¿Qué es Bogotá?

Fachada Art Déco del Teatro Joge Eliécer Gaitán.

 

“Mi Bogotá es una ciudad a la que le han robado el frío. Una ciudad de periferias. Una ciudad de multitud y gentío. Una ciudad bipolar que ataca y acoge a sus habitantes sin patrón alguno. Una ciudad que quisiera ser lo que fue pero le pesa demasiado lo que se ha vuelto”, escribe el autor.

 

Crónica homenaje para reinaugurar esta plataforma de directobogota.com

 

Se puede hablar de cifras. De datos duros e irrefutables. Bogotá es la capital de un país suramericano llamado Colombia. La fundó Gonzalo Jiménez de Quesada el 6 de agosto de 1538. Tiene casi diez millones de habitantes. El área metropolitana es de 1587.66 kilómetros cuadrados. La ciudad está dividida en veinte localidades, tiene 5.145 barrios y más de 47.000 manzanas. Se puede hablar de todas estas cosas, salir del paso y decir que se sabe qué es Bogotá. Se respondieron las preguntas. Todo el mundo contento.

 

A mí no me sirve nada de eso. Los datos y estadísticas son fríos. Los estudios se quedan en la dimensión de los números, que nada tienen que ver con la esencia de lo que es Bogotá. Lo que significa para los bogotanos.

 

Tampoco existe una sola respuesta, concisa y precisa. No existe ni siquiera una sola aproximación. La esencia bogotana es cuestión de interpretación. Cada bogotano arma su ciudad, cogiendo trazos de donde vive, de donde trabaja o estudia. De la gente que conoce y los lugares a los que va. De lo que piensa del clima bogotano y de los Cerros Orientales. De lo que se imagina de la sabana y del centro.

 

Plaza fundacional y al fondo la concha acústica - Bosa 

 

La pregunta correcta, entonces, no es “¿qué es Bogotá?”. La pregunta correcta es “¿cuál es mi Bogotá?”.

           

Periferia

 

Bogotá es un coloso. Un reguero de concreto, ladrillo y asfalto que se va esparciendo en todas las direcciones. Los límites de Bogotá no existen. Se dibujan y desdibujan constantemente como si los constructores estuvieran compitiendo a ver quién llega más lejos.

 

Al norte, Bogotá se ha tragado casi treinta kilómetros de Sabana. Se ha devorado incontables otros de páramos, de humedales, de montañas. Bogotá invadió todo lo que había a su alrededor, y empieza a tocar a la puerta de Chía, de Cajicá, de Soacha y de otros lugares.

Barrio El Recuerdo en las faldas de Ciudad Bolívar// fotografía tomada por María Paula Fonseca

 

El hambre de Bogotá no es nueva. No fue hace tanto cuando Usaquén era un pueblito por allá lejos en el norte, y El Campín unos potreros barrosos y fértiles. El tranvía llegaba hasta la Avenida Chile y eso era un trayecto lejano, alejado del epicentro de la ciudad. Cualquier cosa más allá del Museo Nacional ya era lejos. Suba quedaba en el campo y era casi que terreno virgen. Hasta que en los ochenta ya mucha gente vivía en la Pepe Sierra. En los noventa se llegó hasta la calle 200. Hoy ya no es así. Hoy el centro ya no es el centro. El norte y el sur se siguen ampliando. Bogotá se ha comido lo que ha podido de montañas. Hoy hay bogotanos que viven en Chía, en Cota, en Cajicá. Huyen del exceso de concreto.

 

La periferia mira atemorizada y petrificada a Bogotá mientras esta se acerca con sus bulldozers y mezcladoras de cemento.  Bogotá seguirá creciendo hasta que un día todo será Bogotá.

 

Multitud

 

Diez millones de personas es mucha gente. Bogotá tiene mucha gente en las calles. En los centros comerciales. En los parques. En los buses. En los carros. En los colegios. En las universidades. Hay mucha gente en los restaurantes y las cafeterías. En las papelerías y en las misceláneas. Ha nacido mucha gente. Nada más en el primer semestre de este año llegaron 57.179 bogotanos nuevos. Llegan también personas de otras ciudades. A estudiar. A trabajar. A progresar porque los colombianos creemos todavía en el centralismo de toda la vida.

 

Y a pesar de todo el gentío y el ajetreo, es muy fácil estar solo en Bogotá. Entre más gente haya alrededor, más fácil resulta camuflarse. Sumergirse en un mar de piernas y brazos y caras foráneas. Pasar desapercibido entre el tumulto.

Esquina de la calle 22 con 7a. antiguamente llamada la calle de los Tres Puente por las quebradas que bajaban

y hoy siguen inundando esta calle. 

    

Lo único que hay que hacer es no resaltar. No sobresalir. En Bogotá hay suficiente rareza, suficiente desviación de la norma para que el foco quede sobre otros. Sobre el rapero que se monta a un bus a tirar un par de rimas pegadas a los totazos por algunas monedas. Sobre el taxista que lleva balazos falsos, luces de neón y alerones en su carro. Sobre la pareja que se pelea en la calle 108 con carrera 53. Sobre el mendigo que limpia vidrios en la 127 con Séptima y se ha tomado el trabajo de conocer a los transeúntes habituales y dedicarles un saludo. Sobre otro mendigo que pide US$25.000 dólares y una sopa de langosta a la entrada de un parqueadero de Usaquén, para luego reír y decir que lo único que quería robarse era una sonrisa. Sobre el tendero que pone una grabadora en su bicicleta y escucha cantinazos a todo volumen mientras va a repartir domicilios. Sobre el conductor del SITP que no sigue el ejemplo de sus compañeros y conversa con los pasajeros del bus de cualquier cosa.

 

El foco puede estar sobre muchas personas. Si uno quiere escapar de la atención, hay suficiente gente que sí quiere tenerla. Y claro, con 10 millones de personas en esta ciudad enorme y desbordada, era apenas lógico.

 

Frío

 

Hace frío.

 

Hacía mucho tiempo no hacía tanto frío. Ese frío que hace que la gente mire hacia abajo y se resguarde en sus sacos, sus abrigos, sus chaquetas. El frío nos hace volvernos hacia dentro. Somos introvertidos en el frío, porque si nos abrimos, nos congelamos. Nos petrificamos. Lo natural, entonces, es que volvamos la cabeza abajo, nos callemos y nos volvamos icebergs flotando en un mar de niebla y gris. El frío es la pièce de résistance de Bogotá, y este siglo XXI acelerado y tirano se lo ha robado vilmente. Por eso escribiré tanto y con tanta nostalgia.

 

El ruido se apacigua, la gente se queda enmudecida en la aridez helada de este invierno bogotano en el que hoy no llueve. Es como un viaje en el tiempo, como si el calentamiento global no existiera y Bogotá volviese a ser el páramo helado a las orillas de los Andes que alguna vez fue. Cuando las fotos se demoraban diez o quince segundos en tomarse y la gente no salía sonriendo porque ninguna sonrisa falsa dura todo ese tiempo. Bogotá vuelve a ser la de Gaitán, el vástago desordenado de una urbe que se antoja hermosa y única, pero que acaba destruida por el pueblo. No queda mucho de la Bogotá decimonónica de “ala, caray, carachas”. Y aunque yo no viví esa época, me entristece saber todo lo que se ha perdido.

 

Bogotá ya no es esa, pero lo es hoy por unas horas. Se viste de gala. Se arregla bien. Se baña, se pone sus mejores mancornas y su sombrero favorito. Se saca una foto sin sonreír, pero feliz. Se echa su mejor perfume, el aroma húmedo de la tierra recién llovida, de la corteza de árbol mojada. No le importa el gris del cielo, porque el gris ha estado con ella siempre. Nos mira a todos, sorprendidos por la temperatura. Estamos pálidos.

 

Es lunes. Bogotá decide irse a dormir temprano. El frío se da el gusto de cubrir las calles con su vaivén gélido de ventiscas y calmas. Yo tengo que ir hasta Guaymaral. Cuando son las nueve de la noche, me visto y entro al ascensor. Saco el iPad y escojo la primera canción que me va a acompañar. Reading in Bed. Emily Haines. La tristeza, la nostalgia del frío bogotano, que ha vuelto para saludar, para decirnos que le hacemos falta y preguntar si nosotros también lo extrañamos, parecen estar plasmadas en casi tres minutos de piano, vientos graves y voz que parecen escritas para andar por la autopista ante una niebla que va cogiendo confianza conforme avanzo hacia el norte. El nombre del disco habla verdades a gritos. Knives Don’t Have Your Back.

 

 

 

Tengo un cuarto de gasolina. Paro antes de que la paralela y la autopista se unan. Cuando me bajo del carro, el frío me saluda vigorosamente. Vuelvo la cabeza hacia abajo, y mis brazos se retraen hacia mi cuerpo. La reacción se antoja predecible pero lógica. Cuando el tanque del carro se traga los $30,000 de corriente que pedí, me vuelvo a montar. Sick, Sick, Sick. No, demasiado pesado. No caben la batería y las guitarras distorsionadas en la vastedad del frío y la desolación de una ciudad que ya no está acostumbrada a ser gélida. Mientras acelero, voy adelantando las canciones. Díganme irresponsable, pero no puedo andar manejando con una canción que no vaya con el momento. El frío a lo mejor se va mañana y no me podría perdonar no aprovechar su visita.

 

La autopista parece eterna, y eso que no he bajado de 80 desde que pasé la 170. Empieza  a sonar ...Like Clockwork.. Las letras hablan por sí solas, “holding on too long is just a fear of letting go”, “not everything that goes around comes back around”. La niebla se va espesando, ya pasé el San Carlos. Acá la autopista se estrecha y deja de ser una vía desarrollada. Se torna más oscura, y la niebla aprovecha el espacio para hacerse aún más espesa. Entro ya en el trance de la oscuridad de la autopista, hecha más oscura por la niebla. Lo único que brilla de verdad es el tablero del carro. Estoy concentrado, pero a la vez inmerso en un momento paralelo. El frío es una suerte de triage. Mitiga el dolor y calma la ansiedad.

 

La niebla bogotana no es más que el fantasma del frío. Es el frío hecho imagen, tangible y a la vez no. La niebla esconde a la Bogotá dormida que yace oscura a mis espaldas, llevándose todo el dióxido de carbono que sale del escape del carro. Me alejo de Bogotá pero el frío va conmigo. Y su personificación, la niebla, se siente más a gusto aquí, a las afueras de la urbe que lastima con ese calor que no la caracteriza. Ya lo he dicho. El frío de Bogotá lo ha reemplazado un calor intruso, un calor déspota y egoísta, que nos derrite a todos. Por eso se siente extraño que el frío se haya dado una vuelta por acá; ya no lo conocemos, se fue hace tanto que nos hemos olvidado de él.

 

El aire ya no es traslúcido. La niebla es ama y señora del norte bogotano. O bueno, el norte según nosotros, los indignos habitantes de la sabana. Ya estoy en la vía Guaymaral. Los postes de luces deciden dejar de funcionar unos 500 metros después de Bima, y la oscuridad es total salvo por el tablero y las luces del carro. La niebla y el frío se relamen en la oscuridad, y veo poco. Desacelero. No es tanto por el riesgo de estrellarme, sino porque estoy solo acá. Solo entre la niebla, con la oscuridad y la poca música que está en el iPad. Storm Corrosion. La letra no es particularmente triste, pero coquetea con el frío y la niebla. “In this silence, the storm corrodes”. Paro. Me siento un rato, con mirada de soldado traumatizado, escuchando la canción. Son las 9:32. Se hace tarde, y el frío ya quiere salir a buscar algo de la Bogotá de siempre. Pero no puede si yo sigo por fuera.

 

Cuando llego a la casa, Bogotá está lejos. No porque esté en Guaymaral, sino porque Bogotá se resguarda del frío, viéndolo como cosa rara e inoportuna. Bogotá ya no se enorgullece del frío. Bogotá prefiere mediodías infernales, bochornosos y trancados que le dañan el cerebro a cualquiera que esté en la calle. Bogotá prefiere ser una ciudad que vive de día así sea de noche. Bogotá quiere que la gente esté fuera siempre. Y con el frío, la gente no sale. La gente normal, en todo caso. Pero yo nunca he sido normal. DB

 

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