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[Opinión] Negocios en pandemia

Por: Alejandra Bernal, Marcela Correa y Gustavo Guzmán // Opinión


Tras meses de pandemia global, a las muertes del coronavirus se les suman las del hambre. El capitalismo no admite que dejemos de producir, y mucho menos en las economías informales donde si no sales a vender a la calle, no comes.


FOTO: Imagen de Kon Karampelas en Pixabay

Según cifras del DANE, en Colombia más del 45% de la economía es informal y, a falta de ayudas gubernamentales significativas, parece que solo la solidaridad entre ciudadanos puede garantizar la supervivencia.


En medio de este vuelco en el orden mundial, no sabemos aún con certeza qué profesiones quedarán obsoletas y qué nuevos oficios crearemos (¿Djs y animadores de fiesta virtual, guardaespaldas digitales, asesores de imagen para videoconferencia?). La gran mayoría de la población ha hecho un esfuerzo considerable para adaptarse y sobrevivir de la mejor manera a este reto, que ya no solo es biológico, sino también socioeconómico. Por fortuna, la pausa obligada de la pandemia nos ha forzado a repensar la distribución del dinero: ¿Por qué el salario de un futbolista es cientos de veces más alto que el de un médico, un campesino, un profesor o un reciclador? ¿Qué tanto valoramos a quienes hacen labores verdaderamente esenciales en nuestra sociedad?


FOTO: Imagen de Pexels en Pixabay

Mientras encontramos respuestas a estos interrogantes, cientos de pequeñas y medianas empresas y trabajadores informales resisten y se reinventan para llevar el pan a sus casas. Es el caso de los Almacenes Only, cuyas empleadas muestran y venden las existencias disponibles a través de WhatsApp, asesorando personalmente a cada cliente; restaurantes como El Fantasio, que ofrece bonos redimibles para cuando abran sus puertas; El Museo del Chocolate ya no solo vende en Villa de Leyva, sino que amplió su margen de cobertura a todos los rincones de Bogotá; Kupa (marca de chaquetas y morrales) fue una de las primeras en fabricar tapabocas antifluidos, tendencia a la que cada vez más marcas de ropa se suman; Antonio Díaz, bicampeón mundial de karate, está dando clases a los estudiantes regulares de su estudio en Caracas a través de lives en Instagram. Estos son algunos ejemplos de los cientos de personas que de la noche a la mañana cambiaron no solo sus hábitos de higiene, su vida familiar y su tiempo de ocio, sino sus oficios mismos.


El incremento en la desigualdad social y económica en todo el mundo es claro. Mientras los negocios caseros hacen maromas para no tener que sacar trapos rojos a sus ventanas, los monopolios siguen creciendo: a mediados de Abril, las compras en Amazon sumaban aproximadamente once mil dólares por segundo; en Italia y España las descargas de Netflix aumentaron un 57% y un 34% respectivamente. Los magnates de la tecnología (Google, las redes de Zuckerberg, Twitter, Shopify, TikTok, Rappi) son los ganadores indiscutibles de la carrera comercial en la Internet. Sin embargo, desde ya podemos ver las dificultades que tienen las Pymes cuando se enfrentan a los titanes de las industrias: el paso forzado a la virtualidad, la falta de canales de distribución establecidos (por lo cual muchas empresas han tenido que recurrir a costosos servicios de mensajería), la dificultad para acceder a créditos, el analfabetismo digital, los problemas logísticos que acarrea tener poco personal diseminado por toda la ciudad. Las modestas empresas familiares pedalean con todas sus fuerzas para intentar seguirle el paso a los grandes conglomerados comerciales, que, en cambio, aceleran en Porsche.


Así como debemos replantearnos cuánto pagamos por las labores esenciales que permiten el funcionamiento de la sociedad, lo mínimo que podemos hacer es honrar los esfuerzos monumentales de estos hombres y mujeres que han reinventado sus negocios y sus vidas. Ojalá nuestros hábitos de consumo no se limiten a enriquecer a las grandes empresas, sino que estimulen el flujo de dinero entre los de a pie. Es el momento de comprarle al tío que sabe hacer pan, la abuela que cose, la prima carpintera, el vecino que hace tapabocas. El comercio justo ya no es un lujo, sino una necesidad.

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