“Una vez llegó un tipo para pedirme que le hiciera una línea. Eso, sólo una línea. Claramente le pregunté por qué y contestó con mucha tranquilidad <<Es que maté a alguien>> y esa línea representaba a ese alguien.” En cada tatuaje se maneja una historia. Unas pueden ser más oscuras que otras…”

 

Es así como mantenemos una constante conversación con Ronald, quien aclaraba su garganta y hacía un ruido peculiar, como si fuera a escupir, para decirnos su nombre en el primer instante que cruzamos palabra. Estábamos dentro del local, en el segundo piso específicamente, donde se encuentra la zona de tatuar y perforar… un lugar amplio, iluminado y lleno de cuadros con dibujos muy profesionales, casi todos orientales. Antes de subir, tuvimos que atravesar un lugar lleno de pequeños mundos parecidos, pero con cualidades distintas. Vitrinas que exhibían muñecos de colección, una esquina donde es la sección SEX SHOP, al lado venden ropa, en otros rincones accesorios de moda alternativa, piercings de $8.000 en adelante, maletas, estuches para los cigarrillos y para la marihuana. En fin, un lugar donde hay interacción con la clientela independientemente de la edad, y que hace parte del mercado hace 15 años, especializado en insumos para tatuajes y ventas al por mayor. Underground es el local que abrió sus puertas para poder acercarme un poco más a un apasionante mundo lleno de colores, dolor, errores y perfecciones. Con sus puntos de ventas en Bucaramanga y en San Cristóbal - Venezuela, este negocio ha ido creciendo de manera original recibiendo gente joven con nuevas ideas que ayudan a olvidar la monotonía del trabajo. Además, la presencia del rock y el metal, es elemento clave como motivación para llegar estar a este lugar donde se trabaja tiempo extra con el mayor de los gustos, donde tomarse una cerveza al finalizar es algo normal y donde no sólo hay movimiento de perforaciones y tatuajes, sino que también de eventos de Body Paint.

 

 Underground // Calle 6 bis sur no 71d-55 Kennedy contiguo a  Plaza de las Américas // Fotografía tomada por Juliana Jaimes

 

Volviendo al segundo piso, un espacio de trabajo con unas cuantas sillas y una mesa con una luz especial necesaria para esta labor, en las que había lápices regados por donde fuera que se mirara, había también una mesa rodante con cinco cajones donde se guardan las tintas especiales que hacen del tatuaje una gran experiencia al ser absorbidas y luego expulsadas por las agujas de las máquinas causantes de un dolor ambiguo que provoca vomitar pero que a su vez es partícipe de aventura permanente, según cuentan.

 

Ronald había terminado de tatuar a una mujer en la mañana, le hizo una mano de Hamsa, de esas que tienen significados espirituales relacionados con Buda. “Eso era de lo que estaba haciendo el tatuaje, apenas llegué, como a las 11 de la mañana, no me dejaron ni llegar…” Su travesía empieza a esa hora y termina a las siete. Y no nos referimos a su horario porque tatuar, para Ronald, es una apasionante recopilación de historias y un viaje diario que no le gusta llamar trabajo aunque lo sea. “Depende, si a última hora llega un tatuaje, me quedo” decía.

 

Contrario a esto, encontramos a Nesh y José Tarazona, dos estudiantes que por distintas particularidades llegaron al mundo de los tatuajes. Son dos personas apasionadas por este oficio a pesar de que sus maneras de ejercerlo sean totalmente distintas a las de Ronald. “Para mí es algo más informal” asegura Nesh con un tono de voz apenado. “Yo no lo hago como algo profesional, yo no tengo un local… Si le preguntas a alguien que tenga uno, lo mínimo es tener sanidad porque eso te lo piden en la parte legal.” Sin embargo, el lugar donde se haga no es impedimento para sentir la emoción de trabajar con “lienzos vivos”.

 

“Tatuar es dibujar sobre la piel” dice Ronald mientras alcanza algunos materiales necesarios para este procedimiento. Alcohol con jabón líquido antibacterial. “Eso hace que se adhiera el calque. Como por seguir un patrón y no hacerlo todo a la ligera, se coge la plantilla del diseño original y luego en un papel hectógrafico se calca.” Explicaba que con delicadeza y precisión se pone la plantilla sobre la parte del cuerpo que se quiera y ahí comienza a hacerse el tatuaje. “Es heavy” dice con expresión de advertencia en su cara. “Se sienten unos corrientazos brutales.” Por su parte, Nesh y José Tarazona coinciden, de manera eufórica que tatuarse “es como una fotografía. Es lo mismo. Es algo que sea lo que sea fue pensado, te hiciste y ya queda ahí marcado. En ese sentido sí se puede concebir como arte, porque permanece.”

 

 Ronald // Underground // Calle 6 bis sur no 71d-55 Kennedy // Fotografía tomada por Juliana Jaimes 

 

Ahora bien, luego de hablar un buen tiempo con cada uno de ellos, decidimos aceptar que la curiosidad por saber cómo entraron en este mundo fue ineludible. “El tatuaje en sí yo no lo tenía predispuesto en mi vida.” Nos cuenta Ronald. “De hecho, ni siquiera sabía qué era lo que tenía que hacer. Me puse a estudiar muchas carreras, pero no tenía claro qué quería… informática, gastronomía, idiomas…  y terminé tatuando. De la manera más rara pero bacana que pudo ser. Todo fue por un tatuaje que me hice en la pierna, ¡es una porquería! me lo hice yo mismo sin saber realmente cómo, solamente porque quería experimentar la sensación. Me hice una máquina casera. Busqué en internet cómo hacerla y agarré un motor de carro control remoto, monté una base con un tenedor o una cuchara, no recuerdo… me las ingenié y con una base de un lapicero, le quitaba la tinta y ahí no sé cómo amarraba la aguja, pero funcionaba. Obviamente no era tan sofisticada como la que uso ahora; en sí no sabía todavía qué hacer y ahí salió un manchón. Todo gracias a un amigo que sí es profesional. Él me enseñó y ahora soy mejor que él”.

 

La respuesta brindada por Ronald fue una totalmente inesperada, pues sabemos que moverse en ambientes distintos e impulsivos es particular, pero no imaginábamos que esa fuera su manera de adentrarse en los tatuajes.  Coincidencialmente, Nesh también conoció la tinta en la piel gracias a amigos que ya se dedicaban a esto. Podríamos concluir entonces que una persona lleva a la otra. “Mi primer tatuaje hecho fue hace como dos años. Se lo hice a un amigo. Era de la universidad, él estaba aprendiendo y a mí me gustaba resto el tema entonces me dijo que fuera a su casa y ahí empezamos.” El caso de Tarazona es más independiente y con orgullo asegura que en medio de su rutina diaria un día encontró cursos libres de tatuajes en un centro comercial llamado Vía Libre. “Queda en el centro, entonces simplemente fui, averigüé, hice el curso y estuve practicando durante seis meses. La idea de hacer tatuajes surgió porque cuando iba como en segundo semestre de dije <<no sé qué voy a hacer cuando salga de esta carrera>> porque si en una carrera como ingeniería o medicina el trabajo no está asegurado, en una de artes visuales menos. A mí me gustaban los tatuajes, no era el más aficionado y no tenía ninguno, pero me empecé a meter más en y ahí fue cuando tomé la decisión de empezar a tatuar. Me parece un estilo de vida muy chévere.” Nos pareció interesante que, en medio de todo, hacer tatuajes también conlleva cierta interdisciplinariedad en la cual se involucran herramientas aprendidas en clases o en experiencias que se adhieren a la mente e impulsan nuevas ideas para diseñar o entender a la gente cuando se interactúa con ella.

 

 

Contaba Ronald que una vez llegó un señor “para pedirme que le hiciera una línea. Eso, sólo una línea. Claramente le pregunté por qué y contestó con mucha tranquilidad <<es que maté a alguien>> y esa línea representaba a ese alguien. En cada tatuaje se maneja una historia. Unas pueden ser más oscuras que otras” considera. Sobre este caso, decía que no es nadie para juzgar quién mata a quién. “No me da miedo nada de eso siempre y cuando la persona no me haga daño. Si es con intenciones pues toca alejarse. Igual, pocas veces pienso en la muerte… puede ser para bien o puede ser irónico. Como esas personas que mueren en el momento que no les tocaba, así como dicen las familias.” Fue curioso encontrar un contraste entre los cuatro años de experiencia de Ronald y los dos de Nesh y Tarazona. Para ellos dos lo más extraño en su oficio ha sido intervenir en la decisión del diseño del tatuaje que alguien se quiera hacer. Viven expectantes frente a lo que las personas lleven como ideas, pero siempre están muy abiertos a cualquier acontecimiento. Sin embargo, la idea de concebir anécdotas como las de Ronald varían ampliamente en el sentido de trabajar en un local o en una casa, tal como lo hacen los estudiantes.

 

 Underground // Calle 6 bis sur no 71d-55 Kennedy // Fotografía tomada por Juliana Jaimes

 

No obstante, esa diferenciación no genera una brecha de pensamientos, pues los tres consideran los tatuajes un acto que no cualquier persona puede ejecutar.
“Eso no se aprende. Yo todavía no lo he aprendido. Eso es de años… en realidad la técnica va en la muñeca según lo que dicen. No es lo mismo que dibujar. Es saber manejar la herramienta, si no se sabe manejar bien la máquina, no funciona. Porque conozco muchísima gente que dibuja horrible y es re buen tatuador o buena tatuadora.” Este estilo de vida requiere paciencia, práctica y gusto. Según Ronald “pasar el diseño del papel al cuerpo es muy diferente porque la máquina pesa.” Saca su máquina, la prende y nos la pasa. Es pesada, efectivamente, vibra mucho y hay que tener fuerza para poder mantener el pulso necesario. El sonido es como el de un taladro muy pequeño y para activarla se debe pisar un pedal. “En lo personal considero que técnicamente es mucho más difícil hacer un tatuaje bien hecho que una pintura. Por muchos motivos… primero en la pintura estás trabajando sobre un lienzo que no tiene vida. En cambio, cuando estás trabajando sobre una persona (que también les decimos lienzos) estás trabajando sobre un tejido vivo que todo el tiempo está expuesto al cambio, un tejido que se regenera todo el tiempo” dice José.

 

Ahora bien, el debate de considerar esto arte o no existe incluso dentro de quienes lo hacen. Nesh considera que no lo es, pues para él “el tatuaje va muy desligado del arte porque éste está muy sobrevalorado. Ahora todo es arte… para mí son dos cosas distintas. Se queda en tatuaje. Sí hay unos que se pueden ver como una expresión artística, obviamente. Pero hay que tener claras las diferencias… saber de dónde viene, cómo surge, cómo llega acá. No es gratis que haya estilos de tatuajes, eso viene de algún lado y por eso mismo hay que entenderlo para poder calificar algo como arte para que no quede como una clasificación muy banal.”  En cambio Tarazona es más diverso e incluye otros estilos para justificar su idea. “Yo lo hablo de lo poco que sé, porque para hablar de algo así no hay una sola voz. Pero tipos de líneas de arte como el tatuaje, el graffiti, los artes urbanos muchas veces no son considerados un arte tan importante como la pintura o la escultura o el mismo arte conceptual contemporáneo porque, por ejemplo, una vez yo tuve una experiencia en la que estaba con mi profesora de dibujo y decía que eso lo hace cualquier persona. Y yo me ofendí porque lo dijo muy despectivo y más una persona que no conoce sobre lo que está hablando.” Ronald, por su parte, considera el hecho de tatuar un arte sobre la piel “¡qué loquera eso! Imagínense lo que hace un pintor… lo mismo, pero sobre una persona.”

 

La experiencia de convivir con tres tatuadores diferentes nos da indicios de experimentar más sobre esto y claramente, nos encontramos con personas de diferentes edades que coincidían o diferían con su opinión. Muchas aseguraban que estéticamente no era correcto, que simplemente no aportaba nada al cuerpo como eso sagrado que el ser humano posee. Otras, no le daban mayor importancia y unas tantas lo aceptaban como algo tan normal como un arete, un peinado o una forma de vestir. Esto es, entonces una manera de decidir trazar una historia que quedará marcada siempre en algún lienzo viviente, la cual no tendrá que ser contada, sino que simplemente podrá ser observada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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