Son las 5:00 de la tarde, La Monumental Plaza de Toros de Cartagena está a reventar, 10 mil espectadores vibran por la corrida que está próxima a comenzar. Atrás, en el Patio de Cuadrillas, Andrés Vélez Ochoa, rejoneador antioqueño se prepara para convertirse en el rejoneador que más tardes ha estado en La Monumental.

 

5:30 de la tarde, el calor que caracteriza a la Ciudad Amurallada baja y le da paso a la brisa típica de la costa caribe colombiana. Andrés Vélez escucha el aplauso atronador del público cuando hace su entrada triunfal al ruedo, montado en Intriga, el caballo de sus amores, uno de los muchos que lo han acompañado a lo largo de su carrera, pero indiscutiblemente el que más ha querido; un equino de raza lusitana color castaño oscuro, de patas largas y bien musculadas, pecho ancho y de 1.60 metros a la cruz; al frente un toro de lidia, color negro zaino, es decir, sin manchas o mezclas de algún otro color, de aproximadamente 400 kilogramos, bravo como debe ser un toro. Son unas de las características que, en conjunto con otras, forman el espécimen perfecto: El trapío.

 

Los ojos de Andrés Vélez se iluminan mientras recuerda a la que fuera su plaza más querida, La Monumental, sentado en la sala de su casa en el Alto de Las Palmas de la ciudad de Medellín, hace ya varios años que se despidió de los ruedos y pasó a ser profesor de este arte a las nuevas generaciones de rejoneadores del país.

 

El lugar donde imparte sus clases no es tan distinto a una plaza como La Macarena o la de Cañaveralejo, lo único que varía son las dimensiones, pero de igual forma cuenta con un ruedo cuyo piso es de arena y una barrera, esto rodeado por un muro de color amarillo que se conecta a través de un camino con los corrales, cuadras y un pequeño patio de cuadrillas.

 

Los Vélez

 

Andrés Vélez pertenece a la cuarta generación de caballistas de su familia, tanto paterna como materna, y su hija Raquel, quien con tan solo 21 años hace parte ya de la quinta generación de jinetes y la tercera de rejoneadores Vélez, es ella quien al igual que su padre y su abuelo, desde muy pequeña, se vio inmersa en el mundo de los caballos, sobre todo el mundo de los toros. Desde los seis años acompañaba a su padre a las corridas en La Macarena cuando esta aún atraía a los mejores toreros del mundo y, poco a poco, con la ayuda de su padre, comenzó a montar equinos especiales para el arte del rejoneo.

 

Raquel, al igual que su padre, tiene el cabello negro, es alta, de contextura delgada pero fuerte y una mirada penetrante que denota valor y tenacidad. Han pasado pocos años desde la primera vez que esta joven se subió a un caballo y toreó a su primer a becerro una tarde frente a su familia, desde ese momento no ha dejado de cabalgar, de entrenar y por supuesto de rejonear. Su sueño, como el de todos los rejoneadores, es llegar a ser una gran figura, ser reconocida por el público y lograr la admiración y el respeto por aquellos que apenas empiezan.

 

Raquel Vélez, en el año 2012// 

 Fotografía tomada de Facebook 

 

A lo largo de su carrera, Raquel siempre se ha tenido que enfrentar a esas personas “ignorantes”, como les apoda ella, que le dicen que el rejoneo no es para mujeres, o que mejor se dedique a otras cosas, que para ser rejoneadora se requiere de la fuerza y la valentía de un hombre; voces que ella busca callar cuando sale al ruedo de la mano de su caballo Palomo, un equino Andaluz, tordo, con una abundante y larga crin trenzada por ella misma y unos fuertes cuartos traseros que se combinan con grandes y musculadas patas para mayor rapidez y estabilidad a la hora de maniobrar.

 

Los Vélez forman parte de esa extraña raza de personas que decide arriesgar su vida frente a un toro bravo para el goce de un público; tanto padre como hija saben a lo que se enfrentan cuando salen al ruedo y es por esto que antes de cada corrida, así sea una práctica en su casa con toros más mansos, se encomiendan a la virgen de la Macarena; protectora de los toreros, y hablan con sus familias, a veces de la corrida a la que se van a enfrentar.

 

Ellos forman también parte de ese grupo de personas que aún escucha los típicos pasodobles españoles, aunque sea previo a los entrenamientos, y también de aquellos que les hablan a los animales, a sus caballos antes de montarse en ellos, que los tratan como si fueran parte de su familia y como parte de esta los acarician, los peinan, los arreglan, pero sobre todo los aman.

 

Mariana Infantino, Rosario Vélez, Raquel Vélez y Andrés Vélez en la Fundación Sueños por Colombia

 Fotografía tomada de Facebook

El que quiso ser

 

Luis Alberto Vergara recuerda con cariño cuando iba con sus padres en las tardes de Feria a la Plaza de Toros Cañaveralejo en Cali, recuerda también cómo fue torear por primera vez en la finca de su familia en Restrepo, después de esa fecha no paró de torear en la finca hasta el día que conoció el rejoneo.

 

Fue en unas vacaciones cuando, junto con sus padres y hermanas, fue a visitar a unos amigos de la familia, quienes eran también aficionados a la fiesta brava, estos les mostraron un video en blanco y negro del rejoneador español Ángel Peralta, desde ese momento se le despertó un deseo por convertirse en un rejoneador.

 

Atrás quedaban los días de torear a pie, él deseaba hacerlo a caballo; poco a poco, y con el apoyo de sus padres, fue aprendiendo el arte del rejoneo de la mano de conocidos y profesores, comenzó a rejonear en pequeñas fiestas organizadas por la élite caleña en el mes previo a la Feria Taurina. Se podría decir que todo iba viento en popa hasta aquel 3 de diciembre de 1979.

 

Vergara recuerda aquel día como si hubiera sido hace poco tiempo. Esa tarde tenía un encuentro en Trujillo, en una finca para mostrar sus dotes frente a un público compuesto más que nada por conocidos y familiares. Los toreros, que iban antes que él, salieron al ruedo, no dieron un gran espectáculo, el público estaba algo aburrido. Cuando llegó su turno se acercó a su caballo Marqués, le habló un poco, lo acarició y se montó en el equino color castaño; iba vestido como se usaba en ese entonces, un traje corto español, de color azul rey con bordados negros en las mangas y en los hombros, un sombrero de ala ancha color negro y botas camperas del mismo color.

 

En su equipamiento tenía dos rejones de castigo, cinco banderillas, un rejón de muerte y el descabello que esperaba no tener que utilizar esa noche. Salió al ruedo Lucho Vergara, como era conocido en ese entonces, jugó un rato con el animal de más de 300 kilos, color negro que se encontraba frente a él, lo hizo dar unas vueltas, lo persiguió un rato y luego, como se debe hacer en el primero de los tres tercios que componen una corrida, le clavó el primer rejón de castigo.

 

Siguió con el segundo rejón para ahormar al toro, es decir quitarle violencia; el segundo tercio de la corrida comenzó, blancas con rojo eran las banderillas que pretendía utilizar, el público estaba extasiado ante el espectáculo que estaba dando. 

 

Esto pudo ser lo que hizo que Luis Alberto le quitara atención al toro que tenía enfrente. En medio del espectáculo, el animal arremetió salvajemente contra el caballo tumbando a su jinete, el equino, que también yacía en el suelo, se levantó y comenzó a galopar, mientras esto sucedía los demás toreros entraron al ruedo a intentar distraer al toro para que Lucho pudiera salir de este. Una pierna fracturada y algunos rasguños fueron el saldo que dejó la corrida.

 

Luis Alberto cuenta esto mientras camina por la finca que tiene en el Oriente Antioqueño, donde además cría caballos, después de este incidente nada volvió a ser lo mismo, aunque intentó volver a rejonear, ya no lo hacía acompañado de Marqués, la pierna le dolía, había perdido agilidad y sentía miedo, su sueño de convertirse en un gran rejoneador y de llenar la Cañaveralejo habían muerto, como si hubieran sido atravesados por el rejón de muerte típico del tercer tercio.

 

Andrés Vélez y Raquel Vélez 

 Fotografía tomada de Facebook 

Descripción de la imagen: "Una pasión que los une"

 

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