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Mi viaje boreal a Islandia

Por: José Miguel Gómez // Fotoperiodismo


Aunque para los islandeses es normal ver auroras boreales cada año entre septiembre y noviembre, para un colombiano se trata de todo un descubrimiento. Esta es la historia de un sueño convertido en viaje a Islandia para conocer este intrigante fenómeno astronómico.

Aurora Boreal cerca de Reikiávik. Por: José Miguel Gómez

Siempre me pregunté cómo podría fotografiarse una aurora boreal. Solía observar aquellas luces de colores, tan verdes y magentas, en la televisión o en algunas revistas de National Geographic. Pero, cuando estuve en Reikiávik, viví su magia, y, desde entonces, esas majestuosas formaciones celestes quedaron grabadas en mi memoria para siempre. Se trató de un viaje extraordinario: todo nació con la intención de ver las auroras boreales en vivo. Varias empresas de turismo ofrecen planes alrededor del mundo, y para esas fechas había un paquete de varios días.


Al momento de viajar no pude evitar pensar en La vida secreta de Walter Mitty, dirigida y actuada por Ben Stiller; en ella un hombre soñador llega a Islandia en busca del fotógrafo estrella de la revista Life. Y así me sentí al aterrizar —en inglés Iceland (tierra de hielo), nombre asignado por el navegante vikingo Naddoddr—, luego de un vuelo nocturno desde Nueva York que dura unas cuatro horas y media. Llegué en la madrugada, en medio de la lluvia y el frío. Las pantallas del aeropuerto promocionaban destinos como Estocolmo, Oslo, Londres y Ámsterdam, lo cual me hizo imaginar aquel mundo que navegaron los Vikingos cuando conquistaron los mares fríos del norte de Europa.

Comenzaba a cumplir uno de esos sueños que tenía desde adolescente, y mi corazón palpitaba en este nuevo viaje boreal. A través de la ventana del autobús que conducía al hotel, observé esos valles que alguna vez fueron tierras volcánicas, pero que ahora están cubiertos con un musgo verde intenso. Este es el único lugar donde se puede pisar tierra en América y Europa a la vez, pues allí se dividieron estos continentes durante un período de erupciones volcánicas. La cordillera del Atlántico tiene su mayor altura en Islandia, y al fracturarse dejó una gran grieta. No por nada en muchos portales de turismo se señala a Islandia como el país más bello del planeta.


Pese al jetlag, disfruté esa primera mañana en Reikiávik. El tour de la ciudad me llevó por edificios bajos y casas con fachadas de colores; vi también autos de marcas europeas, una catedral icónica, montañas nevadas al oeste —muy cercanas al océano— y una luz solar diferente. La fotografía enseña a entender la luz del sol, y en cada lugar su intensidad y su color son particulares. Al mediodía asistimos a un curso de fotografía de auroras boreales. Con su fuerte acento inglés, los profesores nos decían que estas fotos requerían un procedimiento especial, ya que, si bien nuestros ojos apenas ven destellos en movimiento, las cámaras registran todo lo que estas luces van dibujando en el cielo. Para poder captar ese dinamismo era necesario tener un trípode, pues la exposición de estas imágenes demora entre 20 y 30 segundos.


Al final del recorrido, me pidieron poner mi cámara dentro de una caja que simula una noche de luces boreales. Lo que dijeron era cierto: la foto quedó perfecta. El recorrido continuó y la ciudad estuvo muy colorida —y vista desde la torre de la catedral se veía amable y ensoñadora—. Cerca de la capital, a una hora, se encuentran los lagos azules, adonde nos dirigimos. Se trata de formaciones geotermales donde cientos de turistas se bañan en piscinas azufradas y cálidas, y la experiencia es como la de un hotel cinco estrellas. Todo allí era como si la luz viajara de manera diferente, pues el azul se veía más azul, y el verde, más verde.



Bañarse en estas piscinas fue reconfortante, ya que el cambio de horario aún causaba una sensación de somnolencia. En la tarde hice una caminata por Reikiávik: conocí el malecón, donde la temperatura era de 4 grados, y pude ver algunas montañas nevadas y una escultura que semejaba un barco vikingo. Intenté capturar todo con la cámara, incluso a los atletas y ciclistas, que pasaban poco abrigados a pesar del frío. Visitar el Harpa Concert Hall and Conference Centre es otra opción cuando se pasea por esta interesante ciudad, pues es una obra de diseño y luz.


Aquella noche, el cielo, apenas despejado, comenzó a revelar sus luces de colores. Mis compañeros de tour reiteraban que sería una noche de auroras boreales, y varios grupos fuimos en su cacería. Para observarlas es mejor ir a las afueras de la ciudad porque la iluminación citadina no deja apreciarlas bien. Mirábamos arriba y allí estaban; era como si se pasearan de un lado al otro surcando el cielo.


Entonces comenzó el proceso: adaptar el trípode, acoplar la cámara y seguir las instrucciones de los maestros. Debíamos abrir el lente entre f/5.6 y f/8 y oprimir el obturador, y cada fotografía debía ser máximo de 30 segundos. Al observar las fotos por primera vez, tuve una extraña sensación: era como si el universo crujiera en colores verdes profundos y magentas, como si las nubes se movieran a toda velocidad. Con las exclamaciones de todos a mi alrededor, deduje que en nada se parecía al simple hecho de observar una estrella fugaz.

Era una noche estrellada y se veían luces por todos lados. De repente, una lluvia fuerte nos sacó de este pequeño valle, así que partimos buscando otro lugar más seco. Nos dirigimos al sitio señalado, donde había por lo menos una decena de buses. Y las auroras se veían en todo su esplendor. Los expertos nos habían indicado que es muy importante enfocar algún punto en tierra, como una casa o un lago, pues apuntando al cielo no enfocaríamos fácilmente. Las auroras parecían danzar encima de nosotros, y casi nos invadía el llanto. Los guías no dijeron que no siempre se tiene la suerte de verlas; pueden pasar meses con el cielo nublado. Pero tuvimos suerte: las fotos así lo revelaron, incluso con imágenes más sorprendentes de lo que pudieron percibir nuestros ojos.


Viajar por este sector de Islandia resultó ser muy colorido; los paisajes eran diferentes a lo que un latino está acostumbrado a ver. La humedad de la tierra surgía por todos lados; los ríos eran torrenciales y se veían raudales por todos los caminos. Entonces recordé de nuevo a Walter Mitty cuando finalmente encuentra al fotógrafo viajero —que estaba en Afganistán fotografiando un leopardo de las nieves—. Con el leopardo en la mira, él le dice: “Las cosas hermosas no necesitan atención”, una frase digna de sentir que la belleza aparece en los momentos menos pensados. La última noche, deambulando por el centro de Reikiávik, aparecieron de nuevo las auroras, como si nos estuvieran esperando para verlas de nuevo. Verlas de nuevo desde la cúpula de la catedral parecía el descubrimiento de un secreto en medio de una fría noche.


Caminar entre dos continentes


En nuestro viaje también visitamos Thingvellir, uno de los parques más amados por los islandeses, y de los más célebres por un motivo: en este lugar se nota la división de los continentes con solo poner una pierna en América y la otra en Europa. La guía era una señora que sonreía poco. No obstante, mencionó que algunas escenas de la película El señor de los anillos habían sido grabadas en varios parques naturales islandeses por sus cascadas, montañas nevadas y otras bellezas naturales; todo estaba perfectamente dispuesto para ser contemplado. Al llegar al parque de las dos cascadas, sentí su fuerza torrencial: la imponente caída de agua hacía que los turistas nos viéramos diminutos. Es un lugar esplendoroso, cargado de una fuerza natural que se percibía en el ambiente.


Islandia es un destino al que se debe regresar. Es necesario el tour indicado de las zonas cercanas a su capital. La próxima vez deberé rentar un carro para recorrer la isla en al menos dos semanas y para disfrutar de los hermosos lugares que no pude visitar. Entre septiembre y noviembre es necesario llevar una buena cámara con trípode y tener la paciencia para esperar a que aparezcan las auroras boreales, esas que se mueven en el firmamento con sus formas angelicales, como si fueran enviadas a propósito.

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