Orgasmos desde el 85': Cinema porno Pussycat

Esto me recordaba al instante en el que nos conocimos, un poco difuso entre el alcohol con la niebla natural de su efecto. El lugar en el que me encontraba también paralizaba mis sentidos como tú aquella noche, aquel lugar tampoco tenía luz como mis ojos cuando me encontraste perdida.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

El aire también olía a cigarrillo, olía a un espacio viejo que se intentaba rescatar. Tenía un pequeño letrero construido con tabúes más grandes que el mismo teatro, una puerta bastante ancha pero poco visible para los transeúntes de la carrera séptima. Al igual que tu cariño, era algo intrigante y reflejaba algo moralmente prohibido. Al igual que nosotros era ignorado por los que van de prisa, pero ahí estaba edificado hace un siglo.

 

Y todo me recordaba a ti. Caminé una estrecha rampa hasta llegar a una pequeña taquilla que parecía una vitrina de feria de los años 50. Había una luz amarilla sobre mí, y me hacía sentir especial, única bajo el reflector.

 

Miré hacia un lado, había una mujer ligeramente desnuda que me seguía con una mirada penetrante, llena de lujuria, solo que esta vez estaba dentro de un cuadro y no entre tus brazos. Volví a girar la cabeza y me topé con una cara hostil, unos ojos cansados, perdidos entre las arrugas. Estaba concentrada en su rostro lleno de aburrimiento, ese cuerpo que dentro de la taquilla parecía una marioneta desgastada y de repente me dijo:

 

-La cédula por favor- salían las palabras de forma tosca por delante de sus dientes manchados y casi 60 años de veteranía.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

Ella parecía más interesada que tú cuando me conociste, al menos le preocupaba mi edad para dejarme entrar a ese lugar tan oscuro. Recibí la cédula con temor y mientras me concentraba en guardarla bien, el sórdido tono de voz de la mujer me pidió ocho mil pesos, lo que cuesta la entrada al lugar. Saqué el dinero con cuidado de mi bolsillo, no quería cometer el error de dar más de la cuenta a alguien que no lo merecía.

 

Para tu sorpresa esta vez estaba acompañada por otros hombres, tres exactamente. Manuel, David y Andrés; iban detrás mío para cuidarme y aunque no eran mucho de tu agrado son quienes me resguardan ahora del polvo que guarda el lugar desde 1985. Caminé un poco más rápido dejándolos a ellos atrás, tenía curiosidad, ya sabes como suelo ser cuando algo me intriga. Mientras caminaba a lo que parecía una cafetería, una señora me detuvo.

 

- ¿Usted viene con los jóvenes? – dijo con voz aguda pero firme. No pude despreciar que mientras me hablada en la otra mano tenía una escoba con la que barría enfrente de la vitrina de la pequeña tienda.

 

-Sí, vengo con ellos tres- Le dije con un tono un poco nostálgico y tímido

-Si vienen los cuatro les toca arriba- Continuó la señora mientras nos miraba de una forma particular, ya sabes, como cuando no te importa algo, pero igual estas pendiente.

 

Así fue como obedecí a la señora y subí las escaleras del teatro. Tap tap tap, sonaban mis botas negras sobre el piso de baldosa percudida, esas botas que tanto te gustaban. Mis amigos venían a mi lado caminado lentamente.

Llegamos a la entrada de la sala. Empecé a caminar en un pasillo oscuro, ni una luz más que la de la pantalla y la del letrero rojo de no fumar, por un segundo olvidé dónde estaba, me sentí perdida por ese negro camino. No, no eras tú, no era tu habitación, no éramos nosotros. Era yo y mis tres amigos tratando de buscar una silla en medio de la ofuscación. Éramos cuatro amigos en Esmeralda Pussycat, y sí, estaba yo sin ti en un lugar donde el erotismo se condensa en una cinta mal grabada y en cuerpos externos, no en nosotros. Y éramos cuatro amigos, tu ausencia, una cinta vieja y un cinema porno en la ciudad de Bogotá.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

Mis manos se movían en el aire, te buscaban, o quizás buscaba algo más en qué apoyarme. Caminé al menos tres metros y con la timidez de la primera vez me senté con la espalda recta en la primera fila, en las sillas de madera vieja recubiertas de cuero.

 

-¿Y mis amigos? – me pregunté agitada. Allí se acercaban. Venían detrás mío, por si me caía, por si me perdía.

 

Mi concentración estaba puesta en el mal sonido de la cinta, era lejano. Trataba de entender el video, iba en la mitad cuando puse mis ojos en la pantalla. Pretendía ver la función que comenzaba a las cinco de la tarde, un error, no habían funciones en Pussycat, no habían horarios, ni cronogramas. Eran videos continuos, que no se detenían así alguien llegara tarde, que no hacían pausas si alguien quería salir a fumar un rato o tomarse un café de la pequeña tienda. Era una cinta que solo se detenía de tanto en tanto cuando el dueño subía a cambiar el rollo, eran videos casi sin fin con porno de mala calidad, era yo con tres amigos tratando de entender el video, tratando de entender tu desinterés.

 

Luego de 15 minutos, tenía más sentido aquella proyección, la cinta, nosotros. No era morbo, nunca fue así, ni tampoco una dependencia hacia las costumbres, era una adicción a una forma de vivir el placer, el sexo, el orgasmo. Porque éramos nosotros sin fuerza narrativa, como aquel video, pero te puedo asegurar que tanto allí como en nosotros él producía el deleite más sincero, nos convertimos en una heterotopía carente de lógica, donde se finge querer y no saber, en donde se simula pensar. Y un beso, dos, tres, la cara de placer del hombre del video lo hace parecer adicto a esa mujer. 

 

 

Mis ojos hipnotizados por la pantalla volvieron a concentrarse en la oscuridad del entorno, David agitó mi brazo de forma desaforada. Mientras le ponía cuidado se fue perdiendo también el sonido entrecortado de la cinta y el olor a húmedo del ambiente. David seguía moviéndome el brazo tratando de llamar mi atención. Volteé la cara y le pregunté qué pasaba. No tuvo que decir nada, sus ojos en éxtasis y sus pupilas dilatadas me lo decían todo. Ambos notamos que el sonido de placer se hacía más claro, el goce no está enfrente de nosotros proyectado sobre un lienzo, estaba detrás envuelto en tres cuerpos.

 

Le advertidnos a Manuel y Andrés, y los cuatro sin pensarlo más que unos segundos giramos la cabeza simultáneamente. Estábamos contemplando una fotografía erótica viva, de carne y hueso, de esas que prohíben en las iglesias. Eran dos mujeres jóvenes con cuerpos comercialmente atractivos. Sus figuras resplandecían en medio de la carencia de luz y sus agujeros de venus parecían dos cuencas esperando ser recubiertas por la libido proporcionada por las manos de aquel sujeto alto y barbado.

Ilustración por Natalia Latorre

 

Eran dos mujeres esta vez y un hombre robusto, eran dos ancianos que los observaban, era yo pensando en que podríamos ser nosotros pero ya no teníamos protagonismo en el deseo. Una mujer se subía en las piernas del hombre, la otra lo besaba. Se turnaban. Eran a ratos uno solo, se alquilaban para darse placer. Una mujer abre sus piernas y el juego comienza, un beso en la boca y otro en el cuello. Quizás jugaban a quererse como nosotros, porque hay días que se hacen para eso, para fingir que se quiere. Se miran a la cara las mujeres con el hombre, se dan un beso en la boca, otro en el cuello, porque quizás hoy quieren jugar a quererse diferente. Otro beso más entre ellos tres y vuelvo a recordarte, porque sigo esperando otro día que me quieras querer para seguir con la mentira de que eso quieres hacer.

 

Una pareja de ancianos los seguía observando con cautela. La mujer sentada con su abrigo rojo en una de las sillas de cuero de la esquina superior miraba al hombre con el que venía, su acompañante cada vez daba un paso más cerca de los orgasmos de las mujeres y los sonidos de placer del hombre barbado. Un paso más y el sonido del squirt casi lo salpica, otro más y esperma untaría la chaqueta café que tenía puesta.

 

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

Ahora aquel hombre barbado estaba rodeado de los montes de venus de dos mujeres delgadas, de nosotros cuatro, y de aquella pareja de ancianos que parecían de la alta sociedad. Una línea de tiempo de generaciones estaba condensada en el segundo piso de Pussycat, zona especial para quienes venían acompañados. En el centro los 27 años a flor de piel, llegando al clímax donde el frío bogotano no alcanza a cubrirlos, a su lado izquierdo los ancianos con 65 años despertando la pasión que la sabiduría ha dejado atrás, y nosotros en frente de ellos con 19 años tratando de entender nuevas maneras de sentir, nuevas maneras de querer, nuevas maneras de querer.

 

Y mientras yo te recordaba, Manuel, David Y Andrés estaban en éxtasis viendo a las mujeres perdidas en placer.

 

-Cómo es posible que continúen si el señor los está mirando- repetía Manuel una y otra vez con una risa que denotaba su nerviosismo y confusión frente a la extraña escena.

 

El último suspiro lo dio una de las mujeres, el hombre silencioso se vestía mientras ellas buscaban su ropa debajo de las sillas. Lo hacían de prisa, y de manera tímida se pusieron las capotas de sus chaquetas y una bufanda, salieron rápidamente de la sala. Primero salió el hombre robusto con una gran chaqueta oscura, detrás de él las dos mujeres, pero luego de cruzar el pasillo ya no se conocían. Terminó su película, terminaron de fingir que se querían, se alquilaron para sentir un poco más y ahora se perdían en la salida, porque ya no querían quererse, porque ya se acababa el día de amar un poco. Así como nosotros, donde yo fingía ser, y tú fingías estar, donde yo sonreía como si fuera verdad y tú me acariciabas como si fuera mentira.

 

Ilustración por Natalia Latorre

 

Y vuelvo a mirar al viejo proyector, me doy cuenta de que estoy viendo pornografía de los años 60, con tres amigos y ahora la pareja de ancianos nos observa a nosotros, y tú no estás, nunca estuviste. Y soy consciente que Pussycat y ese nosotros somos similares, me doy cuenta que eso soy para ti lo que Pussycat  para los clientes, un instante de placer. Ambos nos alquilamos, se abre la puerta y el juego comienza, en la pantalla o en mi un beso despierta todo, y nos trasformamos. Nos alquilamos para ser felices por cinco horas, quizás seis. Entras a mi vida, entran a la sala, y cada quien se trata como si perteneciera allí porque la mente así lo quiere, porque te quiero. No hay que hablar, porque en Pussycat se va a sentir placer, porque me buscas para fingir que me quieres. Un beso, dos o tres, una paja, dos o tres porque hoy es día de querer. Otro beso, otra paja y me despido, el cliente se va y Pussycat se queda esperando, yo me quedo esperando otro día de alquiler y yo me voy y el cliente se marcha con el anhelo de volver a sentir placer.

 

 

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