Vivir siendo la hermana de dos guerrilleros

Mi nombre es Beatriz Amparo Aguirre y no tengo miedo de contar mi historia. Aún cuando otras personas que han vivido sucesos atroces como yo me hayan tildado de guerrillera,  por ser la hermana de Fabián Alejandro Aguirre y Jaime Alejandro Aguirre, víctimas de este conflicto que como la mayoría, nunca escogieron  estar en él.

 

Fui criada en el campo, en una vereda llamada la 'Morichera' de la jurisdicción de Vista Hermosa Meta, y aunque mi tierra natal es Risaralda, desde muy pequeñita me trajeron para el Llano. Realmente viví en Risaralda hasta tal vez los siete u ocho años,  pero a raíz de la separación de mis padres, mi madre y yo vinimos en busca de un mejor futuro y nuevas oportunidades a esta tierra. 
 

 

Fotografía tomada por: Camilo Arenales

 

 

De aquel primer matrimonio de mi madre nacimos tres hijos, yo y mis dos hermanos menores; Fabián y Jaime, quienes se quedaron con mi padre en Risaralda tras la

separación. Fue hasta que mi madre y yo, con doce años, fuimos a buscarlos y a traerlos al Meta para por fin ser una familia. Vivíamos en una finca en la Morichera. Allá quienes mandaban era la guerrilla y eso siempre quedó claro, más cuando mataron al segundo esposo de mi madre, esto a raíz de toda la violencia que se vivía en la época. Mi padrastro venía al pueblo únicamente a conocer a mi medio hermana, pero jamás pudo verla pues fue asesinado por los “paras”. La cosa era simple, los que vivíamos adentro no podíamos salir y los que vivían afuera no podían entrar al pueblo. 
 
Una noche, tiempo después en aquella misma finca la guerrilla irrumpió sin razón ni compasión, nos iban a llevar a los tres y mi madre quedaría sola, eso fue lo único en lo que pensaba en medio del alboroto. Yo tenía catorce años, el hermano que me seguía trece y el menor once, en ese tiempo se tenían los hijos seguiditos. Pero en medio de las súplicas y el desespero de mi madre no me llevaron a mi, pero sí a mis dos hermanos. Pasaron años sin saber de ellos, no tuve información sobre sus vidas hasta cuando fui adulta. Sin embargo,  nunca pude establecer contacto directo con ellos, pues para la guerra no era beneficioso que sus soldados dependieran de un vínculo familiar. 
 
Yo quede sola con mi mamá. La violencia nunca se detuvo, mucha gente sufrió a manos de la guerrilla, de los paras, de la misma fuerza pública, es entendible y aceptable su dolor y sufrimiento. Lo que nunca he podido comprender es cómo hay gente que me ha tildado a mí y a mi familia de guerrilleros, todo por la desafortunada suerte de mis hermanos. Personas de la misma Unidad de Víctimas del Meta ni siquiera me dirigen la palabra por ser hermana de Jaime y Fabián, y es que parece que nadie se detiene a pensar que ellos no eligieron su destino. A ellos los forzaron desde que eran unos niños a un camino que pocos querían recorrer, los amoldaron como quisieron, murieron por una causa que nunca fue suya, los mataron allá. 


 Según Katherine López, investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica, ​los adolescentes y los niños han callado sus intereses y emociones. Para algunos significó ocultar sus temores porque la vida en la guerra y en un grupo armado está marcada por la masculinidad, no se puede mostrar ni pizca de debilidad, mis hermanos nunca pudieron ser ellos, ni siquiera pudieron tener sueños o esperanzas, porque hasta su muerte ya estaba sentenciada. El ​17 de febrero de 2004 y el 28 de diciembre de 2005 asesinaron a mis hermanos. Uno de ellos ni siquiera murió en combate, el ejército le hizo cacería, lo mataron y luego desmembraron su cuerpo, porque para el estado ellos no tenían derechos. 
 
Tras su muerte, ninguno de los cuerpos fue entregado entre los plazos legales sino fuera de ellos. Por eso decidí informarme y aprender de mis derechos junto a un
socio jurídico que nos mostró a mí y a mi familia cómo podíamos exigir que nos devolvieran sus restos por medio de tutelas, derechos de petición y otros mecanismos habidos y por haber.
De no haber sido por estos mecanismos no habríamos conseguido darles cristiana sepultura más de diez años después. En esa búsqueda por recuperar lo que quedaba de Jaime y Fabián muchas entidades gubernamentales me dijeron que me diera por bien servida por el simple hecho de estar viva siendo la hermana de dos guerrilleros. 
 
Con su rabia y su dolor muchas otras víctimas de la guerrilla como yo no vieron el otro lado de mi historia. Ellos no entienden las circunstancias ni el por qué estoy aquí reclamando los derechos que nunca pudieron reclamar mis hermanos, pues antes que guerrilleros mis hermanos eran personas que debieron tener elección sobre sus vidas, alejados de la guerra, como todos. Es ahí cuando uno se da cuenta que no se ha terminado ningún conflicto, que el conflicto sigue en el corazón de quien no mira el panorama desde todas las perspectivas posibles. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica entre 1958 y 2012, 16.879 niños hicieron parte del conflicto armado colombiano. La guerra se construyó con niños que muchas veces entraron a la guerra bajo un discurso persuasivo que prometía estabilidad y otras bajo el reclutamiento forzado, como fue el caso de mis hermanos y de otros 6.421 niños. 
 
Antes, uno por temor no pensaba en contar su historia. Por miedo a que atentaran contra mi integridad o la del resto de mi familia, mi madre nunca se quiso hacer cargo del tema. Yo soy un poquito mala para hablar, pero es que la verdad es que mi historia y la de muchos colombianos da para hacer un libro bien gordo. Hoy ya me siento diferente, siento la necesidad de contarle esto, pues lo único que quiero es limpiar el nombre de muchos que nunca quisieron cargar un fusil. Sí, mis hermanos fueron guerrilleros, pero el mundo debe saber que no pueden seguir revictimizándonos por una elección ajena y arbitraria que ha llevado a miles de niños y personas.
 

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