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Un Grammy en Usme


Yoky Barrios es un artista de Hip Hop con más de 20 años de experiencia que lo han llevado a convertirse en un referente para el género dentro del país. Directo Bogotá presenta el perfil de un domador de palabras, de un jinete de ritmos, de un artista que le canta a los barrios de la capital y que aprendió a ponerle color a la vida a punta de ganas, disciplina y talento.

FOTO: Angie Espinel. Tomada de Facebook: Yokioficial

Las leonas gritaban y los leones chiflaban, el jinete que doma a las bestias a punta de rimas llegaba. El reloj marcaba las 10:05 de la noche, y el olor del Royal Center era una extraña mezcla entre sudor, aguardiente y marihuana; atrayente sin lugar a duda. No se sabía si eran las piernas que cedían débiles ante el cansancio o si era el suelo palpitando, pero rápidamente, los corazones se estremecieron al compás del bajo y no hubo cabeza que se quedara sin moverse de arriba a abajo. Una mujer de cabello azul sacó un porro y...

¡Se prendio esto! Yoky Barrios salió al escenario como una fiera que había sido enjaulada. Rapeaba por aquí, rapeaba por allá. Tiraba rimas por aquí, y después por allá. La luz era poca, pero qué importaba si era iluminado por los flashes de aquellos que con asombro le escuchaban tirar dardos de su boca.

Las ganas de devorarse el escenario no eran pocas. Barrios iba de aquí para allá; con una mano suelta y la otra en el mic. “¡Yeah, yeah!”, se escuchaba mientras el drum y el bass va dejando claro que llegó el rey. De repente, aparece El Barragán que con un “¡Subeee!”, afirma que ya no hay vuelta atrás.

De la ducha a la tarima

Una escalera fría de baldosines blancos y una puerta insonora era lo que separaban a “La familia Yoky Barrios” de una de esas noches bogotanas en las que toca llevar sombrilla y hasta corbata. Adentro, una sala de ensayo con cuatro parlantes, dos tamboras, una caja de ritmos, un bajo, una guitarra y unas, mal contadas, 13 latas de cerveza que adornaban aquel lugar de pisos de madera, de espuma acústica gris y de cinco luces encendidas que, junto al rap bogotano, pusieron a más de uno a limpiarse el sudor con la mano.

Yoky, aquel que ríe, llora y disfruta de su don musical, estaba vestido como una pantera; de negro. Traía una gorra, tenis Nike, pantalones oscuros y una chaqueta negra que se quitaría para dejar ver el eslogan de su camiseta, “Tremenda Lokera”. Su tez oscura combinaba con las joyas de su cuello y de sus orejas, que relucían a la perfección. ¿Y cómo no? Si sus tan características gafas color madera, que en cada “patica” llevan su nombre, daban las puntadas finales de una interesante composición.

En la sala, las cabezas de los músicos iban de arriba a abajo sincronizándose con la tambora, mientras que él, frente al micrófono, se expresaba como lo hacía desde los 8 años. Yoky, o para ese entonces, Luis Yilder Rueda, quien vivía en alquiler con sus hermanas y su madre, se define como un “pelao” que tuvo una “bella infancia sin internet”.

Yoky Barrios cuenta con colaboraciones con artistas como Nanpa Básico, Ali Aka Mind y Vicky Castillo (Instagram: @angieespinelph / Angie Espinel).

Creció en Usme, la localidad quinta ubicada al sur de la capital colombiana, donde abundaban los partidos de microfútbol, las tienditas de esquina, las calles destapadas, los primeros amores, las pandillas y, sobre todo, las ganas por la música. Fue allí, en Compostela, el barrio donde vivió y lo sigue haciendo, donde encontró la misma crudeza que escuchaba en las canciones de La Etnia, un grupo de rap de Las Cruces que cuenta con Manicomio 5-27, la canción más importante para el rap colombiano, según Rolling Stone Colombia.

A sus 14 años, Yilder ya se sentía identificado con esta música. Además, empezó a aprenderse las letras de Vico C, que solía transcribir y escuchar doña Marta, su mamá. Y entre rimas sobre amor, violencia, familia y el barrio fue como el rap, una de las expresiones del hip hop, empezó a sonar dentro de la cabeza de aquel muchacho travieso y perseverante, quien recuerda los regaños de su directora del colegio por su comportamiento:

—Usted es líder, sí, pero malo como Hitler.

A esa edad en la que le empezó a dedicar “toda la caneca” a la música, soñaba y se emocionaba cuando veía llorar a las niñas por Salserín o Menudo, otros artistas que despertaron en él la fascinación por la música, y, de esta manera, con más ganas que otra cosa, fue como pasó de cantar en la ducha a vestir ancho y cantar con su “parche” de amigos en el barrio mientras su mamá, que no veía con buenos ojos la fascinación de su hijo, le decía:

—Yilder, yo a usted le he dado mucha confianza. Usted verá, mijo.

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El barrio y el rap

Aquella noche de ensayo y lluvia bogotana, Yoky seguía bailando al son del beat en el estudio. Una lata de cerveza vacía caía, mientras él tomaba la base del micrófono y la movía de a un lado a otro. A veces, agarraba el mic con la mano. A veces, lo dejaba quieto mientras se quitaba la gorra y cerraba sus ojos para cantar desde las tripas.

Algunos de los músicos entraban y salían; unos al baño, otros para calmar la sed del lugar con otra “pola” más mientras que el hijo de doña Marta seguía disparando balas líricas. Aquellas por las que optó, desde mediados de los noventas en Usme, porque a pesar de lo que muchos piensen, no todo en el sur era violencia ni pobreza. En aquellos barrios, donde abundaba la población campesina, afro e indígena desplazada por la violencia, cada quien vivía su propia realidad y la cantaba… o la rapeaba.

En ese entonces, lo más accesible era formar un grupo de rap. Allí conoció a Juan Pablo Barragán, un joven con gran sentido del humor y de familia boyacense, y a Julio César Hurtado, de simpatía por la cultura rastafari y de raíces indígenas. Los tres empezaron a soltar sus rimas sobre pistas de Cypress Hill, las cuales sonaban una y otra vez en los primeros festivales de rap. Sin embargo, faltaba algo y es que para cantar rap tocaba tener un pseudónimo.

Así fue como Juan Pablo Barragán se cambió a “El Barragán”; Julio Cesar Hurtado a “Thomas Lion” y Yilder Rueda a “Yoky Barrios”. “Yoky”, personalizando el término jockey (jinete) del inglés como quien adiestra a las bestias con música y “Barrios” porque su música no solo pertenece a un barrio, sino a todos. Así, surgió Ares del Asfalto, canción en la que la voz de los barrios se hacía sentir.

Y a pesar de que los problemas llegaron, las ganas siempre estuvieron; el truco estaba en caer y reinventarse. Si no tenían para los instrumentos; listo, se hace rap. Si no hay buenos músicos, se buscan. Si no hay manager, se vuelven managers. La vaina es simple; echar pa’lante.

Así fue como empezó a ser rapero, aunque no pudiera pronunciar la primera letra de su género.

—Venga, venga, negro ¿Usted qué canta?

—Yo canto Bbbrap.

—Cante.

—¡Brapp! ¡br! ¡brr! ¡brra!

—¡No! Sálgase de esa vaina.

Yoky tenía frenillo, ya que la tira que está debajo de la lengua está mucho más pegada y algo salida de lo normal, lo que no lo dejaba pronunciar bien la “R”; pero como él dice: “desde que uno tenga ganas, uno puede hasta tumbar a un boxeador de un puño”.

Yoky Barrios presentándose junto a Juan Pablo Barragán en Medellín el 11 de Octubre de 2019 (Instagram: @yokybarrios / Angie Espinel).

Las ganas y los parceros

Durante el ensayo, gozando de su música, Yoky se percata de que uno de sus músicos no está conectado al ritmo, sino a su celular. Y con la misma disciplina de un profesor de colegio, se lo pide y lo guarda en el bolsillo de su pantalón. Luego, echan unas risas juntos; cuando hay que tocar es a tocar.

Las tamboras seguían haciendo temblar la sala de ensayo ubicada en Chapinero. Mientras tanto, Yoky tocaba con sus manos y su boca una gaita imaginaria al son de una cumbia-rap. Frente a él, Juan Pablo Barragán, uno de los amigos, que más que un “pana”, ya es un hermano.

“El Barragán”, como se le conoce, se movía de un lado a otro; de aquí para allá. Saltaba. Gritaba. Hacía un chiste, hacía otro. Reía e iba por otra pola. “¡Con más ganas, muchachos! ¡Con más ganas!”, decía. Se quitaba su gorra verde y tomaba las claves de la tambora:

—¡Ta! ¡Tucutan! ¡Tucutan! ¡Tan! ¡Tan!

Y cantaba:

—“Estoy tan enamorado, de mi madre Yomasa” —rapeando al ritmo de aquella canción de Guillermo Rodríguez Fiffe que popularizaron Los Caifanes en los noventa.

Yoky Barrios y Juan Pablo Barragán rapeando en una de sus primeras presentaciones en Usme a finales de los noventa (Instagram: @yokybarrios / Archivo Yoky Barrios).

Yoky y Barragán se conocieron en Usme en 1998. Se volvieron hermanos con sueños similares y están unidos por la música, desde Ares del Asfalto. “Yoky es un caballo. Un artista muy hijueputa. Una flor en medio del desierto”, dice Juan Pablo con una sonrisa y una mirada perdida, mientras la noche llora, el frío habla y las rimas bombean.

Los recuerdos de la primera presentación en Hip Hop al parque en la Media Torta en 1998 son divididos. “¡Divina, ah! Fue más el susto”, dice “El Barragán”. “Un concierto más. Yo no lo entendía”, dice Yoky. Pero concuerdan en que ese mismo festival, el más grande de Latinoamérica, fue uno de sus recuerdos más bonitos ya que en la edición de 2016, ganaron el reconocimiento como “Mejor Grupo”.

Juan Pablo seguía con su mirada perdida recordando cómo, con Yoky, anhelaban un día estar en lo más alto. Hace una pausa, mira al suelo y suelta una sonrisa: “Y llegó el día en el que pasó. Comprobó que lo que uno pensaba también podía ocurrir”, dice.

La Familia Yoky Barrios festejando su presentación en la Caminata por la Solidaridad el 25 de agosto de 2019 (Instagram: @yokybarrios / Angie Espinel).

Sin embargo, el éxito y el reconocimiento no ha llegado solo por el arduo trabajo de Yilder y Juan Pablo, sino de toda “La Familia Yoky Barrios”. Ellos, más allá de ser músicos y productores, se han convertido en amigos y en un hogar para estos artistas. Angie Espinel, fotógrafa y community manager de “La Familia”, reconoce a Barrios como una persona muy disciplinada, talentosa al escribir y con un estilo musical único, pues al componer sus canciones “las escribe, se las imagina y de esa manera, suenan”.

Dentro de su música se pueden encontrar gaitas, tamboras, armónicas y distintos instrumentos que no son usualmente encontrados en las pistas de rap tradicional. Es decir, Yoky Barrios no se limita a samples y beats a la hora de componer, sino que recoge estilos y sonidos de otros géneros para darle vida a uno propio.

Además, sus letras se han caracterizado por reflejar sentimientos como el amor, la pasión y la amistad; algo distinto a la crudeza y al estilo callejero del rap de la capital de grupos como Crack Family o Gotas de Rap, así lo percibe David Felipe Espinosa “Beat Dreamz”, productor musical con quien compuso Mi Locura junto a Vicky Castillo.

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Beat Dreamz describe a Yoky Barrios contundentemente: “Un corazón gigante”, dice. Él valora el talento musical de Barrios al máximo, pues siempre está proponiendo nuevas composiciones y arreglos para sus canciones, como sucedió con Mi Locura.

Esta canción, incluida en el álbum Obra Negra, significó mucho trabajo para cada uno de los involucrados, ya que encontraban algo que no les agradaba cada vez que se reunían en el estudio. Así que lo volvían a cambiar, hasta que un día lograron dar con ese sonido perfecto que representaría una gran aceptación en el público convirtiéndose en una de sus canciones más escuchadas con más de un millón de reproducciones en Youtube.

De igual manera, Vicky Castillo, quien conoció a Barrios luego de participar en La Voz Colombia hace más de cinco años atrás, resalta la amistad, la admiración mutua y el amor por la vida y el arte con el cantante de Ya no quiero seguir así.

El proceso de Mi Locura, para ella, fue una experiencia de explorar libremente y de acertar como errar. Castillo dice que la música de Barrios ha traspasado barreras mentales y estratos, lo cual, es admirable. “Él es un guerrero”, afirma. “Yoky Barrios es un ejemplo inspirador”.

De izquierda a derecha; Vicky Castillo, Yoky Barrios, Beat Dreamz, Jaime Andrés López y Juan Pablo Barragán presentando su sencillo ¨Mi Locura¨ en El Desayuno de RCN en junio del 2019 (Instagram: @angieespinelph / Angie Espinel).

Sueños, talentos y amores

“¡Más fuego! ¡Más fueguito!”, grita Yoky, quien reconoce que sin Juan Pablo, su vida sería muy distinta. Tal vez tendríamos a Yilder, un trabajador en una imprenta en el Ricaurte y no a los artistas que desbancaron a Amigos de los Enanitos Verdes en las fiestas de grado de los colegios con una canción titulada igual, pero que se sentía más cercana… más de barrio.

Hay una gran serie de amigos en mi vida,

Amigos que se alejan, amigos que se olvidan,

Amigos que ya no están, pero siempre se llevan,

Amigos en las malas, amigos en las buenas.

Carlos Andrés Pacheco (CAP), quien era integrante de Gotas de Rap, fue el productor de Del Barrios pa'l barrio, el primer álbum musical de Yoky en el que se incluía Amigos. Ellos se conocieron cuando CAP fue contactado por la fundación Fe y Alegría de Usme para grabar y producir a un compilado de jóvenes, entre los que estaban Juan Pablo Barragán y Yilder Rueda.

En el momento en que se conocieron, Barrios estaba iniciando su carrera musical y había desarrollado un estilo de frasear muy particular porque combinaba elementos del rap, el R&B, el ragga junto a una esencia latina en su canto que lo complementaba con una muy buena capacidad de componer historias que lo motivarían a trabajar con él.

En 2006, cuando estaban produciendo el álbum musical, Pacheco compuso el beat de Amigos y se lo enseñó a Barrios, pero a él no le convencía mucho. Sin embargo, CAP le insistió de que compusiera algo sobre esa pista, y al final lo convenció. El resultado: una letra dedicada a los “parceros” que combinaba perfectamente con la sensación nostálgica de la canción.

A esta letra, se le sumaron los versos de CAP y Vanner Valecilla, actual integrante de “La familia Yoky Barrios”, y así nacería esta canción que ha sonado hasta en graduaciones y entierros. Lo curioso es que Yoky no apostaba del todo por la canción y, por esa época, decidió grabar el video de Antagonismo en vez de Amigos, video que saldría 12 años después.

Sin embargo, la canción se convirtió en un himno para el Hip Hop en el país, tanto que entró en la lista de las 20 canciones más importante para el rap nacional, según Rolling Stone Colombia. Además, fue inspiración para muchos jóvenes artistas que rapeaban y creaban sus propios videos con la canción en las redes sociales.

Para CAP, Yoky tiene mucha tela de donde cortar y la facilidad de sorprender con nuevas propuestas, gracias a su versatilidad al momento de componer e interpretar. Además, Barrios, como persona, tiene altibajos pero, como dice su primer productor, “al son de unos temas de rap y unas cervezas, todo vuelve a su cauce, porque como dice la canción: “Amigos en las malas, amigos en las buenas”.

De izquierda a derecha; Vanner Vallecilla, CAP Producciones, Yoky Barrios y Juan Pablo Barragán posando en la grabación del video de Amigos en febrero de 2019. (Instagram: @yokybarrios / Foto: Angie Espinel).

Yoky en los ensayos es el líder. Rapea. Canta. Coordina los tiempos. “¿Cómo sonaría en Do?”, pregunta. Toca la caja de ritmos y a pesar de que viva pensando 24/7 en el Hip Hop, que se sueñe cantando y se levante rapeando; para él, su familia es su motor.

Por un lado, está su madre, doña Marta, quién llenó de amor su existencia y le enseñó el verdadero cariño. Él agradeció escribiéndole Madre. ¡Y de sorpresa! pues Yilder reunió a toda la familia en la casa y, sin decirle nada a nadie, grabó el videoclip y le cantó por primera vez a doña Marta aquella canción… su canción.

Por el otro, sus dos hijos que son su motor y su enseñanza. “Uno nunca termina de ser padre”, dice. En su círculo social, era común ser papá a temprana edad. Juan Pablo Barragán lo fue a los 13; Yoky, que nunca conoció a su papá, lo fue a los 17. Desde allí, ha aprendido a ser padre en la práctica; él cree que en vez de regaños, hay que llenarlos de sabiduría.

Los inicios de Yoky y Juan Pablo fueron difíciles, no había muchos raperos ni internet que facilitara el reconocimiento. Solo estaban las ganas y un par de cassettes con pistas sobre las que hacían freestyle. Hoy, colorean con mensajes positivos un género musical que quieren sacar adelante y aportarle más que relatos de violencia y odio. Hoy, apuestan su vida a un sueño, tener un Grammy en Usme.

Yoky Barrios jugando con su hijo en abril del 2018 (Instagram: @yokybarrios / Angie Espinel).

De nuevo a la tarima

Ya no había vuelta atrás. El humo del público subía hasta al escenario iluminado por luces de colores mientras que Yoky Barrios agradecía mandando besos y golpeando su corazón. “¡My bro!”, repetía. Las pistas de rap iban y venían. Los bajos crecían cada vez más. La emoción del público subía como la de un niño en una juguetería. Chiflaban, gritaban, movían su brazo de arriba abajo y para ese momento, el alma de Yoky era la que recitaba los versos fugaces y sagaces que salían de su boca.

Melancolía, alegría, tristeza y hasta sensualidad fueron algunos de los sentimientos que se intercalaban acorde a los tracks. La gente lo gozaba y hasta el más ‘tronco’ lo bailaba. Arriba, en el escenario del Festival This is Real, “El Barragán”, con un movimiento similar al del cortejo de un ave, bailaba. Mientras tanto las sonrisas del público que coreaba su nombre demostraban todo.

—¡Yoky! ¡Yoky! ¡Yoky!

Yoky Barrios teniendo su primer Showcase en diciembre de 2018 (Instagram: @angieespinelph / Angie Espinel).

Como en un electrocardiograma, los beats por minuto (BPM) de las canciones subían y bajaban. Yoky recitaba un par de versos y una luz baja lo iluminaba. Torna, retorna y no se agota. El Royal Center palpitaba al compás del drum y del bass. ¡No se resistió nadie! Hasta las personas de seguridad empezaron a menear su cabeza y a grabar a aquel hombre que a punta de ganas ha dejado huella en toda una generación.

Un par de freestyle van y vienen. Gritos. Chiflidos y alguien del público grita:

—Buena, Yoky. ¡Desde Usme!

El calor corporal va subiendo cada vez más, pero Yoky, con un atuendo de tirantes rojos y unas botas cafés, pide apagar las luces y alumbrar el escenario con los flashes del público. De repente, entran los arpegios de una guitarra acústica y una armónica que fluyen como el agua con Nada es eterno, recordando a Michael Castellanos y su partida. Algo tan difícil de perder, como un amigo, y que solo se consuela buscando un abrazo de hermandad en “El Barragán”. Aquí, no solo los cuerpos saltaron, las almas también. El público aplaudió con emoción. Yoky, solo se limpiaba las lágrimas.

Sin embargo, como en una montaña rusa, todo vuelve a subir cuando llega el momento más esperado por muchos, Amigos. Una canción que se convirtió en himno para el rap nacional. El Royal Center se estremeció por 5 minutos con 10 segundos ¡Sin parar!

Finalmente, Yoky Barrios cierra su show con la canción que grabó con Michael Castellanos, Pintura. Rima aquí, rima allá. Baila aquí, baila allá. Sigue, para y vuelve a seguir. Rimando, ganando y llegando al último acorde donde el público enloquece, uno le hace una venia. Otro, chifla y alza sus brazos entre aplausos. Y él, dedicado y perseverante, en medio de flashes de cámaras, alza el puño y se despide.

Yoky Barrios presentándose frente a su público en Engatifest en Septiembre del 2018 (Instagram: @angieespinelph / Angie Espinel).

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