En este mundo industrializado, impulsado por el consumo y la producción en masa, saltan a la vista espacios del mundo que buscan guardar las tradiciones, que conservan el trabajo manual lleno de amor al oficio, de pasión, dedicación y detalle. Espacios donde se construyen piezas artesanales cargadas de cultura y significado.

 

En Bogotá, existen muchos artesanos dedicados a vender sus piezas en talleres, calles y locales comerciales, ya sea al aire libre o bajo algún techo. Ellos nos ofrecen su arte, colocando sus productos a la vista de los visitantes y transeúntes que pasean por los lugares y que con sólo mirar se dan cuenta que: un artesano es un artista, un artista con manos creadoras.

 

Los mercados artesanales en los sectores principales de las ciudades tienen historia. Estos han sido creados como espacios para exponer los bienes culturales, para promover la identidad y atraer el turismo. Bogotá dedica varios de sus predios a los mercados de pulgas, las exposiciones campestres y las calles de artesanos. La localidad de Usaquén es uno de estos espacios. Este mercado artesanal se conoce por ser uno de los más consolidados en la capital, allí todos los días, y en especial los domingos, se dan cita los artistas y artesanos.

Foto de: Mateo Quintero – Daniela Rubiano

 

Caminar por los mercados artesanales es disfrutar de los colores y los olores. Cada stand, cada puesto o cada manta en el suelo tienen una característica especial. Allí no solo reposan los productos sino también las historias de seres humanos que han entregado su vida y sus habilidades a este oficio.

 

Manos creativas: el oficio de ser artesano


Eduardo Rodríguez tiene 39 años. Está parado detrás de una tela naranja en la que exhibe y comercia manillas artesanales diseñadas y fabricadas por él mismo. Es la tarde de un domingo cualquiera, un domingo más en el que Eduardo, como artesano, sale a las calles de Usaquén a trabajar.


Le pido una entrevista. ―Pero rápido―, me responde. Y es que mientras me lo dice casi una decena de personas le pide precios y detalles sobre sus manillas. Eduardo me cuenta que los días en los que más vende son los domingos, pues es el día en que más se congregan extranjeros para comprar artesanías en Usaquén. Mientras hablamos concreta la venta de varias manillas a algunos bogotanos, pero sobre todo a extranjeros.


Eduardo lleva en este oficio más de 20 años, empezó porque le apasionaba el arte. Su pasión por pintar y por realizar manualidades comenzó desde que era niño, pero mientras fue creciendo, ese gusto fue haciéndose mayor, hasta que decidió ganarse la vida con ese oficio. Él prepara todo su arsenal para el fin de semana. De lunes a viernes compra los materiales para la fabricación de las manillas, y espera recuperar el dinero entre el sábado y el domingo.


Me cuenta que los materiales no son muy baratos y por eso el precio de las manillas tiende a subir. Éstas oscilan entre cinco mil a treinta mil pesos. El precio depende de la carestía de los materiales, pero sobre todo de la dificultad en la fabricación. Algunas manillas tardan días en poder realizarse, pues los terminados y los decorados en las cuerdas y las piedras hacen que su fabricación sea bastante compleja. Las manillas más baratas son las que se realizan en una o dos horas.


El rostro de Eduardo emana un hálito de pasividad, y su voz es tranquila y tenue. Me dice que para este oficio hay que tener mucha paciencia, primero, por la fabricación de los productos, pues, según me explica, esto no es algo que se compre y se revenda, sino que hay que comprar los materiales y fabricar, tal cual como los artesanos de la Edad Media. Y además porque el proceso de venderlo es demorado, él tiene que estar allí de pie esperando a que la gente compare, entre decenas de puestos, y decida comprarle sus manillas.

 

Eduardo está allí detrás de la tela naranja, en medio de un domingo frío y transitado, esperando otra vez para vender sus obras.

 

Como Eduardo Rodríguez hay varios artesanos que día a día deben buscar el plante de sus productos. Los insumos no son económicos y esto implica una ganancia menor. Pero también están quienes se las ingenian para crear productos artesanales con materiales que no requieren una inversión tan alta de dinero, este es el caso de Oscar Moreno.

 

Una tradición ancestral: el junco

 

¿Quién no ha tenido un canasto en sus manos? Claro está, un canasto 100% de junco, la respuesta puede ser: tal vez muchos o quizás pocos. Oscar Moreno se ha dedicado al aprovechamiento del junco del humedal el Gualí, ubicado en el municipio de Funza, Cundinamarca, a tan solo 1 hora de Bogotá. Este artesano ha aprendido a crear, tejer e imaginar diversas figuras con la planta, generando una limpieza del humedal y una recuperación de las tradiciones ancestrales de este municipio.

 Realizado por: Daniela Rubiano y Mateo Quintero

 

Bogotá y Cundinamarca son artesanales, en sus calles y rincones siempre encontraremos algún artesano que con esfuerzo, dedicación y pasión trabaja su oficio. Valoremos sus productos y sus historias

 

 

 

 

 

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