Una noche, más o menos a las cuatro de la mañana, desperté con los ojos empapados y el pulso agitado. Me levanté, fui al baño y tomé agua. Sentada en el piso, aun llorando desconsolada, tuve por primera vez pensamientos suicidas.

 

Imagen tomada de pixabay.com

 

Con el tiempo el episodio se volvió habitual y, lo peor, no sabía por qué. Además de los problemas cotidianos y pequeños traumas de infancia no encontraba el sentido de tanta angustia que se replicaba como un ardor insoportable en el cuerpo. Uno que otro día la tristeza culminaba en ráfagas de ira que irradiaba al exterior. Empecé a alejarme de mi familia, mis amigos y mi pareja, que constantemente me reclamaban que había cambiado.

 

Sin saber qué hacer y con pena de recurrir a algún conocido, que seguro ya estaba harto de mí, me dediqué a buscar en Google motivos para la depresión. Entre el bombardeo de información encontré blogs con casos similares al mío. Mujeres entre 15 y 30 años que presentaban casos de depresión al parecer repentinos, algunas que incluso terminaban con enfermedades como anorexia y bulimia o habían intentado suicidarse. Todas con algo en común: la pastilla anticonceptiva.

 

Desde entonces me retumba en la cabeza una frase que de pequeña le escuchaba decir a mi abuela: las mujeres venimos al mundo a sufrir. No fue suficiente con la carga biológica de traer nueva vida al mundo, no fue suficiente con llevar el peso de una lucha milenaria por la igualdad, debemos además someternos a tratamientos que nos alteran física y hormonalmente para mantener nuestra libertad sexual con tranquilidad.

 

Escuchamos del tema desde los sesenta cuando se autorizó por primera vez el uso de la píldora como método anticonceptivo para la mujer, decisión que se tomó arbitrariamente y sin respuesta médica en Estados Unidos, de mano de la revolución sexual que más o menos se replicó en los países occidentales. Junto a ella aparecieron también estudios que databan las distintas contraindicaciones que podría traer su uso, pero el logro fue tan grande que cualquier alerta podría ser un paso en falso.

 

Y, aunque hay otras posibilidades de anticonceptivo, el condón es el único que no representa implicaciones hormonales para la mujer, pero sigue siendo un método riesgoso de planificación.

 

Con el avance de la ciencia las cosas siguieron igual. Equipos de investigación continuaron lanzando estudios que se perdieron en el vacío. El último, realizado por la Universidad de Copenhague, confirmó en el 2016  el peligroso vínculo entre los anticonceptivos hormonales y la depresión y, el año pasado, revelaron que efectivamente los contraceptivos hormonales son responsables de un aumento del suicidio. Fueron 6.999 intentos y 71 suicidios entre casi 500.000 mujeres durante un período de 15 años.

 

Al parecer los resultados no fueron lo suficientemente preocupantes. Bastó con una pequeña tabla de contraindicaciones en la caja de pastillas y una que otra advertencia del médico para solventar el problema.

 

En 2015 nos dieron nuevas luces de esperanza cuando la revista Biology of Reproduction aseguró que ya estaba en proceso la primera píldora para el hombre. Entre un ir y venir de información, este año volvió a sonar el tema con un estudio del Centro Médico de la Universidad de Washington que certificó el medicamento como seguro y efectivo y aseguró que hay optimismo en que se distribuya pronto. Sin embargo, el estudio presentará una nueva etapa debido a la preocupación por los efectos secundarios: leve aumento de peso, entre 1 a 4 kilos, y posible disminución en sus niveles de colesterol.

 

Así, mientras los investigadores se preocupan porque los hombres puedan engordarse unos kilos de más, yo me preocupo por protegerme mientras intento normalizar mi cuerpo tras una tortuosa descomposición hormonal, tras cambiar de marca de pastillas cinco veces, tras gastar dinero intentando encontrar la que me haga menos daño y, por supuesto, mantenerme acompañada por si de vez en cuando me vuelven a dar ganas de suicidarme.

 

 

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