“No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el alma”

                                                                                   -          Gabriel García Márquez

 

 Fotografía tomada de: www.pixabay.com

 

En la entrada del pueblo de Dibulla hay un aviso enorme que puede tener unos cincuenta o sesenta años, tallado en madera y pintado de colores muy vivos, que reza: “Bienvenidos a Dibulla, sitio ideal para volver a nacer”. Decía Carlos Huertas Gómez, el famoso Cantor de Fonseca, en alguna entrevista perdida en el tiempo, que con cada canción que escribía sentía que volvía a nacer. El Cantor de Fonseca nació en Dibulla, frente al mar Caribe como dice la canción, y su historia es la historia de la música que corría por sus venas.

 

Don Jesús Iguarán es un hombre alto, sonriente, de anteojos gruesos y el pelo “demasiado blanco” para su gusto. Va a todos lados con su bastón de madera, un sombrero vueltiao que dice usar desde que tiene memoria y ochenta y cinco años de historias sobre acordeones, parrandas, playas y manglares. No le gusta que le digan Don Jesús, que así se llamaba su padre, él es “sencillamente” Compa’e Chucho.

 

El hombre se sienta en su mecedora, en el porche de su casa frente al mar, y empieza a contarme anécdotas, suyas y de su padre, y de su abuelo, y de su tío. Es que el Compa’e viene de “una familia que siempre ha vivido, comido y respirado vallenato, como todas las más tradicionales de Dibulla”. Cuando le pregunto por el primer recuerdo que hay en su familia de algo relacionado con el vallenato me dice: “Sí, por aquí llegaron, mi abuelo nos contaba a mis hermanos y a mí que por las tardes allí en la plaza veía siempre a los tipos larguiruchos peliclaritos llegar en sus carretas con acordeones y guitarras redondas, se sentaban y empezaban a tocar música”.

 

Los primeros acordeones llegaron a Colombia por los puertos de Riohacha y Sabanilla entre 1869 y 1872. Así lo registran manifiestos de aduana de la época, según Alonso Sánchez Baute, escritor y curador de la exposición sobre la historia del vallenato que por estos días tiene lugar en Bogotá, y que lleva el título de la mítica oda a la música de acordeón “La Hamaca Grande”.

 

Los “tipos larguiruchos peliclaritos” de la anécdota del abuelo del Compa’e Chucho eran los primeros acordeoneros de Colombia; pobladores alemanes y franceses que huían de guerras y desorden buscando una vida más tranquila en tierras más amables. Pero fue el acordeón con su música el que hizo de estas tierras un lugar más amable y de la vida en ellas algo más tranquilo. Antes del acordeón, los caminantes de la costa colombiana, los trabajadores de las haciendas, los muchachos labradores del campo y los moceríos en las tabernas sólo podían quejarse de sus penas y celebrar sus alegrías hablando o escribiendo. Pero esas gentes tenían mucho más sentimiento y ritmo por dentro del que la letra escrita o hablada podía contener. El acordeón los liberó.

 

El departamento de La Guajira no existía como tal cuando el abuelo de Don Jesús (perdonará usted, Compa’e, el atrevimiento) escuchaba tocar a los acordeoneros europeos. En los tiempos en que Colombia vivía con el delirio de llamarse “Estados Unidos”, Dibulla no era más que un corregimiento dentro de la provincia de Padilla. Padilla como el Almirante oriundo de esas tierras e inmortalizado en la canción del maestro Rafael Escalona. Padilla es la provincia de todos los clásicos, a la que le cantó Carlos Vives en 1993 y de nuevo en 2009, homenajeando a todos los juglares legendarios que han dado forma y vida al vallenato. Por los caminos polvorientos de esa provincia afortunada se escucharon las primeras melodías de las primeras historias cantadas. Fue en esos senderos olvidados que nació la leyenda, que de leyenda tiene poco, del hombre que venció al diablo con un acordeón. El Hombre era Francisco, Francisco Moscote Guerra, Francisco el Hombre.

 

Alonso Sánchez toma un sorbo de su café y mira al cielo, como queriendo recuperar la inspiración perdida en vidas pasadas; luego se voltea y me mira, le brillan los ojos, y cuando le brillan los ojos y empieza a hablar no hay quién lo pare.

 

De la leyenda de Francisco el Hombre hay muchas versiones, pero ninguna como la que me cuenta el curador Sánchez Baute. Resulta que Francisco Moscote nació en Riohacha, a mediados del siglo XIX. Se trataba de un muchacho delgado, no muy alto, de tez más oscura que el café de la Sierra, con una obsesión por divertirse y hacer reír a las personas.

 

Un buen día, el padre de Francisco llegó a casa con un instrumento que en esa época nadie sabía tocar, lo abandonó en una repisa y lo dejó a merced del polvo y los insectos. Muerto de curiosidad, Francisco lo tomó y lo tocó como si lo conociera de toda la vida. Sus dedos se deslizaban por las teclas y sus brazos se abrían y cerraban con una familiaridad asomborsa, como si nunca hubiese hecho otra cosa. El muchacho se dedicó entonces a recorrer los caminos y las tabernas de la provincia, llevando su música y contagiando de alegría a todo aquel que se le cruzara.

 

Una noche, haciendo el camino entre Dibulla y Lagunita, Francisco andaba tocando y cantando a las estrellas con su acordeón, cuando se dio cuenta de que alguien tocaba a su par y cada melodía la respondía con una mejor. No le importó que la oscuridad de la noche no le permitiera divisar a su contrincante, Francisco se enfrascó en la batalla musical más espectacular de todos los tiempos. Dos horas pasaron y aún perdiendo, el muchacho no se rendía, hasta que un rayo de luna iluminó al misterioso contendiente. Vio primero unos ojos rojos brillantes, luego cuernos puntiagudos y finalmente un cuerpo que le doblaba la estatura. Era el diablo, que se había cansado de la felicidad que el juglar llevaba a todos lados y había decidido acallarlo de una vez por todas, demostrándole que no era el mejor. Francisco miró al cielo, dijo una oración y sus dedos se movieron solos, y sus brazos se movieron solos, y de su acordeón salió la melodía más hermosa que se haya escuchado. El diablo no lo pudo soportar y tuvo que huir entre las sombras.

 

Al terminar de contar la historia, Alonso Sánchez toma aire, sonríe, se me acerca y dice en voz baja: “lo más increíble de todo es que es verdad”. No soy quién para dudar.

 

 

Fotografía tomada de: www.pixabay.com

 

 

De regreso en Dibulla, al frente de la plaza hay una taberna-cigarrería que se llama “La Cuna Original”. Encima de la puerta hay un letrero pequeño que reza: “Aquí sonó el primer vallenato de Colombia”.  Es un salón alargado hacia el fondo con un mueble enorme que hace las veces de mostrador y de barra a la izquierda, seis mesas redondas en fila en la mitad y otras tantas pegadas a la derecha. El muro de ese lado está repleto de fotografías, casi todas en sepia, descoloridas por el pasar de los años, en las que aparecen las personalidades más grandes de la historia del vallenato. Los acordeones de más renombre con las voces que han dado vida a las historias más extravagantes. A simple vista es posible reconocer al maestro Escalona, a Leandro Díaz, Emiliano Zuleta abrazado con Lorenzo Morales -una imagen que en cualquier esquina de Urumita daría de qué hablar-, Santander Martínez, Luis Pitre, el gran Chema Gómez -lo conocerán todos como el legendario Compa’e Chipuco-, Chiche Guerra y hasta Bienvenido Martínez Gómez. Tanto juglar reunido en un solo lugar puede resultar conmovedor, pero sobre todo curioso.

 

Doña Eugenia Riascos me ofrece una botella de cerveza fría, se sienta del otro lado de la mesa y me mira de arriba abajo. Ella es la dueña de 'La Cuna Original', un negocio que ha estado en su familia por cuatro generaciones. Su bisabuelo lo abrió cuando los pobladores extranjeros llegaron con sus carretas y sus instrumentos a llenar de vida la provincia.

 

Cuenta la anécdota que un día entraron los peliclaritos a la taberna y, al ver a la muchachada en silencio, el más intrépido y audaz se acercó al mozo de turno que limpiaba la barra y le dijo que a esta tierra, lo que tenía de hermoso le faltaba de musical. Un mancebo que no le llegaba a los hombros al peliclarito escuchó la sentencia y le dijo, tímido, que lo había visto tocar todas las tardes del último mes y le pidió que lo dejara tocar su acordeón. De sus dedos salió una melodía maltrecha pero atrevida y de su boca una historia cantada sobre amores y desencantos. El joven, dice Doña Eugenia, era José del Carmen Chema Moscote, el padre de Francisco.

 

Me llama la atención una de las fotografías de la pared, una más grande que las demás, adornada con firmas y mensajes en la que aparece un hombre ensombrerado, de anteojos delgados y sonrisa de medio lado. Está sentado en una de las mesas con una guitarra en las manos y lo rodean unas siete u ocho personas apretujadas para poder salir en la foto. Cuando Doña Eugenia me pesca mirando la imagen suelta una carcajada y me explica: “Ese es Carlos Huertas, fue la última vez que vino a Dibulla y todos querían aparecer con él”. Es que el Cantor de Fonseca siempre llevó a su pueblito original en el corazón, y a pesar de que la tierra que le dio su nombre lo hubiera acogido como propio, a nadie en Dibulla se le arruga el orgullo al decirse paisano del juglar.

 

La música de la provincia tiene una historia tan singular que no está documentada en ningún libro ni se puede consultar en una base de datos. Para conocerla hay que sentarse en una mecedora, cerrar los ojos y dejarse llevar por la melodía del acordeón.

 

En eso coinciden Doña Eugenia, Alonso Sánchez y el Compa’e Chucho, y no es sino escuchar la letra de la canción que tocó el Cantor de Fonseca en su última visita a Dibulla, esa que se llama como él, la que cuenta su historia. Porque su historia es la de la música que cantó toda la vida. El destino quiso que la historia del vallenato quedara grabada en forma de melodía y puso a Carlos Huertas a recorrer el mismo camino que su música. Nació en Dibulla, llegó a Lagunita de la Sierra de la mano de Francisco el Hombre y en toda La Guajira se hizo libre. Quien no sepa sabrá que los cantares atravesaron el Valle de Upar, el Magdalena y hasta Bolívar, pero la provincia será siempre una tierra desconocida para quien no se detenga a escuchar con el alma la voz del acordeón.

 

La provincia de Padilla ya no existe, su nombre se perdió en el tiempo y de ella sólo queda un recuerdo vago sin documentar y un legado eterno inmortalizado en las fotos de una pared, la música de un acordeón y el corazón cantarín de la tierra del olvido.   

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