“El segundo mejor sistema de ómnibus del mundo”. Así es calificado Transmilenio por el instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP). Cualquier extranjero que ve esto, y no ha visitado Bogotá, podría decir que es cierto, pero los bogotanos no. Los capitalinos podrán creer de todo, menos que el Transmilenio pueda tener tal calificación.

 

Bogotá, la capital de Colombia, ciudad enorme y hermosa. Más de ocho millones de habitantes, la mayoría gente trabajadora, cuya prioridad es la movilidad diaria. En esta ciudad las jornadas inician muy temprano para todos, empelados, estudiantes, empresarios, gente que va a cumplir un compromiso, todos deben moverse y la mañana significa una travesía para valientes.

 

Bus de Transmilenio// Bogotá // Foto tomada por Kevin Arias

 

Son las 6:10 a.m. de un día cualquiera. Yo, como estudiante, salgo a la estación de Transmilenio, no cojo otro bus porque creo que puedo “ahorrar tiempo” en Transmilenio. Solo basta con llegar a la estación para enfrentarme al primer problema, el pasaje. En la mayoría de las estaciones, durante horas pico, las filas para recargar la tarjeta son de nunca acabar, mares de gente solo para pagar dos mil pesos, tarifa que muy pronto subirá, de acuerdo a la Alcaldía.

 

Supongamos que se logra sortear este conflicto, obviamente con un cuarto de hora perdido, como mínimo. Se entra a la estación y ¡Oh sorpresa!... otra fila. Para coger ciertas rutas hay mares de gente esperando, los buses se demoran en pasar, cuando finalmente llegan, están totalmente llenos, no hay forma de poder subirse.

 

Yo espero el F19. Normalmente demoro unos treinta minutos en llegar a mi destino, pero a las 6:10 a.m., tan solo esperando subirme a un bus que esté medio decente, tardo 40 minutos, y por decente me refiero a entrar y quedar en la en la puerta, al filo de la plataforma, sufriendo asfixia y tortura, siendo aplastado por la puerta cuando se cierra.

 

El Transmilenio se ve como una rellena, no entra ni una mosca, el estrés es más que evidente.

 

Para cuando se está ya montado, se han perdido de 30 a 40 minutos, con suerte solo 20. El bus está en marcha, se creería que ya es solo cuestión de llegar... pues diré que no es tan simple.

 

Ya montado el pasajero se convierte en una presa de la inseguridad de la capital,  no se puede dormir, pensar, o distraerse. O se va alerta o será víctima de ‘cosquilleo’, de robos, de gente intolerante, de abusos.

 

El capitalino promedio que monta en Transmilenio se convierte, y como un animal en la selva, sobrevive, porque la ley es comer o ser comido.

 

Según las estadísticas de la administración distrital bogotana, el 60% de los hurtos que se practican en Transmilenio son por ‘cosquilleo’, modalidad en la que los ladrones, aprovechando que el sistema siempre está demasiado lleno, comienzan a manosear y a meter las manos en los bolsillos de la gente para sacar sus objetos personales sin que estas se den cuenta. En 2016 se capturaron a más de dos mil personas por este delito.

 

En Transmilenio hay que andar hasta con ojos en la espalda.

 

Finalmente, y para el entretenimiento de los pasajeros, el sistema también se ocupa de proporcionar distintos “espectáculos”, que van desde shows de magia hasta rap consciencia, con venta de comida puesto a puesto, y también gente que, sin ningún mérito artístico o gastronómico, pide dinero.

 

Puede que en materia de movilidad Transmilenio sea el segundo mejor sistema de transporte del mundo, se puede llegar al destino rápidamente si se está ya dentro de un articulado, pero las hazañas para cargar la tarjeta, para subirse, la seguridad y comodidad dentro del sistema tiene mucho que mejorar.

 

No es solo que tan rápido se llegue, sino cómo se viaja. Hoy montar en Transmilenio es como entrar a los juegos del hambre en el asfalto de Bogotá, cada paseo en Transmilenio se convierte en un viaje apoteósico.

 

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