• Paula Chalela Chahín //

[Revista impresa] Una pérdida innecesaria


Esta es la historia de una migración familiar y de una mujer que cuenta su legado árabe. Es la historia de alguien que aún vive las repercusiones psicológicas que sufrió su familia luego de haber logrado escapar de las guerras del Medio Oriente. Es la historia del viaje que hizo su abuela desde Palestina hasta llegar a la capital colombiana. Esta es la historia de una guerra eterna.

FOTO: Mi hermano, Sergio, cuando visitó el Líbano en el 2017. Tomada por: María Daniela Paloma Iriarte.

Después de 21 años todo ha cambiado, pues de los 61 a los 82 hay mucha diferencia. Esta es una historia llena de tristeza y de incertidumbre porque ni ella ni yo nos reconocemos. Sí, recuerdo su tez morena, sus ojos negros, su nariz grande, su estatura, su pelo gris y su acento árabe cada vez que pronunciaba una palabra en español. El tiempo ha borrado el recuerdo de la mujer de hoy en día: la mujer de 82 años. Pero el tiempo también borró nuestras heridas.

Ella es una mujer que vivió la guerra de Palestina, y a la que el dolor de los que no lograron escapar la envenena. Es una mujer que jamás entenderá el daño que nos hizo. Una mujer a la que la guerra le quitó el alma. Pero para mí ya es costumbre no tenerla, y para mí ya es costumbre normalizar su ausencia. Pues yo, desde que tengo un año, no existo para ella.

Bogotá, Cartagena, Barranquilla y Bucaramanga, son las cuatro ciudades colombianas con más árabes en Colombia.

Pero si escapo de los recuerdos vagos que rodean mi cabeza, pienso que ella podría ver que en realidad somos su legado: mi mamá cocina comida sirio-libanesa, mi hermano aprendió a hablar libanés y yo aprendí a bailar danza árabe. Podría entender que tiene personas interesadas en escuchar esas historias que las abuelas tienen para contar. Podría entender que vale la pena conocerme.

Escribir sobre ella sería quedarme atada a la niña que ya no soy. Sería ignorar los 21 años de mi vida en los que la vi caminando un par de veces en la calle y ella no me reconoció. Sería recordar todas las veces que mi mamá derramó lágrimas, porque no comprendía qué pasaba. Y me quedo corta, porque para mí no es fácil escribir los recuerdos que tengo sabiendo que en cualquier momento se me van a acabar. Y es que, abuela, para conocerte, solo el primer año de mi vida no fue suficiente.

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Mi abuela es una mujer que nació al lado de la guerra. Una vida injusta, pero explicable: nació en Belén, Palestina, en 1938, y toda su juventud la vivió en la invasión israelí. Pasó hambre, la expulsaron de su hogar, tuvo que dejar su verdadera esencia en su propia tierra y sufrió un conflicto que le dejó una cicatriz de por vida.

A sus siete años salió de Palestina y llegó a Beirut para instalarse, de todas formas, en otra tierra árabe: la libanesa. Allí se graduó de un colegio francés y luego cursó un par de años de enfermería. Tiempo después conoció a mi abuelo, Jorge: un hombre también de Palestina, que no solo decidió escapar de la invasión, sino que, además, decidió escapar de su tierra.

A Elena, la tía de mi abuelo Jorge, la obligaron a montarse en un barco que llegó a Colombia para huir de la intrusión israelí. Entró por el puerto de Barranquilla y luego emprendió un recorrido que la hizo llegar hasta Bucaramanga. Allí se instaló y recibió a mi abuelo en su casa un tiempo más tarde, para que comenzara a tener una vida en Colombia.

FOTO: Forma en la que hacen masas para la comida en las calles libanesas.Tomada por: María Daniela Paloma Iriarte.

Fueron cinco años después cuando él decidió ir de vacaciones a Beirut y conoció a mi abuela. Se casaron a los tres meses y regresaron a Bucaramanga; ciudad donde se instalaron y formaron un hogar con cinco hijos: cuatro mujeres y un hombre.

Jorge, como cualquier hijo digno del Medio Oriente, inauguró una tienda de telas, con la que sostenía económicamente a su familia.

Allí vivieron un par de años hasta que la mayor de los cinco hijos se graduó del colegio y decidió comenzar su carrera universitaria en odontología, en la Universidad Javeriana de Bogotá, una ciudad donde terminaron su viaje por encontrar un lugar estable para vivir después de tantos años. Y ese ha sido el recorrido de mi abuela por el mundo; aquél que aún no termina.

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Chalela Chahín, los dos apellidos que resultan de la migración árabe a Colombia. Una sangre mixta que corre por mis venas y me convierte en 50 % palestina, 25 % libanesa (porque los abuelos de mi papá eran libaneses) y 25 % colombiana, porque aquí nací.

Nunca compartí con mi abuela, pero en mí están despiertas las ganas de seguir sabiendo de mi historia. Jorge murió justo antes de que ella decidiera no volvernos a hablar, pero, a pesar de eso, nosotros seguimos cultivando nuestras costumbres palestinas y libanesas. Y por eso tal vez seguimos diciendo que somos árabes, porque heredamos el orgullo del patrimonio. Ese mismo que aún ella conserva. Pero, abuela, así como llegaste, te fuiste.

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Mi abuela nos inculcó parte de su pensamiento mágico, que es originario de su cultura. Nos enseñó creencias primarias que, probablemente, seguiré hasta el último de mis días.

Nos inculcó aquello de usar tantas joyas de oro como sea posible; colgarnos en un collar la mano Hamsa, que es un símbolo popular en su cultura y que en forma de mano supone la protección y defensa; comer dátiles diariamente, fumar narguila y tomar kajue, una bebida de agua y café cultivado en el Medio Oriente.

En mi casa seguimos la tradición árabe de decorar la puerta principal con el amuleto de Nazar, que es la piedra redonda y azul que tiene en su centro un círculo blanco, con un punto negro, “para que nos proteja del mal de ojo”. También decoramos los muebles de la sala con pequeños elefantes de cerámica y madera, con la cola dirigida hacia la puerta principal, porque para las familias árabes eso significa buena suerte.

Pero, así como trajo la cultura a Colombia, también trajo el rencor: huyó de una guerra externa, pero jamás de su guerra interna. Llegó a Colombia trayéndose el odio que la hizo escapar y que hoy en día su cuerpo le está cobrando: su corazón no le funciona bien desde hace varios años y su orgullo le falla hasta tal punto que, aunque haya decidido ignorar mi existencia, nuestra existencia, aún tiene fotos nuestras. El odio que la ocupa, conserva y sigue cultivando constantemente, le juega una mala pasada: después de tantos años de vivir en Colombia, a veces se le olvida cómo hablar en español y se expresa en su lengua materna.

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Aunque al menos un 60 % de la población libanesa profesa el islam, mi abuela creció como católica. Y tal vez fue eso lo que despertó la curiosidad en mi hermano: vivir en carne y hueso la juventud de ella. Entender nuestras raíces y el porqué de las situaciones que hoy nos rodean. Compartir con familiares que aún viven en el Líbano y escuchar aquellas historias que nosotros jamás tuvimos la suerte de escuchar. En el 2017 viajó al Líbano y desde entonces ha seguido explorando la cultura colombo-libanesa.

En cuanto a mi madre, Hellen, ella encontró la manera de convertir su legado en una forma de subsistencia: emprendió una empresa de comida sirio-libanesa haciendo las recetas que aprendió de su mamá, como el quibbe, el tabboule, el tahine y el fallafel. Y aún hoy, después de 21 años, guarda la esperanza de que mi abuela deje de lado todo ese orgullo personal y patrimonial que la invade, y que nos volvamos a encontrar.

FOTO: Comida típica del Medio Oriente. Tomada por: María Daniela Paloma Iriarte.

Por mi parte, solo me queda unir los pocos recuerdos que alcancé a guardar en mi memoria, para poder entender que no tuvo una vida fácil. Sé que haber tenido que escapar de su tierra natal, para sobrevivir, no es justo. Y sé que perdonar a la guerra requiere tiempo. Pero, abuela Georgette, eso no es excusa para todo lo que está pasando. Porque yo siempre he pensado que tú, en mi vida, eres una pérdida innecesaria.

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