pasan la cerveza o que le apure, que es su turno de jugar tejo. En Bogotá no existe otro lugar así. Este es un universo, en el cuarto piso de un centro comercial, para que aquellos hombres que no pueden salir del clóset logren, dentro de esas paredes, ser la mujer que siempre quisieron ser.

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