En la carrera 46 con Av. Esperanza, Quinta Paredes, hay un pasillo corto que da apertura a locales de ropa, salud y belleza. El último de ellos es una peluquería donde la belleza no tiene fronteras. Quienes atienden aquí son oriundas de Maracaibo, Venezuela y su caribeño acento queda enmarcado en los transeúntes. Ana, Eneydi y Sol impregnan de belleza venezolana una peluquería colombiana.

 

Joshua, La Peluquería ubicado en Quinta paredes// Fotografía tomada por: Ángela María Fuentes

 

Hace un año, Joshua La Peluquería abrió en la ciudad. Es un local pequeño con dos sillas para peinar y otras dos para realizar manicure. Todos los días se abre desde las seis de la mañana y se cierra a las ocho de la noche. Sus económicos precios motivan a las personas para entrar. Mientras que a los alrededores del barrio un cepillado puede valer $12.000 en este lugar el costo se reduce a $7.000 y si tiene el pelo muy largo y abundante le incrementan $2.000. 

 

Un año y cinco meses atrás, Ana tenía su propia peluquería en Venezuela, de la cual vivía y dependía económicamente. A medida que la economía de su país disminuía, la belleza dejó de ser una prioridad y pasó a ser un lujo. Así que sus clientas dejaron de visitar su local y ella se vio en la obligación de venderlo todo y venirse para Colombia a buscar suerte y dejar de ser empleadora a ser simplemente empleada. Aquí ya tiene sus clientas, la llaman para reservar un cepillado y le traen pequeños detalles como queso y demás. Ana dejó su familia en Venezuela y, aunque no ve un futuro claro, dice que no ve la hora de volver a su tierra porque no hay como trabajar en el país propio.

 

Eneidy es apasionada por la belleza, desde los 18 años desarrolló un interés para ponerle color al cuerpo. Estudiaba ingeniería informática y trabajaba en el salón de belleza de Ana haciendo manicure y pedicure, en Maracaibo. Cuando Ana se vino para Bogotá, Eneydi dejó de tener unos ingresos que le permitían ayudar a sostener la economía de su hogar. Los salones de belleza en Venezuela no estaban teniendo la rentabilidad a la que ellas estaban acostumbradas, si había para belleza no había para comer y en ese orden de ideas la prioridad es alimentarnos, no embellecernos.

 

Ana sabiendo lo intranquila que estaba Eneydi en Venezuela le daba ánimo para que se viniera a trabajar a Colombia. Le decía que la situación aquí estaba más clara que en Venezuela y que en la peluquería donde ella trabajaba, estaban necesitando personal que se viniera. Así fue como Eneydi llegó un miércoles 15 de marzo y empezó a trabajar al día siguiente en Joshua La Peluquería.

 

Venirse de Venezuela fue un acto de resistencia para ella misma. El día que tomaba rumbo para comenzar una nueva vida le dijo a su papá estando en el bus que no soportaba la situación y las posibilidades de trabajo que tenía aquí en Colombia. Para ellos fue una sorpresa total y para Eneydi un puntazo a su corazón. Sin embargo, sabía que era lo mejor ya que el dinero que entraba no era suficiente para comprar todos los víveres. Para diciembre el año pasado, Eneydi ya se quería venir; pero para entonces, no tenía la plata suficiente para comprar el tiquete, durante esos meses Eneydi ahorró para conseguir 150.000 bolívares y así poder pagar transporte para pasar la frontera. De Maracaibo a Maicao tuvo que pagar alrededor de 20.000 bolívares, una vez llegó ahí cambió los bolívares y obtuvo $94.000 de los cuales usó $90.000 para comprar el pasaje. El viaje duró 18 horas y en sus bolsillos Eneydi solo tenía $4.000 y las ilusiones de trabajar en Bogotá. Eneydi se la estaba jugando toda por comenzar una nueva vida, si quería devolverse a su país natal tenía igualmente que trabajar.

 

 

Al bajarse del bus, tomó un taxi con rumbo a, su posible, nuevo trabajo y Ana le ayudó a completar lo del viaje. El administrador de La Peluquería ya tenía referencia de ella, así que le hizo una prueba inmediatamente llegó y aprobó su trabajo. Al otro día comenzaría a trabajar ahí desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche y su pago sería representativo por la cantidad de clientes que atendiera.

 

 Sus manos son delicadas para trabajar, una vez llega un cliente ella se asegura de atenderlo bien. Se pone un tapabocas y unos guantes para empezar, dice que la higiene es fundamental para ella. Mientras atiende a una cliente, llega otra y le pregunta cuánto se demora para acabar. Aquí ya tiene su clientela y también es la encargada de recibir los pagos del local. Eso la hace salir 20 minutos después que el resto de sus compañeras. En Maracaibo una manicure, actualmente puede estar costando 5.000 bolívares que al cambio serían 3.000 pesos, de eso hay que sacar la ganancia que se le debe dejar al administrador del local. Eneydi dice que en Venezuela los sueldos en belleza no alcanzan para lo costoso que es el mercado.

 

Recién llegó a Bogotá, Ana le ofreció su casa para vivir durante una semana, y después de eso tuvo que salir a buscar donde dormir. En los seis meses que lleva ha vivido en cuatro partes. Actualmente, vive en la primera con segunda, a unas cuadras de la plaza del barrio Egipto; en una residencia donde solo viven venezolanos, en su mayoría de Maracaibo. Ahí Eneydi paga $200.000, fuera de servicios públicos, duerme en una habitación y tiene derecho a usar la cocina y el baño que lo tiene que compartir con los demás usuarios de la residencia. Eneydi y Ana llegan a la conclusión de que los arriendos en Bogotá son muy costosos y eso agrava la situación para que  sus familiares se vengan tan pronto como ellas desean.

 

Cuando Eneydi pasó la frontera, su permiso vencería en tres meses y eso fue hace ya 8 meses, es decir, lo tiene vencido hace cinco, pero en su cartera carga siempre con el pasaporte y está esperando ahorrar un poco de dinero para volver a Maicao y que le sellen de nuevo su pasaporte, pero ahora por dos años. Este sello solo le permite vivir en Colombia; para trabajar, ella deberá hacer otro trámite. Así que, por ahora, Eneydi recibe su suelo desde la caja y no está registrada en ninguna EPS.

 

 

 Sol también es oriunda de Maicao y dobla en edad a Eneydi. El miedo de quedar viviendo en extrema pobreza la hizo tomar la decisión de venirse del todo para Colombia. Para ella fue empezar de cero y enfrentarse a comenzar una nueva vida teniendo una ya construida en Venezuela. Dejó su casa sola y a su hijo, pero al igual que Ana y Eneydi sus clientas dejaron de ir a arreglarse con ella y la situación empeoró.

 

 Cuando Sol decidió venirse a Bogotá las relaciones entre los gobiernos no eran estables y las fronteras estaban abiertas. Pero la situación que ella tenía estaba aún más inestable y decidió pagar dinero de más para que un colombiano la pusiera sin problema en Maicao. El miedo de Sol no era que la guardia la devolviera, ella sabía que en el dinero extra que ella había pagado estaba incluido una pequeña donación para ellos. Pero si temía que durante las dos horas que duraba el viaje, el conductor la robara o la dejara botada en medio de la carretera. Afortunadamente el señor cumplió con su palabra y la dejó en un taxi en La Raya, Guajira con rumbo al terminal para que ella pudiera tomar un bus con destino a Cartagena.

 

Sol contaba con la fortuna de tener la nacionalidad colombiana, así que, aunque su acento demarca su natalidad, sus papeles le agilizan muchos trámites. Una vez llegó a Cartagena, confiesa que se tomó dos días para turistear la ciudad y después comenzó a trabajar en un salón de belleza, pero la mala acogida que tuvo de parte de sus familiares hizo que volviera empacar maletas y se fuera a Barranquilla. Allí el calor fue lo que no soportó. Entonces su cuñado la contactó con unos familiares en Bogotá, quienes la fueron a buscar al aeropuerto y le abrieron las puertas de su casa.

 

Antes de llegar a Joshua La Peluquería, Sol trabajó en Chapinero. Allí ella no le veía futuro al local ya que no frecuentaban clientes y las ganancias que obtenía no eran suficientes para sostenerse ella en Bogotá y mandar dinero a Venezuela. Así que empezó a buscar por internet y encontró que al frente de la embajada de Estados Unidos estaban buscando personal para trabajar. Al igual que Eneydi, hizo una prueba de trabajo y llegó a un acuerdo con el dueño. 

 

 

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