Son las 11 de la mañana y no hace falta decir qué hace la mayoría de gente a esa hora un viernes. Esa mayoría -ya sea estudiante, oficinista o empresaria- lleva máximo siete horas despierta y a lo mejor está pensando sobre la fiesta de viernes por la noche. Pero hay otra minoría que lleva 15 horas de pie, con un aguante que deja mal parado hasta a los ravers de elite. Cada paso, cruzada de piernas o cambio de posición es un gasto de energía que siento con intensidad creciente. Las vértebras parecen rozarse, en los talones hay punzadas frías y las rodillas se vuelven de gelatina. Frente a mi cuerpo desgastado pasan con frecuencia tres espartanas con escobas en vez de lanzas. Las escobas golpean constantes, a veces más rápidas, a veces más aburridas, pero siempre con vigor. Fingiendo resistencia le pregunto a Yaudith:

 

-¿Cómo van hoy? ¿Si cree que se demoren lo normal?

-Sí, yo creo. Ya casi vamos acabando.

Baños Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

Pero su noción de “ya casi” era más amplia que la mía. Después de una hora veo el reloj y sin darme cuenta, pierdo la consciencia sobre un sofá. Minutos después, esta costeña risueña me despierta para decirme que ya terminaron. Llevan más de 14 horas trabajando y aun así, sus movimientos son suaves y precisos. Ni una señal de agotamiento. A las 12 del día sale la última persona de esta casa negra que pasa desapercibida cuando la luz fuerte de la mañana pega en ojos cansados.

 

 

16 horas antes, cuatro mujeres estaban llegando a la calle 33 en Bogotá. Frente a ellas, una larga y empinada calle con los cerros oscuros al fondo. Quienes frecuentan esta calle las noches de fin de semana, acostumbran verla poblada de gente ansiosa de fiesta esperando en fila sobre el andén de una casa negra. Pero cuando ellas llegaron el andén estaba vacío y la puerta de la casa esperando abierta. Al entrar y saludar, fueron a un cuarto, igual de negro a la casa, pero donde la fiesta se convierte en brega.

 

El lugar es negro por dentro y fuera. Hay unas cuantas luces amarillas perezosas por los pasillos y en el suelo asientos que difuminan la luz amarilla en su cuero tenso. Las texturas lisas de paredes y techo, y las luces de discoteca crean un ambiente de nave espacial. A las ocho de la noche, este club no es el lugar que normalmente sacude los tímpanos. Solo se siente el suspiro hipnótico del aire acondicionado. Hay suspenso y el vacío desorienta.

 

Más atrás, la estética futurista da paso a una terraza con techo de cristal y piso de madera negra. Es mitad colonial, mitad industrial. Las paredes son de ladrillo gastado con columnas y ductos de metal oxidado recorriéndola. En la mitad del ruedo está el eucalipto emblemático que, con la fórmula química adecuada, se cubre de un aura mística indescriptible. Da energía al lugar y potencia el efecto de la música que se emite desde su base. Quienes conocen el árbol lo recuerdan bañado por una luz morada o roja, otros dicen que también puede que sea amarilla.

 

 

 Entrada a Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

Entre 10 y 11 de la noche van llegando los primeros cuerpos danzantes. A estos no les toma mucho tiempo entrar. Es normal que, después de las 12, la fila pueda tomar hasta una hora, y eso, si se pasa el filtro. Al entrar, una recepción de paredes de metal oxidado es preámbulo para las almas con premura. Pasan el dinero y el segundo examen: la requisa. Después se topan con una ventana que da a un cuarto negro de luz blanca cuyas paredes, cubiertas por bolsos, chaquetas y ganchos, dividen al que disfruta del que trabaja.

 

La oscuridad uniforme rodea la “oficina” de Luz Edith Andrade, o Doña 'Luchi', como la llaman de cariño. Detrás, hay otra luz casi tan potente como ella. Es blanca e impide detallar la cara de la primera. El efecto de contraluz deja a los clientes desorientados frente a una silueta negra con cabellos cortos y crespos, cuya expresión es difícil de adivinar. Aunque cerrando un poco los ojos y con concentración se puede empezar a ver el rostro de la encargada de este pequeño panóptico con funciones de guardarropa. A veces no saben si saludar. Algunos solo callan, otros pasan el dinero, otros saludan y preguntan cuánto vale guardar su chaqueta o su bolso, pero, en general, casi todos tienen una cara de pasmados, con sus ojos abiertos y confundidos, sin saber a dónde y cómo mirar y sintiéndose siempre observados. Observados por Doña Luchi y por una cámara de seguridad que monitorea cada movimiento, mientras esta mujer de mucha experiencia saluda con una sonrisa que no se ve.

 

Los cerca de mil pasajeros que llegan a esta nave -por delante espacial y marítima atrás- con frecuencia y tal vez por presión, se apresuran en sus palabras y acciones, abandonando a Luchi rápidamente, como en una cadena de montaje, y adentrándose en la oscuridad del main room. En el color negro infinito de las paredes aparece ocasionalmente una luz amarillenta, pálida, con forma de puerta. Tiene un aura de secretismo y la custodia permanente le infunde un aura de respeto. Pasan por ahí algunos meseros, hombres de seguridad, deejays, socios del lugar; personal autorizado. Junto a esta puerta se encuentra el segundo filtro del lugar, que se encarga de poner orden -dentro de ciertos límites- a este exclusivo cuarto que, además, posee una escalera de acceso al verdadero cuarto panóptico: la oficina. Un lugar oculto a miradas ajenas, que contiene los ojos y la mente de Baum. Justo debajo de ésta se encuentra el ‘subpanóptico’ de Doña 'Luchi' y para entrar se topa uno con Yaudith, la responsable del baño VIP.

 

Es una costeña de risa frecuente y mirada suspicaz. Prefiere los géneros musicales de la costa, pero no le cuesta aguantar el techno y los géneros diversos de la multitud danzante. Desde donde está Yaudith, aproximadamente a unos 11 choques de hombros y 7 pisotones del público enceguecido y/o desprevenido, llega uno a un pasillo negro que al final deja pasar la luz rojiza de la terraza. Antes de llegar a esta hay un pasillo, perpendicular al principal, en donde se mezcla con intensidad la música de ambos lados, pero se separan las personas dependiendo de su sexo. Aunque a veces no hay mucha voluntad de cumplir esta convención, por lo que Gloria Álvarez y Estela Macea tienen que estar atentas a cualquier intento de violar esta norma. Además de eso tienen que velar por la higiene de estos cuartos de estilo subterráneo y por el cumplimiento de otras cuantas reglas básicas de conducta. Pero en vista de su falibilidad, constantemente se enfrentan a clientes que -por ignorancia, olvido o manipulación- tratan de salir de los baños con sus botellas ilegalmente llenas. Tampoco es extraño sacar parejas, tríos y cuartetos de los baños. Para cuando estos son descubiertos, ya están vestidos, entonces “no es tan grave”, dice Gloria. Pero la ley, al igual que en el resto del país, depende de quién la viola, pues si son tres clientes fieles los que se meten al baño, por cortesía, se les deja terminar.

 

 Baño de Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

Para alguien de mente abierta no es grave enfrentarse a estas situaciones. Pero estar frente a la muerte siempre será complicado. Gloria cuenta que unas veces -no dice cuántas, sólo enuncia el plural- ha tenido que encargarse de algunas sobredosis. Cuando las personas se sienten muy mal, es a ella a la primera que acuden. Tal vez por su aura maternal, tal vez porque no ven a nadie más. Ha tenido que cargar desmayos y encontrar cuerpos con bocas espumosas, que son enviados de inmediato a la clínica. Christian -un hombre alto y de uniforme negro, encargado de seguridad- comenta que “a veces la gente no se controla y se los ve ya en los sofás o en los baños a punto de convulsionar”. A estos -al igual que al jíbaro desprevenido que trabaja sin precaución- inmediatamente se les saca y se les busca un taxi certificado por el lugar con destino a la clínica La Perseverancia. Lo último no aplica para dealers.

 

De esto último, Estela -la menos experimentada- parece no saber, o evita mencionarlo. Es claro que no le ha tocado ninguna sobredosis y no cree que le tocará. Cuando se le pregunta si hay algo que le de miedo de su trabajo -con una expresión de asco, pero riendo - responde: el vómito de los borrachos. No lleva más de un mes trabajando aquí. Llegó por recomendación de Gloria -su vecina de varios años- y aún no tiene la capacidad de ignorar la sensación del bajo retumbándole en la boca del estómago.

 

Gloria, Estela y Yaudith son tres costeñas que llegaron a este frío paraje por necesidades económicas. Las tres tienen hijos y más de 30 años luchando la vida. Las tres tienen experiencia trabajando con niños y eso parece servirles ahora. A ninguna le gusta la música que ponen en su trabajo y todas coinciden en que la experiencia de trabajar en Baum les ha cambiado su forma de ver el mundo. Sienten que, de alguno u otra forma, han aprendido.

 

Gloria lleva ocho meses aquí. Inició reemplazando a otras empleadas de servicio y llegó recomendada por su cuñada, Doña 'Luchi'. Tiene dos hijos de 19 y 23 años. Cuando llegó de Plato, Magdalena, tenía cuatro años menos que su hijo menor. De niña sus padres se fueron para Venezuela en busca de oportunidades y la dejaron a cargo de otra familia, a la que enviaban una cuota de manutención. Un día dejaron de enviar dinero y Gloria tuvo que partir sin mucha dificultad. No volvió a verlos. Supo que su padre murió hace cuatro años y de su madre nunca supo más. Su primer trabajo fue de interna cuidando niños en una casa de familia. Después de eso pasó por algunas empresas hasta que llegó a cuidar a los niños y baños de este club nocturno. Dice que le gustaría no tener que dejar a su familia por las noches, aunque los asistentes la tratan con calidez y familiaridad. Un joven se le acerca y la llama madre. Ante mi extrañeza, ambos me comentan que él estudia con su hija y de cariño la llama “madre”, y ella, mientras le besa la frente y lo abraza, lo llama “hijo”. Hay afecto real.

 

Entre semana ayuda a su esposo que trabaja en una empresa de ascensores y la quiere con celo. Y a pesar de que no tiene contrato fijo, sí tiene seguro en sus planes montar un negocio de repostería el próximo año. No es muy conversadora, aunque antes de trabajar aquí era más tímida. En los últimos ochos meses su trabajo la ha hecho abrirse más. Ha aprendido a conocer a las personas y estas le han enseñado ciertas cosas que son transversales a los jóvenes de todo tiempo, lugar y clase. Desde antes estaba acostumbrada a la diversidad sexual de otras personas y lo único que veía de “anormal” en los gais era su excesiva amabilidad. No obstante, para ella, el día más pesado del año es cuando se realiza la fiesta gay. Además, dice “duele ver a tantos jóvenes perdidos en sus vidas, en la droga. Duele escuchar las historias de algunos que no llegan a sus casas por una semana; por andar de fiesta”. Le duele, sobre todo, que a muchos padres no les importe como le importa a ella.

 

Baño de Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

Su vecina, Estela, lleva casi un mes trabajando los sábados. Su hijo está en un colegio que era de concesión con el distrito. Ahora le cobran la matrícula completa y necesita ingresos extra. Antes solo trabajaba en una casa de familia. Ahora gana 80 mil pesos adicionales por trasnochada de fin de semana, aunque su hijo no está muy de acuerdo con esta opción.

 

Llegó a Bogotá a la misma edad que Gloria y a hacer lo mismo que ella. Es la tercera de 14 hermanos, huérfanos de padre desde que ella tenía siete años. La artritis de su madre le impedía obtener suficientes ingresos para mantener la familia, por lo que con 15 años se fue de la capital de Córdoba para cuidar niños en la capital de Cundinamarca y poder aportar algo de dinero a su casa. Ahora lleva dos años siendo huérfana de madre. 22 años después, tiene su propia familia. Su hijo pronto se va a graduar del colegio y quiere hacer parte de las Fuerzas Armadas. Le encanta investigar del tema y como la vida está repleta de ironías, su interés principal está en la guerra contra las drogas. Para mantener estos sueños, su madre se tiene que aguantar las ganas de cumplir el rol de mamá antinarcóticos cuando cuida jóvenes los sábados. Si hay algo ha aprendido en su nuevo trabajo es a ser tolerante, paciente, tranquila. Antes le incomodaba la homosexualidad, no sabía que estas personas la podían llegar a tratar tan bien. Ahora, dice, hasta le parecen chéveres y se pregunta a sí misma “¿Yo por qué pensaba así?”. A pesar del poco tiempo también ha hecho amigos y ha aprendido de ellos. Algunos hasta le piden consejos y prometen que pondrán un poco más de orden a sus vidas. Pero al siguiente fin de semana los vuelve a ver. Pensando sobre esto dice que la destrozaría ver a su hijo en esa situación. Por él, ella aguanta el techno que le retumba en el pecho y se le queda en la cabeza después del trabajo.

 

 Baño de Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

Quien menos tiempo lleva en Bogotá es Yaudith Bautista. Llegó de Santa Bárbara de Pinto, Magdalena, hace un año. Al principio vivía con su hermana. Duró los primeros tres meses sin empleo. Cuando empezó a trabajar se mudó sola, y ahora espera conseguir los ingresos suficientes para poder traer a sus tres hijos y su madre a vivir con ella. Actualmente, este es su único trabajo y dos meses después me contaría que no tiene dinero suficiente para pasar la navidad con su familia. También le gustaría poder continuar estudiando. Entre sus planes está aprender sistemas. Tiene una carrera técnica, pero esta no le ha permitido conseguir un mejor empleo. Sus hojas de vida todavía no encuentran un puerto estable. Sus palabras la hacen ver cansada de la situación, pero tiene el don de poder contar las mayores desgracias sin perder su carisma y alegría.

 

Si se le pregunta qué ha aprendido en los cuatro meses que lleva en su puesto dice “para mi esto era extraño, uno ve muchas cosas y…”. Calla y suelta una risa de complicidad, y con sus ojos me dice que yo debo saber completar la respuesta. Ha aprendido de los clientes, pero es incierto si ellos lo han hecho de ella. Algunos pocos sí consideran su trabajo y les hacen preguntas, se esfuerzan por conocerlas. Intentan saber quiénes son las personas que los acompañan en este íntimo lugar, en momentos de apertura a charlas igualmente cercanas.

 

Fiesta en Baum. Fotografía tomada por Juan Sebastian Solis

 

 

Es mañana de viernes y la fiesta termina a las seis de la mañana. Ben Klock atrajo cientos de almas que ahora, transformadas por la mística y la química, abandonan el club lentamente. Muchos cansados, otros con energía para largo. En el piso solo queda un campo de baile repleto de pequeños cadáveres de vidrio y plástico que poco a poco van siendo apilados en montoncitos. Hasta parece bella esta obra de arte involuntaria, llena de colores, texturas y pequeños reflejos de la escasa luz que hay. Los cuerpos inertes se guardan con una paciencia nostálgica en bolsas grandes negras. Yaudith está cansada, pero concentrada en su labor. No da espera un segundo.

 

Los últimos clientes salen pateando y pisando sin interés a las pequeñas víctimas de este ritual de gozo, pasión y enajenación. En la terraza, Gloria, con un aguante sobrehumano mueve un bafle más grande que una lavadora para barrer debajo. Luego se agacha y saca la basura que queda entre las ranuras del piso de madera, no más gruesas que un lápiz. Para esto, se vale de un palito de bombón que encuentra en el piso. Saca la basura atascada con precisión, y parece dando rápidas y sutiles pinceladas en el suelo, que resultan en una pirueta de chicle, colilla de cigarrillo u otro palito de bombón.

 

Yaudith, concentrada en su arte, levanta la cabeza un momento y sonríe al conectar una mirada con otro empleado. La luz invade con intensidad creciente la cubierta de este navío con cada vez menos tripulantes. Gloria viene desde el main room encaminando los restos de fiesta hacia el final del túnel, donde se encuentra la bolsa que los sacará de este pequeño mundo. El aire acondicionado se escucha mucho más fuerte que antes de empezar la noche. La música está atrapada en un eco que rebota entre las paredes de la mente. Tras barrer la terraza, dan unos últimos retoques con unas espátulas inclementes que revelan el color natural de la madera cuando los chicles obstinados no quieren salir y toca arrancarlos con fuerza. El ritmo constante de la música da paso a este martilleo -o mejor, espatuleo- enérgico. En el main room la situación es la misma, se amontonan pelotones de basura uniformada de distintas marcas, como soldados de varios ejércitos reunidos en un mismo destino final. Cuando trapean la terraza la madera negra se vuelve de un negro más oscuro, y cuando se trapea el main el olor a varsol y el color del suelo hacen creer que lo acaban de embetunar.

 

En el baño se oyen golpes de madera contra cerámica y metal. Luego hay fuertes chapuzones de agua-jabón contra las paredes. Todo esto va acompañado de un sonido de fondo que asemeja la cascada de un riachuelo. Es un balde llenándose. Gloria se apresura por terminar. Debe irse temprano. Tiene turno en otro lugar de 12 a 2 de la tarde. Cuando se va, se despide de Doña Luchi y Consuelo. La última ayuda generalmente a limpiar por las mañanas, no se la ve mucho por las noches.

 

Al igual que 'Luchi', Consuelo conoce a los dueños del club de varios años atrás, cuando existía Cinema. Es igual de experimentada, aunque habla más que su compañera. Doña 'Luchi' es reservada. Los otros empleados del lugar me dicen que es como la mamá de todos. A Camilo, el bouncer, se le ve visitándola frecuentemente antes de que abran. También a Rafael, un costeño alto y serio -por oficio- que, cuando charla con Luchi se ríe con relajo. Todos la saludan y la quieren. Es como una mamá que ama en silencio, pero no a todos. Hay que ganársela.

 

 Entrada a baños de Baum. Fotografía tomada por Juan Solis

 

Consuelo me pregunta -como si estuviera contando un chisme- que si yo sé que ella y 'Luchi' estudian en el SENA. 'Luchi' está en tercer nivel de sistemas y ella está haciendo un curso de inglés. Estudiar, para ella, es un hábito, no es un interés que surge con los años. También dan clases para aprender a hacer muñecas. Su relato termina porque quieren terminar rápido y hay mucho por hacer. Pero remata: “Ahí le cuento un par de cositas para que conozca un poco más de la vida de estas amas de casa”.

 

Ellas van y vienen trapeando, barriendo, llevando bolsas, vasos, botellas vacías y medio llenas, baldes y traperos. Van con energía y entereza. Y un fiestero que en algunas ocasiones había bailado hasta bien entrada la mañana, ahora le costaba seguirles el paso a estas mujeres que con feroz resistencia se ganaban cada peso de su sueldo y, aun así, esto no era suficiente para reconocerles su trabajo.

 

Yaudith pasa tres veces frente a mí en menos de un minuto. A la cuarta la pregunto:

-¿Qué hora es? -Ella ríe y me devuelve una pregunta-afirmación.

-¿Está muy cansado?

 

A las 12 y 14 del día, Doña Luchi es la última en salir de Baum acompañada por Consuelo y Yaudith. Gloria ya debe estar trabajando. La calle vacía ahora está habitada. Hay obreros, ejecutivos, vigilantes, vendedores de lotería. Ellas tres se camuflan perfectamente entre los seres diurnos; mi cara, no tanto. Su noctambulismo no se les nota. Caminan sin prisa o cansancio, atraviesan la carrera séptima y en la estación Museo Nacional se pierden en una multitud anónima para ir a descansar un poco. La fiesta del sábado ya no va hasta las seis, sino hasta las ocho de la mañana y las amas de casa se demorarán un estimado de seis horas más arreglando el desorden que dejan sus hijos adoptivos.


 

 

 

 

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