La Tía más recordada de Colombia

Este artículo fue publicado en la edición #53 de la Revista Directo Bogotá, en junio de 2016.

 

Ayer, 23 de noviembre, se dio la noticia que muchos colombianos, niños del siglo pasado, no querían escuchar: Almacenes TíA, la emblemática empresa que se ganó el cariño en Colombia, cerrará sus puertas por problemas económicos y por la fuerte competencia que ha llegado al país. Fueron aproximadamente 500 empleos perdidos, en su mayoría de mujeres. 

 

Celebración de los 50 años de fundación de Almacenes TíA / Fotografía de archivo 

 

A las 8:50 a.m. del siguiente día doña Stella llegó a su lugar de trabajo. Se detuvo en la puerta de la bodega, había mucha gente. Las trabajadoras se miraban entre sí y se contaban de oído a oído los rumores de un supuesto robo. Stella se abrió paso entre los mirones y la policía que interrogaba a los celadores. Caminó con prisa hacia los lockers, cada uno estaba marcado con el cargo que ocupaba la empleada. Todos estaban cerrados menos el suyo, el de la cajera principal. Stella vio sus zapatos de trabajo botados en el suelo, estaban con las suelas despegadas y los cordones maltrechos. Le habían esculcado todo.  

 

Stella se pasó una mano por la frente y sonrió un poco mientras suspiraba. La llave que buscaban los ladrones estaba en su bolso, allí era donde dormía todas las noches. A las 8 de la noche terminaba su jornada y como cajera principal tenía que contar peso por peso las ventas del día. Eran ventas millonarias. Mientras rectificaba una y otra vez se le iban una o dos horas más, una o dos horas menos de sueño, una o dos horas menos para compartir con sus hijos quienes a su llegada ya estaban dormidos.

 

A las 9:00 a.m. los policías ya se estaban marchando y las vendedoras ya habían subido al almacén. Cada una caminaba hacia su sección respectiva en silencio, el furor del robo ya había abandonado los pasillos. Antes de abrir, unos minutos tarde por el imprevisto, cada vendedora revisó que todo estuviera en orden. Desde sus puestos se preparaban para un nuevo día de ventas. La clientela estaba afuera haciendo fila. 

 

Stella alisó las arrugas del delantal azul con rayas, ajustó su falda a la cintura y se miró al espejo mientras se aplicaba el labial rojo que exigía, y aún hoy lo hace aunque a las jovencitas ya no les guste usarlo, el reglamento de la empresa. Con el borde de la uña del dedo pulgar se limpió el exceso de labial que se le había acumulado en la comisura del labio y subió al almacén apretando la llave en su puño.

Stella, quien trabajó casi toda su vida en el Tía / Foto por Camila Soriano

 

Se sentó en su puesto de trabajo, abrió con la llave la caja de madera, le dio una vuelta con la manivela y esta abrió con fuerza el cajón donde se guardaban los billetes y monedas de las transacciones que se hacían exclusivamente en efectivo, pues no se aceptaban cheques y hasta hace poco tampoco aceptaban tarjetas. Stella se preparaba para recibir de nuevo dos o tres millones de pesos, lo que equivale hoy a 50 millones aproximadamente. Esta gran suma era lo que generaba tanto furor entre los ladrones y malandrines bogotanos pues los hacía soñar con desvararse y salir de sus vidas condenadas a la eterna miseria.  

 

Al TIA lo atracaban mucho y de muchas formas. Existían los ladrones de oficio y los de ocasión que aprovechaban el desorden causado por la multitud que se agolpaba en los pasillos de los almacenes. El TIA era el lugar predilecto para el robo, este es un indicador de su éxito durante el siglo pasado. Hoy ya no se escuchan noticias sobre atracos ni asaltos al TIA. Los pasillos solitarios dan cuenta de la disminución en las ventas. Ante los ojos de los ladrones no parece un lugar al que se le pueda robar un gran motín. El aumento de la competencia ha disminuido la clientela y ha opacado el brillo del cual gozó esta marca durante sus primeros 50 años. A pesar de ello la gente no la olvida y guarda al TIA junto con otros recuerdos gratos de su niñez o su juventud.

 

Menos el brillo, menos la gloria

 

La mañana del lunes 14 de octubre de 1940 Federico Steuer y Kerel Steuer escucharon el vidrio de los ventanales vibrar. Los nazis habían bombardeado Londres, eso anunciaba el titular del periódico EL TIEMPO. Un año atrás este par de hermanos había tomado un barco de vapor rumbo a América para huir del estruendo de las bombas, del sonido de las botas de la milicia alemana que se había apoderado de Checoslovaquia, actual República Checa, su país natal.

 

Esa mañana desde el interior de un edificio ubicado en la carrera 7ª con 17 de la ciudad de Bogotá, los hermanos Steuer escucharon los gritos de la multitud que esperaba con alegría la apertura del primer local de los Almacenes TÍA. A 9.597 km de su casa, en la tierra de la chicha, de las chinitas, de los chibchas y del chontaduro los checos abrieron la primera tienda por departamentos de Colombia.  

 

Vestida de gris, con cintas rojas, azules y blancas llegó ella. Todos la miraban, los niños pequeños se paraban sobre la punta de sus pies para poder verla. Era hermosa, llena de color y de vida. En los brazos cargaba cientos de juguetes, ropa, dulces y comida. Dijo que llamaba Teta. La multitud empezó a reír. Teta no entendía el porqué de las risas, ella no hablaba español. De donde venía la teta no era una parte del cuerpo sino de la familia, la teta en checo significa tía, pero no cualquier tía. Es la tía que llega cargada de regalos.  

 

 La primera sucursal de Almacenes TíA, testigo del septimazo bogotano / Fotografía: Camila Soriano

 

La marca colombo-checa, Almacenes TÍA, es heredera de la cadena de almacenes Casa Te-ta que tenía en Europa central la Familia Steuer de la cual no solo heredó el concepto, también el dinero porque con el capital que obtuvieron por la venta de las tiendas ubicadas en Rumania, Checoslovaquia y Yugoslavia, los Steuer se lanzaron al insipiente mercado del país de las “Ches”.

 

Las puertas se abrieron y la multitud corrió hacia el interior de la primera sucursal del TÍA, las manos nerviosas tocaban los productos que estaban en los estantes. Se podían coger, oler, tocar y hasta los más frescos los decidían probar. Mientras en las otras tiendas de la ciudad todo estaba detrás del mostrador, la TÍA checa le permitió por primera vez a sus sobrinos bogotanos el bien de la exploración. En sus estantes de color blanco, que aún se conservan, se permitían las manos curiosas, dudosas, las manos decididas y hasta las manos que solo iban a mirar y no a comprar.   

 

Esta primera sucursal aún se conserva junto con 7 sucursales que fueron abiertas después en barrios tradicionales de Bogotá como el Claret, Fontibón, 7 de agosto, SantaFé, Quirigua,  Chapinero  y Restrepo. Todo sigue igual desde 1940, menos el brillo, menos la gloria. Las vitrinas, que alguna vez fueron las primeras de la cuadra, del sector y de la ciudad, hoy resaltan no por estar abarrotadas sino por los espacios que hay entre cada producto exhibido. Sobre la pintura gris del edificio la lluvia ha marcado unas venas de mugre que se extienden por toda la fachada, es la marca del paso del tiempo, del sudor de una labor de 76 años.

 

Viaje en Góndola

 

Una voz masculina hablaba a través de un micrófono. La voz era gruesa y pretendía imitar la de los locutores de radio Santa Fe. No, no anunciaban noticias sino promociones de ropa interior, de jabones, de ropa para bebé y artículos para el hogar. Los payasos que anuncian corrientazos en las puertas de los restaurantes y los animadores de pelo engominado que publicitan calzado mientras suena de fondo un reggaetón, son los hijos de esta técnica publicitaria de la cual el TIA fue pionero.    

 

En cada una de las nueves sucursales había un locutor sentadito dentro de un cubículo. La gente se cuestiona si eran nueve hombres o tal solo vez solo uno, porque dicen que sus voces se asemejaban mucho la una a la otra. Alargaban las mismas vocales en la palabra “Ooooooferta”, tenían el mismo timbre y hasta los mismos colores en la voz. Para lograr impostar su voz, los locutores cubrían el micrófono con una bayetilla roja y fingían un tono más grueso que el propio. Eran nueve cuerpos y una sola voz para cada uno de ellos.

 

Aún hoy se escucha en los pasillos la voz anunciando las ofertas. En el TÍA de la carrera 7ª  con 17 la voz del locutor acompaña a los oficinistas, empresarios y secretarias mientras caminan afanados o cuando entran por el mecato al Almacén. Cuando Jenny Rey, contadora que trabaja en el edificio Colseguros; el cual queda diagonal al TIA, entra allí los ojos se le empiezan a cerrar, le pesan mucho mientras busca entre los estantes dulces o maní. Para ella la voz del locutor no es una voz varonil ni seductora, mas bien es como un mosquito que se introduce dentro de su cabeza. Un mosquito que revolotea entre los huesecillos de su oído con promociones y ofertas. 

 

Es tal vez esa la intención del locutor en los Almacenes TIA, acercarse mucho a los clientes. Las promociones pre grabadas son más económicas para las empresas pero se alejan de los usuarios y no generan una fuente de empleo constante. La relación mosquito-comprador  hace saber a todo el que entra que mientras recorre los pasillos no está solo.

 

El TÍA como la ciudad de Venecia era navegable, pues a los mostradores de madera les llamaban góndolas. Los clientes navegaban por sus pasillos como si estos fueran una serie de canales sumergidos en medio de cientos de productos. Ofrecía en sus 26 secciones todo lo necesario para el aseo personal, el hogar, la ropa para toda la familia y en temporadas especiales había secciones exclusivas para todo lo relacionado con juguetes y decoraciones navideñas o para el inicio de las clases.

 

Jenny Gonzales en vacaciones viajaba a Bogotá desde Lérida, Tolima a visitar a su tía quien ha trabajado en el TÍA durante 35 años. Recuerda que entraba a comprar todos sus útiles escolares allí. Todos los niños querían comprar los cuadernos grandes y argollados que vendían en el TÍA. Los cuadernos “Pilísimo” fueron la primera marca propia de un almacén en Colombia. Eran sencillos, solo tenían dos tapas de cartón. En la tapa trasera venía el himno nacional impreso para que los niños se lo aprendieran en las escuelas y en la portada venía impreso un niño chiquito y barrigón. La camiseta le quedaba apretada y le deja descubierto el ombligo. En medio de su cabello le salían dos cachitos de color rojo, él era el “Tiablito” quien junto a la “Tiablita” fueron las insignias publicitarias del TÍA durante muchos años.

 

Tiablito, el personaje de las ferias escolares en el TïA y las registradoras/ Cortesía 

 

Desde la sección de productos escolares el “Tiablito” sonríe con picardía. Desde su estante mira a un par de piernas largas encima de los mostradores, son piernas de maniquí aisladas del cuerpo original. Las piernas están puestas hacia el techo con la punta de los dedos y exhiben en su piel falsa las medias de colores canela en todos sus tonos, del claro al oscuro. Los Almacenes han sido desde siempre el lugar predilecto de las secretarias para comprar las medias veladas. Otras piernas más atrevidas entran al TÍA por la medias de malla.

 

Recuerda Jameth Tovar, que la primera vez que fue a la Biblioteca Luis Ángel Arango el punto de encuentro con sus compañeros fue la sucursal, que ya no existe, de la carrera 10ª con 11 del TÍA. Ellos no sabían como llegar a la biblioteca. Ella se acercó con pena a una mujer. La llamó por el nombre de “Señorita” y le preguntó dónde quedaba la biblioteca, la mujer se rió y le dijo:  “yo le puedo decir donde quedan todas las bibliotecas de los lugares que ya sabemos”.

 

Esa sucursal era el punto de encuentro de los grupos de amigos, de los estudiantes y también de las prostitutas. Fuera del local se paraban ellas en la puerta. Cuando no iban como vendedoras sino como compradoras entraban allí a comprar sus medias de malla y el maquillaje que usaban para rebosarse la cara en la noches. Compraban los almuerzos económicos que todavía se venden y que sin importar la clase social muchos bogotanos aún recuerdan.

 

Al TÍA hoy siguen entrando toda de clase de personas, los clientes clásicos que buscan cualquier excusa para entrar se las arreglan para comprar así sea una caja de cigarrillos o para entrar por una puerta y salir por la otra. Hay también quienes van por un plato de peto caliente, una papa rellena con Colombiana o por corrientazos de $3.900, recetas que desde 1940 ofrecen las cafeterías del TÍA. Sin embargo, las cajeras que antes no daban abasto hoy se pueden tomar largos descansos mientras esperan que los clientes entren.

 

Los lapsos de tiempo entre cliente y cliente cada vez se han vuelto más largos. Los niños ya no se pierden en el TÍA. Muchos que hoy ya tienen 40 o 50 años recuerdan que cuando se perdían llamaban a sus madres por el altavoz para que fuera a buscarlos. Hoy el TÍA parece más seguro para los niños porque el mar de gente que solía recorrer los pasillos se ha ido a la competencia. La falta de manejo y de interés por modernizar al TÍA ha hecho que se quede atrás en el mercado colombiano en comparación con el ecuatoriano o el uruguayo donde la marca se consolidó como una de las más grandes en estos países. La marca original de Colombia no triunfó en casa pero ha logrado mantenerse por el cariño que le tiene la gente, por sus precios económicos y por haber acompañado la historia del país y la de muchos colombianos.

 

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