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El astrofísico de la música y lo invisible

Por: Andrea Jaramillo Caro // Redacción Directo Bogotá


Para Armando Higuera la música es tan importante como su objeto de estudio: la astrofísica. La vida del director del Observatorio Astronómico Nacional siempre ha estado marcada por los sonidos, tanto del universo como de los músicos que admira.

FOTO: El astrofísico Armando Higuera, archivo personal

“La probabilidad de que cuando parta de este mundo esté escuchando esa canción es muy alta”, dice Armando Higuera, refiriéndose a “Dancing Queen”, el famoso sencillo del grupo ABBA. “La música, como decía alguien, se asocia con aspectos de la vida. La música se pega en momentos y, entonces, se vuelve inolvidable. Dicen que tiene el poder de entrar en el ser humano y nunca abandonarlo. Y eso es totalmente cierto”.


Esta canción se volvió su himno porque la primera vez que la escuchó fue en Radio Tequendama, cuando tenía 15 o 16 años. Ahora no la suelta en ningún momento: la escucha dos o tres veces al día y en todas sus versiones. Pero “Dancing Queen” no es lo único que ha dejado huella en la vida del profesor Higuera; el actual director del Observatorio Astronómico Nacional se apasiona no solo cuando habla de música en general, sino del espacio exterior.


Si la música “se pega a los momentos”, cada recuerdo evoca entonces un sonido o melodía. “Cuando uno pregunta: «¿Usted de qué se acuerda de la película 2001: Odisea del espacio?», todos responden: «¡Ah! Es el Zaratustra»”. Esta película en particular fue la que desencadenó su gusto por la astronomía. Gracias a este largometraje de Stanley Kubrick, el profesor Higuera desarrolló curiosidad por la observación y exploración de mundos más allá del nuestro: “Es una película que no tiene segmento malo; además, nunca se violan las leyes de la física. Es de ciencia ficción basada en la física, pero también usa la imaginación”. Junto con esta cinta, tanto artículos como programas de ciencia hicieron que viera en la astronomía un campo profesional posible.


Con estas influencias, y habiendo visto el alunizaje en 1969, Higuera comenzó su pregrado en Física en la Universidad Nacional de Colombia, a principios de 1982. Reconocer las estrellas y el cielo sobre nosotros fue lo que lo llevó a involucrarse durante sus años de pregrado a grupos aficionados de astronomía, e incluso a crear uno. El primer grupo del que hizo parte fue la Asociación de Astronomía de Colombia (ASASAC), fundada en 1965. Sin embargo, junto a un grupo de personas interesadas en divulgar y desarrollar este campo en Colombia, en 1986 creó la Asociación Colombiana de Estudios Astronómicos (ACDA).

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“Dos cosas nos sintonizaban: la primera era sacar siempre un espacio libre los sábados para reunirnos a conversar de astronomía en el planetario o en otros sitios; la segunda era armarse a la aventura de irse con telescopios a buscar un sitio de observación y entre todos pasar una noche tratando de identificar objetos”. Entre viaje y viaje se presentó la oportunidad de comprar un telescopio de uno de sus profesores de la universidad, “después de algunos ahorros y trucos financieros. Y ese telescopio viajó conmigo por toda Colombia, desde la Guajira hasta el sur del país”.


Mientras perteneció a estos grupos, Higuera encontró la manera de conectar la música con la astronomía: “Nos reuníamos a escuchar extremos: algunas veces eran las sinfonías de Beethoven, Mozart y las obras de Bach; otras, los Rolling Stones o Led Zeppelin, o baladas de Serrat o Perales. Y contrastábamos”. Ver el mundo y ver más allá de nuestra atmósfera era lo que le importaba durante su juventud. Y si la experiencia valía la pena, la comodidad era lo de menos; en este caso, compartía con personas cuyos intereses se parecían y con quienes discutía sobre lo que observaban en el espacio. Con estas actividades extracurriculares pudo mantener ambos campos antes de partir a la Universidad de los Andes, en Mérida (Venezuela), para adelantar su maestría en Física Fundamental.

FOTO: La música y la astrofísica son las dos grandes pasiones en la vida de Armando Higuera, archivo personal

Conquistar nuevos horizontes en el Observatorio


En 1999, cuatro años después de terminar su maestría, el Observatorio Astronómico Nacional nombraría a un nuevo director. Era la oportunidad perfecta para que Higuera presentara una propuesta, que por votación lo convirtió en director de 2000 a 2003. Durante esos tres años, su plan se enfocó en ver hacia el futuro: visualizó la expansión de la sede del Observatorio porque, según dice, “antes no teníamos salones de clase ni auditorio”. Pensó también en desarrollar planes académicos y programas investigativos, como un programa de especialización y luego la maestría en Astronomía. Por último, quiso ampliar la escolaridad del cuerpo docente, pues entre sus integrantes solo había dos personas con maestría, mientras los demás eran profesores de física o ingeniería sin estudios de posgrado.


En el plan a diez años que propuso para aumentar la escolaridad del cuerpo docente, entró también su doctorado en Física. Tuvo dos opciones para realizar su investigación: los movimientos propios/el estudio de cúmulos estelares y los núcleos activos de galaxias. La primera opción fue descartada debido a que “era un componente más estadístico que físico, porque es reconocer que hay cúmulos de estrellas en la galaxia, agrupados gravitacionalmente o atados entre si”, explica. La idea de este estudio era desarrollar estrategias de observación de estas estrellas en situaciones donde no se puede contar con la medición de profundidades, para identificar cuáles sí hacen parte de los grupos. Al final se decidió por el estudio de núcleos activos de galaxias: “Despertaba más curiosidad entender la fenomenología de la radiación proveniente de esas regiones en ciertas galaxias”.


“Yo le dirigí el doctorado a Armando, igual que a varios de los profesores actuales del Observatorio. E[ra] obvi[o] el interés que tenía en las galaxias”, dice Juan Manuel Tejeiro, quien también había sido su profesor en el pregrado. “Él ha sido siempre un gomoso y experto de los computadores y los sistemas. Entonces él trabajaba mucho ese aspecto. Cuando tocó tomar la decisión de iniciar su formación de doctorado, porque era absolutamente necesario, me tocó convencerlo y, con Jorge Arias, decirle: «Mire: deje eso a un lado y dedíquese mejor a estudiar». Eso fue muy difícil porque era su trabajo, su dinámica”.

Retomar el puesto del estudiante


Iniciar su doctorado implicó cambiar su foco de atención directamente hacia las galaxias, y no fue fácil retomar el papel de estudiante, teniendo en cuenta sus responsabilidades como docente de la universidad. Su curiosidad voló hacia una fuente misteriosa que emitía moléculas desconocidas, posibles de observar únicamente en el infrarrojo en micrómetros, que aparecían como líneas de origen desconocido. El campo de investigación lo hacía preguntarse: “¿Qué produce dichas moléculas?”. Todo empieza por los hidrocarburos aromáticos policíclicos: “La palabra es muy rimbombante, pero es similar a cuando hueles bóxer o quitaesmalte para las uñas; son esos. Tienen una base de carbono; son aromáticos porque huelen delicioso y son policíclicos porque forman cadenas”. Al final se descubrió que estos causaban esas líneas que se veían en el infrarrojo.

Esas moléculas de pronunciación pomposa resultaron ser muy importantes porque también se encontraban en los núcleos activos de galaxias, su objeto de estudio: “Servían para indicar qué estaba sucediendo con estrellas que estuvieran en la vecindad calentando esas moléculas. Entonces, la fenomenología asociada a si hay una estrella muy caliente que ilumina esas moléculas, es decir, que pone a interactuar fotones de alta energía en el ultravioleta entre las estrellas y las moléculas, es como si las golpeara y ellas empiezan a vibrar. Esas vibraciones son las que vemos como líneas de emisión en el rango de los micrómetros y que hace treinta o cuarenta años no sabíamos de donde venían”.

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Imagine entonces que las teclas de un piano son los hidrocarburos; cuando se toca una melodía, los dedos jugarían el papel de los fotones. Cuando los dedos caen sobre las teclas, es como si los fotones golpearan a los hidrocarburos, lo que produce una vibración en la cuerda del piano y emite un sonido. Y ese sonido serían las líneas desconocidas. Todo esto da cuenta de la actividad estelar en la cercanía del núcleo de la galaxia, que es invisible en observación directa: “Son medidores indirectos de la acción de estrellas de unas regiones de polvo que contienen estas moléculas”. Realizar esta investigación permitió abrir el campo de visión a un rango diferente, el infrarrojo, a través del telescopio Spitzer de la NASA. Y, además, su grado de doctor ayudó a crear el programa de doctorado en Astronomía, pues una de las condiciones era que la planta docente incluyera profesores con este nivel de educación.


La astronomía en Colombia y la cotidianidad


FOTO: Armando Higuera es doctor en física. Investigó sobre los núcleos activos de galaxias. Archivo personal

Para Higuera, la importancia del campo de la astronomía en Colombia abarca dos perspectivas. Primero, “tiene un componente humano que no tienen los otros. Te meten en un laboratorio a hacer medidas y, bueno, haces el experimento. Pero a ti te ponen a hacer una imagen del cielo y extraer información, y eso te da satisfacción no solo científica, sino personal”. La satisfacción personal a la que se refiere implica sentirse pequeño frente al universo, en modo de contemplación. “Es uno de los elementos más poderosos de la astronomía, que te rompe cualquier esquema y te lleva a observar el universo. Ahora, esa contemplación necesita maduración”. Estudiar y entender los fenómenos del universo forma parte del sentido racional del conocimiento y la plenitud: es entender cómo funciona todo fuera de nuestro planeta.


De hecho, uno de sus recuerdos más gratos ocurrió en uno de sus viajes de observación al Huila: “Montamos el telescopio en una población lejana para quien quisiera venir, [y] llegó un señor ya mayor. Estaba Saturno con sus anillos; se veía muy bien en el telescopio”. Y el anciano lo miró y dijo: “Yo nunca pensé que llegase a este punto un aparato como este y que yo vería a Saturno como lo vi hoy. Y le agradezco porque va a ser la primera y única vez que voy a poder observar esto”.


El nivel de asombro de este paisano demuestra la belleza que se observa allá arriba. Sin embargo, el interés de los ciudadanos, en su mayoría, se estanca ahí. Para generar interés real en la población colombiana, la astronomía necesita de inversión y difusión: “Ni la sociedad ni el Estado ponen a estas instituciones en el lugar en el que deberían estar”, se queja. “Hay un desconocimiento de la institucionalidad y del saber. La astronomía es una ciencia tan importante, y a veces [es] terriblemente confundida con la astrología”.


En cuanto a la difusión, los medios de comunicación podrían ser el mejor aliado, pero para el físico son a veces el peor enemigo. Para que se genere interés real sobre temas astronómicos, y que provenga de instituciones gubernamentales, es necesario “que haya mayor y permanente periodismo científico; que [se] rescate un periodismo real y profundo en ciencia. Pero la línea editorial de estas empresas no les permite poner estos temas en primera plana. Tienen el poder de transformarse para que cientos de miles de personas se apasionen por la astronomía y la ciencia en general”. Higuera ve un poder de transformación en la divulgación, por lo que exhibir los sonidos del universo en el colmado auditorio del Observatorio es algo fundamental. La concentración es fundamental para poder captar ese componente auditivo de la astronomía, que, así como la música, se pega en momentos: los sonidos de los diferentes planetas se adhieren a los asistentes a su charla.

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