La banda sonora de una historia prohibida

Los corridos prohibidos, que hace un par de décadas entraron en nuestra escena musical, son un referente de la identidad mexicana que caló en la colombiana. Entre letras controversiales y sonidos norteños se gesta esta música que reivindica a las clases populares.

 

 Uriel Henao en concierto // Fotografía de: Karen Guerrero

 

A las 10:19 p. m. Los Tigres del Sur subieron a la tarima. Lucían sacos rojos, camisas y pantalones negros y, cómo no, sombreros bien norteños, también negros. Empezaron a ensamblar batería, bajo, bajo sexto, acordeón, guitarras y trompetas, y las dos bailarinas tomaron posición. Abajo, mientras tanto, el público enloquecía. A las 10:33 p. m., la banda anunció: “Ya viene el rey, ya viene el rey de los corridos prohibidos”. De repente apareció él, seguido por gritos, aplausos y flashes de cámara. Llevaba un traje azul celeste, botas blancas, sombrero, reloj negro ostentoso y collar de oro y piedras con su nombre grabado: Uriel Henao. Saludó desde el escenario y, a lo mero macho, se acomodó el cinturón, saludó al público con su sombrero blanco, empuñó el micrófono y, a su señal, estalló toda la banda: “Llevaban un contrabando / con rumbo a Bucaramanga / dos mil kilos de la fina / allí tenían que entregarla / en una Kenworth plateada / la droga allí transportaban”.

 

El público también estalló de euforia. La cantaron toda. Era el 23 de marzo de 2018. Keops Bar, en la llamada Cuadra Picha bogotana, estaba repleto de enamorados —sobre todo cercanos al ‘tercer piso’ y cuarentones—, de familias que reunían a varias generaciones y de grupos de amigas, unas aparentemente universitarias y otras más cercanas al medio siglo, cantando una desilusión.

 

Bacardi, Ron Santa Fe, Buchanan’s, Sello Rojo y el infaltable Aguardiente Néctar presidían las mesas de los asistentes para que estos pudieran obedecer las indicaciones del rey. Y es que los corridos prohibidos, esa música de mafia, balas, droga, conflicto, dolor y pueblo, heredada de tierras sinaloenses, se pasan con tragos fuertes.

 

Entonces Uriel tomó un sorbo del vaso de whisky que le brindó la casa, volvió a su gente y dijo: “Por favor, todos vamos a empujarnos un trago”. Abajo, los fanáticos cumplieron, y él, desde arriba, complació a su gente y entonó: “Y ahora me encuentro en las montañas de Colombia / raspando coca porque no hay nada que hacer / sé que hay más niños en esta situación / y que solitos se tienen que mantener / a mí me llaman el hijo de la coca / no tengo a nadie, pero me sé defender”. El rey se inclinó, le puso el micrófono a su público y este le respondió cantando a todo pulmón la historia de tantos niños que se ven perdidos entre verdes cultivos malditos.

 

Los asistentes se dividían en dos: primer piso y palco. Los de abajo se levantaban de las sillas y otros se subían en ellas. Los de arriba disfrutaban desde los sofás, y los más animados se aferraban a las barandas. Abajo el protagonismo se lo llevaba el guaro; arriba, por $140.000 de diferencia, esas botellitas verdes de Buchanan’s. Allá, desde el segundo piso, una mujer zarandeaba una de esas botellas, gritándole al rey que por favor le cantara al amor. Entonces se volteó hacia su banda, abrió los brazos como quien lleva la batuta, marcó el ritmo con sus pies y ordenó: “Te amo”. Los hombres se calmaron, pero las mujeres quedaron extasiadas.

 

Tras la pausa romántica volvió a los corridos.

 

Esta es una canción que refleja el daño que los de arriba nos han hecho”, denunció el rey, y con una ovación el público lo aprobó.

 

Uriel no se podía bajar de la tarima sin entonar esa insignia de resignación que caracteriza esta música. Y con el fervor de un pueblo saciado, a una sola voz, con botellas y celulares en mano, se escuchó: “Son unas ratas, señor, son unas ratas / estas palabras las dijo un senador / mientras los pobres están comiendo mierda / los de allá arriba la tienen por montón”.

A las 11:43 p. m. la banda anunció el fin: “Ya se va el rey, ya se va el rey de los corridos prohibidos”.

 

Nacimiento de un sonido al margen

 

Era 1995 cuando Alirio Castillo emprendió el viaje que cambiaría su vida. Iba rumbo a Chinauta. Su amigo, Orlando Marín, para amenizar el trayecto, puso un casete pirata de Los Tigres del Norte, y sonaron esos acordeones agresivos que a muchos emocionan y les dan ganan desesperadas de un trago en cualquier cantina de pueblo: “Sobre mi tumba levanten / una cruz de marihuana / no quiero llanto ni rezo / tampoco tierra sagrada / que me entierren en la sierra / con leones de mi manada”. Emocionado, Alirio pidió prestado el casete; su agudo oído le decía que esa canción no era de Los Tigres. Su hábil mente le decía que allí estaba su próximo negocio.

 

Al regreso buscó a Fernando Sarmiento, director de Radio Recuerdos, y le pidió ayuda para conseguir la producción original. Descubrió que era del Grupo Exterminador, e inmediatamente llamó a Los Ángeles y contactó a Pepe Montaña, representante del grupo en Colombia. Consiguió US$5.000 y selló la compra de los derechos de autor de toda una producción, que varias veces había sido rechazada por lo que sus canciones relataban.

 

Corría el año 1995 cuando Colombia asimilaba que un presidente recibiera billetes verdes de narcotraficantes para financiar su campaña, mientras estos últimos atentaban por doquier y plagaban de temor y dolor a todo un país. Fue durante ese año cuando la mente de Alirio trabajó con más velocidad y empezó a idearse el primer volumen de corridos prohibidos en Colombia.

 

Fotografía de: Karen Guerrero

 

Alirio tiene 62 años, y la mitad de su vida ha estado dedicada a la producción y promoción musical. Es un hombre pequeño, con el cabello entre gris y blanco y usa unos lentes que parecen bifocales y no deja de pensar “qué es lo nuevo pa’ofrecer”. Fue fumador y bebedor compulsivo cuando las vacas gordas estaban de su lado. Chiquito, pero respetado. Amante de The Beatles, Iron Maiden, Led Zeppelin y Pink Floyd, pero defensor de la música popular.

 

Se sienta en la sala del estudio de grabación y con las trompetas de la Banda W. C. de fondo, con quienes trabaja en la siguiente producción, evoca cómo fue que se convirtió en el cerebro de la música prohibida, como lo califican los periódicos, los músicos y él mismo.

 

Fue linotipista y periodista empírico. Hecho en la calle. Cúcuta, Bucaramanga y Venezuela fueron testigos del atrevimiento de su mente. “Yo inventé el periodismo de farándula en Cúcuta”, alardea. Pasó por el diario La Frontera y por la revista Antena escribiendo sobre artistas nacionales e internacionales. Recorrió disqueras y productoras como Discos Tropical, Philips y Sony Music, posicionando músicos. “Me llamaban el oído de oro, porque todo lo que sacaba lo pegaba”, dice Alirio mientras esboza sonrisas.

 

Con la experiencia que había adquirido, quiso lanzarse al ruedo solo y en 1993 nació Alma Producciones, y con ella, la idea de posicionar a los artistas de música popular, quienes, como Alirio cuenta, eran tradicionalmente despreciados. Fue así como en 1995 nació Cantina abierta, su primer ‘hijo’: Un encuentro de artistas populares y rancheros más su experimento Cruz de marihuana y Pista secreta, del Grupo Exterminador.

 

Revolucionó. Según su relato, sacó mil discos y con tan solo tres llamadas a amigos de disqueras vendió 900. Entonces, convencido de que sus ganancias iban in crescendo inició la promoción única y, según él, más efectiva. Con la violencia a flote en el país, ningún promotor se atrevía a viajar, sobre todo a las regiones. Alirio sí. Tomaba una flota y una maleta cargada de sus discos y recorría las emisoras comunitarias del país. Boyacá, Cundinamarca, Huila, Tolima, Santander, Antioquia, Putumayo, Caquetá y los consentidos: Valle del Cauca y Nariño. Pueblos tradicionalmente fieles a la música norteña y también afectados por el conflicto.

 

El éxito de Cantina abierta volumen 1 lo obligó a buscar una oficina, un promotor y una secretaria; y lo llevó también a sacar el volumen 2 en menos de diez meses. Los buenos resultados hicieron que para 1996 varios artistas, con una pequeña y silenciosa trayectoria, buscaran al nuevo gran empresario e intentaran un salto a la fama. Así, poco a poco, se empezó a reunir lo que sería el volumen 1 de Corridos prohibidos de Colombia, cuyo nombre se copió de un álbum que Los Tigres del Norte sacaron el mismo año.

 

Para la portada del disco, Alirio pensó en Rambo y se inspiró en su aventura. Pensó en su país y recreó lo que se estaba viviendo: armas, explosiones y cargamentos. Pensó en el narcotráfico que estallaba y agregó carros, camionetas, caballos, avionetas y reinas de belleza. Quería un logo que incluyera agujeros de balas, como los que se veían en las señales de tránsito de Medellín, en las que los narcos practicaban puntería, pero prefirió no sobrecargar la cosa. Entonces, con un fondo rojo agresivo como las canciones, como el momento que atravesaba Colombia, remató el diseño.

 

Fotografía de: Karen Guerrero

Furia Norteña, Las Águilas del Norte y Uriel Henao con los Tigres del Sur se lanzaron al estrellato con esta producción. El 15 de marzo de 1997, con Corridos Prohibidos volumen 1, Colombia entró, oficialmente, a este particular mundo musical.

 

Vendió 5.000 copias en dos meses y la acogida entre las clases populares no se hizo esperar. Por las calles del suroeste del país se empezó a escuchar al unísono: “Nosotros los jornaleros / raspando coca sobrevivimos / en las selvas colombianas / nos internamos con mis amigos / buscando que la suerte un día nos cambie / y así de pobres algún día salirnos”. Uriel Henao, con El corrido del cocalero había llegado al corazón, pero sobre todo a los pies cansados y a las manos lastimadas de los que vivían de raspar la hoja de coca como la única salida para sobrevivir.

 

En 1996, el gobierno de Ernesto Samper ordenó la fumigación con glifosato para erradicar los cultivos de coca. Los raspachines, recolectores del cultivo, aquellos sin otra salida económica, faltos de oportunidades, periféricos y olvidados se agolparon en marchas en Caquetá y Putumayo. Los campesinos del sur de Colombia marcharon entonando a grito herido lo que los medios llamaron “el himno de los raspachines”. En ese momento, Alirio supo que algo estaba haciendo bien.

 

Crónicas cantadas

 

Lo que yo busco con los corridos es que la gente se sienta valiente, que aun siendo malandrines se sientan importantes. Esta no es una música para las clases altas, es la música que relata las vivencias del pueblo, es la voz de los de abajo”, expresa Alirio. Por eso, como él afirma, este género no se escucha en Bogotá, sino en los pueblos; no suena en las grandes cadenas radiales, sino en las emisoras comunitarias, esas adonde Alirio llegaba y llega aún en sus travesías de producción.

 

¿Para qué más hacer corridos? –le pregunto.

Para contar la realidad de los hechos, para que la gente no olvide —responde.

 

En ello coincide con Norberto Riveros, su compositor de cabecera, quien considera los corridos como “crónicas cantadas”. Un hombre alto, de contextura gruesa, de voz grave pero armoniosa, que usa mocasines, jean, camiseta polo y saco de cuero. Es un compositor de Villavicencio, orgulloso de su región y de los joropos que también escribe. Por eso, el sombrero que lo acompaña es llanero y no norteño. Viene de una región donde se acostumbró a ver, sin querer y con discreción, paramilitares y fincas de siembra de coca. “Para la ley era raro, pero para nosotros, ya era normal”, dice Norberto.

 

Aunque la versatilidad de su mano para componer lo hace creador de rancheras, vallenatos, merengues y salsas, siente un gran afecto por el género de los corridos que expresa el dolor de colombianos. Dolor que él también siente al empuñar el lápiz.

No es nada fácil ver un noticiero y escribir. Por ejemplo, escribiendo mi canción sobre la toma de Miraflores, no dejaban de llorosearme los ojos. Se me aceleraba el corazón.

 

Norberto ha estado al lado de Alirio desde que inició este recorrido; pedaleando al lado y expectante ante cualquier solicitud. “Él me dice: ‘Norbertico, vamos a trabajar sobre tal cosa’ y yo le hago”, cuenta el llanero, pues así es el modus operandi del pequeño bumangués. Alirio escoge los temas y los encomienda a la banda o compositor idóneo según la intención.

 

Más que narcos y drogas

 

Una vez Alirio y toda su gente notaron que había que trascender los narcocorridos y reconocieron la fuerza de su música para movilizar emociones en el pueblo, se arriesgaron con temas políticos y sociales. Entonces, Los corridos prohibidos volumen 3 sorprendieron por reducir las letras de narcotráfico y gritar por “las desidias del país”, como dicen ellos.

 

Así el país empezó a escuchar a Rey Fonseca hablando de corrupción: “Tengo mis amigos de la mafia / les doy mi mano en el extranjero / y por eso siempre en mis campañas / ellos me regalan su dinero / para que el pueblo siga diciendo / que yo soy el alcalde modelo”. Así también lo hicieron Uriel Henao, que le tiró a la institucionalidad con El policía torcido, o Norberto, con toda una lista de composiciones en las que incluyó versos críticos sobre prostitución, violaciones a menores, aborto, pedofilia, drogadicción, trata de blancas… “Es que, en temas sociales, lo que hay es tela pa’cortar”, dice el llanero mientras bebe café.

 

Y justo allí, los corridistas se exponen al peligro. Luis Carlos Guevara, compositor del Grupo Mezcal, consciente de lo que sus letras pueden suscitar, reconoce el riesgo de su oficio: “Hay corridos que son muy pesados porque generan controversia con gente a la que de pronto no le va a gustar. Si un corrido le cae a alguien, eso es delicado”.

 

Fotografía de: Karen Guerrero

 

No es extraño que estos músicos deban lidiar con el rechazo, la violencia y las amenazas. Por ejemplo, Norberto recibió varias llamadas anónimas a raíz de su canción sobre las declaraciones de Virginia Vallejo, cuando la presentadora dio información confidencial de Pablo Escobar. Y hace poco, cuando se encontraba en un centro comercial tomándose un refresco, una pareja se le acercó para intimidarlo.

 

—¿Usted es Norberto?, ¿el que compone corridos?

—Sí, yo soy.

—Usted no sabe quiénes somos nosotros —dijo la muchacha—. Si nosotros quisiéramos llevarlo amarrado, créame que ya lo habríamos hecho.

—Pues me encantaría. Me gustaría mucho que me explicara por qué me quieren llevar amarrado. Necesito saber quién y por qué.

—Es que usted con sus corriditos ofende.

—Si usted escucha mis canciones yo solo estoy narrando cosas que los periodistas callan por temor —concluyó Norberto.

 

Por su parte, Alirio fue “advertido”, como dice, cuando quiso, tras muchos intentos, convencer a varios artistas de publicar El perseguido, el himno de los paras. Al otro lado de la línea le dijeron: “Es mejor que se quede quieto, pueda que no pase nada como pueda que sí, pero si pasa algo, usted no se dará cuenta de qué lado venía el tiro”.

 

Pero así como los amenazaban, también los alababan, pues entre sus fanáticos más frecuentes estaban, por supuesto, aquellos que vivían en la ilegalidad. A través de intermediarios, los señores del mal les hacían saber que disfrutaban sus presentaciones. Así, los artistas de los corridos parecen caminar siempre sobre el filo de la navaja.

 

Por eso este género se gesta entre amenazas y censuras de los medios de comunicación y del mundo del crimen. Los primeros porque, como dice Alirio, no muestran ni les gustan los “temas pesados”; los segundos, porque en esta música, como en la guerra, hay bandos (y por eso también hay corridos de paramilitares, guerrilleros o narcos) y las letras tocan fibras.

 

Otra memoria del conflicto

 

Tras el éxito del primer volumen, el bolsillo de Alirio se ensanchó con $100 millones en ventas los primeros meses. Sin embargo, cuando el volumen 2 estaba en su furor, la piratería los azotó. Los ingresos bajaron de 100 a 70 millones, luego a 30, y así hasta que el saldo rojo se asomó. No obstante, el productor tiene más de 600 corridos grabados y nuevos proyectos girando en su cabeza. “Los corridos hacen parte de lo que soy, no los puedo abandonar”, dice.

 

Alirio vive en un pequeño apartamento de Kennedy y allí también funciona Alma Producciones. Ya no hay sedes alternas ni una empresa con 20 empleados, solo un Mac de escritorio, un computador Kalley, un televisor, un quemador con seis bandejas y dos impresoras de cidi. Ahora Alirio Castillo mira hacia atrás, pero también hacia adelante. Tiene en su escritorio una colección de los diez primeros volúmenes y con alegría va poniendo uno y otro. “Se me eriza la piel”, dice.

 

Los pone a alto volumen. Escucha concentrado y mirando hacia la ventana de su sala. Solo le baja un poco para evocar anécdotas de las canciones o hablar de su nuevo hijo: Corridos alterados volumen 1. Cambiaron el acordeón por la tuba. Ya no son cuatro músicos, es una banda de 18. “Un lenguaje menos agresivo, un lenguaje para jóvenes”, asegura.

 

Luego de 19 volúmenes, la oferta se expandió. Por eso, Luis Carlos Guevara compuso para Mezcal canciones sobre Fujimori, Pinochet, David Murcia y, la última, la crisis de Venezuela. El conflicto ya no está dando tanto de qué hablar. Sin embargo, hacer memoria por medio del sonido de un acordeón y una batería es una manera de construir nación, como dicen sus defensores, porque detractores tiene muchos.

¿Los corridos son apología al narcotráfico? —le cuestiono.

Si El Tiempo saca una crónica de Pablo Escobar, ¿yo por qué no lo puedo hacer con música? —concluye el productor–. No hay corridos ‘rosa’, lo que se narra es desastroso. Mi objetivo es decir las cosas para que la gente no lo olvide y para que no se repita.

 

 

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