Crónica de un Museo penitenciario

"Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz…".

El amenazado, Jorge Luis Borges

 

Bogotá, DC.

 

10:30 a.m.

 

Al entrar en ese palacete todo el ambiente era extraño. Desde que tomé el bus para ir hacia el museo todo me parecía raro. Los transeúntes, los carros, la cotidianidad… Creo que todo eso fue porque sabía bien que iba para un lugar que no era un museo exactamente. Había sido una cárcel y eso cambiaba de por sí todo el panorama que pudiera tener de museo. A las afueras, desde la estación, se veía translucido; cuatro murallas enormes e imponentes adornaban lo que entre dos candelabros mentaba Museo Nacional.

 

Fachada del Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero  

 

El Museo, lo que ahora es un museo, aún conserva ese aire montaraz y febril de las cárceles de antaño. El Museo saluda a sus visitantes con gigantes portones que se abren a las 10 de la mañana; portones acomodados en huecos gigantes que se usaban para ingresar a cientos de penitenciarios en el siglo XIX.

 

Aún se puede observar la delicadeza de su arquitectura y sus formas. Esos antiguos portones de reclusos, y hoy de espectadores, están vigentes desde 1948 hasta hoy. Fue en ese año cuando la cárcel, el panóptico de Bogotá, se convirtió en el Museo Nacional de Colombia. Aquél Panóptico fue diseñado en la década de 1850 por el arquitecto Thomas Reed y construida a partir del primero de Octubre de 1874. Fue la prisión más importante durante 72 años, pero después, por orden estricta del gobierno Nacional, los presos serían trasladados a la cárcel La Picota, y lo que fue cárcel durante siete décadas, se convirtió en Museo.

 

Pasillos del Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero  

 

Después de pagar la entrada, me permiten entrar por otra puerta enorme: se oficializa mi ingreso a la cárcel; la entrada a la exhibición del Museo. Después de cruzar ese portal, la cárcel adquiere un tono de museo, las antiguas celdas albergan obras de arte precolombinas y huesos de antiguos agujeros Muiscas. Es el primer nivel. Aún se perciben los calabozos. Sin embargo, hoy en día esos calabozos cobran un sentido de espectáculo. Allí se encuentran esculturas bogotanas de los años 20 y 30; además de más arte indígena que desconozco.

 

Los pasillos de la cárcel se mantienen intactos, el techo también. Todo lo que era cárcel, ahora se encarga de albergar en sus celdas las piezas artísticas más importantes del país, y con el mismo cuidado y sigilo.​

 

Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

La historia de este palacete se remonta hasta el siglo XIX, exactamente a 1874. Por esos días el país se llamaba Estados Unidos de Colombia. Fue en el gobierno de Santiago Pérez Manosalva cuando se dio inicio a la construcción del Panóptico de Cundinamarca, ese Museo en el que me encuentro.

 

Thomas Reed, su diseñador y padre, se inspiró en las teorías del penalista inglés Jeremy Bentham; este hombre quería crear una estructura penitenciaria capaz de ser observada desde un punto invisible. Es decir, que los presos pudieran ser vigilados sin saberlo.

 

 

Personas caminan en el Museo // Foto tomada desde arriba // Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Fotografía tomada por Mateo Quintero

 

Reed logró en Bogotá el sueño de Bentham. Pero años más tarde, en el siguiente siglo, el Gobierno Nacional decidió que el Panóptico sería un museo. Su restauración y cuidado se dejaron en manos de los arquitectos Manuel de Vengoechea y Hernando Vargas Rubiano. Dicha restauración terminó el 2 de mayo de 1948, lo que dio paso a su inauguración como Museo. Desde ese entonces, hace 69 años, esa cárcel es el Museo Nacional…

 

11 a.m.

 

Al seguir caminando me doy cuenta de que hay dos escaleras que se entrecruzan como dos aviones que se desplazan hacia rumbos concretos. Sus caminos son paralelos. Al elegir subir por alguna de las escaleras me fijo entonces de que ambas conducen a la misma dirección. Entro a una sala de corte nacionalista, donde se encuentran las cosas más preciadas de Colombia. Cuadros independentistas y preindependentistas; la imprenta donde los derechos del hombre pudieron ver la luz y varias reliquias indígenas milenarias. Las celdas de la cárcel albergan bien las reliquias del Museo.

 

Imprenta  de Antonio Nariño // Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

Sin embargo todo esto es nuevo, o relativamente nuevo. Antes de 1991 el Museo era diferente, no había espacio para todos. No fue sino hasta ese año cuando fue repensado de nuevo, usando la nueva constitución.

 

Antes, tanto el museo como el país, se regían bajo la constitución de 1886. En ese entonces el Museo no agrupaba arte indígena, ni se regía bajo intereses colectivos sino desde intereses políticos. Es por eso que ―aún hoy— en el museo hay un cuarto dedicado exclusivamente a la historia presidencial del país, donde se encuentran autorretratos de cada presidente de Colombia sus aficiones, gustos y curiosidades.

 

Antes de la nueva constitución el Museo no promulgaba intereses nacionales, sino estatales. Y, aunque aún existe este cuarto estatal, también existen pabellones dedicados al arte indígena y milenario de Colombia, esculturas y pinturas traídas de todas partes del mundo… El Museo dejó de ser una cárcel.

 

Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

La reforma del museo fue algo importante, además de reciente. Natalie Gómez, artista visual e ilustradora comenta que “es es muy bueno, ya que permite repensar el museo como un factor social y cultural determinante para crear país”, además “un país que no aprecie su historia y la calidad de sus artes, es un país condenado a no conocer su verdadera identidad e incapaz de educarse”

 

Después de caminar por los pisos superiores del museo, me doy cuenta de que estos, aunque parecen verdaderas celdas y calabozos de antiguos ladrones y asesinos, no revelan en absoluto el pavor que podrían producir. Las pinturas y esculturas que ahora acompañan esas antiguas habitaciones del horror, le dan un toque de brillantez y candor misterioso. Es en este punto donde se sienten los más de 190 años de historia de esta edificación. Entre gobernantes anacrónicos y esculturas famosas, sigo mi camino hacia la salida del Museo, hacia la puerta mayor de la cárcel.

                Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero  

Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

12 p.m.

 

Vuelvo a bajar por el mismo camino, pero la salida me conduce a lo que anteriormente era un patio de reclusos y salón de juegos de asesinos del ayer. Hoy es un café bien adornado con una fuente vívida y anacrónica.

 

Jardín del Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

Casi al salir me doy cuenta de que las mismas paredes de este museo, son de por sí, una reliquia y una pieza artística que merece ser conservada dentro de sí misma. Un museo dentro de un museo. Salgo por otro portón enorme, habitual en este palacete de reclusos y espectadores, me preparo para volver en otra ocasión a la cárcel de los artistas.

 

Salida Museo Nacional // Carrera 7 # 28 // Bogotá // Foto tomada por Mateo Quintero

 

 

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