En el parque de la 93 hay una mujer que, después de 30 años de estar vendiendo en su chaza, hoy se siente orgullosa de todo lo que ha logrado. Todo el mundo la conoce en el sector y, pese a haber sido víctima del conflicto armado colombiano, sigue atendiendo con una sonrisa a cualquiera que visite su puesto de ventas ambulante.

 

En la carrera 13, entre la calle 93 a y la 93 b en el barrio El Chicó, se encuentra el parque de la 93, uno de los lugares más emblemáticos de Bogotá. El parque es un centro de reunión tanto para capitalinos, como para turistas, nacionales e internacionales. Restaurantes, bares, cafés, boutiques de ropa, librerías y tiendas de alimentos, hacen de este un lugar perfecto para los negocios o simplemente ocio y entretenimiento.

 

El parque también se convierte en un epicentro de camisetas amarillas cada vez que juega la selección Colombia, ya que allí se instalan pantallas gigantes para disfrutar de los partidos. Durante el año se realizan ferias de emprendimiento, diseño y gastronomía, que hacen del parque un lugar perfecto para encontrar distintas formas de multiculturalidad.

 

¿Alguna vez se ha preguntado cómo era el parque de la 93 hace 30 años?

 

Con el paso de los años el parque de la 93 ha tenido una gran transformación. Muchos han visto los cambios, en su paso por allí; pero existe una mujer que ha sido testigo directo de cada uno de esos cambios, ya que desde hace más de 30 años ha trabajado como vendedora ambulante en el sector.

 

“Todo esto era un potrero feo y oscuro, nadie venía por aquí”, dice Dora, una mujer de no más de 1.60 cm de estatura; su cabello siempre está recogido, su cabello castaño deja descubrir algunas canas que son ágilmente cubiertas por una gorra que siempre utiliza. Para trabajar utiliza una especie de uniforme: pantalón cómodo, camiseta manga larga, saco color beige y encima una ruana. Siempre lleva el mismo estilo, excepto los días de tormenta, ahí saca la chaqueta indicada para protegerse del frío y del viento. No lleva el rostro maquillado, tal vez por eso es mas fácil notar el paso de los años reflejado en sus arrugas y las manchas, a causa del sol.

 

Dora es una mujer muy atenta a todo lo que ocurre a su alrededor. A su chaza llegan hasta 10 clientes al mismo tiempo, a los cuales tiene que atender simultáneamente, darles las vueltas correctas, y al mismo tiempo, estar pendiente de que ninguno de ellos quiera llevarse algo sin antes haber pagado.

 

Sus ojos presenciaron el cambio urbanístico de la zona, según ella, ahora es totalmente diferente a cómo era cuando arribó ahí por primera vez

 

Conocí a Dora desde hace unos dos años, cuando comencé a frecuentar el parque durante el día y entre semana. En esa época ella era la única a la cual recurrir para comprar un chicle o un cigarrillo, ya que otros vendedores no duraban mucho por allí y en la mayoría de los casos los echaban de los espacios en los que se establecían. Siempre había tenido curiosidad de por qué ella se mantenía en ese mismo espacio: en la frontera del parque de la 93, en un andén sobre toda la 94, cien metros abajo de la once. “Yo tengo un permiso especial de la alcaldía, acá yo no molesto a nadie, además llevo un poco de tiempo” *

 

Oriunda de Ubaté, Boyacá, se trasladó hacia la capital a una temprana en busca de un mejor futuro, y no fue fácil, uno tiene que empezar a sacrificar cosas, a moverse por un lado y por el otro. El rebusque es lo primero que uno aprende a hacer aquí. Dora trabajaba en lo que le ofrecían, para ella no había trabajo indigno, trabajaba en lo que fuera para convertirse en alguien y ganar dinero.

 

Cuando se graduó del colegio había logrado ahorrar suficiente dinero para estudiar uno o dos semestres en la universidad, tenía claro que como fuera iba a estudiar, así que se inscribió al programa nocturno para ser auxiliar de enfermería en la Universidad de La Salle. Estudiaba en la noche y trabajaba en el día; en esa época conoció las ventas ambulantes.

 

Durante sus años de universidad conoció a un hombre, un militar, que le cambió la vida, tanto, que decidió irse a vivir con él sin pensarlo mucho. Tampoco quiso contarme cómo lo conoció, pero una sonrisa se le escapó cuando le pregunté por esa primera vez que lo vio.

 

Al año de casarse y ya en el último semestre de la carrera, Dora se enteró de que estaba embarazada, su felicidad fue total. Un hijo representaba para ella, y su esposo, la más grande bendición que Dios podía darles. Aunque sabía que no iba a ser nada fácil, ya que su esposo se veía obligado a estar fuera de casa gran parte del año, Dora tenía la seguridad de que con las ventas iba a poder mantenerse por sí sola, si las cosas se ponían difíciles para su esposo.

 

Después del nacimiento de su hijo obtuvo el título de auxiliar de enfermería, profesión que nunca ejerció. Todo iba como lo había planeado, tenía un trabajo que le permitía mantenerse económicamente y una familia estable. Un día el mundo le cambió, cuando recibió una llamada en la que le comunicaban que su esposo había muerto en combate contra la guerrilla. De ahora en adelante, estaría sola con su hijo.

 

De su vida privada tampoco le gusta hablar, pero tenía que continuar con la historia para darle entrada a su otro orgullo: “Al tiempo de enviudar volví a enamorarme, este esposo no se me ha muerto y tampoco me han dado ganas de dejarlo (se ríe), con él tuve a mi otro hijo, es ocho años menor que el primero”.

 

Dora, vendedora ambulante Parque de la 93 // Bogotá // Imagen tomada por Claudia Ibañez. 

 

Sus ojos brillan cada vez que habla de sus hijos, hoy en día ya son adultos. El mayor estudió comunicación social, el segundo está pronto a graduarse en administración de empresas.

“Yo nunca los traje a trabajar, porque yo sabía que esto no era para ellos. A ellos siempre les gustaron otras cosas, siempre tuvieron sueños y yo no podía obligarlos a tener esta vida, solo pude hacer sacrificios para que pudieran cumplir eso que querían. Yo los apoyé”.

 

Desde hace 34 años se despierta a las 3:30 a.m. para dejar su casa arreglada y salir a trabajar. Tiene un espacio arrendado en un parqueadero de la zona y allí deja su carrito de ventas durante las noches; en la madrugada, pasa a recoger su herramienta de trabajo, y a las 5:30 a.m., por tarde, está empezando a vender sus productos.

 

Durante todo el día su puesto es frecuentado por los trabajadores de las oficinas, obreros, policías, vecinos del lugar y hasta extranjeros que acercan para que los ayude a encontrar sus lugares de destino. Nadie conoce la zona mejor que Dora, tiene grabada en su memoria la imagen del sector, que comparado a como era hace 34 años, hoy es irreconocible.“Ese lote del parque era horrible, usted lo ve ahora y no cree lo distinto que está”, recuerda la vendedora, quien también me explica que antes de los edificios y locales, lo que había eran casas.

 

“En toda esa zona lo que habían eran casa de familias, grandes construcciones para familias adineradas”. Tal vez por eso no le fue fácil al inicio. En sí la labor del vendedor ambulante es complicada, y así lo ha sido para Dora, pues mientras ganaba el cariño y confianza de los vecinos del sector, había una señora que no la soportaba, “o eso ha dado a entender todos estos años”.

 

Durante sus comienzos, Dora tuvo que enfrentarse a los ataques de aquella mujer, que iban desde quejas sin fundamentos a la junta del sector, hasta quejas con la policía, que más de una vez llegaron a quitarle su carro de ventas, según ella, “policías raros porque ni siquiera eran los de la cuadrilla del sector (…) sabrá Dios de donde sacaba tanta energía para querer sacarme de aquí”.

 

Sin embargo, ningún intento, ni invento fueron suficientes para sacar a Dora y a su chaza. Todos la conocían, y ella los conocía a todos. Habla un poco de las familias que solían vivir en esos lotes que ahora son edificios. Familias grandes, familias pequeñas, adineradas y otras que, con bastantes problemas, se mantenían de apariencias. “A mí me da tristeza que a muchos de esos muchachos que yo conocía de pequeños, como que la plata los enloqueció, uno los ve hoy en día pasando por acá y se ven como perdidos, se ven tristes, machacados”.

 

A medida que la zona se iba valorizando, el barrio residencial se iba desvaneciendo, Dora se despedía de las familias y veía como algunas casas iban siendo demolidas para darle paso a imponentes edificios que hoy tienen en su interior oficinas al servicio de importantes empresas.

 

Como contaba con la confianza de las personas de la comunidad, empezó a ser tratada como una habitante más, por eso asiste a las juntas de la comunidad, participa en las recolectas y admite que los más interesados en la estética del sector eran los dueños de las casas “así ellos no vayan a las reuniones, siempre mandan a alguien con un sobre cerrado”. Algunos de ellos siguen siendo propietarios de esas casas que hoy en día funcionan más de locales para algunos negocios; otros vendieron para así dar paso a la construcción de edificios de oficinas y hoteles.

 

Esas personas adineradas -cuyos nombres tampoco revela- son las más interesadas en que el parque se mantenga limpio, en que las vías no tengan abolladuras y claro, en hacer que la tranquilidad que ha caracterizado siempre el lugar se mantenga.

 

Insiste en que, aparte de la infraestructura, la calidad de personas que frecuentan el lugar también ha variado. Ahora es más bonito, pero inseguro, cuando no venía casi nadie acá no había ladrones”, y es que el ambiente del parque hace que los visitantes se olviden de ser precavidos con sus pertenencias, lamentablemente los ladrones están pendientes de quien se descuida primero.

 

Ahora que sus hijos ya no la necesitan, Dora quiere dedicarse a disfrutar más que nunca. Siempre la ha tenido clara: “ahorrar para disfrutar”. Cada diciembre se da sus escapaditas a cualquier sitio, la playa es su lugar favorito. Ha estado en San Andrés y en otros destinos del Caribe. A parte de conocer, siente que viajar es la mejor manera de conectarse a su familia, por eso las escapaditas cada puente festivo la entusiasman, pues se van en su carro -tiene uno propio y está muy orgullosa de él- a cualquier lugar cerca de Bogotá, o más lejos si es posible.

 

Ve cerca su retiro de las calles, ha trabajado toda su vida y es consciente que no tiene la misma energía para mantener el ritmo que exigen las ventas. Admite que lo que más extrañará, el día que deje de vender, es a las personas que van a ella día a día.“Usted no se imagina la felicidad que me da cada vez que un oficinista de esos que vienen mucho aquí, me dice que le aumentaron el sueldo o que los ascendieron. Es una de esas sensaciones como de orgullo, como verlos crecer es emocionante”.

 

*El permiso con el cual cuenta Dora para mantenerse en ese lugar, le fue otorgado por la alcaldía de la localidad, gracias a que ella ha contribuido a la comunidad, no solo con sus ventas sino también con su participación en la juntas de la localidad. Ha aportado dinero para el mantenimiento de varios jardines públicos y otro tipo de actividades impulsadas desde la junta directiva.

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