El lugar donde las cabezas ruedan

Con esta crónica de una peluquería sin espejos en el barrio La Candelaria inauguramos la sección de sitios extravagantes de la ciudad con personajes ‘friquis’, como es de esperarse. Bienvenidas las sugerencias de los lectores para trazar un mapa desquiciado de Bogotá.

 

 Lo que hay por dentro de La Pelu y un corte que no es para todo el mundo/Video realizado por: Juliana Jaimes Vargas

 

En la calle doce, en medio de casas coloridas, pinturas en las paredes y andenes angostos se encuentra un lugar que seguramente le cambiará la cabeza. Un lugar donde a las peluqueras las llaman “asesinas”.

 

La Peluquería es un espacio amplio. Las distintas zonas se diferencian según el color del piso —amarillo, azul y rojo—, sin muros divisorios. Desde el centro del lugar una mujer con los brazos inmóviles puede observarlo todo. Lo más llamativo en ella son las hojas verdes, los frutos rojos y las raíces secas que le cubren la cabeza.

 

Y es que cuando uno se corta el pelo se cortan los recuerdos, los miedos y los riesgos; se corta la vida misma, que al igual que las raíces en la cabeza de esta mujer, siempre volverá a crecer. Quizá por ello tiene sentido que la casa tenga una huerta entre sus cuatro ambientes: el café, la tienda y las tres sillas de peluquería, sin espejos al frente.

 

En La Peluquería no solo se corta el pelo. Se vende ropa y algunos artículos de diseñadores colombianos emergentes: libretas, billeteras y bolsos tejidos en lana, entro otros artículos, hacen parte de la mercancía y a su vez decoran los muros de este espacio cultural sui generis. Luces de colores, fotografías y cuadros adornan las paredes, así como un marco vacío de color dorado que cuelga del techo; una bicicleta rosada encima de un muro y, por lo menos, once cabezas de maniquís rayadas con frases, collares de fiesta en el cuello y pelo enmarañado.

 

Factor sorpresa

 

Frente a las sillas donde se corta el pelo no hay ningún espejo, quien se siente allí debe saber que lo más importante es el factor sorpresa. Lo único que podrá ver mientras las peluqueras asesinas le hacen su corte es un letrero en la pared con letras rosadas que dice: “Cabezas rueden”.

 

Soy de Duitama, Boyacá, y allá no hay lugares como estos. Vi la página en internet y me pareció interesante. Siempre he sido una persona muy dada a los cambios y este lugar me gusta porque es algo distinto a lo que uno está acostumbrado a ver”, dice María Paula mientras Pilar le hace unas rayas con la cuchilla en la parte de atrás de su nuevo corte.

 

 

 Melissa Paerez, dueña de La Pelu en acción./Foto tomada por: Juliana Jaimes V.

 

 

Todo comenzó hace aproximadamente diez años, cuando Melissa Paerez, publicista de profesión y hair director de La Peluquería, pensó en crear un lugar donde se pudiera practicar la peluquería experimental. “Una peluquera tradicional no duraría cinco minutos con nosotras, le parecería que todo es un pecado”, afirma esta iconoclasta de la tijera.

 

Allí hacen todo al revés. Antes que nada hay que partir del hecho de que no hay un espejo al frente, lo cual supone un reto tanto para el cliente como para el peluquero. Inicialmente le cortan el pelo en seco, es decir, si ya está acostumbrado a que antes de cortarse el pelo le rocían agua y le humedecen la cabeza, es mejor que se vaya olvidando de ese paso. Las peluqueras asesinas por lo general no llevan un orden a la hora de realizar los cortes. La cabeza, igual que todas las partes del cuerpo, tiene cierto tipo de secciones que quien desee cortar pelo debe conocer. Ellas las conocen muy bien, pero las ignoran porque cuando se tienen claras las reglas se pueden llegar a romper.

 

Finalmente, después de interminables minutos en los que usted solo puede ver cómo caen algunos mechones al suelo, y luego de enfrentarse a una transformación interna y mental, llega la hora de enjuagar su nuevo cabello. El agua, combinada con hierbas, semillas y sales marinas, no solo limpia el pelo, sino también relaja a la persona. Como explica Melissa, "esos baños limpian hasta la energía".

 

En La peluquería puede salir un corte a partir de un poema, una canción, un estado de ánimo o una etapa de la vida misma. Lo que se busca es plasmar en el pelo los pensamientos más complejos que alguien pueda llegar a tener. Las peluqueras han sacado cortes de libros como Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer, de Christiane Northrup, una ginecóloga que habla acerca de la sanación y el reconocimiento del cuerpo de la mujer como centro de poder. En otras ocasiones los poemas de Rubén Darío o hasta lecturas de textos sagrados y del tarot han sido fuentes de inspiración.

 

  Pelucas y maniquís adornan el espacio/ Foto tomada por: Juliana Jaimes

  

 

Las peluqueras se enfocan en la mujer y en el reconocimiento de la feminidad como una fortaleza inigualable. La cabeza se convierte en un lienzo y allí se plasma todo: lo bonito, lo feo, lo inentendible y lo evidente. Aquí el pelo se convierte en todo y en nada. Si lo deja inmóvil, será un elemento más, pero si usted se atreve a hacerle algo, se convierte en una herramienta de poder, que le cuenta a todo el mundo que siempre vale la pena cambiar.

 

Todos los miércoles de 10:00 de la mañana a 12:00 del día en La Peluquería se hace el laboratorio, un espacio donde no hay ningún intercambio monetario, es decir, todo sale gratis. Es un momento íntimo a puerta cerrada al cual la gente se inscribe previamente, ya que hay un cupo limitado. La única condición es que quienes vayan se dejen hacer en su cabeza lo que las peluqueras asesinas sientan en el momento. El laboratorio es el espacio de experimentación que tienen ellas para probar peinados diferentes, combinaciones de tintes, diseños en la cabeza rapada y demás invenciones. Todo se improvisa, nada está planeado y el visitante osado viene siendo un simple maniquí.

 

Lavado cerebral y capilar

 

Al principio solo trabajaban allí mujeres que habían estudiado alguna profesión artística, pero después de un tiempo empezaron a llegar hojas de vida de quienes sí habían estudiado para ser estilistas, pero querían cambiar ese enfoque. A las primeras les tocó empezar desde cero y explorar lo que era cortar el pelo de otra persona, y a las segundas les tocó olvidarse de todo lo aprendido en el pasado y empezar a entender que en este lugar el pelo es un elemento de expresión pura.

 

 Fachada de la casa de las peluqueras asesinas/Foto tomada por: Mateo Yepes Serna

 

En este momento se encuentran trabajando allí cuatro mujeres de manera permanente. Sin embargo, siempre regresan las peluqueras que han trabajado por temporadas, tal vez porque allí encuentran un espacio que les permite liberarse.

 

“Yo estaba buscando un lugar alternativo porque no me gustan las peluquerías tradicionales. Siempre he cortado el pelo y cuando llegué aquí me di cuenta de que todo era diferente: el concepto, el estilo, la forma de cortar y de ver el pelo. ‘La Pelu’ es un lugar distinto, te ayuda mucho a que tu imaginación vuele y todo lo que no puedes hacer en una peluquería tradicional lo puedes hacer acá”, explica Pilar, quien trabaja en este peculiar lugar hace un año.

 

Más allá de ser una peluquería que presta el servicio de corte, es un espacio que intenta cambiar la cabeza de sus clientes no solo por fuera, sino también por dentro. Para ellas es fundamental el vínculo con el contexto social, más en un país como Colombia. Hace un tiempo presentaron un proyecto que aún se encuentra en desarrollo: la idea es buscar diez mujeres reinsertadas de la guerrilla y durante seis meses enseñarles el trabajo que realizan allí, con el fin de que una de ellas pueda ser parte de La Peluquería en un futuro.

 

“Queremos que estas chicas cambien de herramienta y puedan olvidar que algún día usaron un fusil. Queremos que empiecen a usar las tijeras como una herramienta de poder, una herramienta que también puede generar un cambio”, dice Melissa.

 

 Tienda en La Pelu/Foto tomada por: Mateo Yepes Serna

 

Sin duda alguna ellas son asesinas: con las tijeras matan el pasado, el miedo y, además, la idea de que todos debemos estar iguales para vernos bien y ser aceptados.

 

 

Cabeza de laboratorio*

 

Como tengo espíritu de voluntario, cuando supe que había un “laboratorio” en La Peluquería, mandé un correo y me agendé para el miércoles 8 de febrero, a las 11:00 de la mañana.

 

Llegué al sitio a eso de las 10:30 a.m. y me tomé un tinto para bajar el nerviosismo. Sí, estaba asustado porque no tenía ni la más mínima idea de lo que iban a hacer con mi pelo y, sumado a esto, la actitud de las ‘peluqueras asesinas’ le pone un toque aún más dramático a la situación: hablan en susurros, se reúnen antes de empezar su experimento y se ríen entre ellas.

 

A mí me tocó con Alexandra, a quien conocen allá como ‘Moon’. De capul, tatuajes y con una actitud al principio fría y distante; me recibió con un hola y empecé a hablarle carreta mientras ella discutía con Melissa la obra de arte en que, 40 minutos después, se iba a convertir mi cabeza. Yo tenía un temblor en la pierna derecha que delataba mi nerviosismo. La gente que estaba alrededor me miraba y se reía, no sé si por mi cara o por el futuro que me esperaba.

 

 Moon, una de las peluqueras asesinas, prepara la obra en el papel/Foto tomada por: Mateo Yepes Serna

 

‘Moon’ empezó a cortar con máquina a los lados. Le pregunté cuál número estaba usando y me dijo: “Empecé con la dos abajo y voy a terminar con la seis arriba porque debe ser en degradé para que cuando te talle, porque voy a tallar, queden bien las figuras”. Ahí sí que me asusté. Al lado mío había una chica, de Duitama, según escuché. Le pregunté qué se iba a hacer y me dijo que llegaba con la idea de pintarse el pelo de amarillo, pero que ahora no sabía. Estábamos en las mismas.

 

De los nervios cruzada las piernas intermitentemente y, más aún, cuando sentía la ‘patillera’ haciendo de las suyas en la parte de atrás de mi cabeza. De vez en cuando Melissa se acercaba, me tomaba una foto, sonreía, hablaba con ‘Moon’ y, entre susurros, yo intentaba descifrar qué era lo que me iban a hacer. Escuchaba cosas como: “Acuérdate como lo vimos en la huerta. El pelo es una planta y el cuero cabelludo es la tierra; de ahí debe salir la raíz”. ¿Que qué? ¿Mi pelo una planta y mi cabeza la tierra? Empezó Cristo a padecer.

 

Ya llevaba como media hora ahí sentado, mirando al infinito que terminaba con un muro de acrílico a tres metros de mi silla y con tres personas admirando a las artistas y su lienzo al natural. ‘Moon’ se había descongelado y me contaba sobre su vida y a mí se me erizaban los vellos cuando sentía las máquinas rozar mis orejas. Me pasaban la más pequeña y sentía cuando me rayaban por detrás y a los lados. No era una metáfora: literalmente mi cabeza quedó como con una planta que desde la nuca suelta la raíz.

Resultado del laboratorio/Foto tomada por: Juliana Jaimes Vargas

 

El laboratorio acabó y me sentaron al frente de uno de los tres espejos que tiene La Pelu y el único en la zona de corte. Al mirarme de frente todo estaba normal, pero cuando giré a la derecha vi una especie de palmera, después giré la cabeza al otro lado y no vi nada, sólo unas rayitas encima de la oreja. “Ah, nada grave”, pensé, pero cuando Melissa cogió otro espejo con la mano y me lo puso detrás quedé frío. Unas líneas rectas, con triángulos y cruces decoraban mi parte occipital. Todas las líneas estaban unidas y tenían un significado para las peluqueras, pero ese mensaje estaba cifrado y vedado para este voluntario.

 

 

 

Dirección: Cra 3 #12D-83 La Candelaria

Horario: Lunes a sábado 11:00 a.m. a 8:00 p.m.

Miércoles de laboratorio (a puerta cerrada): 10:00 a.m. a 1:00 p.m. con cita previa.

Más información: www.lapeluqueria.com

 

 

 

*Complemento escrito por Mateo Yepes Serna/mateo.yepes@javeriana.edu.co

 

 

 

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