La toma del Mambo es una invitación que hizo el museo a diferentes colectivos, a través de los colectivo Más Arte Más Acción y Colectivo Aurelio, a que se tomen sus instalaciones, en un esfuerzo por revitalizar la escena del arte en Bogotá.

 

 

 Entrada al museo durante la Toma del Mambo // Foto de: María Paula Murcia

 

En el sótano una cancha de micro fútbol pintada sobre los ladrillos. En el primer piso una mesa central dotada de equipos de radio, docenas de árboles en bolsas plásticas que hacían las veces de materas, una plataforma con muñecos pequeños de Peñalosa y Thomas Van der Hammen y unas mesas con manteles plásticos. En el segundo piso un taller de serigrafía, dos proyecciones de video comunitario, una pista de skate, una sala de espera para ‘quejas y reclamos artísticos’, un mural, un mapa a escala de Bogotá y un espacio lleno de almohadas botadas en el suelo prohibido para adultos. En el tercer piso una oda a la libido. La toma del Mambo.

 

Un pendón enorme color rojo con blanco colgaba del edificio. Un número acompañaba el anuncio. Nunca un aviso semejante había causado tanto pánico colectivo. “SE ARRIENDA”. En pocas horas, el rumor de que el 'Mambo' se arrendaba recorrió la ciudad. Hubo especulaciones de todo tipo: que hacía parte de una nueva exposición, que era una estrategia de promoción de La toma (como falsamente afirmó Idartes ese mismo día a través de un comunicado en su página web que luego retiró), que era una crítica a la falta de apoyo gubernamental al arte y que efectivamente el anuncio era cierto y el museo estaba en arriendo. La ciudadanía no tardó en responder. En las cuentas del museo en redes sociales, personas sorprendidas, indignadas, enfurecidas e incrédulas, dejaron cientos de comentarios expresando sus emociones al respecto del anuncio.

 

 

 Así se veía el anuncio colgado en el museo que desató la polémica el 5 de febrero // Cortesía de: Mambo

 

El Mambo montó bien el teatro. El número que daban en el anuncio era el de Carlos Muñoz, supuesto agente de bienes raíces que estaba encargado de gestionar el arrendamiento del museo. El lunes 5 de febrero, día en el que apareció el anuncio colgado, hizo una visita guiada para mostrar las instalaciones que desconcertó aún más a los ya sorprendidos ciudadanos e incluso puso a dudar a los más escépticos. Al día siguiente Claudia Hakim, directora del Mambo, se pronunció frente a la polémica y aclaró que el anuncio no hacía parte de ninguna campaña ni tenía que ver con La toma. Afirmó que el letrero fue una acción para crear consciencia acerca de la situación del museo que no tiene cómo sostenerse en términos financieros e invitó a quienes quisieran ayudar a hacer parte de la campaña “Yo tengo el Mambo”, pagando una membresía para aportar fondos.

 

Sin duda, esta gran polémica impulsó la acción artística de ese fin de semana. La toma del Mambo recibió mucha publicidad y también muchos asistentes. El colectivo Más Arte Más Acción, organizador de este evento de tres días que inició el 9 de febrero y acabó el 11, publicó en su página de Facebook días antes del evento el fragmento de un texto de Paco Gómez Nadal: “Nos tomamos el MAMBO para denunciar lo posible y para construir lo imposible. Nos tomamos lo que es del común, lo que nos corresponde. Nos tomamos el arte para oxigenar el arte. Nos tomamos lo que, a pesar de tener puertas, pide-necesita ser tomado. Tomamos la decisión de tomarnos nuestra ciudad y nuestros símbolos; nuestros edificios y nuestros baldíos; nos tomamos la voz castrada y los silencios obligados; nos tomamos la libertad de ser libres de no vender nuestro arte, sino de compartirlo con el común desde el común.”

 

Bajo esta premisa sucedió la toma. Los 4200 metros cuadrados que al inicio de esa semana habían sido puestos en arriendo fueron ocupados por cientos de personas durante los tres días. Los colectivos artísticos que participaron de La toma propusieron una intervención de los espacios que propició la interacción de primera mano con el público y cumplió la promesa de compartir el arte con el común desde el común.

 

Seis músicos tocan instrumentos de viento. Son cinco hombres y una mujer. Están en el primer piso alrededor de la mesa del radio in situ de Radio Mixticus, colectivo que participa de La toma, y desde todos los pisos los miran. Un ruido como el que hacen los pitos de piñata cuando al soplarlos se les extiende el plástico brillante tornasolado que antes estaba enrollado al lado de la boquilla resuena en los oídos de los presentes. Es un sonido chirriante pero pronto entre todos los músicos se acoplan y cada uno emite notas rítmicas que ya no parecen tan disonantes al oído inexperto. “Es la Distritofónica”, dice un muchacho que los escucha desde arriba, “hacen improvisación de jazz y exploran otras vanguardias”.

 

  Realizado por: María Paula Murcia

 

En otra sala, las tomas llamativas del barrio La Perseverancia atraen una aglomeración que se disputa el espacio reducido donde se está haciendo la proyección. “Arriba los de abajo” fue la propuesta audiovisual de los colectivos Caldodecultivo y Todo por la praxis, de la mano del grupo de hip-hop Todo Copas, para “promover la discusión sobre el proceso de gentrificación al que se enfrenta La Perseverancia, un barrio popular ubicado en el centro de Bogotá, estigmatizado por su reputación como barrio violento y peligroso”, según dicen en un documento a través del cual explican el proyecto y que está disponible para todos los que entran a la proyección. La sutileza con la que logran captar la personalidad de un barrio a través de grabaciones en ángulos que refuerzan las diferentes perspectivas, enfocando a las personas que dan vida a ese barrio, se complementa con las voces contundentes de los miembros de Todo Copas para crear un producto crítico y muy atractivo para un público ávido que prefiere jugar al TransMilenio en la sala diminuta antes que arriesgarse a perder la oportunidad de disfrutar de esta instalación.

Realizado por: María Paula Murcia

 

 Esta era la instalación ‘prohibida para adultos’ del colectivo Atempo // Foto de: María Paula Murcia

 

“Prohibido para adultos”, rezaban las almohadas blancas encerradas dentro de un círculo marcado en el suelo del segundo piso. “¡¡Prohibido no dejarme soñar!!”, “Prohibido pasarse de copas”, “Prohibido pasar más tiempo en el celular que con sus hijos”, “Prohibido sacarse los mocos”, “Prohibido enseñar que los niños son azules, rudos, ocultan sentimiento, solo carros, fútbol y superhéroes y que las niñas son rosas, delicadas, solo emociones, muñecas, coronas y princesas”. Cualquiera podía intervenir la pared con lo que quisiera que fuera prohibido.

 

El contraste era evidente. La pared blanca, que siempre nos enseñaron no rayar, impactaba con su montón de garabatos y letras de todos los colores y tamaños. Las almohadas eran de un blanco prístino que rompía el color del ladrillo y las letras fucsia que las atravesaban lucían transgresoras por su color y por su enunciado. La reivindicación de lo infantil se veía en las almohadas. Su textura mullida que se sentía sin siquiera tocarlas invitaba a todos a satisfacer los deseos de dormir en una nube, pero el enunciado limitaba la invitación: los adultos no eran bienvenidos. Un paraíso para niños que era un fuerte de resistencia en contra de los siempre autoritarios adultos. Un escenario al estilo de El señor de las moscas, pero en medio de la confortable protección de la seguridad del mundo convencional. Una reflexión del colectivo Atempo respecto del lugar de la infancia en esta sociedad.

 

Así estaban ubicados los árboles que llenaban muchos de los espacios en los que no había instalaciones // Foto de: María Paula 

Murcia

 

Tratar de encontrar un camino entre la multitud para subir por las escaleras era el propósito específico del momento. Hacia la izquierda la salida de la tienda del Mambo. Un afluente imparable de personas. Por ahí no. Hacia el frente el camino que lleva por detrás de las escaleras hacia el restaurante. Por ahí tampoco. Hacia la derecha un laberinto de árboles que suponía una pista de obstáculos para quienes visitaban el museo. Los árboles sostenían en alto su presencia.

 

No eran decoración, no eran arte ligero para ser pasado por alto, no eran la vegetación de siempre. Estaban ahí precisamente para incomodar. Para ser notados. Para proponer un pare. La intención, quizás, era pararse en el medio para intervenir el espacio y generar una consciencia en el espectador promedio que evitara explícitamente el tacto y contacto. La Reserva Thomas Van der Hammen estaba ahí para hacer un planteamiento fuerte; estaba ahí para pararse duro.

 

La Toma propuso nuevas perspectivas. Como dijo uno de los asistentes al evento, “el arte no es solo para ser visto”. La propuesta artística estimuló la interacción de los visitantes apelando a más que la vista y rompiendo, de esta manera, las ideas tradicionales del arte y los museos. Los colectivos presentaron instalaciones y performances que compartieron el arte con el común desde lo común sin venderlo, pues la entrada era gratuita. Oxigenaron el arte. Denunciaron lo posible y construyeron lo imposible.

 

No solo fue La toma del Mambo, sino que con su arriesgada propuesta de ‘arrendar’ el edificio se demostró que también el Mambo la toma. Toma la batuta de su futuro. Toma la decisión de abogar por el arte. Toma la postura crítica. Toma la ciudad. Toma la opinión. El Mambo la toma.

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