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En México se vive chingón y en Colombia se vive bacano


Una estudiante mexicana nos relata su experiencia por primera vez en Bogotá antes de la cuarentena y nos da una lista interesante de la diferencia de las mismas palabras entre México y Colombia.

FOTO: Jacquelin Sánchez Anota.

La travesía inició el 14 de enero con dos maletas grandes que juntas pesan más que yo. Aterricé en el aeropuerto El Dorado. Me recibió una colombiana, Angie, con una hoja arrugada de libreta que decía “Jacky”. La miré, le sonreí y me dijo: “¡Ah! tú eres...”, sí, respondí.

Angie me presentó a su amiga. Tener varios amigos gays hace que intuya que es su novia, pero eso lo supe después. Cogimos un taxi. “Aquí es la calle tal, estos son los cerros, ¿qué quieres hacer?”, me dice. Yo estaba encantada con su acento, rolo lo llaman.

Llegamos al hotel, me ayudaron a llevar mis maletas. “¿A dónde quieres ir?”, me preguntaron. “A la Javeriana”, respondí. Ellas no dejaron de hablar, pero no les presté atención; en mi mente solo había una cosa ¡ESTOY EN COLOMBIA, PARCE! Es la primera vez que salgo mi país y estoy vuelta loca.

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Fuimos a comer, charlamos, bueno, ellas, de toda la comida que tenía que probar, de todos los lugares a dónde tenía que ir, de todo, pero yo seguía vuelta loca y solo afirmaba con la cabeza, “por si no te diste cuenta somos novias”, me dijo Angie. “Sí, lo sé”, respondí. Su novia pagó mi comida; a esas alturas ya le digo ‘parce’.

Pasé toda la tarde con ellas y me regresaron al hotel. No estaba cansada, estaba feliz; le escribí a mi hermana, a mi amigo Julio y a mi novio Paul, les conté que me sentía alegre porque “las chavas que me recibieron son re lindas”. Al otro día me ayudaron a buscar una pensión; encontré una residencia universitaria, me ofrecían dos comidas y acepté.

Me ayudaron a mudarme y con mis maletas, me sentía tan agradecida.

— Gracias, en serio. —Les dije.

— No te preocupes, Jacky, nos avisas cualquier cosa. Y les tomé el pie, (en México decimos “te estoy dando la mano y tú te agarras el pie” cuando alguien pide un favor muy grande).

— ¿Quiero un pantalón barato a dónde lo puedo comprar? — Les pregunté.

— En San Victorino, nosotras te llevamos.

Pasaron por mí y me dicen que el lugar es peligroso; el sitio es parecido al centro de Veracruz, “en la parte fea”.

Entramos a una plaza, me medí pantalones, pero ninguno me gustó. Seguimos recorriendo, vi sus caras de fastidio, me probé otro pantalón y me dice Camila, la novia de Angie, “ya parce, compre”. No me gustó, pero lo compré. Salimos.

— Lo siento por hacerlas caminar.

— Está bien.

Esa fue la última vez que las vi, yo estaba contenta porque había encontrado dos colombianas que me trataron chévere, pero que, gracias a mis gustos raros y demoras, las perdí. De vez en cuando les pregunto por WhatsApp que significaban unas palabras, responden, pero no más.

FOTO: Jacquelin Sánchez Anota.

Un inductor de la Javeriana me recibió en la universidad.

— ¿Cuántos mexicanos vinieron este año? Ay estos mexicanos contesta el chico -revirando los ojos- . — Preguntó y respondió él mismo.

Yo solo pienso “¡Qué estúpido! en México no te recibiría así”. Franceses, alemanes, mexicanos, colombianos todos se ven buena onda. Estoy entusiasmada, espero que uno de tantos sea mi amigo.

Han pasado casi dos meses y no tengo ningún amigo colombiano que me enseñe a Bogotá con sus ojos, con sus palabras. Tal vez el problema es que no soy europea y el color de mis ojos no es azul. Si algo me encanta de la ciudad es el cielo. “2600 metros más cerca de las estrellas”.

He recibido tratos cortantes por ser mexicana, por ser como me nombran unos, de Ecuador, de Pasto, Perú, Brasil.

Otros tantos sí “me reconocen” y al instante pronuncian “no mamessss weyyyy”, pero no soy chilanga, soy jarocha.

A mis compañeros no les importa que yo sea mexicana y no es que debería, a mis compañeros no les importa decir “salud” cuando estornudo, en realidad no es grave, pero mi mente solo piensa “en México, ya lo hubieran hecho”. Si algo me encanta de Colombia es “Betty la fea” y mi primera historia rara en Barraca Teatro. También ya conocí Monserrate, Guatavita, el Eje Cafetero y sigo vuelta loca.

Aquí no hay tortilla, hay arepa.

Aquí no hay chile, hay ají.

Aquí no hay horchata, hay avena.

Aquí no hay huevos a la mexicana, hay huevos pericos.

Aquí no hay licuado, hay jugo con leche.

Aquí no hay cajeta, hay arequipe.

Aquí no hay café, hay tintico

Aquí no hay farmacias, hay droguerías.

Aquí no hay tiendas, hay cigarrerías.

Aquí no hay camión, hay buseta.

Aquí no hay dinero, hay plata.

En México decimos tráfico, en Colombia, trancones o tacos.

En México decimos fiesta, en Colombia, rumba.

En México decimos hijo de la chingada, en Colombia, hijueputa.

En México decimos cruda, en Colombia, guayabo.

En México decimos wey, en Colombia, parce.

En México decimos ash, en Colombia, ush.

Aquí doy papaya, aquí soy millonaria. ¿Aquí? Aquí hay una mexicana.

Aquí cabemos todos: historias de venezolanos en Colombia

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