Así es vivir en Aarhus, la actual Capital Cultural de Europa

Con esta crónica de Estefanía Zárate, que está cursando su maestría en Periodismo en Aarhus —segunda ciudad danesa que este año es Capital Cultural de Europa—, iniciamos la serie de reencuentro con nuestros egresados del departamento de Comunicación, que fueron reporteros de Directo Bogotá: “Así es vivir en…”. Con esta sección queremos celebrar los 15 años de la revista impresa, que dio origen a la plataforma digital. Bienvenidos todos los exreporteros regados por el mundo que quieran enviar su crónica acompañada de fotografías donde de paso muestren los contrastes o similitudes con Bogotá

En una parada cualquiera, el conductor del bus se levantó y tocó una campana. Sonriente, dijo en danés, que estábamos celebrando el nacimiento de una nueva vida en la Capital Cultural de Europa. Así son bienvenidos los bebés que ven la luz por primera vez en Aarhus, Dinamarca. Cada vez que nace un niño en esta ciudad, campanazos de júbilo rasgan el silencio de la moderna biblioteca DOKK1 y la rutina del transporte público. Esos son los detalles que hacen de esta una ciudad mágica.

 

La biblioteca y centro de servicio al ciudadano DOKK1 es un símbolo de innovación y sostenibilidad urbana de Aarhus. //  dokk1.dk

 

Aarhus fue nombrada Capital Cultural de Europa para 2017 por la Unión Europea como parte de un programa que desde 1985 busca “destacar y fortalecer la diversidad de la cultura europea” y “dar a los europeos un sentido de ciudadanía”, según la organización.

 

Pero para aquellos como yo, que no somos ciudadanos del viejo continente, la experiencia de vivir en la actual Capital Cultural de Europa es diferente. Desde que llegué a Aarhus el 24 de agosto del año pasado, cientos de estereotipos sobre Dinamarca y su gente se han desmoronado. Otros se han fortalecido. Lo cierto es que “cultura” no es lo mismo aquí que allá en Colombia.

 

Esta ciudad-puerto de origen vikingo es la segunda más grande de Dinamarca, después de la capital Copenhague. Tiene 330.000 habitantes. De acuerdo con el Departamento de Estadísticas de Dinamarca, más de la mitad de la gente en Aarhus tiene entre 18 y 30 años; estudiantes de pregrados, maestrías o doctorados. En otras palabras, aquí vive más gente que en la localidad bogotana de Puente Aranda y menos que en Rafael Uribe Uribe, pero hay tantos estudiantes como seis veces los de la Javeriana. ¡Es el paraíso de la juventud!

 

Y mientras que la inmensa Bogotá tiene algo más de 440 kilómetros de ciclorrutas en su vasto territorio de 1.587 km², la pequeña Aarhus, con una extensión de apenas 91 km², casi alcanza los 700 kilómetros de vías exclusivas para pedalear, pues dos de cada cinco personas usan la bici a diario como medio de transporte. No importa si es de día o de noche, si está nevando o calienta el sol (lo cual no es nada frecuente), siempre, siempre se ve gente en bicicleta.

 

Ruta para bici en el parque // imagen tomada por Estefanía Zárate Angarita

 

Al que no le gusta andar en bici, anda en bus. Para moverse en bus en Aarhus, la gente compra una tarjeta con crédito (como en Transmilenio) o compra los pasajes a través una aplicación en el celular. Todas las estaciones y vehículos tienen WiFI gratis (y del bueno). No hay torniquetes, nadie cobra, todo el mundo paga porque ¡ajá!, ¿por qué no? Muy de vez en cuando, entran guardias a los buses para verificar que todo el mundo tenga tiquete, pero muy de vez en cuando, porque prácticamente no es necesario.

 

Y todavía no estoy hablando de “cultura”.

 

Una de las cosas que más me impresionó durante mis primeras semanas en Aarhus fue el nivel de organización de los conductores en las intersecciones viales. En Bogotá está prohibido girar a la izquierda y los semáforos tienen señalización para los cruces a la derecha. En Dinamarca, cuando el semáforo cambia a verde, todos los carros en la fila avanzan, excepto aquellos que desean cruzar a la izquierda, que esperan pacientes hasta que todos los demás pasen para cambiar de dirección. Todos respetan sus turnos, nadie pita ni mucho menos insulta al que está parado en la mitad de la avenida para girar.

 

Las vías fluyen y no es para menos. En Dinamarca viven 5.748.769 personas y en Bogotá, solo en Bogotá, se estima que viven 8.080.734. En Dinamarca hay cerca de 2.500.000 vehículos, casi la misma cantidad que en Bogotá. Aarhus y Copenhague tienen la tasa más baja de carros por familia en el país, lo que quiere decir que son las dos ciudades danesas más progresistas en términos de movilidad porque circulan muy pocos vehículos.  

 

Y más con el tráfico. Todos los semáforos peatonales en Aarhus cuentan con guías auditivas para personas ciegas que hacen parte del sonido ambiente de la ciudad. Cuando la luz roja está encendida, un pito suena cada varios segundos, despacio; cuando el verde da vía libre, el pito suena varias veces por segundo, rápido. Y así, toda la ciudad es amigable con la ciudadanía, sin importar su condición.

 

Sigo sin hablar del significado nórdico de “cultura”.

 

La sociedad escandinava se caracteriza por su estilo minimalista y algo frío, como el clima. Así mismo es el Vilhelm Kiers Kollegiet, la residencia estudiantil donde vivo actualmente con otros 600 estudiantes de todas partes del mundo, aunque la mayoría son daneses. Cada quien tiene un cuarto de 30 metros cuadrados con baño privado. Nada lujoso, apenas lo necesario. La cocina se comparte entre trece personas y sorprendentemente permanece impecable gracias a la labor de los mismos estudiantes, quienes se comprometen a mantenerla así con limpiezas básicas cada domingo y generales cada semestre.

Cartón, vidrio y plástico se reciclan. Casi en todos los supermercados es posible encontrar una máquina que paga una corona danesa (DKK) por cada lata o botella. Cada corona danesa equivale a 420 pesos colombianos (COP). La máquina da la opción al usuario de cobrar el efectivo, recibir un voucher para compras en el supermercado por el valor correspondiente o donar ese dinero a causas sociales.

 

Ahora, si en algo nos parecemos en Bogotá y en Aarhus, en Colombia y en Dinamarca, es en los hábitos de consumo de alcohol. La cerveza es fiel compañera del estudiante (y de todos). Tanto Aarhus Universitet como el Danish School of Media and Journalism, donde estudio mi máster en Periodismo, Medios y Globalización, tienen su propio bar. Sí. Dentro de la universidad. Sin tabúes.

 

Ahora sí, con todo lo anterior dicho, ¿entonces a qué le llaman “cultura”?

 

La reina de Dinamarca (pero no la de belleza), su majestad Margrethe II, también patrona de la Capital Cultural de Europa, escribió: “En todas sus formas, la cultura nos enriquece como seres humanos: desde las artes visuales hasta la música, desde la literatura hasta el teatro y la danza, la cultura despierta nuestra empatía e invita a la participación”.

 

Para Jacob Bundsgaard, el alcalde de Aarhus, este es un proyecto “centrado en desarrollo urbano, sostenibilidad, gastronomía, comida y deportes”, cuyo eslogan “Rethink” (volver a pensar, reformular) invita a la innovación. Y la ciudad en sí misma es innovadora. Son iconos de progreso edificios de vidrio como la biblioteca DOKK1, en pleno puerto y con vista al mar, que también funciona como centro de servicio al ciudadano, y el complejo tecnológico Incuba Science Park, donde funcionan salones de clase (a los que tengo el placer de asistir) y oficinas de compañías internacionales. 

 

Acá nada está improvisado. La ciudad de Aarhus lleva ocho años preparándose para ser durante 2017 la anfitriona de más de 250 actividades, entre festivales, exhibiciones artísticas, conciertos, instalaciones, obras de teatro y más. El protagonista es el museo ARoS, símbolo de la ciudad, que tiene un mirador 360 grados cuyos ventanales reflejan los colores del arcoíris y 1.450 metros cuadrados de galerías.

 

Si tengo que hacer un retrato de Aarhus, que desde hace siete meses es mi hogar, lo primero que tengo que decir es que veo en ella todo lo que podríamos hacer por el progreso de Bogotá. Soy bogotana, amo a mi ciudad y la extraño segundo a segundo. Me dicen “loca” cada vez que me emociono cuando la calma danesa se altera con el sonido de una sirena (que no es nada común por acá) porque me transporta un poquito a mi tierra caótica.

 

Estefanía Zárate Angarita  

 

Vivir en la Capital Cultural de Europa me hace sentir más ciudadana del mundo y al mismo tiempo más conectada con las necesidades de nuestra capital. Es repensar nuestro concepto de “cultura” a cada paso. Es saber que tenemos mucho progreso por el cual trabajar en Colombia y... ¿qué mejor motivo que aquel puedo tener para regresar? Más temprano que tarde nos veremos de nuevo, Bogotá.

 

 

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