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Tras la lente de una rebelde con causa

Ana María Betancourt Ovalle // Revista impresa


Alexa Rochi es una excombatiente de las FARC que encontró en la fotografía una forma de resistencia. A través de las imágenes, ella ha transformado su rebeldía en una manera de hacer crítica social y denunciar injusticias.

Alexa Rochi tomando una foto. Por: Ana María Betancourt

“¡Pum, pum, pum!”: Alexa escucha varios estruendos.


Su reflejo natural es guardar la cámara: primero la vida que una fotografía. Cuando dirige su mano hacia su espalda, como buscando una araña que merodea entre sus omoplatos, recuerda que ya no está en la humedad de la selva del Caquetá. Ahora está en la jungla de cemento. El fusil ya no hace parte de su atuendo diario, sino que ahora carga una cámara; ya no usa un camuflado, sino unas gafas con un filtro de color amarillo, una mochila arhuaca y aretes grandes. Esta vez solo tiene su cámara y el dolor ante la injusticia. Esta vez la violencia está en la calle, pues un miembro del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) disparó una munición e impactó en la cabeza de un joven de 18 años. El día es el 25 de noviembre; el año, 2019. Y la gente, sumergida en la rabia, la preocupación y la tristeza grita: “¡Una ambulancia! ¡Una ambulancia!”.


“El día que pasó lo de Dilan Cruz hubo una cosa muy particular y fue que yo me puse a llorar. Cualquier persona que trabaje para una agencia, toma la ráfaga de fotos y se va. Pero yo no fui capaz de tomar ninguna foto: no por miedo, sino por dolor, así que solo me senté en una esquina a llorar”, recuerda Alexa Rochi con la mirada fija en cualquier punto, como tratando de revivir sus recuerdos mientras le da un sorbo a su bebida. En esa ocasión, la vida y el respeto por Dilan le ganaron al hecho de tomar una buena fotografía. Sin saberlo, coincide en lo que alguna vez dijo el icónico fotógrafo Henri Cartier-Bresson: “No me interesa la fotografía, sino la vida”.

Alexa Rochi poniéndose sus gafas. Por: Ana María Betancourt

Y es precisamente la vida aquello que Alexa ahora privilegia y pone en riesgo. Cuando tenía 15 años, se unió a las filas de la guerrilla huyendo del machismo y la violencia que aquejaban a su familia: uno de sus tíos fue perseguido por los paramilitares en Tuluá —su tierra natal—; su papá intentó abusar de ella, y en la casa siempre se asumió que su rol como mujer debía estar en la cocina y atendiendo las necesidades de los siete hombres con los que vivía.


En la guerrilla, Alexa dice que no se sintió víctima de la violencia de género, pues, según cuenta, hombres y mujeres recibían las mismas órdenes. Incluso sus dos comandantes, que eran mujeres, procuraban que las guerrilleras tuvieran capacidad de ascenso dentro de la organización, en la misma medida que los hombres. “En la guerra, hombres y mujeres hacíamos lo mismo. Si tocaba ir a trabajar o a darnos bala con los soldados, íbamos hombres y mujeres. Aunque nunca se habló de feminismo sino hasta el Acuerdo de Paz, que tuvo enfoque de género”, menciona ella.


Una vez en la guerrilla, terminó afrontando otras pruebas duras y peligrosas que impone la guerra: aprendió un catálogo de saberes que iban desde la medicina, la estrategia militar y la política hasta la fotografía, y encontró a un grupo de personas que, como dice ella, amó como si fueran su propia familia.


Ahora toma un sorbo de su michelada y levanta una ceja mientras recuerda que durante sus primeros años en las FARC estuvo aprendiendo sobre marxismo y estrategia militar. Pero cuando las condiciones lo requirieron, comenzó a entrar en el mundo de la medicina. En la guerra aprendió sobre el cuerpo humano en carne propia, viéndolo abierto, doliente o desbaratado. También aprendió que si no se piensa rápido para atender a los heridos, estos terminan muertos, pues la medicina en la guerra es un ahora o nunca.

El último día que Alexa ejerció la medicina fue cuando el cuerpo de Rocío —o, de manera cariñosa, Rochi—, su comandante y también una de sus mejores amigas, fue destrozado por un explosivo. Y Rocío fue precisamente quien la había enviado a un curso de propaganda en el Estado Mayor del Bloque Oriental (EMBO) y quien la había acercado a la fotografía. Por esto, al otro día de su muerte, Alexa comenzó a sumergirse totalmente en la cámara y jamás volvió a ejercer la medicina.


Alexa habla de una manera despreocupada; de su boca brotan ríos de palabras y suele contar su vida con la determinación de saberse dueña de todas sus decisiones. Sin embargo, cuando habla de este tema, no puede evitar que las lágrimas salgan de sus pequeños ojos marrones. Algo dentro de ella duele cada vez que piensa en Rocío. Su amor y admiración por su excomandante fueron tan grandes que por eso ahora se nombra a sí misma como Alexa Rochi y continúa el camino que su amiga le dejó: la fotografía.


En el curso de propaganda, Alexa también conoció a Ivonne, una amiga que aún conserva y con la cual llegó a Bogotá en 2017. Ivonne cuenta que Alexa “ya traía un poquito de idea sobre la fotografía porque su comandante era fotógrafa, entonces le había enseñado algunas cosas y la [había enviado] al curso porque quería que aprendiera más. Entonces, al salir de la guerrilla Alexa se inclinó por la fotografía, porque era algo de lo que ya tenía idea y le gustaba”.


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El campo trae la pertenencia del terruño, el sabor a caldo de gallina y el olor a plantas. Es un espacio donde nadie es desconocido, donde el Estado es casi inexistente y donde se esconden las violencias y desigualdades en el silencio sepulcral del desinterés centralista colombiano.

Alexa Rochi tomando una foto. Por: Ana María Betancourt

Cuando Alexa Rochi llegó a Bogotá, acompañada de Ivonne, sintió que no comprendía las dinámicas de la ciudad, pues era un lugar agitado donde todo pasa en cuestión de minutos, donde reinan la inseguridad y la desconfianza, donde las personas son distantes con quienes las rodean. “En el campo”, no obstante, “nos enseñan que a cualquier persona que te encuentres por el camino, así no la conozcas, debes decirle «buenos días», «buenas tardes», «hasta luego». Nosotras llegamos acá, y salíamos a desayunar y saludábamos a quien nos encontrábamos, y la gente no nos devolvía el saludo. Nosotras decíamos: «Es que la gente es como rara aquí». Nos costó entender que esas eran las dinámicas de la ciudad”, comenta Alexa.


Sin embargo, Alexa cuenta que desde que llegó a Bogotá en 2017 se ha sentido muy agradecida por las oportunidades que la ciudad le ha proporcionado. Ella no tenía planeado viajar a la capital, pero justo el día en el que dejó su fusil, Carlos Antonio Lozada —excomandante de las FARC— les pidió a ella y a Ivonne que fueran a Bogotá a tomar el registro de su llegada al Congreso. De manera que alistaron maleta esa misma noche y a la mañana siguiente partieron.


Poco a poco ella fue acomodándose a la vida urbana: empezó a estudiar Artes Visuales en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y encontró trabajo en la oficina de prensa del Senado. Con el tiempo entendió las dinámicas de la ciudad y afinó su olfato como fotógrafa, hasta el punto de que ahora dice que puede prever el momento exacto cuando va a ocurrir algo importante para fotografiar.


Uno de esos momentos llegó el 19 de octubre de 2020. Ese día estaba agachada con su rodilla derecha sobre el asfalto y con su cámara bien sostenida entre las manos. Usaba unas gafas oscuras, un pantalón verde militar y una mochila en la espalda. Justo en ese momento, la minga indígena empezaba a avanzar hacia el Palacio de Nariño, donde buscaban encontrarse con el presidente, Iván Duque. Alexa se ubicó en un punto estratégico, acercó su ojo derecho a la cámara y capturó ese momento. Ahora ella piensa que si este suceso no hubiera sido registrado por los fotógrafos, tal vez se habría borrado de la mente de los colombianos, pues la fotografía es memoria.


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Cuando Alexa Rochi habla de las cosas que la apasionan y que considera importantes —feminismo, luchas sociales, fotografía, política, paz y memoria—, levanta su ceja izquierda, aquella adornada por un piercing, y puede pasar de la melancolía a la alegría contando una historia nueva. No oculta nada, y si le dan una cerveza con mucho limón y sal —o una cerveza Trocha y le ponen buena música—, termina por narrar hasta los detalles más sensibles de su vida.


Uno de esos detalles fue cuando a finales de 2020, su cuenta de Instagram —su espacio de difusión más importante, donde expone sus fotografías— fue censurado debido a que subió la foto de una gorra de la Policía Nacional incendiándose. Esto ocurrió durante un plantón que se hizo en Medicina Legal contra el feminicidio de Lynda Michelle Amaya, una mujer de 15 años que había desaparecido en noviembre del año pasado en Bogotá. Alexa publicó la imagen para protestar por el silencio y la negligencia que tuvo la Policía para resolver el caso de esta joven, pero su cuenta fue reportada como incitadora a la violencia y perdió los más de 2000 seguidores que tenía en ese momento.


Sin embargo, no se detuvo. Buscó grandes agencias de fotografía, así como a algunos colegas, para que publicaran la foto junto con la historia de su censura y un mensaje para que la volvieran a seguir en su nueva cuenta de Instagram (@alexarochi_). Ahora tiene poco más de 3500 seguidores, que se suman a los más de 12 000 que tiene en Twitter.


Para Alexa, sus fotografías son muy importantes porque están articuladas con la construcción de memoria histórica en el país. Desde que hacía parte de la guerrilla, ha pensado la fotografía de esa manera, pero, con su llegada a Bogotá, se dio cuenta de que también son una forma de resistencia. Antes hacía videos del día a día guerrillero para narrar las acciones de las FARC, ahora pasó a ser un diario visual de las calles capitalinas. Para ella, en la ciudad se vislumbran muchas de las complejidades del país; por eso ha retratado con su lente toda aquella violencia e inconformidad social tan manifiestas en las calles, especialmente después de haberse firmado el Acuerdo de La Habana.


Pero también desde entonces ella comenzó a involucrarse en el feminismo, que ha sido uno de los ejes de sus fotografías. Y que escogiera este enfoque se lo debe a una realidad brutal de nuestro país, que se puede constatar en cifras como las de Sisma Mujer: en 2020 reportó que cada 34.5 minutos una mujer fue víctima de violencia sexual y cada 3.2 días hubo un feminicidio. Para Alexa, estas cifras son un indicador de que hay que retratar la realidad social de las mujeres en Colombia.


Su interés por el feminismo ha ido creciendo a medida que ha salido a fotografiar los plantones contra la violencia de género, los movimientos proaborto y las expresiones artísticas callejeras de muchas mujeres durante las marchas, especialmente las del 8M o el Día de la Mujer Trabajadora. En su brazo izquierdo tiene un tatuaje con el mapa de América y un rostro con la pañoleta verde, símbolo de la lucha feminista, que en la parte inferior dice: “¡Aquí se respira lucha!”.


Liseth, una fotógrafa amiga de Alexa —ambas se conocieron tomando fotos en Bogotá—, dice que “las fotos de Alexa son bastante rebeldes y contestatarias, porque ella va a lo directo. Claramente no le tiene miedo a meterse en el fuego si así lo quiere, pues ella estuvo muchos años literalmente en el fuego. Tiene la valentía de estar en esos momentos complejos en los que no todo el mundo está”.

Alexa Rochi es una mujer que vive desde sus principios, que se comprometió con la construcción de paz y que respalda la lucha por los derechos de las mujeres. “Si estamos incomodando, estamos haciendo las cosas bien. Yo entregué mis armas, pero sigo siendo una rebelde con causa. Ya no tengo que desasegurar mi fusil y batir una ráfaga. Ahora configuro mi cámara, su velocidad, diafragma, y chao”, termina.

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