Fabio Abreu lleva puestos en sus manos unos guantes tan verdes como los ojos de la gata blanca que lo acompaña, Lupe. Toma un trapo gastado y lo humedece con un líquido incoloro de una botella Gatorade. El olor es fuerte como el de la gasolina. Enciende la máquina impresora, una AB Dick, que dice tener hace 25 años. Suena. Duro. Suena. Limpia con el trapo los gruesos rodillos, la guía de papel y la tabla de alimentación; los puntos por donde la tinta azul pasa. Repite maquinalmente este proceso de limpieza dos o tres veces por día.

 

Fotografía tomada por Lucas Herrán

 

-Salí de Málaga, Santander, cuando era muy joven, vine a Bogotá con mis padres. Teníamos unas máquinas tipográficas, pero no conocíamos el mercado y mi papá empezó a venderlas. Un tiempo después llegamos a la 19, donde alguna vez hubo unas casetas muy rudimentarias sobre el andén. Ahí duramos como 15 años. Se hizo un cuento cultural muy lindo: se vendían libros, discos, se hacía tipografía. Había mucho amigo del arte. Fue un espacio muy delicioso. Sin embargo, hubo ciertas personas que decían que se vendía droga, que había ladrones. Usted sabe que cuando la comida está fresca, siempre llegan los mosquitos-.

 

Los amarillos marcos de las ventanas y el letrero que reza ‘Gráficas Fanel’ resaltan sobre la violeta pintura de la fachada; tiene los mismos colores del pensamiento, la flor favorita de Fabio. La casa tiene dos pisos; arriba los cuartos, abajo el taller, la cocina y el mostrador.

 

El mostrador es una explosión visual; una pared amarilla con dos grandes cuadros miran a una guillotina de papel de inicios del siglo XX, un cuaderno de Mafalda, sobre una pared naranja conviven colgados Vermeer, Escher, Keith Richards, Chaplin y Kahlo. Bajo estos cuadros, una silla café con un cojín verde y al lado la cama de Lupe y Pancho, el otro gato.

 

El taller no mide más de veinte metros cuadrados. La verde máquina AB Dick que imprime libros, agendas, pentagramas, bitácoras, facturas, separadores, y una numeradora ocupan casi la totalidad del espacio. El olor a tinta y a limpiador son moradores permanentes. Un reducido baño completa el espacio.

 

-Andrés Pastrana, alcalde de Bogotá en ese entonces, nos sacó de la 19 y nos envió a un sitio que se llama el Centro Cultural del Libro en la 8ª con 15. Entonces nos dieron unos espacios muy pequeños, como de dos por dos, porque nosotros éramos informales. Intenté hacer tipografía pero no funcionó. Yo estaba con Jorge Ramírez, el creador de la Librería el Dinosaurio. Ambos decidimos irnos de allá y así es como llegamos a esta casa. Él se fue un tiempo después y yo me quedé acá con el taller-.   

 

 Fotografía tomada por Lucas Herrán

 

 

Suena un timbre, se abre la puerta de la casa y entra alguien.

 

- ¿Y qué se toma, ala, un tinto?-, le dice Marta Patricia, la compañera sentimental de Fabio, a quien acaba de entrar. 

 

-Sí, señora-, le responde ese alguien. 

 

-Venga, venga que aquí echamos tinto-.

 

Pancho, el gato gris de Fabio, tiene la boca pintada de azul como el color de los sellos que fabrican. «El sello» dice Fabio «tiene un proceso muy simple. El diseño se hace en computador y luego se imprime digitalmente. Esa impresión se pasa a un caucho y con unos químicos queda listo. Todo el proceso es muy manual, obviando el computador, ya que no se usa impresión digital. Es un taller artesanal.

 

-Los artesanos estamos en vía de extinción. Vivir de la impresión es difícil. Antes trabajaba y se ganaba dinero. Ahora uno tiene que trabajar el doble para sobrevivir. Es jodido. Es posible que se acabe este cuento de las artes gráficas, pero todavía quedan románticos como yo.  ¿Conoce usted a Juan Manuel Roca? Es un poeta colombiano, somos amigos-.

 

 Fotografía tomada por Lucas Herrán

 

 

Fabio responde a una de las preguntas del cuestionario Proust que no tiene un color favorito. Todos le gustan. Se dice a sí mismo que es un colorido.

 

- Estos tipos me han metido eso en la cabeza ¡Qué tipos, ¿no? Ese Matisse, ese Miró-, dice Fabio mientras ríe.

 

Pintores como Andrés de Santa María y Guillermo Wiedemann, y escritores como José Cuervo, José María Vargas Vila y Soledad Costa de Samper han sido homenajeados por Fabio. En su honor no solo cubre las paredes de su casa, sino que hace separadores, bitácoras y cuadernos con sus obras y frases.

 

-Lo que pasa con los homenajes es que va por nuestra cuenta. Pero no importa, tratamos de hacerlos para que la gente se entere del arte. La mayoría de los cuadernos que venden las grandes empresas ponen a Shakira o a Batman en sus portadas. Entonces dijimos; si tenemos arte, pintura, escritores, personajes como Mafalda, Kahlo, James Dean por qué no plasmarlos. Lo hicimos y les gusta. Porque es atractivo que la gente tenga un cuaderno de Chagall o Van Gogh, ven el color, la forma. Da alegría-.

 

Fabio Abreu, tras sus delgadas y cuadradas gafas, mira la ventana que da a la calle 45 con carrera 20. El artista gráfico de la casa morada con alfeizares amarillos convive con escritores y pintores en sus paredes. Su impresión artesanal resiste la invasión digital.

 

-Lupe y Pancho son los dueños del negocio, nosotros solo somos transeúntes-, dice Fabio mientras los mira. 

 

 Fotografía tomada por Lucas Herrán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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