• María Paula Forero //

Ruidosa resistencia


La música electrónica se ha tomado la fiesta de algunas ciudades de Colombia. Los festivales de este género musical cada vez cogen más fuerza y son más populares, ha crecido el número de asistentes y se posiciona como un fuerte referente dentro de las industrias culturales de nuestro país.

FOTO: Tomada de Pixabay.com

Los sentidos se agudizan para entrar en trance. Los cuerpos allí reunidos bailan al compás del vibrar de los bafles. La fiesta les pertenece a esas siluetas sin rostro, que sin conocerse ni pronunciar palabra hacen de la música y el ocio un espacio político. Techno como resistencia.

Una de las ramificaciones de la música electrónica es el techno. Música generada a partir de sonidos hipnotizantes de máquinas de manera repetitiva. Este género nació del uso experimental del sintetizador, con influencia del house en Chicago, el funk y el jazz. Detroit fue el escenario que vio surgir este género; allí los jóvenes se reunían por horas en bodegas abandonadas y oscuras a conectarse con las propuestas rítmicas de sus amigos. La ciudad estaba abandonada y las personas más vulnerables encontraron en el techno un refugio a las desigualdades raciales y económicas que estaba afrontando la ciudad a finales de 1960 e inicios de 1970.

Estas fiestas no tenían precio ni código de vestimenta, tampoco filtros por raza o clase. Cualquier persona podía entrar y disfrutar de la música. Esos sonidos provenían de cajas de ritmos que se conseguían a muy bajo costo, pero que eran capaces de generar fuertes sensaciones en las personas que los escuchaban. Estas fiestas significaron un espacio seguro para las personas que lo habitaban, libre de opresiones policiales y discriminación. Fueron escenarios de creación popular que luego impactaron las escenas de electrónica de todo EE.UU, de Europa y que hoy en día ponen a bailar también a Latinoamérica.

En Colombia, principalmente en Bogotá y Medellín, el techno crece como espuma y logra reunir cada vez más personas en diferentes pistas de baile y en festivales como el Freedom, Tatacoa, Baum fest, entre otros. Bares como Mute, Baum y Octava abren sus puertas cada fin de semana para los amantes de los raves. Sin embargo, surgen dudas e inconformidades sobre cómo se ha llevado la escena durante estos años y cómo la esencia de resistencia se ha materializado o no en ella.

El techno ha sido símbolo de resistencia desde lo estético y lo performativo. Son fiestas generalmente con locación secreta para evitar las sanciones arbitrarias de la policía, en bodegas o edificios abandonados, lejos de las concurridas y caras calles de los bares. Son espacios que surgen desde la autogestión, con interés de hacer y bailar la música para la música, y el potencial lucrativo pasa a segundo plano.

Estos lugares muchas veces tienen pocos baños por lo tanto casi nunca separados por géneros. Algunos no tienen espejos, pero tampoco necesitan tenerlos. No existen estos enormes posters de publicidad ocupando la vista. La pista existe en tanto es posibilidad de disfrute, no canal de consumo.

Las luces y las prendas permanecen oscuras, todo con la intención de mantener la libertad que permiten la sombras. Cuerpos danzantes que buscan excarcelar sus sensaciones a través del movimiento. No existe una intención de ser vistos, todos permanecen con los ojos cerrados para proteger ese pacto que existe entre la música, las vibraciones y los otros cuerpos bailarines. Todas las corporalidades y movimientos son válidos porque no hay ojos que los juzguen. Por esta misma razón no están bien vistas las cámaras, los vídeos y las fotos.

Estas fiestas logran confundir el GPS que vigila constantemente, que busca guiar nuestros consumos y la publicidad que nos rodea. Silencia los micrófonos porque las palabras y códigos las pronuncian otras máquinas. Ciega las cámaras porque no hay luz que las alimenten. Nos hace invisibles para nosotros mismos y a la vigilancia a la que estamos sometidos.

Sin embargo, esta idea utópica a veces se ve interrumpida. Lo más comercial de la escena se ha visto permeada por diferentes opresiones. Los bares más famosos de las ciudades tienen precios elevados para poder entrar, las botellas de agua son caras y los filtros de entrada cada vez son más exigentes y discriminatorios. Poco queda de esas intenciones políticas con las que nació este género musical.

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Por ello, han surgido algunos colectivos que quieren rescatar esta esencia y búsqueda constante del techno, además de relacionarla con intenciones políticas que van ligadas con esta intención de libertad.

Juan Villalobos, politólogo y fundador de la plataforma Exotérmica, afirma que cuando crearon el colectivo en el año 2018 era urgente combatir la competitividad que existe entre Dj’s, oponerse a las relaciones de poder y jerarquización entre ellos, conseguir un espacio donde todos quepan. Además, vieron en el techno una posibilidad de hablar de los problemas coyunturales del país; que la música fuera el canal para hablar del paro nacional, del apoyo a la minga indígena, y que sus fiestas fueran libres de discriminación por raza y clase, combatir esos filtros caprichosos de las entradas de los bares.

Por otra parte, Pez Alado es un colectivo que busca combatir las violencias de género que se dan en la escena. Valentina Mejía, Dj e integrante del colectivo, narra que era necesario poner sobre la mesa la poca presencia de mujeres y otras identidades de género en los line-up de los raves y los festivales, o combatir esos rumores y creencias de que cuando una Dj empieza a crecer es porque se acostó con alguno más grande, poniendo en duda la capacidad y talento de las mujeres. También se encargan de hacer un llamado al acoso que sufren las mujeres en la pista de baile, los toqueteos sin consentimiento, que las persigan por el bar o que quieran echarle alguna sustancia en las bebidas. Por esta razón han creado protocolos que velen porque los raves sean espacios seguros y libres de discriminación para todas y todos.

Otro ejemplo es Bulto, un colectivo queer y encuentro fetichista de techno que busca la liberación de los cuerpos y los deseos alrededor de la música. Es un espacio donde todas las identidades sexuales y de género son permitidas; el consentimiento es primordial y donde existe un rechazo a la homofobia/transfobia y discriminación por raza o género. Por esta razón, para conservar la seguridad del espacio, están prohibidas las fotos y los videos, el registro de la fiesta se materializa en ilustraciones de diferentes artistas.

Mauricio Atencia, periodista cultural que ha escrito sobre música electrónica por 9 años, trabajó como editor de la revista Dj Meg Latinoamérica y fue periodista en Vice y Noisey. Actualmente se encarga de las comunicaciones de Medellín Style y de su festival Freedom; en el siguiente podcast cuenta sus percepciones sobre el techno y la resistencia en nuestro país.

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