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Con las manos en la arcilla: la alfarería de María Cano

Texto: Isabella Herrera Balaguera // Revista Impresa

Fotos: Archivo particular


María Cano es una artista bogotana que decidió apostarle al trabajo con barro y arcilla, a la alfarería contemporánea, como una forma de expresión y creación. Su trabajo, que abreva de los saberes indígenas y campesinos, no solo produce bellos objetos, sino que también ayuda a mantener viva una tradición, reinterpretándola.

María trabajando en el taller de Salvaje. Foto: Cristina de la Concha

Algunos oficios provenientes de saberes y técnicas ancestrales han sido desplazados por los intereses del mundo moderno. Sin embargo, la alfarería, el arte de fabricar objetos en barro y arcilla a mano, aún permanece viva en zonas de Colombia donde artesanos buscan mantener la tradición y oponerse a la practicidad de lo industrializado.


Algunos de ellos se ubican en Ráquira (Boyacá), La Chamba (Tolima) o en comunidades más pequeñas, como Juana Sánchez, un corregimiento ubicado en Hatillo de Loba (Bolívar). También están los artistas contemporáneos que, aunque no heredaron los saberes de la alfarería, tienen un interés por mantener vivo el oficio, y, fusionándolo con las inquietudes del mundo moderno, le abren paso a la cerámica contemporánea.


María Cano es una de esas artistas. Nació en medio de una familia humanista —de madre filósofa y padre fotógrafo—, por lo que nunca vio limitadas ni su creatividad ni su imaginación. Esto le sirvió para entender que lo suyo era el arte. Esta bogotana tiene 36 años y es egresada de Artes Plásticas de la Universidad de los Andes. Con su pelo corto, sus ojos apacibles y una sonrisa que transmite autenticidad, se levanta cada día a poner sus manos sobre la arcilla.


Su historia no empezó con la cerámica. En un principio había enfocado su carrera en la producción escenográfica para cine, series de televisión y teatro, y se especializó en esa área. Pero en ella seguía habitando la incertidumbre del vacío: sentía que aún se encontraba en búsqueda de su verdadero propósito de vida. Fue en ese momento cuando decidió escuchar esa intuición y experimentar con lo que siempre había sentido cercano, pero que hasta el momento no había tenido el valor de explorar: hacer con las manos. Por eso, a finales de 2014 renunció a su trabajo.

Una de las líneas de trabajo de Salvaje es hacer vajillas tanto para restaurantes como para hogares. Foto: Cristina de la Concha

De ese mismo llamado surgió Salvaje, una marca que empezó como un proyecto alrededor de la fotografía, otra de sus pasiones y un gusto heredado de su padre. Desde aquel entonces tenía la intención de crear por fuera de lo convencional, por lo que experimentó con fotografías que tomaba, imprimiéndolas en todo tipo de telas. “Estaba en búsqueda de mi lenguaje propio”, cuenta María. Y es que para ella eso significa Salvaje: una constante búsqueda hacia el interior.


Para 2015, mientras ponía los cimientos de su marca, María se convirtió en maestra de artes plásticas en el Colegio Tilatá, en La Calera, y enseñó a los niños de jardín a disfrutar el arte. Así como los niños, María jugó con todo un mundo de materiales y descubrió —o redescubrió— el contacto con el exterior. Pero no fue sino hasta que la arcilla se convirtió en la protagonista de la clase que en su interior se prendió una luz. Trabajar con el barro despertó en ella el anhelo de querer saber más sobre ese mundo.


Ese mismo año buscó cómo instruirse y aprender sobre la alfarería: desde el moldeado a mano hasta el uso de los distintos esmaltes y el moldeado en torno, que lo aprendió gracias a la ayuda de un tornero de Guatavita. Este le enseñó durante tres años todo sobre esta técnica en los talleres de Keramos, una de las fábricas de cerámica más antiguas de Bogotá.

María en el corregimiento de Juana Sánchez, la comunidad alfarera donde trabaja por temporadas. Foto: Fernando Cano

Ya enfocada en la alfarería y fascinada por el valor de la tradición, María emprendió un viaje interior para descubrir cómo quería consolidar su marca. Para ella, Salvaje significa libertad y desprendimiento: querer romper las reglas. Entonces, empezó haciendo objetos pequeños y vendiéndolos entre sus familiares y amigos más cercanos. Le gustaba crear objetos diferentes, con formas extrañas, acabados rústicos y esmaltes que dejaran claro su mensaje de libertad. Ella hace platos coloridos, vajillas que parecen rosas o conchas de mar, recipientes con acabados asimétricos: todo lo que se sale de la idea de perfección entra en su lenguaje.


El crecimiento de la marca fue orgánico, pues María no buscaba nada más que conectar con esa inquietud que la movía por dentro. Para Fernando, su padre, Salvaje significa “la culminación de un trabajo de curiosidad y [algo] que por fin la llena de felicidad”. Su trabajo empezó a conocerse con el voz a voz: cada día llegan clientes nuevos con distintos intereses, desde los que quieren esos objetos únicos que crea María hasta grandes restaurantes que buscan vajillas al estilo Salvaje. Así, ha construido un nombre como artesana moderna mezclando la tradición de elaborar objetos a mano con el lenguaje que ella misma ha creado en el barro.


María vive en su taller, literalmente. Adaptó el parqueadero de su casa para poner hornos, tornos, tornetas (mesas giratorias que facilitan el trabajo manual), vajillas y un sinfín de costales de barro que darán vida a sus próximas creaciones. En el taller también guarda objetos que ha ido creando en el camino. Cada día, María prepara la arcilla y, agregándole agua, la amasa hasta que toma una textura homogénea y agradable para el moldeado. Después se sienta durante horas frente al torno a crear, ya sean platos, vasos o recipientes; en todas las formas, estados y colores de la arcilla.


En 2016, con Salvaje ya andando, María partió a México para hacer una residencia en la Escuela Nacional de las Artes. Allí se encontró con un mundo completamente nuevo y llamativo que enriquecería bastante su técnica y conocimiento sobre la alfarería. Quería conocerlo y aprenderlo todo. Al comienzo fueron días de trabajo constante, de llevar su cuerpo al máximo para pulir su técnica. La emoción de aprender algo nuevo y el deseo de volverse tan buena como los artesanos con los que se había encontrado en el camino la llevaron al límite de sus capacidades.


“Tuve una tendinitis muy grave en la mano izquierda. Por andar de intensa torneando todo el día me dañé la mano”, señala María. Volvió a Colombia a seguir trabajando y al mismo tiempo buscaba todo tipo de terapias que le permitieran recuperar el movimiento para evitar una cirugía. Tuvo la valentía de reconocer que sola no podría con todo el trabajo del taller, pues con su mano derecha solo podía pintar algunas cosas y meter otras cuantas más pequeñas al horno. Allí, en medio del dolor e incertidumbre, encontró a William Vargas, un tornero de tradición de Ráquira, que se convirtió, más que en su mano derecha, en esa mano izquierda que a ella le fallaba.

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“Mi vida son las manos”, sostiene María con contundencia en su voz, y agrega: “Yo tenía mucho miedo de exponerme a una cirugía que no sabía cómo iba a salir. Finalmente me operé y afortunadamente todo salió bien, por así decirlo, pero obviamente mi mano no es la misma de antes”. Aunque esa experiencia fue dolorosa, María cuenta que aquella tendinitis ha sido de las experiencias de vida más importantes que ha tenido. En sus palabras: “Aprendí a habitarme de una manera consciente, a entender cuánto peso soy capaz de cargar. Fue entrar en consciencia y aprovechar cada día; porque un día sirven las manos y al otro puede que no”.