Un viaje cinematográfico en la mirada de tres generaciones

Era el año 1949, dos años habían pasado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La industria del cine estadounidense pasaba por un período de prosperidad económica. Las melodías del Rock and Roll invadían los teatros. La compañía Walt Disney iniciaba la producción de películas en vivo. En Bogotá, María Inés Vergara de ocho años, hija única, comenzaba su trayectoria como amante del cine en los teatros.

 

 

"Empezamos a ir al matinal, al cine de las 10 de la mañana, tenía como unos ocho años entonces se veían las películas de Disney, todos esos cines bonitos de la época que le formaban a uno fantasías —María Inés hace una pausa breve, aturdida sonríe al tiempo que dice—  ay, si yo fuera la princesa pensaba".

 

Hoy tiene 75 años. Pensionada. Divorciada. De piel ajada, cabello corto grisáceo, cuerpo menudo y aspecto vivaz. Recuerda los personajes que desfilaban por la pantalla grande, en su mayoría eran de Disney.

 

En ese entonces, el cine era una rutina, algo así como un devenir anunciado. Los asistentes vestidos de gabardina, sombrero, guantes y paraguas entraban a la función. En medio del tapete alfombrado y el aire inundado por un spray dulzón, la función empezaba. Tenía primero las propagandas de sombrererías, almacenes y rebajas en blanco y negro, después venían las noticias, que podían ser acerca del primer avión, de cosas del extranjero o de fulanitos de aquí, luego cortos de próximas películas y, por último, la película.

 

Hernando Martínez Prado autor del libro Historia del cine colombiano relata que las noticias siempre estuvieron presentes en las proyecciones cinematográficas. De hecho, las primeras proyecciones que datan cerca de 1907 tuvieron como temática informar acerca de las guerras en el extranjero. Cabe aclarar que “la continuidad del cine durante los años 39-40 lo seguían llevando los noticieros y documentales”, relata Martínez.

 

Por otro lado, la investigación Salas de Cine de Juliana Fúquene, historiadora de la Universidad Javeriana, sostiene que entre 1940 y 1949 existieron cerca de 54 salas de cine esparcidas por todo Bogotá.

 

La función de los cinemas estaba dividido en cuatro: matinal, matiné, vespertino y nocturna.  Cuando María Inés tenía 14 años, asistía a la función de matiné de las tres de la tarde. “Yo alcancé a lo último del cine mudo de Charles Chaplin, pero ya se veían eran musicales. (…) esas películas musicales con Elvis Presley, el Rock and Roll y el chachachá, se va cambiando el cine, viene Cantinflas con todas sus películas estupendas que eran lecciones de vida, nobleza, perdón. Ya las películas de princesas eran sonoras, había música que llevaba la narración y subtítulos”.

 

Incluso, con la llegada masiva del cine sonoro en 1945 el panorama del cine cambió, pues la mitad de la población no sabía leer los subtítulos, de acuerdo con Martínez Prado.

 

"Cantando bajo la lluvia fue mi película favorita, esa película me la vi por lo menos unas treinta veces, me encantaba como zapateaba y bailaba, me decía mi mamá pero, mija, por dios esa película la vio hace ocho días”, narra María Inés.

 

En la década del setenta, María Inés de 30 años, casada y aficionada al cine, asistía entre dos y tres veces a la semana en la jornada nocturna. En aquella época, Juan de Dios Bautista, de 10 años, cuerpo menudo, tez blanca, cabello negro y cejas pobladas, comenzó a asistir al cine en la función matinal. Mientras ella dice que las películas eran a color, de temática sensual, y que podía salir caminando del cine hasta su casa; él habla de las palomitas de maíz en una bolsa de papel que traían desde casa, del carrusel después de la función y del maní que lanzaban desde los puestos directo a la coronilla de quienes estaban abajo.

 

El panorama de la década del setenta es valioso para el desarrollo de la industria, Hernando Martínez sostiene que “la decadencia del cine folclor, el balbuceo de un cine más ligado a la realidad y el encuentro con la financiación publicitaria no dejaban de ser buenos preámbulos para el cine de la década del setenta”. A su vez, el decreto 879 de 1971, que hablaba de la producción cinematográfica es un buen antecedente para examinar los intentos de fomentar la industria, pues dicho decreto autorizaba a cobrar un precio extra por boleta de entrada a teatros que presentaban largometrajes y cortometrajes colombianos.

 

Después, en la década del ochenta, Juan de 20 años embelesado por el número de salas de cine que había cerca de su trabajo hizo de una afición un estilo de vida. “Podía ir una, dos, tres  veces por semana, todo dependía del tipo de película porque fácilmente podían durar hasta tres semanas en cartelera —afirma con la mirada a la deriva—  me gustó mucho la Naranja Mecánica, Atrapado sin Salida, lo mismo aquellas donde actuaba Ingrid Bergman”.

 

 

 Tráiler de la película la Naranja Mecánica

 

Entre 1980 y 1990 había 84 salas, él las recuerda con sillas grises y pisos alfombrados. La oferta de cine estaba volcada en su mayoría a presentar películas de acción. “Daban películas tipo Rambo, a la gente le gustaba mucho, estaba saliendo con alguien y fuimos a verla por ella y no me gustó, yo prefería películas que tuvieran algo como un mensaje, más que la acción o la muerte. (…) Había unos dos o tres teatros dedicados a dar cine inteligente, así le decían. En sí, la mayoría de películas eran americanas, aunque llegaban algunas francesas y japonesas a esas salas exclusivas”, cuenta Juan Bautista.

 

De acuerdo con Jerónimo Rivera, especialista en cine y autor de reflexiones sobre la imagen del cine colombiano, en las décadas del 70 y 80, la influencia de otros países latinoamericanos influenció la producción cinematográfica colombiana, con lo cual se impulsó locaciones en el campo y barrios pobres que tenían como principal característica el humor; esto fue nombrado como cine popular.

 

“El cine es una forma de estar inmerso en un universo nuevo, aislarme de todo lo que está afuera, un relato bien contado te cambia la vida, estar en esa actividad es mover mis emociones que raramente algo más lo consigue hacer", dice Daniel Castañeda. Tiene 21 años, lentes rectangulares, barba poco poblada y una afición al cine. “Fue el padrino 1,2,3 lo que cambió mi vida, se convirtió en mi película favorita y me abrió las puertas a toda mi pasión que es el cine actual”.

 

Castañeda es amante del cine, estudiante de Comunicación Social, ex alumno de la Escuela Nacional de Cine, asiste con frecuencia a las salas de cine alternativo, llamadas así por ser opuestas a las temáticas de la industria cinematográfica. Desde hace 40 años que existen estos espacios en Bogotá y se pueden encontrar en todas las latitudes de la ciudad.

 

El cine es como un sueño, como una música dijo Ingmar Bergman, un director y guionista sueco en los cincuenta. El cine, la estética correspondencia entre movimiento e imagen,  ha estado presente en el país desde hace 120 años, recién cumplidos. A pesar de que, menos del 40% de los colombianos asiste a cine, según la Encuesta de Consumo Cultural del DANE del 2016. Y así, en oposición directa frente a las estadísticas, hay quienes no pueden vivir sin cine.

 

 

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