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Mujeres muiscas: tejiendo caminos de palabra y tradición

Texto y fotos: Lorena Sánchez Contreras // Revista Impresa


Las mujeres mhuysqas (muiscas) de Bosa existen y vuelven a existir. Resistieron la destrucción de sus territorios sagrados, la colonización, la llegada de la ciudad… Ahora se oponen al olvido de sus tradiciones y luchan por la pervivencia de la palabra. Su resistencia la materializan sus familias, sus cuerpos, sus negocios, sus hijas, sus tejidos y su danza.

Foto: Susana y su hermana. Archivo Lorena Sánchez

Fiva (aire) está danzando con los ritmos de Sie (agua); fuerte, suave y armoniosa, fluye entre cielo y tierra, dando movimiento a plantas, animales y humanos. Los espíritus del territorio son uno, un conjunto, con la naturaleza. Hytcha Guaia (Pachamama, Madre Tierra) guía la siembra de la semilla de la gente y de la vida, agua de vida —que es origen, historia, cultura y comunidad—. Los elementos, las direcciones cardinales, están en armonía con el universo; son música y melodía. Vibran, ordenan y equilibran recordándonos que somos territorio. Con sus pies sobre la Hhytcha (Tierra), endulzando los pensamientos, la comunidad mhuysqa de Bozha (Bosa) existe, resiste y construye desde el encuentro: renace. Las furas mhuysqas (mujeres muiscas) son cultivo, territorio, fertilidad, naturaleza, creación y unidad.


Sobre el borde del río Tunjuelito, afluente sagrado de los mhuysqas, Susana Chiguasuque Alonso, mujer de la comunidad, observa en silencio. Su mirada larga y serena se detiene sobre el agua oscura y turbia que, en su recorrido desde la madre hídrica del páramo de Sumapaz, ha enfrentado la contaminación de varias zonas del sur de Bakatá (Bogotá). La señora Susana, como la conocen en el barrio San Bernandino, recuerda para reconciliarse con sus raíces. Llegó a los siete años de Bosa La Paz y allí se quedó. Con pasos cortos y un par de zapatos negros que 50 años atrás eran alpargatas de fique, yute y lona, anda por los caminos ancestrales de la comunidad. Fiva y Sie danzan juntos a su alrededor, elevando uno los cabellos negros y blancos de su capul. Su cuerpo, que también es territorio, tiene vida.

Foto: Susana junto al río Tunjuelito, afluente sagrado de los mhuysqas. Archivo: Lorena Sánchez

Las abuelas suelen contar con tristeza la historia del río, pues sus aguas —ahora negras y nauseabundas, olorosas a desechos, abandono y desarrollo— son el relato de la urbanización y el despojo. Hace 60 años, solían bañarse, nadar, pescar y lavar ropa en el canal de agua quienes nacieron y se criaron en las veredas de San José, San Bernandino, La Paz y Bosatama (Soacha), territorios originarios y ancestrales que hoy son barrios de la localidad de Bosa. “Nuestra mamá nos enseñó a lavar en el río. Ella tiene 84 años. En ese entonces el agua era clarita y se veía hasta el fondo. Después el río se llenó de mugre; entonces, no volvimos”, relata la señora Susana.


El territorio de agua para la siembra y la comida sustentaba la economía de la comunidad. Se sembraban maíz, arveja, yuca, papa y haba…, hasta que la ciudad los absorbió. “Ya no se puede recoger el agua para rociar la comida. No pudimos volver a cultivar y ahora toca comprar todo”, asegura la señora Susana, quien, aun de pie, junto al río, resiste a la llegada del cemento. Ahora la rodean edificios, construcciones, carros y personas indiferentes y desconocidas que antes no estaban ahí. “Lo ve, nosotras estábamos aquí; siempre lo estuvimos. Nunca nos fuimos. Vivíamos tranquilas, pero la ciudad llegó, nos invadió”, continúa.

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En San Bernandino había solo fincas, lotes vacíos y extensos, con árboles, sembrados, chivos y marranos. Olía a campo, tierra y vida. Las abuelas esquilaban ovejas y tejían intenciones, memorias y costumbres con la lana. El verde inundaba los pequeños ranchos de bahareque, mientras mujeres y hombres araban la tierra con pica y pala y recogían los cultivos. Se trataba de un territorio fértil al que el agua daba vida. “Andábamos en burro. La gente caminaba, tomaba chicha; las mujeres cocinaban masato, mazamorra chiquita, huesos de marrano. Uno saludaba: «Buenas, cómo le va»”, relata María Constanza Neuta Tunjo, mamá de Elena Neuta, ambas mujeres del Cabildo Mhuysqa de Bosa, reconocido como entidad pública especial desde 1999.

Foto: Erika, Laia y Gina. Archivo: Lorena Sánchez

Allí vivían algunos clanes familiares: los Neuta, Chiguasuque, Tunjo, Cobos, Alonso; en total eran cerca de 17 apellidos los que hacían parte de la comunidad. Eran familias nativas compuestas por mamás, abuelas, primas, tías... En medio de un contexto de desindigenización y discriminación, los mhuysqas pervivían culturalmente en común-unidad. Sin embargo, la ciudad entró a Bosa; las abuelas cuentan que vendieron sus tierras porque fueron engañadas con dinero o trueques. “Les decían: «Una casa en Bosa Centro por su lote de Bosatama». Y así las robaron”, asegura Elena, quien, sentada frente a su madre en una casa de Bosa San José, recuerda la historia de sus ancestros.


Para ese momento, a los abuelos y adultos ya les costaba reconocerse como indígenas. La colonización los despojó de sus usos, costumbres y territorios sagrados; la cultura occidental los absorbió. Entonces decían que eran mestizos y campesinos, porque trabajaban la tierra y sembraban, pero no sabían que eran mhuysqas. A pesar de esto, sus raíces se mantuvieron vivas en la ruta del territorio, los ancestros, la palabra y la naturaleza.


Fue hace solo 20 años cuando inició el regreso a lo indígena, el proceso de recordar y recuperar las tradiciones y la identidad propia del pueblo mhuysqa. “Nuestros profesores de Sociales nos hablaban de una cultura ya extinta, e incluso muchas personas siguen creyendo que nuestro pueblo desapareció hace muchos años. Pero no, nosotras estamos aquí aprendiendo de Madre y Padre, y resguardando nuestro territorio”, asegura Wendy Galeano Neuta, joven mhuysqa miembro del consejo de jóvenes Abos.

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Rewoaya


Las semillas caen y golpean el interior de una caña de bambú de dos metros. Wendy está inclinando un palo de lluvia, instrumento musical tradicional de los Andes: 45°, 90°, 180°; le da vuelta, y cae un aguacero sonoro, fuerte, intenso, repentino y fugaz. Su dedo pulgar repasa las letras grabadas sobre el bambú: rewoaya (renacimiento). Es el despertar mhuysqa, el renacer de las semillas en las totumas, en los pensamientos dulces, en Hytcha y Gata (Fuego). La comunidad mhuysqa de Bosa retorna por el camino de los antiguos.


“Mis primeros recuerdos de la comunidad son danzando con mi hermana, mis primas, mis abuelas. Desde que era muy pequeña mis papás estuvieron inmersos en este proceso. Nos educaron en la danza ritual tradicional de la comunidad; entonces, nosotras crecimos con la identidad más clara del mundo, entendiendo los usos y costumbres. Por eso, nunca me dio pena decir: «Yo soy mhuysqa», a pesar de que en el colegio se burlaran”, asegura Érika Neuta, hermana menor de Wendy. Sus rasgos son marcados: mentón definido, labios gruesos, dientes grandes, ojos oscuros y pequeños y piel trigueña, igual que la de su hija de un año.


Las mujeres de la generación de Érika, que ahora tienen entre 20 y 30 años, comenzaron bailando en el grupo de danza Fagua, que en lengua mhuysqhubun quiere decir “diosas de las estrellas”. Danzaban tingo, guaneña, pasillo y carranga, al ritmo de la espiritualidad y los instrumentos de viento y cuerda, ofreciendo sus pasos y energías a la Madre. “La danza ritual es bailar para algo, con una intención. Hacíamos círculos, espirales, bailábamos con mayoras. Hacíamos danzas donde mostrábamos lo que es trabajar con un burro o una vaca, representando y recordando el campo y el juego del sol y la luna al momento de trabajar con la tierra”, relata Elena.


Y ese fue el proceso inicial para sentir y apropiarse de sus raíces y su historia. Desde lo comunitario entendieron que su obligación como mujeres jóvenes mhuysqas consiste en resguardar la palabra y la memoria de los abuelos. Encontrarse con otras mujeres, con mayoras y sabedoras tradicionales, las llevó por el camino del origen y la armonía, guiadas por Madre y Padre.


“Ser mhuysqa es recordar muchas cosas. Es hacer sentir, ver y pervivir nuestros usos, costumbres y tradiciones, entendiendo cuál es el sentido de lo que hacemos. Hay mucha gente que baila y que siembra. Pero ser indígena es aprender a vivir conscientemente. Yo bailo porque a través de la danza puedo generar conciencia y enseñar. Ese es mi sentir y vivir. Bailar es poner un pie sobre la tierra y decirle a la Madre: «Deme permiso para ofrendar esta danza; estoy bailando por usted, entregándole mi sudor como pago por todo lo que me ha dado». Y eso yo lo aprendí como joven en el camino de la palabra, compartiendo con otras mujeres”, comenta Érika, mientras extiende y peina el cabello negro de su hija, Laia. Bailar es limpiarse de forma individual y colectiva.

Foto: El Cabildo Mhuysqa de Bosa es una entidad pública especial reconocida desde 1999 por el Ministerio del Interior. Archivo Lorena Sánchez

En 2015, reconociendo su rol como mujeres líderes de procesos en la comunidad, crearon el Consejo de Jóvenes Abos, que quiere decir “alrededor del universo”. Allí se generaron procesos de baile, palabra, oralidad, medicina y espiritualidad. A una cuadra de la casa de la señora Susana está el qusmuy, lugar de encuentros, ritos y ceremonias, punto de conexión del cosmos con el espíritu. Para Gina Neuta, prima de Érika, el qusmuy representa el vientre de la madre, y por eso es en la casa de la mujer donde se permite la consciencia de la palabra. Las jóvenes de Abos empezaron a sentarse en la casita sagrada y tejieron vida y memoria. Reflexionaron en torno a preguntas como por qué se recibe medicina antes de iniciar un círculo de palabra, por qué el hayo es la planta que da vida a lo femenino, qué son la ambira, el yagé, la hosca…


Después fueron a Soacha. Cuando conocieron al abuelo Nemequene, entendieron que las mujeres también pueden tener palabra, medicina y huso (trozo de madera largo y puntiagudo en el que se enrolla la lana de las ovejas para hilar a mano). Las historias mhuysqas contaban que quien le entregaba la medicina al hombre era la mujer; sin embargo, en el Cabildo de Bosa no sucedía esto, “teníamos que pedirle permiso al mayor para poder utilizar la hosca o el tabaco. Pero el abuelo nos dijo: «Uno solamente le pide permiso a la Madre, a nadie más». Entonces descubrí que yo era una mujer de medicina, que tiene palabra y espiritualidad”, comenta Érika.


Somos semilla, cultivo, tejido, territorio


Elena teje con lana de oveja y en macramé: hace mochilas y a veces borda en punto de cruz con hilo de colores. Gina hila con su huso, pues su abuela, Isabel Chiguasuque de Neuta, le enseñó que una mujer puede tener huso aun sin estar comprometida, como dicta la tradición. Por eso teje mandalas y ojos de dios, con los colores de la naturaleza, el arcoíris, el infinito, los valles y los páramos. Los colores del tejido enseñan, hablan, cuentan historias. En el tejido se guardan pensamientos dulces que luego se convertirán en acciones.


Aprendieron a tejer por tradición, viendo hilar a sus abuelas y mamás. María Constanza, la mamá de Elena, tejía desde que trabajaba como interna colaborando en casas; hacía chalecos y mantas con dos agujas y en croché. Luego le enseñó a su hija, a su hermana y a su nuera a hacer tejidos para las trenzas del cabello.


Elena siguió la tradición: hoy hace mochilas para ella y para los demás; piensa en personas y pone intenciones. Tejer es un proceso espiritual de construcción que se maneja desde el sentir propio y el amor. “Uno teje el asa, correa, y la base, que es la edad de uno en años. Yo casi siempre cargo con una mochila porque es el tejido del pensamiento; ahí cargo mi propia vida”, explica Elena. Tejer es esencial en la construcción de memoria. Se teje con lana, pero también con palabra, pensamiento y territorio. Tejer es entender que hay un linaje, costumbres y tradiciones que conviven con un presente cambiante y que el proceso de recuperación de la tradición requiere puntadas que aúnen lo colectivo a lo individual.


A través del tejido de la historia de su familia, Erika tomó la decisión de ser mamá a los 21 años (hoy tiene 23). “Le dije a Wendy: «Quiero que mi hija sea contemporánea al suyo para que tenga con quien crecer y compartir la tradición». Cuando estaba embarazada, empecé un proceso espiritual de limpieza y aprendizaje, y le decía a mi hija: «Usted tiene una línea espiritual y un linaje». Ella nació con partera. En mi último trasnocho yo le decía a mi compañero que cuando uno es madre aprende inevitablemente a ser hija”, relata Érika, quien carga en sus brazos a Laia, su hija. Sobre sus cabezas cuelga un mandala azul, amarillo y rojo: es el tejido del corazón. Laia mira a Érika, se ríe y, con sus pequeñas manos, agarra el aire; no lo deja escapar. Se ríe de nuevo. Le encanta el tejido; juega con lana, habla y escucha.

Foto: Hoy el Cabildo Bosa es liderado por una mujer. Ángela Chiguasuque ocupa el puesto de gobernadora, la autoridad tradicional de la comunidad. Archivo Lorena Sánchez

“Ser mujer mhuysqa es tener el privilegio de dar vida y conocer la medicina, la ancestralidad y el cuerpo”, comenta Gina. Su cuerpo es su primer territorio, que está en sincronía con la naturaleza; es vida. Por eso lo cuida, lo escucha, le retribuye y es consciente de los procesos que se dan en su interior. Usa la copa menstrual para devolverle su sangre a la tierra entregándola a una planta a través del riego. Es sangre que limpia, sana, colorea, tiñe y teje armonía con la tierra.


Elena dice que el cuerpo es su lugar de expresión, donde hila la tradición y narra su linaje. Tiene el cabello corto, pues hace unos meses lo rapó para cortar cargas y lazos familiares. Soltar la fortalece. Su cabello es el lenguaje del sentir y de ser mujer. “Yo soy mujer mhuysqa por mi linaje, por lo que me enseñaron mis tías, por mi mamá y mis abuelas. La mujer es quien manda la parada en el hogar, el cabildo y el territorio; una mujer organiza, equilibra y genera comunidad. Ser mujer es tener la posibilidad de encontrarse y sentarse con mujeres indígenas de otras comunidades y saber que todas compartimos experiencias”, asegura Elena.


Para los mhuysqas la mujer es el eje de la familia, la sabiduría y la comunidad. La cosmogonía mhuysqa cuenta que de las aguas de la laguna de Iguaque nació Bachué, la madre chibcha. Las abuelas suelen decir que el mhuysqa es un territorio de agua, un gran tejido que representa el cuerpo de la mujer, que es vida, creación y pensamiento. Érika y Elena explican que las comunidades de Bosa y Suba funcionan como un matriarcado, porque el rol de las mujeres está muy marcado. Son lideresas en sus territorios: cuerpo, familia y comunidad, pues tienen palabra y poder.


Las mujeres de la generación de María Constanza y la señora Susana sembraron, cultivaron y regaron la fuerza y sabiduría en sus hijas. Ellas, aunque inmersas en la cultura occidental, trabajaron en el campo, en casas de familia y en negocios; son independientes. “Yo tengo mi puesto ahí, al frente del colegio. Desde hace 17 años vendo galguerías, hago almuerzos y saco copias. Trabajo de siete a siete. Me gusta”, comenta la señora Susana, que, aunque no tiene hijas mujeres, ha contribuido a repensar el rol de la mujer en la comunidad. “A mí me enseñaron a ser guerrera, a trabajar, a untarme las manos de tierra. El ser mujer viene desde un sentir propio y colectivo. Ahora todas estudiamos en la universidad y trabajamos para no depender de nadie”, cuenta Elena. Aunque viven bajo las lógicas de la ciudad, mantienen la tradición. “Entregamos, soltamos, transmitimos y recibimos desde los usos y costumbres; eso lo aprendí de mi mamá y de mis ancestros”, continúa.


Las mujeres mhuysqas comparten palabra y medicina; tejen y bailan para renacer desde el sentir. Mientras avanzan en círculo, de lado a lado, al frente y atrás, sus ojos se encuentran con los de las otras mujeres que también danzan para el universo. Son mhuysqas, son furas, son guerreras. Sus pies se elevan: primero el derecho, luego el izquierdo; rozan el suelo, lo acarician con el yute de sus alpargatas, abrazan a Hytcha con sus almas. Sus manos en la cintura tocan el vientre que da vida mientras sus codos se mueven de adelante atrás, jugando con el viento, golpeándolo y abrazándolo.


El aire, ahora dulce y melódico, entra y sale de los instrumentos de viento, como el siku, la flauta y la quena. El roce de los dedos con las cuerdas del tiple y el charango y los golpes de las manos con el tambor y el bombo conforman el sonido de la tradición, la música de los Andes y la melodía del renacimiento. La guaneña cuenta la historia de las mujeres de la guerra. Saltan y giran; sus faldas se elevan; son una con Hytcha, Chía y Sué. Retornan por el camino de los antiguos recordando la tradición, pero, a su vez, avanzan hacia una modernidad llamada “ciudad”.

Este artículo es parte de nuestra edición impresa número 70, dedicada a las mujeres. Le invitamos a leerla