• María José Guzmán Rodríguez //

El día que el coronavirus me obligó a repartir mi corazón


¿Cómo hemos vivido los días de encierro? Estudiantes de la clase de ‘periodismo digital’ narran un día de sus vidas tras la llegada del nuevo coronavirus a Colombia.

FOTO: Tomada por María José Guzmán.

Si pudiera escribirle al Covid-19 un diario, estas serían mis primeras palabras:

Desde que llegaste a Colombia empecé a pasar largas noches sin dormir, pensando y volviendo a pensar. No solo me angustiaba la idea de contagiarme o de que alguien en mi familia lo hiciera. Además, imaginaba lo que podía significar que el mundo colapsara, y me aterrorizaba que llegara el momento de separarme de quienes más amo.

No sé si sabes, pero no soy de Bogotá, aunque vivo aquí con mi hermana desde el 2016, cuando empecé la universidad. Por esta razón, conozco un poco qué es estar lejos de casa. Ya venía acostumbrándome a aliviar algunas ausencias con la compañía de mi hermana y el amor de mi novio. Todo marchaba bien, hasta entonces.

En la noche del lunes 16 de marzo terminé llorando en mi cama sin poder dormir. Tenía solo esa noche para decidir si me quedaba en la capital con mi hermana, a tan solo unos kilómetros de mi pareja, o me iba a Neiva para estar con mis papás y mi hermano menor. Creo que a muchos nos pasó igual. No me diste más tiempo para escoger dónde quedarme, llegaste tan deprisa que la alarma de una posible cuarentena que cerrara la ciudad, me obligó a dividir mi corazón y repartirlo en pedazos.

A las 4:00 a.m. del siguiente día abracé a mi hermana para despedirme, y aferrándome a mi novio sin querer soltarlo, le di un beso como si nunca más lo fuera a volver a ver. Había decidido regresar a casa con mis papás. Con una maleta ligera me subí al carro de un amigo que pasó a recogerme. Durante el viaje, la carretera estaba más vacía de lo normal y en el ambiente se sentía un aire melancólico, que difícilmente podía respirar por el tapabocas que llevaba puesto.

Las horas pasaron entre sueños interrumpidos mientras untaba cada tanto mis manos con gel antibacterial de bolsillo. Los demás pasajeros también se veían tristes, no hablamos mucho y cada quien intentó tomar la mayor distancia posible, a pesar de que éramos cinco en una camioneta pequeña. Cuando llegué a casa no pude abrazar a nadie y tuve que separar mi ropa y tomar un baño, además de lavar mis manos constantemente.

Aunque afortunadamente tuve el privilegio de llegar a mi ciudad a tiempo y he podido estar a salvo y a gusto con el amor de mis padres durante estas semanas, no pensé que fueras a causar tanta angustia y dolor por separarme de algunos.

Y a pesar de que este no se compara con el dolor que estás causándole a miles de enfermos, a los que están solos, y ni hablar de aquellos que no han podido despedir a quienes mueren, para mí no ha sido fácil amar desde la distancia y sentir que otros están cerca por medio de una pantalla, mientras esperamos una fecha incierta para volvernos a juntar.

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