Después de la liquidación de Ferrocarriles de Colombia, en 1991, algunas estaciones fueron demolidas y otras consumidas por el olvido. Detrás de los rieles oxidados por el paso del tiempo se esconde la historia de la locomotora de hierro que recorría las principales ciudades del país cargada de frutas y hortalizas y promesas de modernidad.

 

 

Las estaciones que se convertían en mercados donde se mezclaban los olores de cada región y desde donde los transeúntes presenciaban cómo se expandía la ciudad hacia la periferia, hoy son solo vestigios del que alguna vez fue el sistema de transporte más importante del país.

 

El terreno contiguo a la estación de San Antonio, ubicado en la localidad de Usaquén, se convirtió en el hogar de habitantes de calle y el depósito de desechos y escombros durante más de una década. Ante la necesidad de recuperar un bien declarado patrimonio arquitectónico, la Fundación Manuela Villamizar, el Grupo Éxito e Invías firmaron un convenio para la intervención del espacio. Aunque el proyecto fue financiado solo durante seis meses, la comunidad decidió darle continuidad a través de la creación de una huerta urbana.

 

La agricultura dignifica al hombre, se lee en un pedazo de madera reutilizado que está a la entrada de la Huerta Nueva Flor en la que se cultivan plantas comestibles y ornamentales. Bibiana Largo es la líder comunitaria a cargo del proyecto y hace parte de la Red de Agricultores Urbanos que promueven la seguridad y la soberanía alimentaria. Es decir, el derecho que tienen todos los pueblos a acceder a alimentos saludables y nutritivos producidos de forma sostenible y ecológica.

 

En la huerta se cultivan las especies que tienen mayor adaptación en el entorno urbano según sus características bioclimáticas, como la cebolla, el cilantro, el tomate, el coliflor, el brócoli y el rábano; y plantas medicinales y culinarias como la yerbabuena, la manzanilla, el toronjil, el tomillo, la albahaca y el orégano. Cada planta tiene propiedades diferentes y puede ser utilizada para el consumo o el intercambio comercial.

 

Para Bibiana la tierra es un vientre donde se gesta la vida y por eso considera importante sensibilizar a la comunidad sobre el impacto ambiental de la siembra en la ciudad. En la huerta implementan un sistema de producción orgánico que busca aprovechar al máximo los recursos del espacio y eliminar el uso de insumos químicos. Para fertilizar el suelo se utiliza el abono resultante del proceso de compostaje y para controlar las plagas, elementos orgánicos.

Como huerta comunitaria, el proyecto busca, además de reivindicar el trabajo de la tierra, empoderar a los ciudadanos de su territorio y generar un impacto social. En el espacio los adultos mayores realizan intercambios de semillas nativas y los jóvenes reciben talleres de agroecología y de energía renovable.

 

Al estar ubicada la huerta en medio una fundación que le brinda alimentos a la población vulnerable y algunos centros de acopio de material reciclable, es frecuente ver habitantes de calle y recicladores en el sector. Algunos de ellos han aceptado la invitación a vincularse a la huerta e incluso lideran talleres de clasificación de residuos y artesanía con materiales reciclables.

 

Por otro, lado el proyecto busca ampliar la red de agricultores urbanos por medio de la articulación con otras iniciativas medioambientales. Sebastián Campos es estudiante de ingeniería agronómica y lidera el Colectivo de Reivindicación Agraria que nació con el objetivo recuperar y defender los conocimientos ancestrales y las prácticas agrícolas tradicionales. Una de las líneas de investigación más importantes de este proyecto es la acción en el entorno, así que decidieron vincularse como voluntarios a la Huerta Nueva Flor.

 

El primer taller impartido fue sobre bioles, fertilizantes elaborados a partir de la descomposición de desechos animales, y ahora están diseñando un sistema de plantación que permita que crezcan más plantas de fresa por metro cuadrado. El encuentro entre los conocimientos académicos y empíricos está acompañado de un vaso de chicha de piña y una arepa de choclo. Así como en el campo, aquí también compartir el alimento es una forma de agradecerle al otro.

 

Apartamento verde

 

Ángela Moncaleano es una bióloga que le canta a las plantas. En su apartamento las hay acuáticas, terrestres y aéreas.  Están contadas y sabe cuándo su esposo se roba alguna para regalársela a alguien. Hablamos con ella sobre su proyecto Yo H-Agro que promueve la creación de huertas en espacios reducidos para fomentar el autoconsumo en las grandes ciudades.

 

 

 

Directo Bogotá (DB): ¿Qué son las huertas urbanas?

 

Ángela Moncaleano (AM): Las huertas urbanas son iniciativas que han aparecido en los últimos años como una necesidad de las personas de empezar a cultivar su propio alimento en espacios como apartamentos, casas, jardines, patios. Cuando otras personas cultivan los alimentos uno no sabe qué están utilizando para hacerlo, especialmente en términos de agroquímicos. Estamos hablando de plaguicidas, fungicidas, pesticidas, que son utilizados en toda la cadena de producción. Las huertas urbanas garantizan que uno pueda decir qué quiere que llegue a su mesa. 

 

DB: ¿Cuál fue la motivación para crear Yo H-Agro?

 

AM: La idea de cultivar orgánico empezó, primero, para conocer realmente lo que consumía y segundo porque hoy en día nos enfrentamos a que todo lo orgánico es más difícil de acceder, es más costoso y no tenemos la garantía de que son productos orgánicos. Muchas empresas te dicen que es orgánico, pero es un green wash.

 

DB: ¿Cómo hacer una huerta en un espacio reducido?

 

AM: Eso es un temor. Todo el mundo dice “yo no puedo tener una huerta porque vivo en un apartamento chiquito” y yo lo que trato de mostrar es que no es cierto. Si tú quieres tener una huerta urbana primero hay que tener voluntad. Segundo, debes definir dónde la vas a ubicar según las condiciones de luminosidad. Tercero, hay elaborar una estructura base sobre la cual se va a montar, que puede ser de madera, un material reutilizable. Y por último, se tienen que escoger adecuadamente las plantas que quieres sembrar.

 

DB: ¿Qué siembra en su huerta?

 

AM: Tenemos tomate, apio, rábano, cebolla y plantas aromáticas como menta, romero, orégano, yerbabuena que son las que más utilizamos. Trato de no generar el mismo producto sino de variar.

 

 

DB: ¿Qué es lo más difícil de crear una huerta casera?

 

AM: Como todos los proyectos tiene sus dificultades. Esto ha sido un proceso de aprendizaje. Uno empieza con mucha emoción y a veces las plantas no crecen y eso produce frustración. ¿Cómo afrontas eso? Comprando semillas, sustratos y abonos orgánicos de calidad. Otra de las dificultades son las plagas. Como estamos trabajando en la línea de lo orgánico no utilizamos productos químicos y vas a tener la presencia de áfidos, polillas blancas, hormigas. Entonces, tienes que buscar una alternativa orgánica para controlarlas. Yo utilizo vinagre.

 

Se necesita mucha creatividad y paciencia porque las plantas crecen mucho más despacio que en otros ambientes. Además, como se siembran en materas, son pequeñas; sin embargo, son igual de nutritivas. Entonces, hay que tener claro cuáles son las limitaciones de una huerta casera. 

 

DB: ¿Cuál es el aporte medioambiental de una huerta urbana?

 

AM: En términos medioambientales, las ciudades se han quedado sin espacio. Entonces, nosotros no tenemos muchos lugares verdes para producir uno de los elementos más importantes que es el oxígeno. Todas las plantas que hacen fotosíntesis producen oxígeno y son fiadoras de dióxido de carbono, entonces en la medida en que aumentamos las coberturas verdes, estamos dando una solución a pequeña escala al cambio climático que tenemos hoy en día. Además de embellecer los paisajes, que con su gris concreto, dan un tono triste a la vida citadina.   

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