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La experiencia sensorial para los niños desaparece de los museos

Por Mariana Escobar Bernoske // Periodismo cultural


El COVID-19 cambió la experiencia frente al arte. Con cierres, reaperturas y el predominio de estrategias virtuales, el panorama museístico para el público infantil se transformó, y la multisensorialidad que lo caracterizaba ahora es solo un recuerdo.

Fotografía tomada de Freepik, por our-team

No solemos asociar la infancia, móvil e incontrolable, con los espacios de arte y sus grandes vitrinas de cristal, galerías silenciosas y miles de letreros de “no tocar”; esta no es una imagen certera ni realista. Por el contrario, pensar en áreas especiales dentro de los museos donde niños y niñas pueden tocar, sentir y jugar es más acertado. Pero con la llegada de la pandemia y los protocolos de bioseguridad, la experiencia sensorial, incentivo de la curiosidad infantil en los museos de arte colombianos, ha sido damnificada. Aunque más niños y niñas han entrado en el universo de las artes a través de actividades digitales, estas no dejan de ser un privilegio para unas pocas familias.


En 2020, solo el 8.9 % de los menores entre 5 y 11 años de edad fue a algún museo; así lo revela la última encuesta de consumo cultural del DANE, actualizada el 9 de diciembre de 2020. Las principales razones para abstenerse de visitar estos espacios, según los padres de familia, fueron el riesgo de contagio de COVID-19 y el miedo de que los niños no cumplieran con los protocolos. Por esto surgió la necesidad de los museos de ofrecer una nueva programación virtual y recursos educativos para apoyar el aprendizaje y el juego en los hogares.


En Colombia, los programas de accesibilidad para el público infantil tienen como objetivo común ser espacios de aproximación al arte, la cultura y la construcción de nación. Asimismo, las estrategias de los museos se alinean con la implementación de la Política para el Desarrollo Integral de la Primera Infancia, Infancia y Adolescencia —Ley 1804 de 2016desde el diseño de planes y proyectos donde se visibiliza la relevancia del sector cultural para el desarrollo de esta población.


Durante el segundo semestre de 2019, el Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura destinó cuatro estímulos de 20 millones de pesos para financiar pasantías en el desarrollo de proyectos artístico-pedagógicos para niñas y niños de entre 0 y 6 años en museos. Una segunda versión fue propuesta para el 2020, pero con la llegada de la pandemia, este programa fue pausado y, los recursos, redestinados a iniciativas vinculadas con la reactivación del sector y el fomento de estrategias digitales e interactivas para infancia y adolescencia.

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Algunas de las estrategias que surgieron en el último año por parte de los museos para revivir la agenda del público infantil fueron páginas descargables de dibujos coloreables, talleres y tutoriales sobre cómo crear arte y manualidades inspiradas en artistas u obras de arte específicos y demostraciones culturales de archivo. De igual forma, espacios como el Museo del Oro y la Red de Museos del Banco de la República apostaron por el diseño de actividades junto con instituciones educativas tanto públicas como privadas.


Ana María González, coordinadora del área educativa del Museo del Oro de Bogotá, explica que las estrategias virtuales que resultaron de la pandemia permitieron alcanzar un mayor número de niños nacionalmente, algo inconcebible bajo el modo presencial. Esta afirma que en 2019 realizaron 285 talleres, de los que participaron 3232 niños; el año pasado, aunque solo fueron 160, llegaron a 3790 niños de distintas ciudades. González añade que estas actividades son gratuitas y se entienden como “animaciones pedagógicas”, pues incitan el diálogo participativo con la infancia.


“La apropiación del patrimonio y el arte por parte de los niños adquiere un rol muy importante en la construcción de su significado cultural”, asegura Alba Nury Martínez, directora de preescolar y básica de la Secretaría de Educación de Bogotá. Sobre la vinculación de colegios con este tipo de programas, no duda en decir que “trabajar en la formación de públicos desde la primera infancia representa actualmente una necesidad”.


No en vano “los museos se entienden como agentes de cambios sociales y como herramientas de inclusión en la primera infancia”, reflexiona Mayali Tafur, líder de comunicación educativa del Museo Nacional. Entender a los niños como individuos capaces de pensar y cuestionar por sí solos es el diferencial por el que apuesta esta entidad para poder construir un mejor proceso de vinculación. Y agrega: “Lo ideal es que se hagan dinámicas de codiseño con la población. Es decir: si yo estoy diseñando un taller para niños, que se les pregunte qué les gustaría. No deberían diseñarse de arriba abajo, sino que debería ser participativo: preguntarle a la población sin que importe si son menores, ya que ellos saben qué quieren”.


Pero la virtualidad obligada por la pandemia limita la participación de esta población en el diseño de estrategias: se pierde la oportunidad de explorar el contenido y la programación con los niños y niñas, algo que podría producir resultados únicos basados en su propia experiencia, capacidades, valores creativos e innovación. Por esto, el último año hizo evidente que el uso de distintos recursos didácticos mediados por la tecnología en el sector museístico no es del todo efectivo.


“Una de las principales estrategias para involucrar al público infantil ha sido la multisensorialidad”, explica Jessica Rucinque, directora del área de educación del Museo de Antioquia. Según ella, esto significa “utilizar los sentidos como una manera de captar la atención de los niños. Algunas salas tienen sonidos o música; otras, proyecciones; incluso se han replicado algunas piezas para que puedan sentir sus texturas. Esto lo perdimos completamente en la virtualidad y, por más estrategias que inventemos, siempre hará falta”.


Después de un año, se ha hecho evidente que muchas de estas iniciativas diseñadas por los museos se reducen a familias que cuentan con acceso a internet. En Colombia, el 62 % de la población usa internet, pero el índice de penetración de internet fijo es apenas del 37.5 %; esto significa que la mayoría de las personas acceden a través de celulares, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). De esta brecha digital deducimos que en tiempos de pandemia acceder a contenido digital cultural diseñado por museos para un público infantil, por más gratuito que sea, es cuestión de privilegios.

En varias regiones del país la presencialidad fue necesaria para recuperar el trabajo de los museos con la población infantil. Por ejemplo, el Museo Libre de Arte Público de Colombia (MULI), de Cali, se define como un museo a cielo abierto. Su apuesta, al aire libre y de intervención del espacio público, posibilitó su programación cultural durante el último año: “Desde un principio, el MULI tiene una propuesta transmedia que se hizo mucho más relevante por el vuelco que hubo a las herramientas digitales. Pero lo que quisimos fue volver a lo análogo, sobre todo con los niños […]. Enseñar a leer el idioma del arte también es interactuar con el espacio”, afirma su fundadora y directora, Carolina Jaramillo. Sin embargo, Jaramillo agrega que hubo programas imposibles de reactivar, como los talleres para población infantil y adolescente con Síndrome de Down, que le apostaban a enseñar curaduría , por ende, brindar trabajo a jóvenes entre los 14 y 18 años.


En el caso de Bucaramanga, la experiencia entre museo e infancia durante el último año ha sido excepcional. El Museo de Arte Moderno de Bucaramanga (MAMB) fue la única institución museística del país que, cerrando por solo dos meses, ha mantenido su oferta presencial desde mayo de 2020. Adriana Fuentes, coordinadora de comunicaciones, explica que “con todos los espacios culturales cerrados, al igual que los colegios, venir al museo adquiere un nuevo significado. Se convierte en un plan que permite que los niños y niñas socialicen y exploren de manera espontánea”.


Maloka (en Bogotá) y el Parque Explora (en Medellín), cuyos enfoques son los campos de la ciencia y la tecnología, son los únicos museos interactivos colombianos que, además, están pensados principalmente para el público infantil. Una mirada del sector de las artes y la cultura corrobora que desde el cierre del Museo de los Niños de Bogotá en noviembre de 2017, no existe ninguna entidad museal de este tipo que se dedique exclusivamente al público infantil.


Si bien en el último año varios museos han anunciado nuevas iniciativas para resignificar estos espacios, pocos se han enfocado en el vínculo y las experiencias que surgen desde la infancia en este tiempo. Reconocer el valor de las perspectivas, experiencias y producción cultural de los niños es fundamental, porque en el juego está la construcción de su historia personal y ciudadana: la evocación y el reconocimiento de sí mismos como sujetos que participan activamente en la cultura del país. Más allá del alcance de los recorridos virtuales y las estrategias pedagógicas que nacen de la pandemia, existe un vacío sobre quién puede o no acceder al contenido en línea de los museos. La experiencia sensorial del público infantil está suspendida y, a pesar de la reactivación y la reapertura, nunca será la misma.

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