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Cultura y arte para combatir los abusos contra las mujeres

Por: Isabella Orejarena // Periodismo cultural


El movimiento #MeToo marcó en Colombia un precedente en la industria artística y del entretenimiento, donde cada vez aparecen más temáticas de género. Además, muchas víctimas de delitos sexuales ahora ven en la opinión pública una mano amiga que no las juzga y tampoco le teme a los poderosos.

Hashtag del movimiento Me Too | Tomado de WikiCommons

La pandemia ha erosionado el impacto mediático del movimiento #MeToo en Colombia. Además, ha resuscitado la pregunta sobre si este tipo de activismo digital genera de verdad un cambio en la sociedad o se queda en las fotos, vídeos y testimonios compartidos en las redes sociales; sobre si está de moda o no apoyar la lucha contra la violencia sexual femenina.


Algunos expertos consideran que para el movimiento feminista el arte y la cultura son pilares contra problemáticas de género como el abuso y acoso sexual que denunció el #MeToo en Colombia. El movimiento surgió en 2017, y en el país tomó mayor fuerza durante 2018, cuando organizaciones feministas como Sisma Mujeres reportaron que cada 24.5 minutos una mujer era agredida sexualmente y que por cada siete víctimas de delitos sexuales, seis eran mujeres.


Tres años después de que empezara el movimiento en Estados Unidos, la pandemia y nuevas causas feministas colombianas han provocado que el #MeToo pierda relevancia mediática, a pesar de haber sido una tendencia con mucho peso. Y no es para menos: logró poner bajo la lupa a funcionarios públicos como el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, por supuestos abusos sexuales a distintas mujeres que lo denunciaron públicamente en el contexto del movimiento.


El debate que planteó la versión colombiana del #MeToo fue liderado por la industria artística y del entretenimiento, cuyas voces influyentes repercutieron dentro de la agenda mediática y digital del país. Figuras como Catalina Gómez, modelo y actriz antioqueña, se unieron a la causa y denunciaron sus propias experiencias de abuso sexual, psicológico o físico. Las “famosas”, y la escena en general, dejaron de lado discursos superficiales y, por primera vez, plantearon un prolongado debate político con enfoque de género para sus audiencias.


Todo empezó en octubre del 2017, cuando las redes sociales se llenaron de frases, vídeos, fotos, y gráficos marcados con una misma etiqueta: #MeToo (#YoTambién). Se trataba de un movimiento feminista impulsado por el escándalo sexual alrededor del magnate de Hollywood Harvey Weinstein, debido a numerosas investigaciones y acusaciones en su contra por violación y acoso sexual a decenas de mujeres dentro y fuera de la industria del entretenimiento.

¿Puedes oírme ahora? Marcha en Hoboken, Estados Unidos; 20 de enero de 2018. | Por: Alec Perkins, tomada de WikiCommons

El caso Weinstein fue el detonante para que millones de mujeres alrededor del globo destaparan conductas patriarcales de violencia sexual que durante años habían experimentado, pero que nunca se habían atrevido a denunciar por temor a sus agresores y a ser juzgadas tanto por su entorno más cercano como por la opinión pública. El movimiento traspasó fronteras y fue tendencia en alrededor de 85 países, incluida Colombia. Aquí se buscó una reivindicación de la mujer en una sociedad latinoamericana con pensamientos conservadores y machistas que siguen presentes en distintos sectores de la población.


El #MeToo también traspasó distintos escenarios culturales y en la actualidad su impacto puede verse representado incluso en las artes plásticas, especialmente en las nuevas generaciones de artistas cuyo interés en temáticas de género es mayor. En Colombia lo afirma la artista cartagenera Martha Morocho: “Las creaciones de los jóvenes tienen cada vez más un contenido político y de género, temáticas que hace diez años eran consideradas demasiado personales y supuestamente carentes de interés para un público”.


Morocho es una artista visual que a través de la fotografía y el fotomontaje plasma temáticas espinosas como la violación, un flagelo que sufren una de cada tres mujeres en Colombia (incuida ella misma). Por ejemplo, en 2018 cuando el #MeToo y el activismo de género estaban en su apogeo a lo largo del territorio nacional, Morocho exhibió una exposición titulada Ábrete carne en el Museo de Arte Moderno Cartagena, cuyos montajes fotográficos pretendían comunicar cómo la violación puede transformar psíquicamente a la víctima.


En esta exposición la artista mostró diferentes piezas que suscitaron espacios de diálogo, como charlas en colegios de la región Caribe. A través de la cultura, los jóvenes pudieron conversar en torno a temas incómodos pero necesarios de tratar, como lo es la violencia sexual. “Fueron espacios muy enriquecedores donde a través del arte se conversó sobre este tipo de temáticas, que se deben tocar precisamente desde el colegio para que exista consciencia desde una temprana edad”, afirma Morocho.


Además, ha aumentado el número de creaciones artísticas y expresiones culturales suburbanas, desde elaborados murales de colectivos feministas (como el de la Calle Quinta, en Cali) hasta el uso de esténciles (especialmente en marchas del 8M), que marcan el espacio público con mensajes en pro de la igualdad y la reivindicación de las mujeres. Para grafiteras feministas como Laura Durán, estos mensajes y dibujos “visibilizan las luchas de género en las calles, un escenario donde las mujeres se sienten inseguras y constantemente son acosadas por hombres”.


Lideresas feministas como Yuliet López, politóloga cartagenera que trabaja en Cosas de Mujeres ONG que se encarga de velar por los derechos de las mujeres y distintos colectivos feministas como La Oveja Negra, subraya que la acogida de la industria artística al movimiento #MeToo “puso al arte y la cultura al servicio de las luchas por la reivindicación femenina”. Esta visión entrelazada de arte y feminismo la comparten otras figuras como Alejandra Borrero, quien desde un inicio participó del movimiento creando y asistiendo a foros coyunturales junto a mujeres como Amparo Grisales y María Jimena Duzán.


Muchas artistas y periodistas colombianas se tomaron la vocería del #MeToo sobre todo entre el 2017 y 2020, periodo de apogeo de la etiqueta. En centros de investigación como Pew Research llegaron a registrarse más de 19 millones de trinos que utilizaron el hashtag en su primer año de existencia para denunciar acoso sexual, discriminación y, en general, violencia contra mujeres en Norteamérica, Latinoamérica y Europa.


El #MeToo no fue ni será la solución de la desigualdad y la violencia de género, y seguramente tampoco pasará a la historia como un hito histórico feminista. Pero sí le debemos a su relación simbiótica con la industria artística colombiana la masiva inclusión de temáticas de género en espacios digitales y creaciones artísticas. Los artistas han demostrado que algo tan pequeño como un hashtag puede convertirse en una fuente de apoyo, empatía y sororidad entre mujeres.

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